Los ingredientes del guion

Contado sin apasionamiento (X)

 

—Hasta luego.

    —Nos vemos, Rein.

    Gonzalo guardó el teléfono móvil en el bolsillo de su chaqueta y continuó andando por aquella calle estrecha del centro donde se repartían escaparates una multitud de tiendas abigarradas de cachivaches y objetos de colección sentimentalmente valiosa, y algunos bares con olor de frituras y encurtidos.

    Alejado del perímetro comercial de los pequeños negocios oyó el monótono ulular de una sirena acrecentando su agudeza en la dirección que él recorría: el efecto Doppler así lo reseña.

    Gonzalo se abstrajo con reflexiones improvisadas de astrofísica mientras en el horizonte de sentido contrario parpadeaban los alarmantes destellos de una ambulancia que se detuvo precipitadamente a escasos diez metros de su cuerpo detenido por la curiosidad y la prevención a partes iguales. Fue testigo de la salida urgente de los sanitarios, camilla en ristre, hacia un portal de finca antigua, descuidada en su apariencia de reja y cristal, vestíbulo desnudo, angosto y oscuro, a buen seguro con un pasado de mayor lustre que el presente. Por asociación de recuerdos, la memoria de Gonzalo proyectó las escenas de su infancia que se correspondían con el edificio que albergaba el piso de largo y estrecho pasillo de la tía Concha. Tanto la sobria vivienda de su tía como el desangelado edificio en conjunto impresionaban los sentidos de Gonzalo con episodios de historias escritas por la introvertida melancolía de sus moradores.

    Ahora que la curiosidad, en connivencia con los recuerdos —ciertos aunque distorsionados por el tiempo transcurrido y las injerencias de los momentos vividos—, se había impuesto, se situó a la espera del desenlace un tanto escorado para no interferir en la tarea asistencial ni ser reprochado por obstaculizarla. Dio en fantasear con las posibilidades que ofrecía a su imaginativa cabeza de artista la intervención: parto prematuro, brote psicótico, parada cardiorespiratoria, fallo orgánico, traumatismo grave, intoxicación, lesiones, quemaduras, suicidio; en suma, otra anécdota en el registro de peculiaridades de una casa de pisos inserta en un mosaico deslucido de pasajes y plazuelas. Su curiosidad no era malsana; Gonzalo sólo quería convertirse en receptor de una circunstancia y quizá hasta hacerla suya para reinterpretarla en una música y en una letra; y también para incorporarla al proyecto audiovisual que desarrollaba con Rein.

    “Los ingredientes del guion.”

    En el ideario laboral de ambos no figuraba como fuente de inspiración la falsedad morbosa de un acontecimiento que en todo o en parte tuviera relación con cualquier suceso mundano de los que naces y mueren a miles cada día. Para que el relato sea conmovedor y creíble ha de tener entidad propia y mostrar su verosimilitud en la secuencia de aspectos que lo identifican con las emociones. Afirma Gonzalo que en el fondo de todas las tramas únicamente subyacen los sentimientos genéricos a la especie y el factor engaño: cuando la mentira reiterada se convierte en cinismo, cuando el mentiroso es incapaz de confesar el engaño, crea a la víctima y culmina el drama con sus partidarios y detractores bien definidos. Gonzalo insiste ante Rein en la necesidad argumental de incluir las risas de alivio, el asombro, la incertidumbre, la reacción y las lágrimas de dolor alternadas en los protagonistas replicantes: el canalla y el altruista. Sólo con esta vocación de escribir la realidad, o de hacer realidad lo que se escribe, se logra que vibre el público. El público somos nosotros, dice Rein, dice Gonzalo; el público, saben, somos todos, y es difícil conseguir plasmar en imágenes, sonidos y palabras la verdad incluso aunque se disfrace de ficción.

    Al cabo de pocos minutos aparecieron en la calle los sanitarios, sin acompañamiento de yacentes o movilizados.

    Gonzalo posó su mirada en la camilla vacía.

