El marino, científico y explorador Dionisio Alcalá Galiano

Campañas hidrográficas en los océanos Atlántico y Pacífico y el mar Mediterráneo

 

Marino de la Real Armada, científico y explorador, Dionisio Alcalá Galiano nació en Cabra, provincia de Córdoba, en 1760. Es uno de los más cualificados marinos científicos de la Ilustración española. Inició su formación científica a edad temprana y en la mar a las órdenes de Vicente Tofiño, participando en los importantes levantamientos cartográficos de las costas de España necesarios para el proyecto del Atlas marítimo.

    Guardiamarina con tan solo dieciséis años, en 1776 embarcó en la fragata Júpiter y un año después participaba en las campañas de Brasil y el Río de la Plata; la primera contra los portugueses con la escuadra del marqués de Casa Tilly y un cuerpo de desembarco a las órdenes del general Pedro Cevallos, conquistando la isla de Santa Catalina en aguas brasileñas; la segunda, en Montevideo, bloqueando y rindiendo la colonia del Sacramento, como oficial de órdenes de Gabriel de Guerra, comandante del Río de la Plata.

    Durante el proyecto del Atlas marítimo formó parte de la tripulación de la fragata Lucía y colaboró en los trabajos desarrollados en Algeciras y el Mediterráneo entre 1784 y 1785.

    Ya cualificado científicamente, el joven teniente de fragata inició su andadura como cartógrafo y astrónomo en la fragata Nuestra Señora de la Cabeza que, al mando de Antonio de Córdova, llevó a cabo una importante campaña hidrográfica en el estrecho de Magallanes entre 1785 y 1786.

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Dionisio Alcalá Galiano

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Ascendido a teniente de navío, de nuevo a las órdenes de Tofiño, junto con el personal del Observatorio de Marina, continuaron los levantamientos de las costas de Asturias y Vizcaya a lo largo del año 1788, elaborando unas detalladas cartas náuticas. De esta época es también la corrección de la carta de las Azores llevada a cabo por Vicente Tofiño con la fragata Santa Perpetua y los bergantines Vivo y Natalia, éste mandado por Alcalá Galiano. Esta importante formación científico-práctica condicionó la presencia de Alcalá Galiano como oficial astrónomo en la más importante expedición científica española por mar de la Ilustración: la Expedición Mundial, con importantes finalidades políticas y científicas, comandada por Alejandro Malaspina y José Bustamante y Guerra.

    La expedición partió de Cádiz el 30 de julio de 1789 y recorrió toda América, de Montevideo a Alaska, los archipiélagos del Pacífico, Vavao, Carolinas, Marianas, Filipinas, Australia y Nueva Zelanda. En este colosal viaje ilustrado, el protagonismo de Alcalá Galiano es incuestionable, ya que su sólida formación científica junto a Tofiño y su familiaridad en el uso de modernos instrumentos de observación astronómica, dieron gran relevancia a sus trabajos, como acredita la abundantísima documentación conservada en el Archivo del Museo Naval de Madrid. Fue sin duda una figura clave en el desarrollo del ambicioso proyecto científico del viaje: volver a cartografiar la totalidad de las costas americanas y levantar mapas fiables del inmenso Pacífico, nuevamente clave en la estrategia política de los grandes imperios marítimos mundiales.

    Principal oficial astrónomo de la expedición, embarcado en la corbeta Atrevida, recorrió entre 1789 y abril de 1791, cuando recaló por segunda vez en Acapulco, la totalidad de las costas americanas, realizando observaciones de gran relevancia en Montevideo, Puerto Deseado, Puerto Egmont (Malvinas), Puerto Chiloé, Talcahuano, Valparaíso, Coquimbo, Arica, Callao, Guayaquil, Puerto Pericó, San Blas y Acapulco. En México fue comisionado por Malaspina para reordenar todos los materiales astronómicos del viaje y realizó importantes mediciones, de modo que permaneció en su comisión hasta el retorno de la Atrevida al puerto de Acapulco procedente de la costa noroeste., en fecha octubre de 1791.

Alcalá Galiano 2

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Nuevas órdenes de la Corona recibidas durante esta campaña dieron lugar a un nuevo y prolijo reconocimiento de la costa septentrional de América, en busca del ansiado y estratégico Paso del Noroeste, citado por Ferrer Maldonado siglos atrás; Malaspina comisionó para esta misión a dos de sus más valiosos oficiales: Alcalá Galiano, al mando de la goleta Sutil y Cayetano Valdés, al mando de la goleta Mexicana, mientras el resto de la expedición continuó sus navegaciones hacia las Filipinas y el Pacífico sur.

    El 8 de marzo de 1792 salieron ambas goletas hacia Nutka, donde permanecieron entre el 13 de mayo y el 5 de junio. En la bahía de Núñez Gaona, Alcalá Galiano determinó la longitud y levantó un plano del puerto; realizó idéntica labor en el estrecho de Juan de Fuca a lo largo del mes de junio, Nutka y las costas de la actual Vancouver, ensenada del Engaño y Puerto Cepeda. En la cala del Descanso permaneció con sus hombres hasta el 19 de junio sin haber localizado el deseado Paso del Noroeste. Estos días ocurrió el encuentro con el célebre marino y explorador británico Vancouver, con quien navegó hasta el canal de Lewis; continuando luego, junto a Valdés, los reconocimientos del laberinto de canales de la tierra firme de la actual Columbia Británica sin obtener resultado alguno. Testigo de aquellas derrotas es la isla que descubrió, Galiano island actualmente, situada entre la Isla de Vancouver y la costa pacífica de la Columbia Británica, en Canadá. Por fin el 23 de agosto las goletas regresaron al Pacífico levantando diversos puertos hasta su recalada en Nutka el 1 de septiembre, concluyendo que no existía paso alguno hacia el Atlántico en el estrecho de Fuca. En noviembre de 1792 volvieron a Acapulco.

