Tres cosas hay

 

A las folclóricas —pero no por ello menos ciertas— tres cosas que en la vida son: salud, dinero y amor, para uso y disfrute de cuanto es posible hacer y tener, se añaden las complementarias: alimento, refugio y compañía, que para un sinnúmero de criaturas al albur de las circunstancias —a las que la salud, el factor primordial, dura lo que la naturaleza quiere— resultan decisivas.

    Con alimento, refugio y compañía, se andan mejor los caminos y pasan más ufanos los días en el mundo a cada cual adjudicados.

Pastor 1

Philipp Peter Roos: Paisaje con ganado (s. XVII).

 

Pastor 2

Philipp Peter Roos: Una cabra, ovejas y un perro descansando en un paisaje (s. XVII).

 

Gracias a las tres mercedes conseguidas desde la necesidad al beneficio, el individuo y la especie subsisten y persisten, y aquello mal dado, siempre al acecho, cuesta de atravesar la fortaleza protectora.

    Ventajas todas, o casi; perjuicios ninguno, o pocos.

    A esa tres cosas cantadas que a la vida dan sentido en verso y baile, se integran esa tríada mostrada en obra y no sólo en razón; y así, unidas en el trayecto, el alimento es a la salud lo que el refugio al dinero y la compañía al amor. Y viceversa.

Las embajadas europeas de Bernardino de Mendoza

El Imperio en Europa: Cordura y buen entendimiento

 

El año de su nacimiento oscila en 1540 y 1541, la localidad se sabe que fue Guadalajara y que su habilidad diplomática era tan sobresaliente como en la milicia y en las letras, admirado en Europa por estas virtudes. Nos referimos a Bernardino de Mendoza, un hombre cultamente polifacético y estratega sin parangón en las cancillerías.

    A tal extremo de audacia y temple llegó el embajador De Mendoza en la corte de Isabel de Inglaterra, que doblegó la impertinencia de la soberana, intentando difamar al aludido y al rey Felipe II de paso, el monarca más poderoso del orbe, con argumentos y réplicas que no dejaron duda de qué oratoria y carácter golpeaba más y mejor; la humillada reina optó por retirar el plácet al embajador español, que felicitado por el rey Felipe II obtuvo un nuevo encargo diplomático al más alto nivel en el continente.

Bernardino de Mendoza

Bernardino de Mendoza

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Bernardino de Mendoza había estudiado artes y filosofía en Alcalá de Henares, licenciándose en 1557, incorporándose a la carrera de las armas en detrimento de una función administrativa en 1560. Su primera actividad militar sucede en las empresas mediterráneas de 1563-64 en el norte de África, y después, a partir de 1567, con el duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, fue a Italia cuando a éste le encomendaron el mando de un ejército que debía llevar a Flandes por el histórico camino español. En Flandes intervino en las batallas de Mons, Nimega, Haarlem y Mook.

    En Italia estrenó su misión diplomática Bernardino de Mendoza. Por encargo del duque de Alba fue a negociar asuntos políticos de relevancia con Pío V; de inmediato participó en el arresto de los condes de Egmont y de Horn, un episodio de mucha trascendencia simbólica y política. Durante un buen tiempo, a las órdenes directas del duque de Alba se distinguió en una serie de combates. Como persona de absoluta confianza, el duque le encomendó tareas de gestión ante el rey de España en 1573 para solicitar dinero y refuerzos; conseguido lo cual regresó a Flandes donde ya era nuevo gobernador Luis de Requesens, sucesor de Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, quien en vista del éxito ante el monarca español lo envió enseguida a Inglaterra, ahora ya con traza de diplomático además de gestor, a solicitar a la reina Isabel, en nombre de España, víveres y acceso a los puertos para la flora que Felipe II disponía enviar a Flandes. También lo consiguió, granjeándose además de buen nombre un ascendiente de utilidad en lo sucesivo.

    En 1576 fue aceptada su petición de ingreso en la Orden de Santiago.