    Nadie iba acuciado por la prisa, ni en sus caras advirtió señales delatoras de lo que había ocurrido; a diferencia de la sorpresa que reflejaba el rostro de Gonzalo. A un cadáver también se lo hubieran llevado, pensó motivado por la lógica.

    Observó el proceso a la inversa: en silencio e inexpresivos los sanitarios devolvieron la camilla a la ambulancia y abandonaron el lugar del hecho misterioso. Pero lo más destacado de la situación era que él estaba solo en mitad de la calle, aislado del resto de los seres vivos en un mundo indiferente a una causa traspapelada.

    “Que podría recoger nuestro guion.”

    Decidió correr el riesgo de averiguar lo que estaba pasando en el interior de aquella finca desprovista de atractivo estético.

El reconocimiento implícito del fracaso (IV)

Dar con el sentido.

 

Busca que te busca, de la razón al instinto, de la conjetura al ocasional y urgente argumento predictivo, para conseguir acercar posturas entre el ser y el deber ser. Una polémica de enjundia, tan antigua como el pensamiento ejercido en su máxima aptitud cognoscitiva.

    Pero ante tanto esfuerzo clarificador por alumbrar la verdad y ocultar el fraude y el engaño, aun sin definir en acuerdo universal lo que es verdad y lo que son fraudes y engaños, ambos hijos de la mentira original, la incidencia de las ramas culturales humanas en la irracionalidad es obvia e inmarcesible, ya que hablamos de flora.

    Buscar sentido o nuevos sentidos o diferentes sentidos a lo que se supone tiene sentido, porque ha de tenerlo en buena lógica, es una tarea esa de búsqueda ardua y paciente, propia de un pesquisidor abstraído en sus investigaciones. Un sabueso metafórico, de gran olfato para la elección de los caminos, dotado de perspicacia en la resolución de las crisis. En el trato peculiar con los diferentes y sucesivos conflictos, con el zumbido de las disyuntivas y los enjambres de antagonismos, en la esgrima dialéctica allende la retórica y el pacto bajo cuerda. Este investigador de las crisis interpuestas por demanda, sopesa el índice de influencia de las unas sobre las otras, sin apriorísticamente distinguir la causa del efecto, que ya habrá tiempo de atravesar esa jungla de reciprocidades culposas.

    La procedencia de las crisis, de cualquier crisis, a veces se sitúa en el tropiezo, algo que avergüenza y cohíbe y hasta victimiza; a veces se emplaza en un desmesurado avance de un logro casual o probable, incluso seguro; a veces en la asunción de horizontes despejados de la niebla perdida su condición perenne; a veces en una manifestación irrefrenable de duda, desconcierto, incertidumbre y mucha curiosidad, pues ya metidos en harina lo mejor es seguir adelante con los faroles. Y que el trastorno guíe al proceloso delirio o a la eminente cordura.

    Un viaje de la angustia por saber, por descubrir y por revelar, al significado que explique las tendencias y los devaneos, con estaciones intermedias en las que la visión de pasado y futuro coincida en el inestable presente.

    Con la imaginación invitada, y a su estela la candente animosidad de las suposiciones. Desde ella, en pleno largo viaje del casi todo al casi nada y viceversa, la interpretación de los fenómenos contenidos en la atmósfera de vida y esperanza es un acto reflejo. A medida que se constatan las expectativas y especialmente los temores —de la ilusión al miedo sólo consta una prueba válida—, la concomitancia entre los aspectos en litigio —litigando en la conciencia de la crisis— aparece difusa. Porque la importancia de un hecho no justifica de por sí otro hecho ni las consecuencias derivadas del primer hecho y los demás.

    Puestos a especular con palabras, si un problema lo es a partir de su solución, pues antes como irresoluble se tomaba con venerada deferencia o ignorante indiferencia, un fenómeno es tal cuando recibe una observación con fines científicas e intelectualmente inquisidores. Por lo tanto, la similitud otorgada, quizá por necesidad, a los contrastes y a las crisis, asoma una raíz desencadenante que publica, en un lenguaje de fácil comprensión pese a lo críptico de su envoltorio semántico, las características de afines y antagonistas en su particular duelo de universales.

