Conversaciones exquisitas

 

Camilo pidió aceitunas rellenas con anchoa cantábrica y un vermú.

Traía el humor moderado y la libreta de anotaciones desterrada al bolsillo. La vista preliminar había resultado un fiasco. Camilo esperaba un pugilato de pesos medios entre los litigantes, quizá altamente sugestionado por las muchas novelas de tema judicial y otras tantas adaptaciones cinematográficas. Un combate de legalidades y legitimidades en toda regla. Pero a la primera andanada del letrado Silvano Coroza, los demandados se precipitaron a la trinchera de erizo abandonando en su rebajamiento armas y bagajes; cosa harto infamante.

Los abogados de la defensa, curtidos en estas lides y parapetados en un blocao de color chufa levantina, dejaron que la marea escobara a las criaturas reclamantes. A Silvano Coroza, el afamado edafólogo y jurista titular del bufete precursor y coordinador de los derechos de la Flora y la Fauna nacionales, también a su pasante Fabiano Barzal, el iris le chispeaba con la voracidad del incendio devastador que enfrentaba en juicio humano y por enésima vez a los opuestos inconciliables.

En los bancos del público representado zumbaba la delegación de Heminópteros, secundando el burbujeo petitorio en restitución de ejemplares chamuscados de pincarrasco, alheña, cantueso, lavanda, espliego, lentisco, ortiga y acebo; ardillas, zorros, cimarrones, ciervos y jabalíes; becadas, alimoches, grajos, gavilanes y piquituertos.

La cantilena de costumbre en las alegaciones de los pirómanos:

“Saltó una chispa del motor…”

“Una tormenta seca de madrugada en lugar inaccesible…”

“Un rayo latente y ardió hasta el infierno.”

Peritajes exculpatorios realizados a la carrera:

“Una colilla arrojada desde un vehículo en marcha…”

“Un descuido fortuito en la quema de rastrojos…”

“Ese tendido eléctrico obsoleto…”

“El vendaval mortífero quemó el mundo.”

Algún testimonio sinceramente protervo:

“Barbacoa en el bosque con meada insuficiente…”

“Fuegos fatuos en el cenagal de las ánimas…”

“Combustión espontánea…”

“Hay que agilizar los trámites para salir a escape rumbo a Marte…”

“Yo trabajo en esto.”

Con encendida oratoria, discúlpese la inconveniente expresión, Silvano Coroza solicitó del jurado un veredicto culpable y de su señoría, con la venia, una pena de extrañamiento conjunto al desierto de Atacama. Los impertérritos demandados, apretados en el hornabeque a prueba de comisiones y evidencias, confiaban en la benignidad de la legislación vigente y la muy asidua aplicación del código por parte de la judicatura. Por qué no.

La cuantificable suma de víctimas y afectados en la sala, en los pasillos, en la escalinata y en las aceras, profería consignas de omisión deferentemente portadas en bandeja de últimas voluntades. Conminaban, amostazados, a sentenciar en grado superlativo o pasarían a la fase de insumisión perenne desestimando el trueque de seguridad por parques naturales y ofertas similares en periodo de rebajas.

“Invertiremos en omisiones en vez de acciones, cejaremos en nuestra encomienda procreadora, modificaremos la genética en aras del individualismo urticante”.

Para tomarlo en serio.

El ser humano es animal de emociones contrapuestas (para estorbarse mutuamente y ver qué sale), engordadas por rebaños de informaciones tendenciosas (tómese la adjetivación como cada cual guste), ofrecidas por agencias y membretes incrementando día a día la atrofia de la sensibilidad y la angostura de la inteligencia. El hombre es animal al que, a veces, le da duelo el sufrimiento y la extinción de sus hermanos irracionales; aun cuando parece que todo se quema, no todo arde, se escucha en lontananza un anuncio de buena esperanza. Pero una flor, o un trino o un chaparrón refrescante y alimenticio, no hace primavera. Más bien menudea el hacedero y muy rentable, a escuálido plazo, cultivo de la mediocridad. La agremiación de los sandios, la exaltación de la estolidez, no ha de traer beneficio.