    En 1578 Felipe II, persuadido de la intrincada implicación de los asuntos de Flandes con los de Inglaterra, decidió enviar a Bernardino de Mendoza a la embajada de Londres en calidad de titular “por la satisfacción que yo tengo de vuestra cordura y buen entendimiento”. Antes de tomar posesión en el lugar, visitó a la familia real francesa en París, y el 16 de marzo de 1578 compareció ante Isabel de Inglaterra. Reseñado anteriormente, el diplomático español incomodó cuanto pudo a la reina Isabel, conspirando en favor de María Estuardo y tratando con los católicos ingleses y con cualesquiera fuerzas que contrarrestasen la actitud antiespañola de la reina inglesa. La controversia entre ambos, las trifulcas verbales y los desaires acabaron en 1584, harta la reina de no poder doblegar al osado caballero español.

    Satisfecho con la conducta de su representante en la corte británica, Felipe II lo recompensó nombrándolo embajador en París, responsabilidad que ocupó durante seis años. Un periodo convulso para Francia del que se aprovechó España.

    Por aquel entonces Bernardino de Mendoza había perdido casi completamente la vista, cuyos primeros síntomas se manifestaron en la anterior misión diplomática: “Llego a ver de día la luz del Sol y de noche una lámpara a cuatro pasos de distancia”. Mayor era su valor y valía con esta discapacidad que soportaba con buen humor y entereza, y que nunca le arredró en su tarea ni disminuyó su eficacia en todos sus concursos. No sólo remitía a Felipe II los informes preceptivos de tema político, sino que, imbuido de su contagiosa vitalidad y gran cultura, le daba a conocer en sus escritos asuntos de arte y literatura, de modas, aficiones y entretenimientos con los que a diario se relacionaba en el desempeño de su calidad.

    Con el rey Enrique III mantuvo Bernardino de Mendoza idénticos roces y, aún más allá, enfrentamientos, al punto que el monarca francés exigía su salida de la corte inmediata, cosa que Felipe II ignoró hasta que, tras el regicidio en agosto de 1589, el monarca español decidió, en vista del cariz de los acontecimientos al otro lado de los Pirineos que trastornaban los planes dinásticos y políticos, apartarle de aquella embajada al anciano y ciego fiel servidor.

    En 1591, Bernardino de Mendoza regresaba a España para instalarse en una celda aneja al convento de San Bernardo de Madrid, aunque sin renunciar al conocimiento de los asuntos políticos y sus crónicas, redactando sus célebres Comentarios de las guerras de Flandes, publicados en París primero y Después Madrid al año de su vuelta. En 1595 se editó en Madrid su Theórica y práctica de guerra, obra publicada en Amberes y Venecia al año siguiente; y también en la capital de España se imprimieron en 1604 sus Seis libros de las políticas y doctrina civil de Justo Lipsio. A estos meritorios estudios se unen traducciones, poesías y cartas diplomáticas de mucho valor y estilo. Sus obras de técnica militar fueron consideradas en toda Europa como referentes indispensables.

    Falleció en Madrid el año 1604.

 

 

Artículos complementarios

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    El duque de Alba

    El camino español

    Batallas de Groningen y Jemmingen

Misa de difuntos

Réquiem K 626

 

Se sabe, y es juiciosa tal consciencia, pero cuesta asimilar que es el final lo que da sentido al principio.

    Valga la paradoja, una paradoja de uso exclusivo humano, de humana titularidad.

    Pues eso, nos decimos llegado el caso de comprobar en el modelo ajeno aquello que antes o después nos alcanzará con afinada puntería. Pues eso, que hemos quedado en aceptar lo inevitable pero con la restricción, naturalmente humana, de ignorar tanto su influencia como sus consecuencias. Algo, por otra parte, lógico y, dando un paso más allá, necesario a extremo.

    ¡Hasta las musas comparten el criterio de la abstracción!