    Estos reconocimientos, además de importantísimos para la geoestrategia de la época, alcanzaron gran difusión al lograr su publicación presentándolos a la corte como expedición separada y no dimanada de la proscrita de Malaspina, cuyos espléndidos resultados permanecieron inéditos hasta mucho después. Según informa y demuestra en la Memoria de sus observaciones de longitud y latitud publicada en 1796, es el inventor del procedimiento de hallar la latitud por observación de altura polar de un astro a cualquier distancia del meridiano. Tras su retorno a Cádiz, Alcalá Galiano llevó a cabo su última campaña científica entre diciembre de 1802 y octubre de 1803, en la fragata Soledad, con la que realizó una extensa campaña hidrográfica por el Mediterráneo hasta Constantinopla.

    La postrera de Alcalá Galiano cumplió satisfactoriamente con la encomienda fijada. A bordo de la fragata Soledad, recibió la orden de dirigirse a los mares de Grecia y Turquía para levantar las cartas del Mediterráneo Oriental, hasta la fecha harto deficientes. Marcó y situó astronómicamente todas las islas e islotes de aquella zona y prosiguió navegación hasta Buyukderé, provincia de Estambul, y la embocadura del mar Negro. Su persona recogió el aprecio y la distinción de cuantas autoridades tuvieron noticia de la campaña, de Atenas a Constantinopla, y en el resto de puertos mediterráneos visitados. Ya en España elaboró las cartas náuticas encomendadas, recibiendo la felicitación máxima por su acertado desempeño.

    Poco después, al mando del navío Bahama murió heroicamente en el combate de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805, igual que otro ilustre científico, marino, patriota y compañero, Cosme Damián Churruca, además de otros valiosos y valientes oficiales que fueron víctimas de la incompetencia del aliado francés.

 

 

Artículos complementarios

    Vicente Tofiño

    Federico de Gravina

    Cosme Damián Churruca

    Juan Francisco de la Bodega y Quadra

Expedición Hidrográfica del Atlas de la América Septentrional. Cosme Damián Churruca

“Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto”

 

Patriota con ejemplo diario, eminente cartógrafo y matemático, intrépido explorador, brillante y heroico militar integrado en la oficialidad de la Armada Española denominada “de los científicos” y comandante de la Expedición Hidrográfica del Atlas de la América Septentrional, Cosme Damián Churruca y Elorza, natural de la Guipuzcoana villa de Motrico, nació en 1761. Su ardua labor en los ámbitos de la navegación exploradora y el estudio científico contribuyó al avance de las nuevas ciencias y técnicas de la Marina nacional, revitalizada con el impulso de los ilustres José Patiño y Rosales y Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada.

    Salido de su villa natal con vocación marinera, primero fue a cursar humanidades (estudios de bachillerato) en el seminario de Burgos, ingresando en 1776, con quince años de edad, en la Academia de Guardiamarinas en Cádiz; dos años después finalizó su carrera en El Ferrol con el despacho de alférez de fragata.

    Una vez licenciado, actuó embarcado a bordo del navío San Vicente y la fragata Santa Bárbara contra los británicos en varias campañas, la postrera en esa época en el asedio de Gibraltar entre 1779 y 1783, a las órdenes del general Martín Álvarez de Sotomayor, con los reputados marinos Juan de Lángara, Luis de Córdova y Antonio Barceló, y junto a Federico de Gravina, con quien alcanzaría honores en Trafalgar. Acto seguido, habiendo cumplido con lo que se le encomendaba, solicitó y obtuvo plaza en el curso de estudios sublimes en El Ferrol, de reciente creación, destinado a los oficiales con mejores dotes cuyo objetivo era el de conseguir una Marina óptima para la defensa de los territorios nacionales, el aseguramiento de las rutas comerciales para el comercio ultramarino y el envío de expediciones científicas de buen provecho. En esta etapa amplió sus conocimientos de matemáticas, física y astronomía, presentando a la imprenta un trabajo que resultaría de los más considerados de su producción: Instrucciones sobre puntería para los bajeles del rey.

    Infatigable en la observación astronómica, dedicando gran interés práctico a la medición de los astros, fuente primordial para la correcta navegación, dio entusiásticamente en participar en distintas empresas militares y no menos fervoroso en la colaboración con instituciones de la Marina queriendo revertir su evidente decadencia.

    La misión inaugural de Churruca lo llevó al Estrecho de Magallanes (Estrecho de la Madre de Dios, en tiempos de Pedro Sarmiento de Gamboa), zona de interés geoestratégico y comercial pese a su intrincado acceso y frecuentes inclemencias, para completar su cartografía y las especiales características de sus fieras aguas; el diario de navegación fue publicado en 1793 como apéndice a la edición de Fernando de Magallanes, y también dio a conocer su Relación sobre la Tierra de Fuego, elaborando a la par multitud de mapas y estudios de la inhóspita región. Con Churruca embarcó su compañero del curso de estudios superiores Ciriaco Ceballos, ambos encargados prioritariamente de las tareas astronómicas y geográficas. Superadas a duras penas las múltiples dificultades, los resultados del viaje sobre las circunstancias de la navegación en aquellas remotas latitudes: corrientes marinas, fuerza de los vientos, altura y frecuencia de las olas, impacto de las mareas, sirvieron para establecer un paso más seguro y definitivo entre los océanos Atlántico y pacífico y para demostrar la solvencia de la ciencia hidrográfica española en manos, cabeza y espíritu de los muy bien formados marinos.

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Cosme Damián Churruca

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Expedición Hidrográfica del Atlas de la América Septentrional

De vuelta a España fue incorporado al equipo del Observatorio de Marina de Cádiz, y al poco fue nombrado comandante de la ambiciosa expedición al Caribe y América del Norte con el propósito de perfeccionar las cartografías existentes. Se le denominó Expedición Hidrográfica del Atlas de la América Septentrional, siendo en realidad dos expediciones en una, mandadas por Churruca y Joaquín Francisco Fidalgo, con los navíos Descubridor y Vigilante, que zarpó en 1791. La expedición debía recorrer las Antillas Menores, o Pequeñas Antillas (en poder de otros Estados), para comprobar su extensión individual y conjunta, los canales de separación entre ellas y las posiciones astronómicas. No pudo desarrollarse según el plan previsto, pues debían reconocerse también las costas de Cuba y el canal de las Bahamas y después explorar la costa norte del Seno Mexicano desde la desembocadura del río Mississippi a los litorales de Luisiana y Florida. No fue posible. Arribados a la isla de Tobago pusieron proa a Puerto España, capital de la isla de Trinidad, estableciendo aquí el meridiano de referencia para todas las mediciones.

