Piezas varias con un nexo común

Suite española  Op. 47

 

Sintióse la raigambre, de naturaleza esencial, y convertida en obra, por las manos esponjadas de elogio y ternura, tuvo su destino entre pautas y acordes de hondo significado, de magnífica plasmación.

    La gratitud anónima de lo menudo a lo gigantesco, que viaja cualquier distancia con la mayor disposición a convertir lo cierto en real, que es tanto como decir el alma en cuerpo, acariciaba de beso a tacto, con perfumada delicadeza patente en el recorrido, las notas y los sones de la composición.

    Desde el palco, igual que si se tratara de un altar donde se bendice la calidad, surgían voces de premio y el afán, emotivamente comedido, de prolongar la audición más allá de cualquier momento previamente tasado. El desbordamiento de las dos pasiones, la emitida por el genio fértil y la manifestada pública y notoriamente al recipiendario del goloso fruto, unieron su fuerza vital en una misma estampa de belleza autóctona; y no por su traza reconocible en origen y causa, menos vinculada a la loa universal.

    Es propio de un carácter consolidado la voz que deslumbra gracia, y también lo es el paisaje recreado por la fiel imitación de sus peculiaridades; de tal manera que al cerrar los ojos, por su influencia, la mirada sin fronteras distingue el hogar y la tarea de sus moradores, ampliando el marco que sirve de referencia a los extraordinarios límites de la percepción.

    La obra gestada para el encanto, el recuerdo y la dulce nostalgia de la que no cabe desprenderse por un imperativo ajeno a la voluntad, surcaba los aires de la conciencia, precisa y firmemente guiada por el impulso del aliento; el que da vida al espíritu, el que con su paso decidido y su toque vibrante destella en el retrato de conjunto.

    La identificación fue inmediata y absoluta, completa al modo que se integra el ser en la idea de su creador.

    Durante el tiempo de los registros, ojos y manos anduvieron intercambiando sensaciones felices de cuya permanencia en la memoria ni falta hace mención, pues el soberbio tesoro depositado en cada uno de los privilegiados auditores, ya entonces conscientes de que lo eran, bastó por sí solo para inscribirse en el más personal de los libros.

    Cuando destilada la magia cedió el efluvio, y el juicio discrecional resumió en una imagen devota el vínculo ahormado por el amor y la pasión, los colores del mundo inmediato acabaron fundidos en una línea de luz infinita preservada de malos contagios y bastardas interpretaciones del original inimitable.

 

Albéniz

Isaac Albéniz

Las veintiuna heridas de Antonio Chover Sánchez. Batalla de Talavera de la Reina

Hubo un soldado español en la Guerra de la Independencia que tras recibir, nada menos, que veintiuna heridas de gravedad en la batalla de Talavera, suficientes para morir varias veces, en su estado y a pie llegó hasta Sevilla y pudo recuperarse.

 

La batalla de Talavera de la Reina

Napoleón había fracasado en su intento de ocupar militarmente Portugal, mediante acciones combinadas desde el Norte y el Sur efectuadas por los mariscales Soult, conde de Dalmacia, y Victor, conde de Belluno; el plan concebido por Napoleón contaba con el asesoramiento de su hermano José (el impuesto rey José I) a su vez aconsejado por su jefe de Estado Mayor el mariscal Jourdan. El fracaso se produjo en la localidad toledana de Talavera de la Reina.

    La batalla de Talavera enfrentó al ejército francés del mariscal Victor y al español del Capitán general Gregorio García de la Cuesta, jefe del Ejército de Extremadura, apoyado por el cuerpo expedicionario del general Wellesley, duque de Wellington.

    En vista a coordinar las operaciones que debían expulsar a los franceses de la zona comprendida entre Mérida y Medellín, el 10 de julio de 1809 se reunieron en la localidad cacereña de Casas del Puerto de Miravete (cuartel general del ejército español) los generales Cuesta y Wellesley, acordando un ambicioso plan que de tener éxito liberaría Madrid de la invasión napoleónica; este plan incluía la participación del Ejército de Andalucía mandado por el general Venegas. Era preciso actuar con rapidez para evitar que las tropas del mariscal Soult, estacionadas en Galicia, hicieran acto de presencia. Las tropas francesas en todo el sector estaban mandadas por el mariscal Victor, que advirtió las intenciones de su enemigo ordenando el repliegue escalonado hacia Talavera de la Reina.