Paseo de un ayer cercano a un hoy difuso

 

Nos gusta pasear. Mientras caminamos por el mundo inmediato sin forzar la percepción vemos, pensamos y sentimos como cualquier persona dotada de criterio integrada en una sociedad amplia, compleja y estructurada en sus diferencias. Una sociedad poliédrica, oscilante y sinuosa a la par, en la que se aprecian diversos focos activos, situados para motivar a las cámaras y a los micrófonos, que incitan nuestra curiosidad y alertan a la precaución.

    —Allí arriba, ten cuidado.

    Llueven cascotes; rezuman de nobles edificios fragmentos de cornisas, de frisos y de alegorías llevadas al presente; desahuciados de sus atalayas parten al exilio de los depósitos de penúltima morada los escudos pétreos con talla artística, alcurnias y siglos de vigencia; los altorrelieves, las esculturas al aire que presidían un determinado conjunto y otros ornamentos desprendidos por onda expansiva, o percusión continuada, trazan un arco de renuncia forzosa, impactantes al contacto con el sufrido lecho terrenal. Son elementos culpables de forjar una historia no deseada por los que de España sólo admiten las derrotas que a la nación todavía no han logrado infligir.

    “Muera España”, se gritaba —y auspiciaba— durante la II República con voz y en gran pancarta. “A ver si de una maldita vez muere o la matamos”, que la condenada resiste a traiciones y guerras, a negocios, invasores y gobernantes.

    Qué energía la de España. Es admirable; bueno, en realidad es milagroso que se sostenga en pie, o casi, con tanto enemigo dentro y tanto errático defensor.

    Vuela el águila de san Juan en caída libre, con las alas amputadas pero orgullosa de su origen y su trascendencia: “Si Isabel y Fernando levantasen la cabeza…” Si los Reyes Católicos asomaran por este paisaje quizá guardaran las apariencias, porque la dignidad obliga, pero no estamos seguros que cedieran a la transacción de una política al uso para mantener el cargo y sus aparejados privilegios. Han pasado cinco siglos y unas décadas que han constituido de una vieja Nación el Estado más antiguo de Europa, que no es poco, tiempo de adaptaciones al medio, a los fines y a los comunicadores; la monarquía no es una excepción a la hora de nadar —acordar— y guardar la ropa —el trono. El águila de san Juan ha vivido épocas mejores, también el escudo que porta en sus entrañas. Su vuelo desmayado suspira una pena de amor sin correspondencia.

    —Mira al frente…

    —Pues por detrás…

    Conviene resguardarse de las inclementes algaradas. Tantos años esperando una reacción ciudadana que modificara —con visos de autenticidad— la perniciosa deriva mantenida desde la redacción del artículo octavo de la Constitución de 1978 —además interpretable a gusto de los separadores—, y cuando las urnas deciden la alternancia en la gestión de la cosa pública, los afectados por la democracia niegan legalidades y legitimidades ocupando todos los espacios que se pongan a tiro con el indubitado propósito de recuperar el gobierno de la nave y la tripulación. La excusa es lo de menos, pues al cabo la actuación coactiva, agitadora y propagandista, sustenta su imperio en la mentira y en el miedo: la mentira impone y el miedo somete.

   Cuántas informaciones nacen a modo de noticias, editoriales o comunicados, con idea de alterar las conciencias y desvirtuar las opiniones —“Que la verdad no nos fastidie la noticia”—, elaboradas en cocinas de campaña subterráneas —“Si la verdad nos contradice, convirtamos nuestra mentira en la única verdad”. Se les da crédito no tanto por las fuentes emisoras como por la inercia que ha sembrado una práctica tendenciosa que viene de antiguo. Nada nuevo pulula bajo el Sol, se dice para expresar que los episodios, así como las intenciones, cumplen ciclos, porque el origen —la causa de la causa— es el ser humano en su alardeada dimensión transformista, camaleónica, mutable. Donde se reconocían dos brazos y dos piernas se descubren cuatro patas; donde una lengua mamífera, otra bífida, viperina y adherente; donde sentidos, sensores; donde homo erectus, mutaciones rastreras, reptantes y colgantes. En definitiva, un muestrario de habilidades cuyos efectos contaminan con vapores mefíticos —danzarines macabros—, de los que respira el ciudadano velis nolis; los hay que se acostumbran, incluso agradecidos por el contagio, y los hay que repudian esas influencias periódicas con denuncia y oposición valientes.