    Churruca y Fidalgo elaboraron una nueva carta náutica en sustitución de la Carta de Trinidad levantada por Cayetano Llorente: ambos marinos se repartieron la cartografía del litoral de Trinidad, incluidos los bajíos y los escollos dificultando la navegación, las poblaciones a la vista y la averiguación de la longitud y latitud.

    La expedición continuó sus observaciones en la vecina isla de Tobago y las islas inglesas de Granada, Granadinas y San Vicente, no pudiendo visitar las de dominación francesa por hallarse en poder de los revolucionarios.

    Se dirigieron a Puerto Rico para reponer fuerzas y encontrar reemplazo a los hombres enfermos y exhaustos tras la penosa navegación de los meses precedentes. Una tarea impedida en gran parte por la situación bélica imperante y la llegada del invierno: circunstancias que pese a lo desfavorable sirvieron, aprovechando el tiempo, para elaborar el plano del puerto de San Juan y desde esta base recorrer las aledañas islas Vírgenes.

    Ante la persistencia de la situación de peligro en el Caribe y a bordo de unos barcos escasamente preparados para llevar a cabo los trabajos científicos y a la par defenderse de posibles ataques, Churruca decidió regresar a Puerto España en Trinidad navegando el exterior de las Pequeñas Antillas, observándolos a medida que por ellas pasaban: San Eustaquio, San Bartolomé, San Cristóbal, Nieves, Montserrat, Dominica y Martinica. Una vez en Trinidad, centro activo de estudios náuticos por aquel entonces de investigación, ordenaron los resultados y en agosto de 1794 recibieron la orden de volver a España para relevar la tripulación; habían transcurrido tres años y cuatro meses desde la partida.

    Tiempo después, Churuca lamentaba y denunció que debido a los cambios políticos se olvidasen sus trabajos sobre unas costas más conocidas por las demás naciones que por la española, declarada no obstante la pretensión de conservarlas. Finalmente, entre 1802 y 1811, varias cartas esféricas y geométricas vieron la luz, entre ellas una de las Antillas y otras de la isla de Puerto Rico, titulada genéricamente Carta esférica de las Antillas y la particular geometría de Puerto Rico, fechada en 1802. Toda la documentación conseguida durante la travesía acrecentó la fama de los resultados científicos de la Expedición Hidrográfica del Atlas de la América Septentrional.

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Cumplía treinta y dos años Churruca en 1793 con los méritos contraídos en la tarea científica, y en premio, pese a su juventud para ello, se le otorgó el mando del buque Conquistador; a sus dotes innatas como jefe se unían las de marino práctico.

    En 1795 fue comisionado para visitar en París lugares donde se desarrollaba su especialidad, amén de ampliar sus conocimientos científicos en beneficio de España; en la capital francesa recibió un trato atento y distinguido, al extremo que en esa fecha el primer cónsul, Napoleón, le hizo entrega de un sable de honor.

    Un merecido periodo de reposo en su localidad natal, dio paso a la incorporación a las armas en 1803, esta vez al mando del navío Príncipe de Asturias; y pasados dos años fue de su responsabilidad el navío San Juan Nepumoceno, del que se ocupó también del armamento y la puesta a punto, y donde falleció, con los entorchados de Brigadier de la Real Armada Española, el 21 de octubre de 1805 en glorioso acto de servicio.

El sacrificio de la gran flota española en Trafalgar es el resultado de la alianza lamentable con la Francia napoleónica, juntas las dos Armadas bajo el incompetente y cobarde mando del almirante Pierre Villeneuve, de infausta memoria.

    Los españoles contaban con magníficos barcos, entre ellos el de mayor tamaño existente, el navío Santísima Trinidad, y unos marinos excepcionales como Federico de Gravina (que perdió un brazo, de cuya resulta murió a los pocos meses), Dionisio Alcalá Galiano (acribillado y decapitado en su puesto de mando por descargas y proyectiles), Francisco Alcedo y Bustamante (destrozado por una bala de cañón) y el propio Cosme Damián Churruca. Éste contemplaba abatido las disposiciones del almirante francés, sobre las que expresó lo siguiente: “Nuestra vanguardia será aislada del cuerpo principal y nuestra retaguardia se verá abrumada. La mitad de la línea estará obligada a permanecer inactiva. El almirante francés no lo entiende. Sólo ha de actuar con osadía, sólo ha de ordenar que los barcos de la vanguardia viren de nuevo a sotavento y se sitúen detrás de la escuadra de retaguardia. Eso colocaría al enemigo entre dos fuegos. ¡Estamos perdidos!” De manera premonitoria, triste y realista, declaró a su genbte que “Antes de rendir mi navío lo he de volar o echar a pique”; y a su entrañable hermano político José Juan Ruiz de Apodaca y Eliza (que rescataría cuanto pudo de la derrota en Trafalgar y llegó a ser Comandante general de la escuadra del Océano, embajador en Londres, capitán general de Cuba y las dos Floridas, virrey de Nueva España (1816-1821) y capitán general de la Armada): “Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto”.

    El navío de Churruca fue rodeado y cañoneado por seis ingleses en el transcurso de la desigual batalla. Acudía presto a donde mayor riesgo se corría para infundir el valor que a los españoles no faltaba y luchar como el primero supliendo las bajas continuas, hasta que recibió el impacto de una bala de cañón que le amputó la pierna. “No es nada, siga el fuego”, animó escapándosele la vida; aún pudo disponer en su agonía que no se rindiera el navío mientras él estuviera vivo. Por su parte, Villeneuve, en consonancia con su actitud previa, se dejó hacer prisionero; aunque acabó suicidándose.