    El día 20 llegaba a La Calzada la tropa del general Cuesta y a Oropesa la del general Wellesley, situándose ambas en línea de asalto sobre Talavera.

    El plan de acción aplicado en la batalla corresponde al general Cuesta (el anciano Capitán general Cuesta), quien lo presentó a su aliado Wellesley (Wellington), cuyo injustificable retraso de tres semanas en la localidad portuguesa de Abrantes permitió a las fuerzas de los mariscales Soult, Ney y Sebastiani tomar posiciones ventajosas en los alrededores de Talavera de la Reina.

    Napoleón dio el mando de su ejército al mariscal Soult, siendo la principal orden a cumplir la expulsión de los ingleses de España.

    Por parte aliada, el general Cuesta actuó en la batalla con gran decisión y valor a pesar de su ancianidad, mientras Wellesley se mostró en exceso reticente y quejoso.

    La batalla tuvo lugar los días 27 y 28 de julio de 1809, entre la sierra de Segurilla, al Norte, hasta Talavera y el río Tajo, al Sur, y toda la zona al oeste de la villa; las tropas españolas y británicas (mayormente inglesas) formaron una línea de cuatro kilómetros desde el río Tajo a Cerro Medellín, donde quedó establecido el contingente de Wellesley; las tropas francesas ocupaban la zona este; y el arroyo de la Portiña separaba a los contendientes.

    El bando francés celebró un consejo de guerra, presidido por José I, integrado por los mariscales Jourdan, Ney, Victor, Sebastiani, Lapisse y Laval (estos tres, condes y barones del Imperio), acordando un ataque en toda regla. Fueron varios los ataques franceses en su iniciativa bélica, aunque todos ellos infructuosos por las inmediatas y firmes réplicas.

    Las ofensivas fueron recíprocas y violentas, sufriendo los dos ejércitos pérdidas muy considerables; aunque los movimientos estratégicos y las operaciones durante esos dos días no lograron fijar un vencedor aplastante, dado el equilibrio y la nula perspectiva de modificarlo en favor de uno u otro, salvo la temida por los franceses llegada de la División del general Venegas que, de producirse, decantaría la balanza del lado aliado. Así pues, y con miles de muertos entre los ríos Alberche y Tajo, antes de que los refuerzos de Venegas, que se demoraban, hicieran acto de presencia, los franceses optaron por la retirada.

 

Las veintiuna heridas del bravo Antonio Chover Sánchez

El alférez Antonio Chover Sánchez era un valenciano de Játiva, nacido en 1795. A los diecinueve años sentó plaza en el Arma de Caballería como soldado. El 4 de mayo de 1808 fue ascendido a cabo segundo; luego a sargento y el 26 de julio de 1809, víspera de la batalla de Talavera, al empleo de alférez. Ese día, del pueblo toledano de Cebolla salieron en descubierta por la calzada de Torrijos a Talavera diez jinetes del Regimiento de Húsares Reales de Granada, creado en 1808, al mando del joven alférez Chover.

    En tarea de vigilancia y control de caminos, Antonio Chover avistó a un ayudante de campo francés montado y al trote. Yendo a por él en su caballo y pistola en ristre, que falla en su encendido, el oficial francés repelió al español desenvainando el sable y propinándole un sablazo que le partió la oreja izquierda. Desmontado y sangrante, Chover desafió al francés en tierra, cosa que éste ignoró arremetiendo con otro sablazo que le partió el omóplato izquierdo. No obstante las dos heridas, el español insertó su sable en el costado derecho del francés atravesándole el cuerpo. Continuaron luchando, el uno montado y el otro a pie, hasta que Chover, con toda su fuerza en ristre, venció su resistencia y lo dejó inerme y colgado de uno de los estribos. Entonces, y aún ignorante de lo que se le venía encima por el fragor de su batalla, quedó rodeado por un destacamento francés dirigido por el mariscal Victor. A él se dirigió publicando la hazaña de haber muerto al oficial francés en un lance de guerra, y exigiendo el trato debido a un prisionero. El silencio del mariscal, quizá dubitativo, fue roto por una traicionera estocada por la espalda que asomó por el estómago del indefenso alférez español. Encarado con quienes, desde el reverso, le habían así herido, recibió como satisfacción otra estocada en el vientre que también le atravesó el cuerpo. Yacente en la tierra que regaba su sangre, sufrió la acometida de un cuarteto salvaje que le asestó nada menos que quince sablazos con sus respectivas heridas invalidantes. Y en apariencia muerto quedó allí tendido y despreciado.