    Con ellas, que vienen y van, nosotros vamos y venimos, gira que te gira, a por las repuestas de las preguntas que surgen tarde o temprano quiérase o no. Puede, es un suponer de ideación pragmática, que las musas aun viviendo en el aire que las transporta y alimentadas por la inspiración que per se generan, adopten una apariencia de carne y hueso, todo materia tangible y consumible, en aras a su reconocimiento inmediato, o pronto, y a causa de las muchas representaciones que de ellas hicimos, hacemos y haremos.

    Y bien…

    ¿A qué santo encomiendo esta digresión?

    Debo de andar por las ramas para no topar con el enorme tronco de inevitable realismo. Discúlpeseme el rodeo, aunque de antiguo he asumido que la línea recta empuja y conduce con arbitraria y creciente eficacia de origen a destino, incrementada la adjetivación en el tramo, largo y corto, que abarca el declive. Hago equilibrios en la cuerda floja, espectáculo de funambulismo, porque con sólo la memoria del anuncio que me mandó la tentación redactar me pongo trascendente a la vez que en inquieta penitencia por sacar a relucir cuestiones que también sin plantear demanda previa atinan en el objetivo.

    El texto es breve y asimismo rápida su lectura: “Si no hay más remedio, acepto”; congraciadas las palabras del autor, al menos ellas, con la en definitiva irrebatible voluntad de la fuerza suprema, ama y señora del viaje cósmico. Sin embargo, su interpretación es variada y en gran medida contradictoria.

    Esta nota escrita sobre la marcha, burlona, contrita, transaccional, alude a un momento sin tiempo concreto que desde la eternidad habla al infinito, o viceversa, que suena a música equivalente. Esta opinión, semejante a la certeza, fluye de un cautiverio obligado a un protagonismo candente a la velocidad del pensamiento, inducido éste por las ligaduras que vinculan la causa primera con la última.

    El escolio a la nota, al estilo de la posdata, pudo incluir la doble, dislocada, yuxtapuesta, recomendación de “absténgase intermediarios” y “sírvase pasar a la hora y por el lugar convenidos”, frases que encubren, de hecho implican, un matrimonio a yuras, clandestino en cuanto estrambótico, con el numen del heroico fatalismo.

    ¡Descargad alivios!, se exige, se ruega.

    A las alturas de la petición ni cronista ni finado están para carreras en pos de dadivosas acciones y graciosas concesiones por estipulación. En la circunstancia de riesgo patente, que vuela fugaz y tajante como un parpadeo, se prescinde del deseo traído y llevado por varitas mágicas; se anula la fantasía henchida de egoísmo y pedante resolución; se apaga el eco de la vanidad. Se vuelve de cara el saludo único, la luz del criterio noble, la educada oportunidad.

    En la urgida solicitud de auxilio lanzada a los cuatro vientos se proclama el triunfo de la dignidad.

11 Mozart

Wolfgang Amadeus Mozart

La valerosa gobernadora y el caballeroso general. La rendición de Tournai

La galantería y la admiración no están reñidas con la guerra

 

Los viejos Tercios españoles llevaban mucho tiempo bregando en el laberinto de Flandes. Mandados por el extraordinario general Alejandro Farnesio, aún eran temidos, respetados e invencibles; pero el brillo de aquel imponente sol declinaba, pues así es la vida, y por aquel 1581, inmerso en luchas no pocas veces desiguales, los españoles afrontaban mermados de efectivos aunque sobrados de espíritu y pericia la invasión de la actual Bélgica por una alianza militar de franceses, holandeses e ingleses además de los levantiscos flamencos protestantes. Muchos contra pocos.

    A marchas forzadas por tierra y agua, combatiendo en esos dos elementos cual seres anfibios y asaltando barcos como si de fortalezas se tratara, los hombres de Farnesio hicieron acto de presencia antes los muros de Tournai (o Tournay o también Turnay) el día primero de octubre de 1581. Tournai era una imponente cabeza de puente, nudo de caminos y magnífica base de operaciones que en 1521, época del emperador Carlos I, tras un asedio fue ganada por los Tercios para su inclusión en los Países Bajos españoles: Holanda, Bélgica y Luxemburgo. La sorpresa en la plaza fue mayúscula al ver enfrente a los españoles, creyéndolos muy lejos; ni siquiera el gobernador, Pierre de Melun, orangista y luterano se hallaba en su puesto, a diferencia de su esposa, la gobernadora Cristina de Lalaing, llamada princesa d´Espinoy, sobrina de los condes de Hormes y de Montigny, vencidos y ajusticiados por el duque de Alba, quien tomó dignamente el mando de la defensa.