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Cosme Damián Churruca

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Artículos complementarios

    Vicente Tofiño de San Miguel

    Dionisio Alcalá Galiano

    Federico de Gravina

    Antonio de Ulloa y Jorge Juan

    Los primeros observatorios españoles

    Juan de la Cosa

El explorador y cronista Álvar Núñez Cabeza de Vaca

El Imperio en América: De la Florida al Río de la Plata

El descubrimiento de las cataratas de Iguazú

 

Personaje de epopeya, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, se enfrentó en su insólita aventura vital a las incertidumbres, terribles padecimientos y enormes dificultades de los conquistadores del Nuevo Mundo, con la fuerza de su espíritu y la determinación del héroe que se sabe humano y dependiente de su voluntad.

    Nacido en Jerez de la Frontera en 1507 (algunas fuentes sitúan su nacimiento en 1488, en 1490 e incluso en 1500), descendía del pastor que mostró a los cristianos de Alfonso VIII de Castilla, de Sancho VII de Navarra y de Pedro II de Aragón, el paso libre de enemigos para cruzar Despeñaperros y enfrentarse a los musulmanes en la célebre batalla de las Navas de Tolosa. Recibió una esmerada educación en letras y caballerosa en armas, mostrando ya en aquella época atribuciones de cortesía y virtudes de audacia e inteligencia.

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El viaje al Nuevo Mundo

En 1527 zarpó de Sanlúcar de Barrameda hacia La Española, Cuba y la Florida en la expedición de Pánfilo de Narváez. Álvar Núñez Cabeza de Vaca es el tesorero y alguacil mayor de la expedición que consta de cinco barcos, seiscientos hombres y diez mujeres casadas, con el objeto de poblar la Florida. Llegan a La Española (isla donde se situó el primer asentamiento en el Nuevo Mundo) para proveerse de alimentos y caballos, y a Cuba, habiendo pasado una travesía movida anticipo de las tormentas y huracanes que causaron sesenta bajas y ciento cuarenta deserciones motivadas por las malas noticias que escucharon respecto a una expedición precedente. Corría marzo de 1528 y los barcos no habían podido abandonar Cuba por las inclemencias y las contrariedades. Narváez fuerza la partida en dirección a la Florida harto de esperas y alertado por la desconfianza, y al poco un huracán castigó a los expedicionarios y resto de colonos hasta que a mediados de abril pudieron echar el ancla en la actual bahía de Tampa; quedaban, aproximadamente, cuatrocientos hombres de aquellos seiscientos iniciales.

    Narváez ordenó desembarcar en ese territorio desconocido a trescientos hombres e internarse, pese a la oposición de Cabeza de Vaca y los demás oficiales que lo consideraron gravemente peligroso dada la precariedad de medios y el desánimo generalizado, mientras embarcados los cien restantes en los barcos navegarían costeando y en una zona concreta se reunirían.

    Era un territorio de pantanos, ciénagas y espesuras boscosas, plagado de insectos y fauna agresiva, con nativos hostiles al acecho. Cumplidas las órdenes de Narváez, los expedicionarios vagaron semanas acosados por los ataques. El 25 de junio de 1528, combate tras combate, el grupo entró en territorio de los apalache, una tribu de agricultores con la que también tuvieron que luchar y en alguna medida entablar negocios para el suministro de alimentos e información.

    En vista de la nula prosperidad que ofrecían esos lugares, Narváez decidió marchar hacia el sur en busca del mar. Siguieron atravesando pantanos y sosteniendo escaramuzas con los nativos en su camino a la costa salvadora, a unos diez días de distancia. Pero ni un barco los aguardaba en aquel punto de la costa llamado bahía de los caballos. Era agosto de 1528.

    Querían navegar el golfo de México en viaje de retorno a Cuba, casi un imposible, para lo que fue menester construir unas balsas rudimentarias que posibilitaron ir costeando a los doscientos cuarenta y dos hombres supervivientes de la aventura en la península de la Florida. Era septiembre de 1528 y en la tierra pantanosa quedaban luchas, hambre y enfermedades.

 

La epopeya americana hasta 1536 por territorios inexplorados

Las cinco balsas, atestadas con aproximadamente cincuenta hombres cada una, recorrieron el litoral sur de Norteamérica, a bordo todos famélicos, sedientos y hostilizados por los indios y las inclemencias atmosféricas. Seiscientos cuarenta kilómetros durante seis semanas, hasta alcanzar la desembocadura del río Mississippi, a la altura de la hoy ciudad de Galveston, en una pequeña isla que Cabeza de Vaca bautizó con el nombre de Malhado; pero la fortísima corriente del río arrastró mar adentro a dos de las balsas, una de ellas la de Narváez, que murió. La tercera barca volcó, la cuarta zozobró y la quinta embarrancó en la ribera, que es donde iba Cabeza de Vaca. Pero esta vez la tribu de los charenco acogió benéficamente al náufrago. En el poblado indio se reunió Cabeza de Vaca con los capitanes Alonso del Castillo Maldonado, salmantino, Andrés Dorantes de Carranza, onubense, y el moro Estebanico, asistente del capitán Dorantes, nacido en Sevilla de padres moros esclavos, considerado el primer hombre “negro” que pisó América (y posteriormente alcanzó las Montañas Rocosas, muriendo a manos de los indios en la expedición organizada por Marcos de Niza en busca de Cíbola). Son ochenta supervivientes en noviembre de 1528 que se organizan en condiciones más que precarias, pero infructuosamente, pues al cabo quedarán primero dieciséis, asolados por el hambre y las enfermedades, y al final los cuatro destacados.

    El territorio en el que residían tras su peripecia estaba habitado por multitud de pequeñas tribus, diferenciadas entre sí y enemistadas a muerte. La vida de los españoles es de esclavitud. Cabeza de Vaca logró huir, pero lo que consiguió es cambiar de dueño al ser esclavizado por otra tribu, aunque logrará transformarse en comerciante entre tribus enemigas llevando mercaderías de un poblado a otro.