    Vivo a pesar del sañudo castigo, Chover fue hallado en su estado lamentable por otro herido español el día 27, un sargento del Regimiento de Dragones de Lusitania: la cabeza abierta y sangrando copiosamente, amputados los dedos de la mano izquierda; y muerto su caballo por las heridas que también a él causó la batalla de Talavera. El casi agonizante Chover había hecho señas al caminante para que le prestara auxilio en aquel trance penoso. Al desaliñado alférez lo cubría solamente la camisa, su cabeza presentaba dos anchas cuchilladas que le dividían el cráneo; otra, ya citada, le había seccionado la oreja izquierda; su omóplato izquierdo estaba materialmente partido; atravesado el antebrazo derecho; la espalda, apoyada en el suelo, mostraba seis estocadas de las que se consideran mortales por la ciencia médica, además de otra que le perforaba el estómago y otra que, en sentido inverso, le penetraba por el vientre y le salía por la espalda; por si el cuadro en el abdomen, torso y cabeza, careciera del suficiente dramatismo, el muslo y la pierna derecha, a juego, estaban perforados; y para rematar la obra el tobillo derecho evidenciaba un impacto de bala.

    Ambos significados como un ecce homo por duplicado, apoyándose mutuamente, emprendieron camino a Cebolla para, de conseguir llegar, intentar recomponerse. Pero el pueblo ha sido tomado por los franceses y perseguidos por las risotadas de los soldados ocupantes van a refugiarse en una casucha abandonada a las afueras, en la que hay una vasija de agua y un colchón. Chover quiso investigar si en otra casucha próxima podía haber mayor alimento, comodidad y protección, pero falto de fuerzas cayó ante la puerta permaneciendo en esa postura la noche entera.

    Por fortuna, al amanecer del día 28, los franceses se marchan presurosos de Cebolla. Ocasión para regresar al primer cobijo donde encuentra a su compañero fallecido y devorado por gusanos. Esta visión le da fuerzas y corre, por así decir, hasta que de nuevo a la entrada de la casa donde quedó yacente se observa el cuerpo advirtiendo febrilmente el revuelo de gusanos devoradores. Lo que vio fue un pedazo de intestino emergiendo al exterior por uno de los tantos boquetes de sus heridas. En eso, con más miedo a cuestas que curiosidad, un muchacho lugareño se acercó y Chover, aprovechando la presencia, le pidió por ayuda una navaja con la que seccionar al “intruso” que asomaba de su rasgado cuerpo. El muchacho le trajo un cortaplumas y él seccionó aquello terrible que en realidad era una porción de intestino.

    Y siguió vivo, perdiendo, sin embargo, la consciencia.

    Los vecinos acudieron a socorrerlo, pese a no tener siquiera lo imprescindible, y con ellos a su cuidado permaneció en Cebolla cuarenta y tres días, durante los cuales cicatrizaron las heridas con remedios básicos como la sal y el vinagre. Transcurrido este lapso, esquelético y vacilante por su escasa recuperación, con cuatro heridas aún abiertas, Antonio Chover decidió encaminarse a Talavera y desde allí, en interminables y dolorosas jornadas, a Sevilla.

    En la capital hispalense fue atendido con solicitud y experiencia por los médicos, admirados ellos de tamaña resistencia y de tamañas heridas, pudiendo sanarle diecinueve de las veintiuna; con dos no se pudo y permanecieron abiertas y enconadas hasta que falleció en Valencia en 1858.

    Antonio Chover fue ascendido al empleo de teniente y declarado inválido en 1810 y 1811 respectivamente. Vivió unos años en Játiva, al lado del mar, y ya en 1817 solicitó su ingreso en el Estado Mayor de Valencia, siendo aceptado, y donde alcanzó el empleo de teniente coronel.

 

 

Artículos complementarios

    Bando del alcalde de Móstoles

    Las Juntas de Defensa Nacional

    Carácter y dignidad

    La batalla de Bailén

Travesía (20)

Los afanes de la protesta.

 

Maestra nacional, de vocación su escuela, doña Carmen Gimeno Ruiz evoca en el crepúsculo de su vida y a la hora que el poniente viste de incrustaciones cárdenas el cielo para que resalte el azul despedida y el naranja sueño, los días de obligación gozosa en las aulas, con los alumnos representando todas las facetas de la condición humana en los primeros estadios.