    —Aquí abajo, ten cuidado.

    Asumimos riesgos para llegar al fondo de los asuntos, si no te mojas el culo no comes pescado, pero sin tropezar. Por debajo de los pies se mueve el suelo. A las zanjas se unen los baches, los túneles, la red de alcantarillado y los intrincados sumideros, laberínticos ellos, con dependencias para uso determinado y exclusivo de sus designados moradores, que damos en llamar cloacas. Un mal paso y penetramos el subsuelo, ¿o habría que decir submundo?, ¿o tal vez centro neurálgico del destino?, ¿o intercambiador hacia el nuevo orden mundial? Un mal paso y nuestros huesos lamentarán la audacia. Por si acaso, de momento, es acertado apartarse, tantear el terreno y mirar con prudencia el mundo en torno.

    Pero como la curiosidad incita, prestamos oído al transfronterizo canto del faisán, metido en una jaula-zulo, que asciende entrecortado como las imágenes suprimidas que no enseñan lo que ocurre pese a ser ese su cometido; y al muy profundo tejemaneje en disimulo y destrucción olorizado de explosivo, que dio resultado y óptimo beneficio a los patrocinadores de los atentados del 11 de marzo de 2004.

    Bajo una gruesa capa de ignorancia voluntaria e institucionalizada —que es la peor—, de resignado acomodo, de infame olvido y de cobarde asunción de los postulados que esparcen los autores, cómplices y encubridores de los hechos, la manipulación informativa y el posterior silencio delimitan la senda de tránsito que garantiza al poder una suerte de impunidad infranqueable. Sesiones de control al Gobierno a modo de disputas parlamentarias, en el Congreso y en el Senado, dialécticas retóricas tendentes a lo vacuo por lo insustancial y consabido, describen un panorama de alternancia en el uso de la palabra, la réplica y la dúplica, el gesto, la mueca y la pose. Hoy dice el portavoz del Gobierno en curso lo que ayer dijo el portavoz del Ejecutivo cesado por las urnas (o por acuerdo entre formaciones políticas con plaza en el hemiciclo de la Carrera de san Jerónimo); ayer dijeron las portavocías de la oposición, luego ascendida a Gobierno, lo que hoy dicen las portavocías de quienes gobernaron y ahora se raspan los entresijos con lengua áspera y maquinan con imperiosa necesidad el regreso a los bancos azules.

    —¿Será por dinero, por recursos, por accesos?

    —Por eso, por lo bien que se vive a expensas del alienado contribuyente y por la inefable vanidad del ser humano sobre todo cuando desconfía —y con razón— de su aptitud para alcanzar ciertos anhelos publicitados en los medios de comunicación como la cima del éxito para los mediocres.

   Porque la política al uso —no hay más que fijarse—, es la pista de despegue hacia los sueños imposibles en una sociedad que ha distraído el sentido común y la exigencia insobornable para con sus gobernantes y demás representantes del espectro de Organismos e Instituciones del Estado: consejos de administración, direcciones generales, ministerios, presidencias varias, consulados, embajadas, cargos en organismos nacionales e internacionales. Los requisitos para obtener tales concesiones de los electores y de los elegidos lejos de vincularse al esfuerzo personal, al mérito académico sin trampa ni cartón, a la experiencia contrastada y al reconocimiento de los pares —una agrupación de sabios sin adscripción ideológica de corte totalitario— y del público con criterio, pasan por la adhesión inquebrantable al que ha llegado primero o al fundador del tinglado, la obediencia sin fisuras y el servicio integral mientras dure la misión encomendada, el desconocimiento de lo esencial y la disposición absoluta a la causa con lo que conlleva, y que nadie se engañe al respecto. En síntesis, estas son las directrices a seguir para integrarse en la masa de maniobra, primero, en la de asalto, en peldaño ascendente, a continuación en la de control interno y labores de zapa, y por último —reservado a los más afortunados por los patrocinios dirimentes—, el ingreso en la nómina del grupo al mando.