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Fueron ocho años y más de diez mil kilómetros por el sur de lo que actualmente es territorio de Estados Unidos y el norte de México, entre la península de la Florida por Levante y San Blas en el Poniente, del océano Atlántico al Pacífico, anduvieron los cuatro esforzados, partiendo de la Florida y Río Grande para atravesar los territorios-provincias de Texas, Coahuilas, las áridas mesetas de Chihuahua, Arizona-Sonora y Sinaloa, descender por la margen del Pacífico a través de la provincia de Sonora, siguiendo la costa hasta alcanzar Monterrey y lo que años después sería San Blas (el apostadero de San Blas en Nayarit), dirigiéndose a continuación, rumbo Sureste, hacia la capital de México, Ciudad de México, y del virreinato de Nueva España.

    Cabeza de Vaca, Del Castillo, Dorantes y Estebanico acabaron por huir de sus captores y aquella intermitente esclavitud y acogida, desapareciendo en Texas, Nuevo México, Arizona y el noroeste de México. Viajan por esos territorios inexplorados sin mapas ni referencias, recorriendo los ignotos parajes en círculo y sobreviven gracias a los conocimientos médicos de Cabeza de Vaca que aplica su sabiduría básica a los españoles y a los indios, y su gran predicamento sobre éstos; de modo que la fama de los extravagantes viajeros creció por toda la inmensa región, tratándolos los indios como si fueran magos (los indígenas consideraban a Cabeza de Vaca un chamán, un curandero). Mientras Cabeza de Vaca dispensa cuidados médicos, Del Castillo predica la fe católica. De esta guisa, a los cuatro españoles se va sumando un séquito de indígenas que alcanza en ocasiones las tres o cuatro mil personas. Este conjunto de personas, que sirve de protección a los españoles, sin embargo debe alimentarse y se le debe mantener en orden: un contingente promedio de 600 nativos.

 

Así fueron localizados por un destacamento español en las proximidades de San Miguel de Culiacán, en Sinaloa, costa mexicana del océano Pacífico, el año 1536. El gobernador de la región, Nueva Galicia (reino autónomo dentro del Virreinato de Nueva España, formado por 3 provincias​ que abarcaban la Provincia de Nueva Galicia (Nayarit y Jalisco), la Provincia de Los Zacatecas (Aguascalientes y Zacatecas), y la Provincia de Culiacán (Sinaloa), Nuño de Guzmán, les proporcionó caballos y vestimenta para que los náufragos aventureros llegaran a Ciudad de México y explicaran al virrey de Nueva España, Antonio de Mendoza y Pacheco, su increíble aventura.

    En esta época es cuando escribe Cabeza de Vaca su libro, que es, en definitiva, la primera narración histórica sobre los Estados Unidos.

 

El viaje por América del Sur

El 10 de abril de 1537, se embarcó en Veracruz don destino a España: sufrió una tormenta que obligó a refugiarse en La Habana, reemprendió el viaje en junio y soportó otra tormenta a la altura de las islas Bermudas, luego fue atacado por un barco francés a la altura de las Azores y hasta el 9 de agosto no pudo atracar en Lisboa. Recibió el título de Segundo Adelantado del Río de la Plata al solicitar proseguir las exploraciones en el Nuevo Mundo. Zarpó en 1540 hacia el sur del continente americano. La flota fue desviada por las tormentas, el implacable enemigo de Cabeza de Vaca, hacia la isla de Santa Catalina, en Brasil, donde conocieron que Mendoza y su ayudante Juan de Ayolas habían perecido a manos de los indígenas. Núñez decidió alcanzar el Río de la Plata por tierra y en el camino, que recorrió en compañía de numerosos colonos y ganado, descubrió la maravilla natural de las cataratas de Iguazú.

    Instalado en Asunción del Paraguay, exploró la Sierra de la Playa hacia Potosí y el Río de la Plata en esa demarcación. En su puesto de gobernador, ejerció con justicia en nombre del emperador Carlos I y favor hacia los indígenas, pero entró en conflicto con los colonos, apreciándolo ellos demasiado inclinado hacia los indígenas, quienes lo derribaron cuatro años después. Regresó a España en calidad de preso, juzgado por el Consejo de Indias y desterrado a Orán por ocho años. Una vez perdonado por el rey Felipe II se estableció en Sevilla dedicándose a impartir justicia, en calidad de juez, y luego, ya retirado de la actividad pública, como prior de un monasterio hasta que murió en 1559.

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Naufragios y Comentarios

La obra de Álvar Núñez Cabeza de Vaca que recoge su experiencia en el continente americano, destaca por su calidad literaria. Narrada en primera persona como un libro de viajes pletórico de aventuras ciertas y personajes reales, es la crónica, original y sincera en la transcripción de los sentimientos, del hombre europeo que descubre al hombre indígena y viceversa, y ambos, en convivencia de impresiones y prejuicios surgidos, padecen de los mismos males, se atienen a los mismos sentimientos y sufren las mismas penalidades.

    La crónica escrita entre 1537 y 1540, Naufragios, promovió y facilitó la exploración de las provincias de Arizona, Nuevo México, Kansas y Colorado, integrantes del gran virreinato de Nueva España. Es una de las más hermosas crónicas de la extraordinaria aventura hispana en el Nuevo Mundo, testimonio personal sobre el norte del continente americano, con detalladas descripciones de sus pueblos y paisajes; una fuente etnográfica magnífica y veraz de las poblaciones indígenas del sur de los Estados Unidos de América y el norte de México, del Atlántico al Pacífico. También aparecen por primera vez en el idioma español palabras tomadas de las lenguas americanas. Es, en puridad, la primera narración histórica sobre el territorio actual de los Estados Unidos y sus pobladores: semínolas, calusas, ais, cheroquis, muscogis, alabamas, chicasas, chatcas, ocalusas, apaches, amasis, charenco, hopis y zuñis. La mayoría de los pueblos que informa la obra han desaparecido. Asimismo, en la crónica cita las fabulosas ciudades de Cíbola y los igualmente portentosos territorios de la Gran Quivira y de la Gran Chichimeca.

