La batalla del Salado y el Ordenamiento de Alcalá

La batalla final del Estrecho

Actividad militar y legislativa de Alfonso XI el Justiciero

 

El año 1340 entonó el canto del cisne para los musulmanes en la Península Ibérica. El renovado poder islámico lo intentó, pero el decidido poder cristiano evitó con la batalla del Salado, también llamada la batalla final del Estrecho, una segunda gran invasión a la par que reducía considerablemente el territorio enemigo.

 

Antecedentes

En 1269 la tribu bereber de Banu Marin, los benimerines como los llamaban los cristianos en España, dominaba a los debilitados almohades en el actual Marruecos, primero tomando Fez, en 1248, y luego Marrakech, en 1269, expandiendo su fuerza hasta las fronteras de los actuales Túnez y Argel. Conseguido este territorio el siguiente objetivo era posesionarse de la Península Ibérica a imitación de sus antepasados.

    En el año 1275 un nutrido contingente de benimerines desembarcó en las costas de Granada, obligando a este reino, acosado por el avance cristiano, a unir sus fuerzas en una alianza de contraataque. La primera misión fijaba su interés en la zona gaditana, donde apetecía conquistar Tarifa y Algeciras, que sería la plataforma adecuada para proseguir la invasión a mayor escala.  El asedio de Tarifa, plaza que había reconquistado el año 1292 Sancho IV de Castilla, en 1294, fracasó debido a la resistencia heroica del alcaide Alonso Pérez de Guzmán, apodado el Bueno, con su legendaria daga arrojada a los captores de su hijo.

    La derrota en Tarifa dirigió la política benimerín a Granada, donde prepararon la ocupación de la península en una época que Castilla presentaba la minoría de edad de su rey Alfonso XI. De tal modo que el año 1329 tomaron la codiciada plaza de Algeciras y ganaron así la ansiada cabeza de playa para los siguientes desembarcos de tropas. El peligro era tan evidente que movilizó todos los recursos cristianos, empezando por la jefatura del bisoño rey Alfonso Onceno. De hecho, los benimerines se presentaron ante las murallas de Tarifa para repetir, a ver si esta vez con éxito, el asalto a la plaza.

    No les acompañó el éxito en este año, ni en el siguiente, 1330, cuando enfrentados en la batalla de Teba al ejército de Alfonso XI, apodado el Justiciero, fueron derrotados; mandaba el ejército nazarí de Muhammed IV, emir de Granada, el general benimerín Ozmín.

    De tregua en tregua, al poco de firmarse la primera en 1331 fue rota, la de 1334 duró cuatro años. En 1339 los benimerines comenzaron a desembarcar efectivos entre las localidades de Algeciras y Gibraltar, ambas en su poder, y junto a sus aliados nazaríes de Granada de nuevo pusieron cerco a Tarifa.

    Para evitar en lo posible el trasvase bélico del Magreb a la Península, Alfonso XI mandó al Estrecho a su almirante Alonso Jofre Tenorio con una flota que luchó contra la de Abd-al-Malik, hijo del caudillo de los benimerines Abu al-Hasan ‘Ali (otras fuentes lo llaman Abi-I-Hasan). Aunque muerto en el primer combate el benimerín, también sucumbió Alonso Jofre al poderío islamita. En 1340 los benimerines pudieron culminar el traslado de tropas por la vía controlada del Estrecho y dirigirse a Tarifa para sitiarla.

 

La batalla

Tropas de la Corona de Castilla al mando del rey Alfonso XI, integradas por castellanos, leoneses, gallegos, extremeños y manchegos, y portuguesas del rey Alfonso IV, suegro del rey castellano, unieron sus fuerzas en Sevilla, y desde allí marcharon en orden de batalla hacia Tarifa.

    Por el camino de Utrera llegaron los cristianos en tres jornadas veloces a la localidad de Torre de los Vaqueros, en las inmediaciones de la sitiada Tarifa. Aproximadamente eran veintidós mil los efectivos del ejército cristiano: quince mil jinetes entre caballería ligera y pesada, principal fuerza de choque, y siete mil infantes con diferentes armas; el bando musulmán estaba formado por aproximadamente sesenta mil efectivos, con mayoritaria presencia de caballería ligera, y una infantería de lanceros y ballesteros.