   —Inventados los currículos, falseadas las titulaciones, omitidas las carencias, impostada la voz, ensayada la puesta en escena, reiterado hasta la náusea el discurso, unas cuantas capas de barniz en el rostro, fauces y tragaderas de cuento para adultos y a la orden del patrón.

    —Demostrada la permanencia, cumplido el expediente a satisfacción de la jerarquía, probado el servilismo y la vocación arribista.

    Y con los años, se comprende que para premiar la dedicación de quien en muchos casos no hubiera servido para mozo de cuadras en club de campo en decadencia o chica de alterne en club de carretera con grietas en las paredes y chinches en las sábanas, a esos iconos de la política se les asignan retiros de leyenda —una butaca en el Consejo de Estado, por ejemplo— o jubilaciones doradas; no excluye una prebenda a la otra.

Buscamos con denuedo unas noticias satisfactorias para el interés general de los que nos sentimos españoles; o, en su defecto, los útiles domésticos que ayuden a recomponer lo mucho estropeado, suponiendo que los daños vertidos por las sucesivas patologías que en un lapso de tiempo breve —iniciado en las postrimerías de 1975— han asolado España, con esa intención que enlaza idéntica y tenaz en las Repúblicas I y II, sean susceptibles de sanación.

    Desearíamos que saliera a nuestro encuentro una sorpresa, bien vestida, impecable en sus modales, en realidad un regalo envuelto con el color de la esperanza y lazo a juego; un vaticinio certero con traza arquitectónica de puente sobre la historia que uniera el pasado en toda su dimensión —con esplendores y miserias de las que se aprende— con el futuro, haciéndolo posible a nuestra generación y a las siguientes.

    —¿Es mucho lo que pedimos?

    —Que por pedir no quede.

    El nuestro es un egoísmo caritativo, solidario, a compartir.

    Las sorpresas favorables suelen ser reacias a las invocaciones, lo que tiene su lógica, pues una sorpresa de esa clase esperada es una dádiva, una graciosa atribución de la munificente diosa de la prosperidad, una bendición del cielo; como la lluvia tras la pertinaz sequía o el calor del astro rey después de meses de nieblas heladoras.

    —Lo que pedimos es un cambio ajeno a la contienda electoral.

    —Un cambio de base, ascendente, multitudinario y apadrinado por aclamación.

    Un cambio positivo, aspiración humana por excelencia cuando la situación presente agobia, embarga y cubre con un manto de incertidumbre. Un cambio que aliente a seguir creyendo en la viabilidad de la Nación y su inherente proyecto.

    —¿Recuerdas?

    —Como si fuera hoy.

    “Españoles: Franco ha muerto.”

    La frase de Carlos Arias Navarro el día 20 de noviembre de 1975 dio la vuelta a España descosiendo, con ruido característico, las costuras del vestido nacional. Una transformación en ciernes, tan lógica como anunciada, se tejía —valga la paradoja— en una aceptada clandestinidad pintoresca y folclórica, rebosante de advenedizos a la moda del cambio y sus proclamas de diseño como telón de fondo.

   La lectura del testamento de Francisco Franco, advirtiendo el sucinto texto de los peligros obvios para la convivencia de los españoles —los peores en su eficacia por tolerados desde la vista gorda—, alabando, a su vez, la grandeza de la obra conciliadora que honra a quien la extiende, quedó diluida en el estruendo de un disonante coro de ambiciones antagónicas

    “Tonto el último”, “Se acabó lo que se daba”, “Por fin la modernidad”, “España ya no será diferente”, “¡Basta de España!”, “¿España?, ¿eso qué es?”, “El pueblo unido conquistará el paraíso”, “Menos corbatas y más barbas”, “Libertad, manga ancha y que cada cual campe por sus respetos”.