    —Se ha avanzado mucho en lo que llevo de jubilación, y mucho, también, es el retroceso.

    Doña Carmen la maestra nacional nunca ha tenido pelos en la lengua, dice, y a Felio no le cuesta creerla.

    —Yo recibí enseñanza de docentes como usted.

    Doña Carmen asiente y categoriza:

    —Seguro que le ha ido bien en su vivir en el mundo que nos ocupa.

    El asentimiento es mutuo.

    Doña Carmen, que sabe de la valía de su gremio y que conoce la gratitud del bien nacido, trenza nostalgias en el bordado de las reivindicaciones. Y no ceja en la protesta, ya que asegura que pidiendo y dando ejemplo se consigue satisfacer las demandas y las reclamaciones, dirigidas donde corresponde cada una. Tampoco pierde comba ni carácter retroactivo al situar en el lugar preciso, sin precipitarse en el juicio o la sentencia, que más sabe el diablo por viejo, los desajustes y las improvisaciones, tan ligadas éstas con aquéllas, y la farfolla, la palabrería y el “todo se andará” cojitranco, renuente vástago del sofismo.

    De su cátedra vehemente no se libra nada.

    —Al testimonio se le pone cimientos o es humo arrastrado por el viento temprano. En consecuencia, al hecho del esto sucede le cabe, como anillo al dedo y guante a la mano, la reprobación del esto no debiera suceder no por asomo. Así, al menos, la conciencia descansa, aligerada de su carga, reafirmada en el civismo que se enseña y se aprende, y con el que algunos, expresado en género neutro, nacen y se desarrollan.

    El civismo, la higiene, el espíritu de sacrificio y la voluntad emprendedora son hitos que jalonan la dilatada trayectoria de la maestra nacional, pródiga en liberalidades para explicar las asignaturas escolares, y anejas en la civilización en curso, a las mentes y a los cuerpos depositados en las aulas con orden y concierto para su perfeccionamiento personal y social.

    —La dignidad no puede faltar en la relación entre profesores y alumnos, la dignidad del enseñador y en plano equivalente la del aprendiz. Respeto mutuo, tarea compartida y propósito de mejora constante.

    Doña Carmen saborea el triunfo, siquiera parcial y entrecortado, de sus protestas, ausentes de sindicación. Su época de holganza recuerda con claridad meridiana el holgorio de los recreos y las excursiones, y las fiestas con el calendario vencido, los telones por fin de temporada y las aperturas solemnizadas con sólo el protocolo en los humildes paraninfos que cada otoño, fecha arriba o abajo, sacralizaban el arte de ilustrar con esencia y trascendencia en un mundo disconforme, de alardeos retóricos y pagados las más de las veces, en el que los problemas distan de buscar soluciones, sino lo contrario, agravarse, ampliarse y mantener el negocio; que lo lucrativo atrae y ciega.

    —El último que cierre la puerta y grite tonto al de atrás. Mientras a mí me cunda…

    Los ojos de doña Carmen, de mirada serena cantada por un bolero, acompañan su elocuencia.

    Ella, en nombre de antiguos maestros nacionales, prolonga sus afanes de mejora ondeando a compás la bandera de la protesta por el retroceso en principios y valores, por la mengua de méritos y esfuerzos, y la bandera de la protesta contra la desidia, la perversión y el engaño con idea, arteramente encubierta, de perpetuar una mentira tras otra y fabricar autómatas en vez de personas con libre albedrío.

    —Ya va marchando el tiempo… —murmura, o quizá canta.

El marino, científico y explorador Dionisio Alcalá Galiano

Campañas hidrográficas en los océanos Atlántico y Pacífico y el mar Mediterráneo

 

Marino de la Real Armada, científico y explorador, Dionisio Alcalá Galiano nació en Cabra, provincia de Córdoba, en 1760. Es uno de los más cualificados marinos científicos de la Ilustración española. Inició su formación científica a edad temprana y en la mar a las órdenes de Vicente Tofiño, participando en los importantes levantamientos cartográficos de las costas de España necesarios para el proyecto del Atlas marítimo.