    Situados los dos contendientes a pocas horas de distancia, los cristianos enviaron mensajes conminando a desistir de la lucha o plantar batalla. Abu Al-Hassan Alí, sultán benimerín y jefe del ejército musulmán también integrado por las tropas del sultán granadino Yusuf I, convencido de imponerse por superioridad y táctica, mantuvo el asedio a Tarifa y aceptó el desafío bélico de Alfonso XI.

    Dado el número superior de musulmanes, el rey cristiano ordenó a los suyos formar en línea compacta en vez de en columna para evitar el copo. Alfonso XI descartó atacar el grueso del enemigo. Formaban en vanguardia de sus respectivas tropas combinadas de caballería e infantería de milicias reclutadas en Sevilla el infante Don Juan Manuel y Juan Núñez de Lara, maestre de la Orden de Santiago y Señor de Vizcaya, caballeros de Diego López de Haro, Juan Alfonso de Guzmán y Juan García Manrique, además de milicias de los concejos andaluces; en el centro, lugar de conducción del rey Alfonso onceno, figuraban los concejos castellanos, los mesnaderos y el linaje de los Trastámara; en las alas se distribuían, por la derecha Alvar Pérez de Guzmán al mando de los Donceles de su casa, con jinetes de las Órdenes Militares desplazadas y por los caballeros de los territorios fronterizos, por la izquierda la caballería pesada portuguesa reforzada con otros concejos castellanos y concejos vascos, leoneses y asturianos a las órdenes de don Pero Núñez de Guzmán; la retaguardia estaba compuesta por el concejo de Córdoba al mando de don Gonzalo de Aguilar, junto con algunos nobles y sus mesnadas y las tropas de peones del norte de España.

    El infante Don Juan Manuel trazó un plan de combate que satisfizo al rey, consistente en dirigir a Tarifa cuatro mil infantes y mil caballeros que lograron burlar el asedio e introducirse en la plaza como refuerzo, moral y posteriormente ataque al enemigo desde el interior simultáneo al avance del ejército que caía sobre los musulmanes sitiadores.

    La mañana del 28 de octubre de 1340 el ejército cristiano avistaba la plaza de Tarifa a orillas del río Salado, en realidad riachuelo de siete kilómetros de longitud muy próximo al Tarifa y al río Guadalete, de infausta memoria su batalla siglos antes, cuyos pasos estaban tomados por los musulmanes. El 29 de septiembre, festividad de los santos arcángeles, los reyes aliados decidieron la estrategia a seguir. Y al amanecer del día 30 ambos ejércitos tomaron contacto físico para buscar el desenlace favorable a sus respectivas armas en tan importante batalla.

    En situación dramática por la exposición a las flechas y acometidas del enemigo, los hermanos Gonzalo y Garcilaso II Ruiz de la Vega, atravesó el curso de agua y fueron a enfrentarse con las tropas del Abû Aman, hijo del sultán Abu Al-Hassan Alí; una lucha aparentemente desigual que pronto se vio compensada por la irrupción de los caballeros de Núñez de Lara, decantando así la balanza del combate. Entonces salieron de la plaza los sitiados más los caballeros en auxilio que habían llegado la víspera y aplastaron a los sitiadores. Coordinados por la voluntad, las tropas del Alfonso XI, con el rey a la cabeza, cruzaron el río para cargar contra la guardia del sultán, cuyo hijo escapó hacia Algeciras, donde se refugió, mientras que la hueste al mando del rey de Portugal, que Alfonso XI había incrementado con tres mil caballeros hispanos,  daba buena cuenta de los nazaríes de Yusuf I.

    Concluyó la batalla esa jornada del 30 de octubre de 1340 con una victoria contundente para los cristianos y una derrota absoluta, cuantiosa en bajas y decisiva en el resultado, para los musulmanes.