    Entonces, como ahora que paseamos la distancia con espíritu crítico, libres de prejuicios, el cielo adquirió un tinte oscuro, no se sabe si por el estricto luto o de presagio, que fue difuminando el paisaje con sus cuatro puntos cardinales hasta convertirlo en un mapa de símbolos litigantes y profundos surcos fronterizos que requiere de intérpretes, guías y portavoces con elevados sueldos pagados por los sufridos contribuyentes.

    —Pero si hace cuatro días de aquella noticia, como quien dice.

    —Ayer, como quien dice.

    Jóvenes y curiosos en el tiempo que se cita, nos dirigimos al futuro conscientes de que la historia —la Historia de España—, podía perder muchas páginas, las mejores y las más significativas en la mayoría de los casos, por razones que al sentimiento repugnan y a la verdad, ignorada, ofenden.

    Cuántas páginas de nuestra historia se han arrojado al sumidero porque alumbran la raíz y el cuerpo del sentimiento nacional, ese que todavía late y se yergue a pesar de la tarea aniquiladora perpetrada, por activa y por pasiva, en los últimos años.

    —De la noche a la mañana, es una manera de indicar para situarnos, hay una variación descollante en el escenario. De repente, abierta la veda, se persigue borrar hechos, nombres y memoria con un fingido propósito de dar a cada uno lo que reclama para sí y en contra de.

    —Menudean los pactos para llegar a un entendimiento que haga posible las exigencias dispares, exclusivistas, con la conjugación del verbo progresar.

    La entelequia de la prosperidad para todos.

    A eso se le llama componenda y nunca trae nada bueno salvo para los que tienen acceso directo a las arcas del Estado.

(De la obra Aguja, sutura y el mapa de España).

Piezas varias con un nexo común

Suite española  Op. 47

 

Sintióse la raigambre, de naturaleza esencial, y convertida en obra, por las manos esponjadas de elogio y ternura, tuvo su destino entre pautas y acordes de hondo significado, de magnífica plasmación.

    La gratitud anónima de lo menudo a lo gigantesco, que viaja cualquier distancia con la mayor disposición a convertir lo cierto en real, que es tanto como decir el alma en cuerpo, acariciaba de beso a tacto, con perfumada delicadeza patente en el recorrido, las notas y los sones de la composición.

    Desde el palco, igual que si se tratara de un altar donde se bendice la calidad, surgían voces de premio y el afán, emotivamente comedido, de prolongar la audición más allá de cualquier momento previamente tasado. El desbordamiento de las dos pasiones, la emitida por el genio fértil y la manifestada pública y notoriamente al recipiendario del goloso fruto, unieron su fuerza vital en una misma estampa de belleza autóctona; y no por su traza reconocible en origen y causa, menos vinculada a la loa universal.

    Es propio de un carácter consolidado la voz que deslumbra gracia, y también lo es el paisaje recreado por la fiel imitación de sus peculiaridades; de tal manera que al cerrar los ojos, por su influencia, la mirada sin fronteras distingue el hogar y la tarea de sus moradores, ampliando el marco que sirve de referencia a los extraordinarios límites de la percepción.

    La obra gestada para el encanto, el recuerdo y la dulce nostalgia de la que no cabe desprenderse por un imperativo ajeno a la voluntad, surcaba los aires de la conciencia, precisa y firmemente guiada por el impulso del aliento; el que da vida al espíritu, el que con su paso decidido y su toque vibrante destella en el retrato de conjunto.

    La identificación fue inmediata y absoluta, completa al modo que se integra el ser en la idea de su creador.

    Durante el tiempo de los registros, ojos y manos anduvieron intercambiando sensaciones felices de cuya permanencia en la memoria ni falta hace mención, pues el soberbio tesoro depositado en cada uno de los privilegiados auditores, ya entonces conscientes de que lo eran, bastó por sí solo para inscribirse en el más personal de los libros.

    Cuando destilada la magia cedió el efluvio, y el juicio discrecional resumió en una imagen devota el vínculo ahormado por el amor y la pasión, los colores del mundo inmediato acabaron fundidos en una línea de luz infinita preservada de malos contagios y bastardas interpretaciones del original inimitable.

 

Albéniz

Isaac Albéniz