    Guardiamarina con tan solo dieciséis años, en 1776 embarcó en la fragata Júpiter y un año después participaba en las campañas de Brasil y el Río de la Plata; la primera contra los portugueses con la escuadra del marqués de Casa Tilly y un cuerpo de desembarco a las órdenes del general Pedro Cevallos, conquistando la isla de Santa Catalina en aguas brasileñas; la segunda, en Montevideo, bloqueando y rindiendo la colonia del Sacramento, como oficial de órdenes de Gabriel de Guerra, comandante del Río de la Plata.

    Durante el proyecto del Atlas marítimo formó parte de la tripulación de la fragata Lucía y colaboró en los trabajos desarrollados en Algeciras y el Mediterráneo entre 1784 y 1785.

    Ya cualificado científicamente, el joven teniente de fragata inició su andadura como cartógrafo y astrónomo en la fragata Nuestra Señora de la Cabeza que, al mando de Antonio de Córdova, llevó a cabo una importante campaña hidrográfica en el estrecho de Magallanes entre 1785 y 1786.

   Alcalá Galiano 1

Dionisio Alcalá Galiano

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Ascendido a teniente de navío, de nuevo a las órdenes de Tofiño, junto con el personal del Observatorio de Marina, continuaron los levantamientos de las costas de Asturias y Vizcaya a lo largo del año 1788, elaborando unas detalladas cartas náuticas. De esta época es también la corrección de la carta de las Azores llevada a cabo por Vicente Tofiño con la fragata Santa Perpetua y los bergantines Vivo y Natalia, éste mandado por Alcalá Galiano. Esta importante formación científico-práctica condicionó la presencia de Alcalá Galiano como oficial astrónomo en la más importante expedición científica española por mar de la Ilustración: la Expedición Mundial, con importantes finalidades políticas y científicas, comandada por Alejandro Malaspina y José Bustamante y Guerra.

    La expedición partió de Cádiz el 30 de julio de 1789 y recorrió toda América, de Montevideo a Alaska, los archipiélagos del Pacífico, Vavao, Carolinas, Marianas, Filipinas, Australia y Nueva Zelanda. En este colosal viaje ilustrado, el protagonismo de Alcalá Galiano es incuestionable, ya que su sólida formación científica junto a Tofiño y su familiaridad en el uso de modernos instrumentos de observación astronómica, dieron gran relevancia a sus trabajos, como acredita la abundantísima documentación conservada en el Archivo del Museo Naval de Madrid. Fue sin duda una figura clave en el desarrollo del ambicioso proyecto científico del viaje: volver a cartografiar la totalidad de las costas americanas y levantar mapas fiables del inmenso Pacífico, nuevamente clave en la estrategia política de los grandes imperios marítimos mundiales.

    Principal oficial astrónomo de la expedición, embarcado en la corbeta Atrevida, recorrió entre 1789 y abril de 1791, cuando recaló por segunda vez en Acapulco, la totalidad de las costas americanas, realizando observaciones de gran relevancia en Montevideo, Puerto Deseado, Puerto Egmont (Malvinas), Puerto Chiloé, Talcahuano, Valparaíso, Coquimbo, Arica, Callao, Guayaquil, Puerto Pericó, San Blas y Acapulco. En México fue comisionado por Malaspina para reordenar todos los materiales astronómicos del viaje y realizó importantes mediciones, de modo que permaneció en su comisión hasta el retorno de la Atrevida al puerto de Acapulco procedente de la costa noroeste., en fecha octubre de 1791.

Alcalá Galiano 2

Imagen de ancienhistories.blogspot.com

 

Nuevas órdenes de la Corona recibidas durante esta campaña dieron lugar a un nuevo y prolijo reconocimiento de la costa septentrional de América, en busca del ansiado y estratégico Paso del Noroeste, citado por Ferrer Maldonado siglos atrás; Malaspina comisionó para esta misión a dos de sus más valiosos oficiales: Alcalá Galiano, al mando de la goleta Sutil y Cayetano Valdés, al mando de la goleta Mexicana, mientras el resto de la expedición continuó sus navegaciones hacia las Filipinas y el Pacífico sur.