Claro que para ser entendido, y en este asunto es deseable, conviene apearse de la fina calificación, eufemística si se quiere, y acudir a la planicie coloquial llamando a la sandez tontería y a la necedad simpleza. O estupidez, ya puestos a señalar con puntería y enojo. O malicia instrumentada por mauleros a sueldo del erario para socavar la confianza política de los menos gregarios, de los que sacan los pies del plato, de los que no suman por colectividades subvencionadas; de los que no introducen su voto en la urna acristalada para quedar disueltos en las viejas siglas, en el pestilente magma caduco.

Quien al cielo escupe a la cara le cae. Y la inteligencia, con tanto impedimento, va a la deriva.

Contaba Camilo.

 

Alejo pidió aceitunas rayadas y una manzanilla.

Llegó con el humor altanero y el portapliegos al hombro como un colegiado en excursión facultativa. No traslucía su semblante mayor contento por el éxito alcanzado. Alejo lidiaba cotidianamente en arenas peinadas al bies con ciclanes, ogros, capones y medusas; Areópagos de acierto predicho en el editorial de la Plataforma Instructiva de Oligarcas y Barones Federados. Hay que echarle valor y maestría a la faena, esquivando cornadas, puyas y los abucheos de la claque bien pagada. Efectiva caterva de tarados para usar y tirar.

Los cadáveres insepultos, corruptibles y afeados, se apilan en dependencias subterráneas de las sedes en el extrarradio, con una identificación en clave consignada en el estadillo de servicios hábiles y opacos elaborado por el Arúspice de guardia; aquél que examina clandestinamente las entrañas de las víctimas para hacer presagios.

Los prebostes de la Plataforma Instructiva se reúnen en conciliábulo secreto con la reseña de un político de la competencia o de un topo capturado o de un traidor mordido o de un agente doble de apariencia beatífica y empleo diplomático. Y designan al víreo cabeza de lista: “Hemos decidido que seas tú. No eres gran cosa pero es lo que tenemos. Limítate a desempeñar el papel de comparsa que ya dominas, no en vano son varias legislaturas de banquillo y asentimiento, pero ahora con algún discurso que recibirás en sobre cerrado a la hora en punto. Embriágate de telegenia y no te excedas en el cometido, y engola la voz para que silbe en el oído de los sordos. Eres tú el elegido. Pon la cara y sonríe, ríe, sonríe y di amén a todo y a todos. Lo demás es cosa nuestra”.

Totalmente cosa de ellos, los manejadores y los invisibles, los aficionados que tomaron la alternativa en el ruedo desmontable entre charangas y barquillos; los profesionales de la ocasión al vuelo. Atrás quedan los tiempos en que la ciencia infusa era concepto de uso peyorativo, la improvisación y la magia cosa de haraganes con vil efugio en la tarjeta de visita y listillos con escaso acomodo; el carisma una palabra sacra, un término útil para espolear al sector indeciso y de inveteradas costumbres educativas: derecho, economía, ética, de la sociedad posindustrial. Palabrería lata. Pasto de curanderos con sello ultramarino importados a peso.

La demagogia es instrumento globalizador de recurso y molicie, oral y escrito, transitoriamente perfeccionado sobre bases sólidas, pretendidamente inalterables; tiene su origen en calderas sulfúreas (tapémonos la nariz y cubramos la boca con una profiláctica mascarilla) gobernadas por agentes patógenos incombustibles, inmunizados. Alelados, perturbados, intoxicadores, pelmas, proselitistas de la incuria. Gente detestable que a su paso deja un reguero de calamidades. Es una historia antañona, como el mundo. La leyenda maya de las divinidades progenitoras esclarece el presupuesto: “Los Creadores dotaron de inteligencia a los primeros hombres. Así estos primeros hombres conocían todos los saberes, su vista sobrepasaba las montañas, sus oídos percibían los sonidos más imperceptibles, hablaban con su boca y corrían con sus piernas. Pero los Formadores observaron en la conducta de los hombres una desmedida ambición por alcanzar el grado de Creadores y Formadores. Hubo que recortar las cualidades graciosamente conferidas, mermando la razón, la inteligencia y la capacidad de discernimiento de los rebrotes sublevados”.

Con la inepcia acumulada desde la génesis, la irresponsabilidad de los herederos crece exuberante y su antagonista se diluye en disimulos y parches; en engaños arteramente oficializados por enciclopedistas del siglo de las luces.