    Detrás de los muros, la guarnición a la que se había sumado un nutrido y fogoso paisanaje protestante, organizada por el veterano y valeroso oficial Estrelles y a las órdenes de la gobernadora, decidió resistir cuanto pudiera.

    Alejandro Farnesio reconoció minuciosamente las fortificaciones, que destacaban por su buen trazado más que por su sólida edificación, y eligió la zona de mayor vulnerabilidad a un ataque. El 15 de octubre, previamente emplazadas veintitrés piezas de artillería, ordenó abrir la trinchera y empezar a minar para la consiguiente voladura. Advertidos los españoles de que la contrincante al mando de Tournai era una dama, recibieron orden los artilleros y los infantes por si aparecía en los parapetos que cesaran el fuego o desviaran la puntería.

    Las primeras descargas, los primeros derrumbes y los primeros asaltos no arredraron el ánimo de la gobernadora ni su hueste, así que Farnesio optó por economizar sangre. A todo eso, los sitiados practicaban salidas continuas, que provocaban correlativas luchas cuerpo a cuerpo y bajas; y a las pocas semanas el príncipe de Orange envió una tropa de socorro inmediatamente eliminada por la Caballería española.

    Al sitio propiamente dicho, por si no bastara la presión que suponía para los encerrados en la plaza, se unió la climatología adversa, con temporales y frío, que incrementaban las penurias y la debilidad ante los briosos ataques de los sitiadores. Era entonces, al fragor de la lucha, cuando aparecía enhiesta la figura valiente de Cristina de Lalaing animando a los suyos, fortaleciendo su natural decaimiento; con éxito. Tal pulso espoleaba a unos y otros, hasta que los españoles se juramentaron para de una vez morir o entrar por la brecha en un asalto definitivo.

    Alejandro Farnesio había sido herido varias veces en sus descubiertas en derredor de las murallas, blanco para las armas defensivas, lo que no impidió que de nuevo inspeccionara el campo y dispusiera los medios para batir al tenaz enemigo parapetado.

    El día señalado como último, rompió al amanecer el estruendo de la artillería como preparación al asalto de los infantes, vigilantes los caballeros en retaguardia y los flancos. En una de las pausas de fuego impuestas por el lento cargar de los cañones y el igualmente pesado disipar del humo de la pólvora, de fuera escucharon dentro de las murallas el toque de llamada mientras no se escuchaba el estampido de réplica de los cañones. Respondieron los cornetas de los sitiadores con aviso de cesar el fuego y los asaltos: a ver qué deparaba la tregua.

    Al cabo asomó por un portillo de la muralla el jefe militar de la plaza, señor de Estrelles, con los brazos en cabestrillo, pidiendo en español parlamentar con el general Farnesio. Conducido a su presencia de inmediato se ajustó la rendición, consistente en un pago de 200.000 florines, como contribución de guerra, y honores para la guarnición que saldría a banderas desplegadas, tambor batiente y bala en boca al día siguiente.

    A las diez de la mañana del 30 de noviembre de 1581, tras dos meses de asedio, Alejandro Farnesio se presentó a la puerta de la ciudad, encuadrados perpendicularmente a la muralla los piquetes de Los Tercios, escuadrones y baterías, para rendir honores a la guarnición; los demás soldados y oficiales formaron calle a fin de ver y saludar a los valerosos enemigos, con la gobernadora Cristina de Lalaing a la cabeza a lomos de su corcel.