    El 8 de marzo de 1792 salieron ambas goletas hacia Nutka, donde permanecieron entre el 13 de mayo y el 5 de junio. En la bahía de Núñez Gaona, Alcalá Galiano determinó la longitud y levantó un plano del puerto; realizó idéntica labor en el estrecho de Juan de Fuca a lo largo del mes de junio, Nutka y las costas de la actual Vancouver, ensenada del Engaño y Puerto Cepeda. En la cala del Descanso permaneció con sus hombres hasta el 19 de junio sin haber localizado el deseado Paso del Noroeste. Estos días ocurrió el encuentro con el célebre marino y explorador británico Vancouver, con quien navegó hasta el canal de Lewis; continuando luego, junto a Valdés, los reconocimientos del laberinto de canales de la tierra firme de la actual Columbia Británica sin obtener resultado alguno. Testigo de aquellas derrotas es la isla que descubrió, Galiano island actualmente, situada entre la Isla de Vancouver y la costa pacífica de la Columbia Británica, en Canadá. Por fin el 23 de agosto las goletas regresaron al Pacífico levantando diversos puertos hasta su recalada en Nutka el 1 de septiembre, concluyendo que no existía paso alguno hacia el Atlántico en el estrecho de Fuca. En noviembre de 1792 volvieron a Acapulco.

    Estos reconocimientos, además de importantísimos para la geoestrategia de la época, alcanzaron gran difusión al lograr su publicación presentándolos a la corte como expedición separada y no dimanada de la proscrita de Malaspina, cuyos espléndidos resultados permanecieron inéditos hasta mucho después. Según informa y demuestra en la Memoria de sus observaciones de longitud y latitud publicada en 1796, es el inventor del procedimiento de hallar la latitud por observación de altura polar de un astro a cualquier distancia del meridiano. Tras su retorno a Cádiz, Alcalá Galiano llevó a cabo su última campaña científica entre diciembre de 1802 y octubre de 1803, en la fragata Soledad, con la que realizó una extensa campaña hidrográfica por el Mediterráneo hasta Constantinopla.

    La postrera de Alcalá Galiano cumplió satisfactoriamente con la encomienda fijada. A bordo de la fragata Soledad, recibió la orden de dirigirse a los mares de Grecia y Turquía para levantar las cartas del Mediterráneo Oriental, hasta la fecha harto deficientes. Marcó y situó astronómicamente todas las islas e islotes de aquella zona y prosiguió navegación hasta Buyukderé, provincia de Estambul, y la embocadura del mar Negro. Su persona recogió el aprecio y la distinción de cuantas autoridades tuvieron noticia de la campaña, de Atenas a Constantinopla, y en el resto de puertos mediterráneos visitados. Ya en España elaboró las cartas náuticas encomendadas, recibiendo la felicitación máxima por su acertado desempeño.

    Poco después, al mando del navío Bahama murió heroicamente en el combate de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805, igual que otro ilustre científico, marino, patriota y compañero, Cosme Damián Churruca, además de otros valiosos y valientes oficiales que fueron víctimas de la incompetencia del aliado francés.

 

 

Artículos complementarios

    Vicente Tofiño

    Federico de Gravina

    Cosme Damián Churruca

    Juan Francisco de la Bodega y Quadra

Al engaño por la mentira

 

Redundante, sí, y obvio, también; antiguo como el mundo de los negocios políticos, abundantes doquiera que se estudie, y la propaganda, aparato de amplificación y sostenimiento de eficacia históricamente probada.

    Rancio y fementidamente impuesto el trágala.

    Sigue en vigor la vieja estrategia de ir colando falsedades para organizar un estado de opinión, también de ánimo, que por hastío y desidia, que por amenaza y coacción, que por omisión y tapadera, que por la vía de los hechos consumados, alcance el aposento de gobierno en vertical. Y una vez a resguardo de la denuncia, de la denuncia enfocada a los tribunales de justicia y, en menor medida y consideración por importancia, de la denuncia de los irreductibles con la ley en la mano, la mentira se diluye en el magma de la controversia y el engaño muda de apariencia cuanto sea preciso.

 

Lempicka

Tamara de Lempicka: Paisaje surrealista

 

Mecanismo de difusión por espejismos y cristales distorsionadores de las imágenes con el origen perdido, actúa por orden y concierto entre aquellos proclives al borrado y al esfumado, según convenga, tan pertinaces en su actuación solapada como perennes en su viaje de mendacidad a través de las parameras cándidas y los territorios del arribismo y la oportunidad de dar rienda suelta a los bajos instintos, a falta de sentir en cuerpo y mente los otros, sin tener que pagar el precio de la infamia en un mercado libre de estulticia.

    Es más fácil cerrar los ojos y que vayan corriendo los episodios, que mantenerlos abiertos a ver si con arrestos descarrila el tren de la inercia morbosa.