En la orilla opuesta, Séneca predicaba sin mayor fortuna la prudencia y la sensatez al gobernar; por aquello de taponar los fluyentes errores del político al uso; por aquello de sacar la cabeza del estercolero. Por derrocar las vocaciones mantenidas. No, por favor, diremos algún día, educadamente, déjenos de sermones y platos recalentados, admoniciones y prédicas de estrado; no me ponga las peras a cuarto ni me cobije a la sombra de sarmientos. La necia voz fustiga sin venir a cuento, es un castigo inmerecido. Hasta aquí lo que se daba. A las íes y a las eñes no ha de faltarles ni el punto ni la tilde si uno quiere y porfía contra viento y marea.

Contaba Alejo.

 

Hermann pidió aceitunas picudillas y vino dulce.

Zumo de uva cocido por la fermentación natural aderezado con arrope, citado en español de primera cosecha, para contrapesar un humor acerbo. Hermann libertaba con mimo arqueológico el sentido oculto que las palabras, a fuerza de repetidas, ahormadas y empadronadas, detraen al lenguaje. Lo que es siempre igual debe ser algo distinto al expresarse, se puede presentar de un modo un tanto extravagante sin prostituir ni adulterar el contenido.

Para que a uno le hagan caso, si cree que le avalan razones ortográficas y sentimentales, no ha de pararse en barras. Es una escena representada únicamente con palabras, dibujado con péñola de ganso y tinta invisible un personaje desamparado de solidaria compaña arrostra el hecho consumado. Trágica súplica relumbra los ojos del niño en un rostro anciano. La queja: Los escritores favorecidos por una crítica impetuosamente partidaria, los firmantes de manifiestos, libelos y ucronías izados a la cofa por la militante cadena de promoción y explotación, arremeten contra el idioma, cometen faltas atroces y en pago se les menciona como maestros de la literatura en curso y soladores de la posmodernidad. Sillón académico repartido en comité de advenedizos. Es cosa corriente reivindicarse en la decadencia de la nesciente conformidad.

Hablamos, pues, un dialecto de indigentes que destruye o desnaturaliza la comprensión de las frases, que invierte el estilo y pervierte la comunicación. El ilógico desprecio hacia la gramática es reflejo de la incapacidad intelectual. Era un vocejón quejoso, de corrector entregado a su trabajo y a su obsesión por el lenguaje digno y sustancial; perentorio en el último esfuerzo de persuasión.

Recordando: Hace unos años aún era posible embellecer la incorrección, la flaqueza, la deformación y la parálisis. Hace un tiempo todavía cabía esperar la reparación editorial de la sintaxis, el discurso, el artículo, el apuntamiento y la obra. Hoy es insalvable la distancia entre lo escrito y lo que hubiera debido escribirse con el triunfo incontestable de la depravación lingüística, apoyada, acelerada. Es un juego a la baja, erradamente presuntuoso y suicida que resta en vez de sumar, constriñendo la memoria y la percepción a una pauta de minimalismo ampulosamente publicitado como vanguardia en los suplementos culturales de los inventores sin inventiva. Y todos tan contentos y a espantar moscas con el rabo.

Este individuo, corrector de oficio, soportó estoicamente la erisipela pero sucumbió a la metástasis, se veía venir. La inflamatoria rojez en la dermis y los accesos febriles habrían alertado a cualquiera. Pero este embregado paladín dibujado con tinta invisible, de oficio voluntarioso y convicción inexpugnable, desechó la jubilación anticipada plantando cara (ya se dijo) a la venenosa Hidra de Lerna y a Sys el informe verraco. Nada que hacer. Se veía venir. Era un temerario embebido de heroicidad el corrector de dislates, balanceándose en la cornisa intuyó un final épico, agitador de conciencias. Claro que nunca se dijo lo que había pasado, intereses superiores lo desaconsejaban. Sólo era un apegado corrector en puertas del retiro.

Cada día muere gente buena y mala. No hay porque llamar a las cosas en derechura si su nombre es disonante. Hay gente que no ceja en su cometido ni por recomendación. Y complican lo que es sencillo. Y desmienten el engalanado progreso.

Contaba Hermann.

(De la obra El Avefuego y enigma)

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