    Este es el relato literal que ofrece el historiador Luis Bermúdez de Castro y Tomás en su obra Mosaico militar:

“Presentaron las armas los piquetes; abatiéronse las banderas de las dos fuerzas adversarias en señal de saludo; descubrióse, reverente y galante, Farnesio, y la dama agitó su pañuelo contestando a la cortesía del caudillo español. Mas los soldados sueltos que formaban calle prorrumpieron en clamorosos vivas a la heroína, poniendo sus chambergos en la boca y punta de los arcabuces y picas, y arrojando al suelo las capas, a manera de alfombra, para que las pisase la cabalgadura, que, asombrada de tanto grito y movimiento, piafaba y se revolvía, con riesgo de desmontar a la amazona. Entonces, dos capitanes españoles sujetaron y tranquilizaron al fogoso animal, y tomando cada cual una rienda, descubiertos como dos palafreneros, condujeron a través de la entusiasmada tropa a la bella dama, cada vez más impresionada y conmovida por las muestras de respeto y admiración que recibía. Muchos soldados se apartaban corriendo para coger del campo flores, y deshilachaban las cuerdas de los arcabuces atando ramos que entregaban a los soldados flamencos para la señora”.

    Los oficiales de Caballería montaron a caballo para escoltar a Cristina hasta el pueblo más próximo, donde la aguardaba su marido con una carroza, y, a fin de honrarla más, tomaron los estandartes de sus escuadrones pidiéndole que los tocase con sus manos, y no se acercaban a ella sin destocarse respetuosamente. Y aquella mujer, que había mirado impasible la agonía de los soldados, el fuego de las baterías y el arrojo feroz de los asaltos, no pudo resistir la emoción de contemplar a los odiados españoles rindiéndole el tributo y homenaje que merecía su firmeza, su abnegación y su valor.

    Largo rato la acompañaron, y quién sabe hasta dónde hubieran ido si Farnesio, temeroso de que llegaran a importunarla demasiado, no hiciese tocar asamblea en el campamento, con lo que se detuvieron todos para volver al real, no sin rodearla con ánimo de despedirse. Lloraba la amazona presa de nerviosa emoción, y con turbada voz tuvo aliento bastante para gritar lo que jamás pensara que hubiese salido de sus labios: “¡Caballeros soldados españoles! ¡Viva España!”.

    Desde aquel punto y hora los príncipes d’Espinoy, los enemigos de España y de la religión católica, se refugiaron en su palacio de Bruselas, y además de que no volvieron a reanudar actividades orangistas ni aceptaron trato con los rebeldes, también en su hogar acogieron a cuanto español residía o pasaba por la ciudad y había sido testigo del heroísmo de Cristina.

 

 

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Memoria recobrada (1931-1939) XLVI

Recordemos aquello que fue y por qué sucedió. Esta entrega reseña el episodio de los llamados trenes de la muerte.

 

En los albores de la guerra, finales de julio de 1936, los dirigentes del Frente Popular en Jaén, capital y provincia, decidieron confinar en la catedral a todas aquellas personas de significación derechista, denominadas de orden, y católica, eclesiásticos y feligreses, que pudieron detener. El número ascendió a mil doscientas, procedentes de la capital y de otras localidades de la provincia; y con esta medida se pretendió erradicar, o por lo menos minimizar, el temido riesgo de contagio entre la población civil. Un riesgo que persistía de mantenerlas tan próximas a su lugar de residencia y con los hábitos de vida reconocibles para todos.

    No satisfechos con el aislamiento vigilado, la medida inmediata que acabaría con el peligro “derechista” fue la de enviarlas a Madrid, concretamente a la prisión de Alcalá de Henares, transportadas en ferrocarril. Los principales ideólogos del plan de encierro y dispersión de las personas citadas fueron el Director General de Prisiones del gobierno del Frente Popular sito en Madrid, Pedro Villar, jienense de nacimiento, y el diputado, enviado especial a Jaén por dicho gobierno, Vicente Sol. Serían trasladadas en dos convoyes.