Salado

Mapa de la batalla del Salado

Imagen de lasnuevemusas.com

 

Consecuencias de la victoria

Cuatro años después se ganaba la plaza de Algeciras, el 25 de marzo de 1344, y el definitivo control del paso del estrecho de Gibraltar, con lo que se puso fin a la invasión benimerín de la Península Ibérica y dio inicio la fase definitiva de la Reconquista con epílogo en la alborada de 1492.

    Alfonso XI, que fallecería a la edad de treinta y ocho años, supo demostrar su valía como gobernante, militar y legislador.

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Ordenamiento de Alcalá

 

Promulgado en 1348, el cuerpo legal integrado en el Ordenamiento de Alcalá, deroga la legislación nacida de las Cortes de Zamora celebradas el año 1274 que refrendaba la aplicación de los fueros antiguos en detrimento de las leyes regias posteriores.

    El Ordenamiento de Alcalá, sancionado por el rey Alfonso XI en las Cortes celebradas en Alcalá de Henares el año 1348, guía a la jurisprudencia a un estado de igualdad y firmeza sin precedentes, determinando el orden general de prelación de fuentes para sustanciar los litigios mediante leyes ciertas, a fin de suprimir la arbitrariedad en la resolución de pleitos. El orden de prelación de las fuentes jurídicas es el siguiente:

Las leyes contenidas en el propio Ordenamiento de Alcalá.

El Fuero municipal de cada localidad.

Las Partidas.

    Orden vigente hasta la promulgación del Código Civil en el siglo XIX.

    Cabe destacar en el Ordenamiento de Alcalá el reconocimiento de las Partidas de Alfonso X el Sabio como principal texto legal, legislativamente completo y de impecable técnica jurídica.

Alfonso XI

Alfonso XI el Justiciero. Retrato de Francisco Cerdá de Villarestan (1849).

Imagen de museodelprado.es

 

 

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El robinsón español. Pedro Serrano

El primer robinsón documentado

 

Hacia 1540, aproximadamente, el marino Pedro Serrano sobrevivió al naufragio de la nave que embarcaba en una isla de características hostiles a la presencia humana.

    Lo cuenta el inca Garcilaso, en fragmento que recoge el historiador Pedro Voltes y aquí transcribimos sin omisiones:

“La isla Serrana, que está en el viaje de Cartagena [Cartagena de Indias] a La Habana, se llamó así por un español, Pedro Serrano, cuyo navío se perdió cerca de ella y él solo escapó nadando, que era grandísimo nadador; y llegó a aquella isla, que es despoblada, inhabitable, sin agua ni leña, ni aun yerba que poder pacer, ni otra cosa alguna con que entretener la vida. Así pasó la primera noche, llorando su desventura. Luego que amaneció volvió a pasear la isla, halló algún marisco que salía de la mar, como son cangrejos, camarones y otras sabandijas, de las cuales cogió las que pudo y se las comió crudas, porque no había candela donde asarlas o cocerlas.

    ”Así se entretuvo hasta que vio salir tortugas; viéndolas lejos de la mar, arremetió con una de ellas y la volvió de espaldas; lo mismo hizo con todas las que pudo, que para volverse a enderezar son torpes; y sacando un cuchillo que de ordinario solía traer en la cinta, la degolló y bebió la sangre en lugar de agua. Lo mismo hizo de las demás; la carne puso al sol para comerla hecha tasajos, y para desembarazar las conchas para coger agua en ellas de la llovediza, porque toda aquella región, como es notorio, es muy lluviosa.

    ”Viéndose Pedro Serrano con bastante recaudo para comer y beber, le pareció que si pudiese sacar fuego para siquiera asar la comida y para hacer ahumadas cuando viese pasar algún navío, no le faltaría nada.  Con esta imaginación, como hombre que había andado por la mar, dio en buscar un par de guijarros que le sirviesen de pedernal, porque del cuchillo pensaba hacer eslabón, para lo cual, no hallándolos en la isla, porque toda ella estaba cubierta de arena muerta, entraba en la mar nadando y se zambullía. Y tanto porfió en su trabajo que halló guijarros y sacó los que pudo; y viendo que sacaba fuego, hizo hilas de un pedazo de la camisa, muy desmenuzadas, que le sirvieron de yesca.