    Otra relación del mismo autor, dirigida a la Real Audiencia del Consejo de Indias, sirvió de base al cronista Gonzalo Fernández de Oviedo para escribir su Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano.

    Los naufragios, publicada en Zamora el año 1542, de inmediato despertó en toda Europa, al punto que tras la edición impresa conjuntamente con sus Comentarios (relación de su paso por la extensa provincia del Río de la Plata, en épocas futuras virreinato del Río de la Plata o de Buenos Aires) en Valladolid en 1555, fue traducida en primer lugar al italiano e inglés y posteriormente a otros idiomas del viejo continente.

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Monumento a Álvar Núñez Cabeza de Vaca en Houston.

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Artículos complementarios

    Cíbola y el Cañón del Colorado

    Las expediciones al Río de la Plata y la fundación de Buenos Aires  

    El Camino Real de Tierra Adentro

    La fuente de la eterna juventud 

    Una de las mayores exploraciones en el Nuevo Mundo

    La expedición femenina a la región del Plata 

    San Agustín de la Florida y el Canal de las Bahamas

La fundación de la primera ciudad en Norteamérica. Pedro Menéndez de Avilés

 

El Imperio en Norteamérica: La colonización de La Florida, la fundación de San Agustín y el aseguramiento del Caribe y el canal de Bahamas

¡Por España, fuego!

 

Hijo de militar notable que luchó en la última campaña de la Reconquista a las órdenes de los Reyes Católicos, Pedro Menéndez nació en la villa asturiana de Avilés el año 1519. Desconsideradamente minorada su figura y la intensidad de su obra en la historiografía al uso, Pedro Menéndez de Avilés fue un gran marino y militar con traza heroica, Adelantado de La Florida, Gobernador de Cuba y La Florida, Capitán General de la Mar Océana y fundador de la primera ciudad de los actuales Estados Unidos de América, San Agustín de La Florida. Nosotros lo incluimos en la nómina de los españoles ilustres.

    Cincuenta y cinco años de vida entregada al servicio de España contemplan a Pedro Menéndez. En Europa y América, en el océano Atlántico y el mar Caribe, actuó en defensa y beneficio de la patria, venciendo a los poderosos enemigos que se interponían en las rutas terrestres y marítimas y en los asentamientos del Imperio, y no pocas veces con grave quebranto de su hacienda y merma de su honor a causa de las inefables envidias burócratas y cortesanas. Pero tales intrigas, al cabo rechazadas, no podrán empañar entonces ni ahora la inteligencia y el valor —semejantes a los de Blas de Lezo, otro extraordinario marino y militar del que siempre es merecida la ponderación elogiosa— de quien manifestó su genialidad en la estrategia y su anticipadora visión de los acontecimientos. Por justicia le corresponde la iniciativa en la correcta navegación de la Flota de Indias: diseño de los barcos, número de tripulantes, travesía idónea, logística e intendencia convenientes para los largos y arriesgados trayectos; y las cartas náuticas propias de un consumado cartógrafo que además ejerció de consejero privado real.

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Pedro Menéndez de Avilés

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Precoz y valiente, a los catorce años se alistó como grumete en la Armada basada en Santander con misión de limpiar de piratas el litoral cantábrico.

    A los dieciséis ya había decidido tener su propia flota y a los diecinueve dio buena cuenta del enemigo en acción naval. Corría 1539 en aguas de la ría de Vigo, un navío de pabellón francés y tres zabras de acompañamiento habían capturado a una excursión civil; de inmediato, el arrojo director de Pedro Menéndez reúne una tropa de cincuenta efectivos, arma un barco, autónomo de los guardacostas de la Armada presentes, y sale a por los secuestradores atrapando a dos de esos barcos intrusos.

    Un episodio parecido tuvo lugar en 1544, esta vez siendo el secuestrador el también francés Jean Alphonse de Saintogne, que con su flota en la zona del cabo Finisterre apresa dieciocho barcos españoles que dirige al puerto de La Rochelle. Fue en busca del capturador, y tras la audaz incursión en el citado puerto lo mató a espada y recuperó cinco de los barcos; posteriormente, el hijo del finado quiso tomar venganza, pero recibió el mismo trato que su padre. La hazaña de La Rochelle valió a Pedro Menéndez el reconocimiento del emperador Carlos I, que con buen criterio le concedió patente de corso para que prosiguiera liquidando a sus competidores extranjeros en la ruta de las Indias occidentales.

    El siguiente encargo del emperador fue que mandara la flota que había de trasladarlo a Flandes; y dentro de ese año 1554, Pedro Menéndez embarca como pasajero principal en la flota que acudió a los esponsales de Felipe II con María Tudor.

El rey Felipe II tuvo en la más alta consideración a Pedro Menéndez, como militar y consejero, como persona de confianza y como leal cumplidor de las importantes encomiendas que en él recayeron. Dedicado al comercio mercante con el Nuevo Mundo, el de Avilés tantea aquellos territorios ultramarinos que posteriormente agrandaron su fama. En 1554 el monarca lo nombra Capitán General de la carrera, y en 1556 Capitán General de la Escuadra de Armas, consistiendo su labor en el apoyo a los Tercios que luchan en Francia y Flandes.

    Cumplidas las misiones, el objetivo de Pedro Menéndez se sitúa en América del Norte. Pone rumbo a La Florida, territorio explorado antes por Juan Ponce de León, Álvar Núñez Cabeza de Vaca y Hernando de Soto, con la encomienda real de acabar con la invasión de franceses protestantes, los hugonotes, empeñados en instalarse allí habiendo ya dispuesto un asentamiento: el fuerte Caroline, que gobernaban René Goulaine de Laudonnière y Jean Ribault, muy activos en sus ataques a los españoles y sus bienes. Una vez expulsados, había que colonizar La Florida con españoles.