    El 10 de agosto partió el primer grupo de presos; el 11 llegaba el tren a la estación de Atocha donde actuaba impunemente la checa gestionada por las Milicias Ferroviarias de CNT, dirigidas por Eulogio Villalba Corrales. Obligaron a bajar del tren a una docena de hombres a los que, por entretenimiento y causar terror, se les simuló fusilar. Un acto que tuvo su expresión cierta y criminal a continuación, sobre otros once descendidos del tren que a las afueras de la estación fueron asesinados mientras el tren seguía hasta Alcalá de Henares.

    De lo que aconteció al segundo grupo de trasladados por vía férrea desde Jaén, se supo por los supervivientes de la matanza en masa que tuvo lugar en Madrid.

    Alrededor de trescientas personas formaban esta segunda expedición, doscientas cincuenta sacadas de la catedral, con el obispo de la diócesis a la cabeza, y el resto de diversas zonas de la provincia jienense, bajo la custodia, afortunadamente para ellas, de una escolta de la Guardia Civil. El acompañamiento de estos guardias civiles, entre veinticinco y treinta, servía a los dirigentes frentepopulistas como excusa para, a su vez, alejarlos físicamente de la plaza y de la provincia; una acción repetida con el traslado de doscientos al Santuario de la Virgen de la Cabeza en la Sierra de Andújar.

    El tren partió de Jaén a las veintitrés horas del 11 de agosto de 1936. Fue un viaje penoso en el que a las condiciones inhumanas del traslado se sumaron las agresiones e insultos de las turbas apostadas en las estaciones del trayecto hasta la capital de España. Amanecido el día 12, a la altura de Villaverde, a las puertas de Madrid, una partida de milicianos armados detuvo el tren y mandó a los guardias civiles, que en lo posible habían impedido los ataques y las vejaciones a los trasladados, siéndolo ellos también, que entregaran los pasajeros a esa autoridad miliciana. El jefe de la escolta adujo para negarse a la entrega que debía ponerse en comunicación con el ministro de la Gobernación (general Sebastián Pozas Perea) en demanda de instrucciones al respecto; la respuesta del ministro fue que la Guardia Civil obedeciera a los milicianos.

    La matanza, copia de las producidas en la Unión Soviética, tuvo lugar en el acto. Sin atender a otra consideración que al deseo de asesinar cuanto antes y a cuantos más, la partida de milicianos condujo el tren hasta la estación de Santa Catalina, en Vallecas, situada en la periferia de Madrid, donde obligaron violentamente a descender a los presos, dividiéndolos en grupos en grupos de veinticinco. Cada grupo fue llevado hacia un terraplén en el que estaban emplazadas tres ametralladoras con sus servidores, que abrían fuego de inmediato. Además de los propios reclusos, que eran testigos del fusilamiento de sus familiares, amigos y compañeros de viaje, figuraban como espectadores aproximadamente dos mil individuos jaleando los asesinatos y el terror infundido a los que esperaban el turno de la muerte.

    Los fusilamientos continuaron hasta que, a falta de cuarenta personas, un joven llamado Leocadio, por motivo que se desconoce, se dirigió al jefe de los milicianos para decirle que él respondía con su vida de los que aún estaban vivos. Los así salvados, aunque desposeídos de todo bien que portaran encima, testigos y cronistas de la matanza, poco gozaron de esta dádiva arbitraria, puesto que tras un breve pero intenso recorrido por la Casa del Pueblo (del PSOE) de Vallecas y algunas checas, acabaron en la cárcel Modelo de Madrid y fueron, entre dos y tres meses después, penalidades aparte durante la nueva reclusión, víctimas de las sacas criminales y pereciendo en los lugares de fusilamiento sitos en los términos municipales de Torrejón de Ardoz y Paracuellos de Jarama, ambas localidades en la provincia de Madrid.

    Los asesinados en la matanza del tren de Jaén fueron enterrados en dos grandes fosas abiertas junto a las tapias del cementerio de Vallecas. Finalizada la guerra se recuperaron doscientos seis cadáveres.

    Esta práctica del terror, de la que los trenes de la muerte son tan solo un ejemplo, era sistemáticamente concebida y ejecutada con el pleno conocimiento y auspicio del gobierno republicano del Frente Popular.