Las embajadas europeas de Bernardino de Mendoza

El Imperio en Europa: Cordura y buen entendimiento

 

El año de su nacimiento oscila en 1540 y 1541, la localidad se sabe que fue Guadalajara y que su habilidad diplomática era tan sobresaliente como en la milicia y en las letras, admirado en Europa por estas virtudes. Nos referimos a Bernardino de Mendoza, un hombre cultamente polifacético y estratega sin parangón en las cancillerías.

    A tal extremo de audacia y temple llegó el embajador De Mendoza en la corte de Isabel de Inglaterra, que doblegó la impertinencia de la soberana, intentando difamar al aludido y al rey Felipe II de paso, el monarca más poderoso del orbe, con argumentos y réplicas que no dejaron duda de qué oratoria y carácter golpeaba más y mejor; la humillada reina optó por retirar el plácet al embajador español, que felicitado por el rey Felipe II obtuvo un nuevo encargo diplomático al más alto nivel en el continente.

Bernardino de Mendoza

Bernardino de Mendoza

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Bernardino de Mendoza había estudiado artes y filosofía en Alcalá de Henares, licenciándose en 1557, incorporándose a la carrera de las armas en detrimento de una función administrativa en 1560. Su primera actividad militar sucede en las empresas mediterráneas de 1563-64 en el norte de África, y después, a partir de 1567, con el duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, fue a Italia cuando a éste le encomendaron el mando de un ejército que debía llevar a Flandes por el histórico camino español. En Flandes intervino en las batallas de Mons, Nimega, Haarlem y Mook.

    En Italia estrenó su misión diplomática Bernardino de Mendoza. Por encargo del duque de Alba fue a negociar asuntos políticos de relevancia con Pío V; de inmediato participó en el arresto de los condes de Egmont y de Horn, un episodio de mucha trascendencia simbólica y política. Durante un buen tiempo, a las órdenes directas del duque de Alba se distinguió en una serie de combates. Como persona de absoluta confianza, el duque le encomendó tareas de gestión ante el rey de España en 1573 para solicitar dinero y refuerzos; conseguido lo cual regresó a Flandes donde ya era nuevo gobernador Luis de Requesens, sucesor de Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, quien en vista del éxito ante el monarca español lo envió enseguida a Inglaterra, ahora ya con traza de diplomático además de gestor, a solicitar a la reina Isabel, en nombre de España, víveres y acceso a los puertos para la flora que Felipe II disponía enviar a Flandes. También lo consiguió, granjeándose además de buen nombre un ascendiente de utilidad en lo sucesivo.

    En 1576 fue aceptada su petición de ingreso en la Orden de Santiago.

    En 1578 Felipe II, persuadido de la intrincada implicación de los asuntos de Flandes con los de Inglaterra, decidió enviar a Bernardino de Mendoza a la embajada de Londres en calidad de titular “por la satisfacción que yo tengo de vuestra cordura y buen entendimiento”. Antes de tomar posesión en el lugar, visitó a la familia real francesa en París, y el 16 de marzo de 1578 compareció ante Isabel de Inglaterra. Reseñado anteriormente, el diplomático español incomodó cuanto pudo a la reina Isabel, conspirando en favor de María Estuardo y tratando con los católicos ingleses y con cualesquiera fuerzas que contrarrestasen la actitud antiespañola de la reina inglesa. La controversia entre ambos, las trifulcas verbales y los desaires acabaron en 1584, harta la reina de no poder doblegar al osado caballero español.

    Satisfecho con la conducta de su representante en la corte británica, Felipe II lo recompensó nombrándolo embajador en París, responsabilidad que ocupó durante seis años. Un periodo convulso para Francia del que se aprovechó España.

    Por aquel entonces Bernardino de Mendoza había perdido casi completamente la vista, cuyos primeros síntomas se manifestaron en la anterior misión diplomática: “Llego a ver de día la luz del Sol y de noche una lámpara a cuatro pasos de distancia”. Mayor era su valor y valía con esta discapacidad que soportaba con buen humor y entereza, y que nunca le arredró en su tarea ni disminuyó su eficacia en todos sus concursos. No sólo remitía a Felipe II los informes preceptivos de tema político, sino que, imbuido de su contagiosa vitalidad y gran cultura, le daba a conocer en sus escritos asuntos de arte y literatura, de modas, aficiones y entretenimientos con los que a diario se relacionaba en el desempeño de su calidad.

    Con el rey Enrique III mantuvo Bernardino de Mendoza idénticos roces y, aún más allá, enfrentamientos, al punto que el monarca francés exigía su salida de la corte inmediata, cosa que Felipe II ignoró hasta que, tras el regicidio en agosto de 1589, el monarca español decidió, en vista del cariz de los acontecimientos al otro lado de los Pirineos que trastornaban los planes dinásticos y políticos, apartarle de aquella embajada al anciano y ciego fiel servidor.

    En 1591, Bernardino de Mendoza regresaba a España para instalarse en una celda aneja al convento de San Bernardo de Madrid, aunque sin renunciar al conocimiento de los asuntos políticos y sus crónicas, redactando sus célebres Comentarios de las guerras de Flandes, publicados en París primero y Después Madrid al año de su vuelta. En 1595 se editó en Madrid su Theórica y práctica de guerra, obra publicada en Amberes y Venecia al año siguiente; y también en la capital de España se imprimieron en 1604 sus Seis libros de las políticas y doctrina civil de Justo Lipsio. A estos meritorios estudios se unen traducciones, poesías y cartas diplomáticas de mucho valor y estilo. Sus obras de técnica militar fueron consideradas en toda Europa como referentes indispensables.

    Falleció en Madrid el año 1604.

 

 

Artículos complementarios

    Felipe II

    El duque de Alba

    El camino español

    Batallas de Groningen y Jemmingen

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