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Monumento a Pedro Menéndez de Avilés en el el Parque de la fuente de la juventud de San Agustín de La Florida

 

La Florida y el Caribe

La flota expedicionaria de Pedro Menéndez zarpó de Cádiz el 29 de junio de 1565, arribando a su destino en la costa oriental de La Florida el 4 de septiembre de ese mismo año. El lugar de recalada para los aproximadamente quinientos embarcados, entre soldados, colonos y religiosos, fue la desembocadura del actual río Saint John, en las proximidades de la hoy ciudad de Jacksonville. Surtas en aquel litoral aparecían cuatro galeones de guerra franceses, que no obstante su armamento y dotación levaron anclas hacia mar abierto, dejando expedita la exploración y el desembarco. En este lugar, con fecha 8 de septiembre, Pedro Menéndez de Avilés levantará el primer asentamiento estable en nombre del rey de España y bajo la advocación de San Agustín; y así se bautizó la que sería primera ciudad fundada en los Estados Unidos de América.

    El asunto colonizador estaba en marcha, pero de nada serviría el asentamiento y los colonos a su amparo sin liberarse de los ataques franceses. Por lo que dispuso una descubierta armada para encontrarse con ellos y plantarles batalla definitiva. Ochenta kilómetros de recorrido por terreno inhóspito y desconocido, con la climatología propia del trópico, no impidieron a los españoles dar con el fuerte Caroline el 20 de septiembre, asaltarlo por sorpresa y tomarlo, cambiándole el nombre por el de San Mateo. Había que seguir y no dar tregua al enemigo para que se repusiera del golpe; la persecución fue implacable hasta que a primeros de noviembre no quedaba un francés en La Florida.

    Entonces la actividad derivó, según lo presupuestado, hacia la colonización; en dos años era un hecho, incrementada la presencia en la costa oriental con los asentamientos de San Mateo y Santa Elena, al norte del viejo fuerte, (en el actual Condado de Beaufort, Estado de Carolina del Sur). Para asegurar los enclaves civiles estableció una línea de fortines desde Cabo Cañaveral hasta los límites de San Agustín y San Mateo. En calidad de Adelantado y Gobernador, organiza la vida civil y militar, también la espiritual que se adjudicó a los misioneros jesuitas por vez primera, pues antes la tarea evangelizadora se encomendaba a franciscanos, dominicos y frailes mercedarios. Embarcado en 1556 para tarea de inspección, durante dos meses visitará además del litoral de La Florida las islas de Santo Domingo, Puerto Rico y Cuba; aprovechando su presencia en esta última para solicitar vituallas, materiales y refuerzos para los colonos de La Florida, sin conseguirlo. Este revés le impulsó de vuelta a España en 1567 y allí, entrevistándose con el rey, logró la ayuda y, de paso, su nombramiento como Gobernador de Cuba, entre 1568 y 1573, donde reforzó las defensas de La Habana e impulsó la construcción de La Fortaleza, y Capitán general de la Armada de guarda y defensa de las aguas del Caribe. Satisfecho con lo obtenido, dedicó sus desvelos a los habitantes españoles de La Florida y a la expansión en dirección al interior del continente: Georgia y Carolina del Norte; y por mar, controlando el vengativo tránsito de piratas y corsarios por el vecino canal de las Bahamas.

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Conmemoraciones en San Agustín

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Vuelta a España

Pedro Menéndez de Avilés regresó a España en 1573 llamado por Felipe II, quien lo tenía como uno de sus principales consejeros. No obstante, previamente a la partida había asegurado la defensa de la bahía de Tampa, en la costa occidental de La Florida, y con plazas fortificadas una importante extensión del Caribe, enclave estratégico para los intereses nacionales.

    Su habilidad para desempeñar a satisfacción las misiones adjudicadas, y su inteligencia para levantar cartas náuticas y el diseño de barcos, le otorgaban una calidad asesora proverbial e indiscutible.

    El rey le confió la organización de una Armada destinada al apoyo de Los Tercios en Flandes, a las órdenes de Luis de Requesens. Pero la deteriorada salud de Pedro Menéndez le impidió hacerse a la mar, pues aunque a bordo de su nave capitana en la partida, no pudo seguir y transcurrida una semana de enfermedad falleció en Santander el 17 de septiembre de 1574.

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Día de la Hispanidad en San Agustín

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La calle en homenaje a Pedro Menéndez de Avilés en San Agustín

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Una estatua en el parque de El Muelle de su Avilés natal le rinde cumplido homenaje. Reza el texto:

“A Pedro Menéndez de Avilés, 1519-1574, Caballero del Hábito de Santiago, Capitán General del Mar Océano, Adelantado y Conquistador de La Florida, donde fundó la ciudad de San Agustín en el año de 1565. Modelo de caballeros y patriotas, su pueblo y la Patria agradecidos le consagran este recuerdo. Año 1917.”

    En San Agustín de La Florida es un personaje admirado y querido al que se recuerda en los libros de texto, con el nombre de la calle principal, con una estatua en el ayuntamiento, con multitud de banderas españolas en su honor y con el disparo horario de un cañonazo allá donde desembarcó el grupo expedicionario, zona de La Misión, al grito de: “¡Por España, fuego!”

 

 

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    Álvaro de Bazán y Guzmán

    Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel

    Álvar Núñez Cabeza de Vaca

El descubrimiento de América. Rodrigo de Triana y los hermanos Pinzón

 

A Oriente por Occidente

¡Tierra a la vista!

12 de octubre de 1492 ante la isla de Guanahaní

 

Los tres hermanos Pinzón, Martín Alonso, nacido en 1440, Vicente Yáñez, en 1461, y Francisco Martín, en 1445, son naturales de la localidad onubense de Palos de la Frontera (Huelva). Su fama histórica viene determinada, principalmente, por haber formado parte de la expedición que al mando del almirante Cristóbal Colón descubrió América en la travesía que por Occidente pretendía llegar a las costas de Asia. Los tres hermanos embarcaron en las dos carabelas, por nombres Pinta y Niña, que junto a la nao Santa María navegaron esa ruta ignota para avistar el 12 de octubre de 1492 la isla de Guanahaní, luego conocida como San Salvador. Martín Alonso era el capitán de la Pinta, donde figuraba el marinero vigía Rodrigo de Triana y Francisco Martín su maestre; por su parte, Vicente Yáñez capitaneaba la Niña. Pero antes y después de la citada fecha, los hermanos Pinzón demostraron su valía en rutas comerciales marítimas y de exploración además de participar en acciones navales de combate.

Pinzón

Hermanos Pinzón

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Carabelas 3

Carabelas

Imagen de http://www.pinterest.es

 

 

Martín Alonso Pinzón

Antes de la gesta del descubrimiento, había navegado por el mar Mediterráneo y el océano Atlántico en su ruta africana. De tales desempeños náuticos, con su bagaje geográfico y cartográfico, surgió el convertirse en armador y comerciante y en integrante de flotas militares en la guerra contra Portugal.

    Mérito fue de los frailes del monasterio-convento franciscano de Santa María de La Rábida el poner en contacto a Martín Alonso con Cristóbal Colón, encuentro afortunado que en apoyo de la empresa facilitó dos carabelas, Pinta y Niña, medio millón de maravedíes y la recluta de tripulación en las comarcas onubenses para el viaje a las Indias de 1492.

    Martín Alonso se puso al mando de la Pinta.

 

Francisco Martín Pinzón

El hermano menos conocido de la familia Pinzón fue el maestre de la carabela Pinta en la travesía del océano Atlántico que descubrió el continente americano. Sus otras dos navegaciones al Nuevo Mundo con el almirante Colón produjeron descubrimientos beneficiosos para la Corona española; anteriormente había navegado por aguas del Mediterráneo y África occidental.

 

Vicente Yáñez Pinzón

Capitán de la carabela Niña, fue un jefe experimentado que supo mantener la disciplina en su barco ante los conatos de rebelión por la demora insostenible en tocar tierra. A continuación prestó auxilió en el naufragio de la nao Santa María que capitaneaba Cristóbal Colón, quien regresó a España a bordo de la Niña.

    El éxito de la travesía atlántica que descubrió el continente americano, impulsó a Vicente Yáñez la organización de una descubierta por las costas americanas entre 1499 y 1500, a la que le acompañó su sobrino Arias Pérez Pinzón, siendo esta navegación la primera en rebasar la línea ecuatorial y situarse frente a la desembocadura del río Amazonas, lo que otorga a su persona e iniciativa el descubrimiento de Brasil.

    Su última travesía fue por aguas de la península del Yucatán.

 

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Un grito de aviso célebre y celebrado en la historia universal es el que pronunció Rodrigo de Triana desde la cofa de la carabela Pinta: ¡Tierra! La del Nuevo Mundo que se interpuso en la travesía hacia Oriente por Occidente, un continente que fue llamado posteriormente América.

Triana

Monumento en Sevilla a Rodrigo de Triana

Imagen de http://www.docelinajes.org

 

El marinero que dio la voz más deseada cuando las fuerzas de los esforzados navegantes de la nao Santa María y las carabelas Pinta y Niña bordeaban el límite de la supervivencia era Rodrigo Pérez de Acevedo, sevillano nacido el año 1469, según informa el Cuaderno de Bitácora del almirante Cristóbal Colón que puede consultarse en el Archivo de Indias de la capital hispalense; aunque también pudiera ser el famoso marinero un tal Juan Rodríguez Bermejo, nacido en la localidad sevillana de Los Molinos y no en el barrio de Triana, o puede que en el municipio onubense de Lepe, el año 1469. El aviso del vigía sonó desgañitado a las dos de la madrugada del 12 de octubre de 1492, festividad de la Virgen del Pilar y así lo refiere el almirante: “Porque la carabela Pinta era más velera e iba delante del Almirante, halló tierra y hizo las señas que el Almirante había mandado. Esta tierra vido primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana”. La tierra que avistó Rodrigo era la isla Guanahaní, que Cristóbal Colón bautizó San Salvador.

Carabelas 1

Nao Santa María y carabelas Pinta y Niña (recreación).

Imagen de http://www.eltelescopiodigital.com

 

Rodrigo de Triana embarcó en la carabela Pinta, capitaneada por Martín Alonso Pinzón y con su hermano Francisco Martín Pinzón como maestre, durante la primera travesía de la flota al mando del almirante Cristóbal Colón que pretendía alcanzar las costas de Asia siguiendo una ignota ruta occidental. La carabela Niña, gemela de la Pinta, estaba capitaneada por Vicente Yáñez Pinzón, y la nao Santa María por el propio almirante Colón.

    Una vez hollado el Nuevo Mundo, la nao y las carabelas prosiguieron descubierta por las aguas caribes. Pero la Pinta extravió la compañía de la Niña y la Santa María, navegando en solitario desde el 22 de noviembre de 1492 hasta el 6 de enero de 1493. Según el almirante, que lo dejó escrito en su Cuaderno de Bitácora, la noche del 21 al 22 de noviembre la Pinta puso rumbo Este para ir a la isla de Baneque, La Española o Hispaniola; al producirse el reencuentro, la Pinta venía de ese punto cardinal, habiendo rodeado La Española, y por primera vez se cita el nombre de Yamave, que es la denominación original de Jamaica. Un reconocimiento de islas del que formó parte el marinero vigía Rodrigo de Triana.

    En 1525, ya como piloto de la nao Santa María de la Victoria, Rodrigo de Triana o Juan Rodríguez Bermejo, embarcó en la expedición de García Jofre de Loaysa a La Especiería (las islas Molucas o el Maluco), donde figuraban nombres ilustres como Juan Sebastián Elcano y fray Andrés de Urdaneta, frustrada por las inclemencias, siendo la última de sus navegaciones al fallecer en junio del año siguiente.

Carabelas 2

Nao Santa María y carabelas Pinta y Niña (recreación).

Imagen de http://news.hispagenda.com

 

 

Artículos complementarios

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