  ”Y para que los aguaceros no se lo apagasen, hizo una choza con las mayores conchas que tenía de las tortugas que había muerto, y con grandísima vigilancia cebaba el fuego porque no se le fuese de las manos. Dentro de dos meses, y aun antes, se vio tal como nació, porque con las muchas aguas, calor y humedad de la región, se le pudrió la poca ropa que tenía. El sol con su gran calor le fatigaba mucho, porque ni tenía ropa con que defenderse ni había sombra a que protegerse. Cuando se veía muy fatigado entraba en el agua para cubrirse con ella. Con este trabajo y cuidado vivió tres años, y en este tiempo vio pasar algunos navíos; mas aunque hacía él su ahumada, que en la mar es señal de gente perdida, los barcos no la veían, y se pasaban de largo, de lo cual Pedro Serrano quedaba tan desconsolado que tomara por partido el morirse y acabar ya.

    ”Al cabo de los tres años, una tarde, sin pensarlo, vio Pedro Serrano un hombre en su isla, que la noche antes se había perdido en los bajíos de ella y se había sustentado en una tabla del navío. Cuando se vieron ambos, no se puede certificar cuál quedó más asombrado de cuál. Serrano se imaginó que era el demonio que venía en figura de hombre para tentarle en alguna desesperación. El huésped entendió que Serrano era el demonio en su propia figura, según lo vio cubierto de cabello, barbas y pelaje. Cada uno huyó del otro, y Pedro Serrano fue diciendo: ‘¡Jesús, líbrame del demonio! Oyendo esto se aseguró el otro, y volviendo a él le dijo: ‘No huyas, hermano, de mí, que soy cristiano como vos’; y para que se certificase dijo a voces el Credo.

    ”Durante otros cuatro años vieron pasar algunos navíos y hacían sus ahumadas, mas no les aprovechaba, por lo cual ellos se quedaban tan desconsolados que no les faltaba sino morir. Al cabo de este largo tiempo acertó a pasar un navío tan cerca de ellos que vio la ahumada y les echó el batel para recogerlos. Así los llevaron al navío donde admiraron a cuantos los vieron y oyeron sus trabajos pasados. El compañero murió en el mar viniendo a España. Pedro Serrano llegó acá y pasó a Alemania, donde el emperador estaba entonces; llevó su pelaje como lo traía para que fuese prueba de su naufragio y de lo que en él había pasado. Algunos señores le dieron ayuda de costas para el camino, y la majestad imperial, habiéndole visto y oído, le hizo merced de cuatro mil pesos de renta. Yendo a gozarlos murió en Panamá, que no llegó a verlos.”

 

El inca Garcilaso relató la epopeya de Pedro Serrano no sólo como la extraordinaria a la par que terrible peripecia de un náufrago, sino también como un manifiesto de las enormes dificultades que entrañó el descubrimiento y la conquista de América.

    En un banco de arena del mar Caribe, cuyas dimensiones eran de cincuenta kilómetros de largo por trece de ancho, pasó entre siete y ocho años de singular experiencia Pedro Serrano, acompañado al principio de otros dos infortunados, muriendo uno de ellos enseguida. La isla ofrecía exiguos recursos tanto para refugiarse como para que sirvieran de alimento por tiempo indefinido. Cierto día, transcurridos varios meses de aquel extraño confinamiento en la isla-atolón, apareció un bote con dos tripulantes, que también eran náufragos; decidieron los cuatro que un par fuera a por ayuda en el bote, y así resuelto quedaron a la espera Pedro Serrano y uno de los recién llegados. Nunca más supieron de la expedición. Allí atascados, el deseo por sobrevivir superó las numerosas pruebas con que la naturaleza premiaba o castigaba, aprovechando todo lo servible para encender la hoguera, comer y protegerse de las inclemencias. Pasaban las fechas hasta sumar años y navegaban cerca algunos barcos que ellos veían pero a ellos, los tripulantes, no veían; la odisea acabó cuando por el humo de la hoguera un navío los descubrió en su desespero. Y luego llegó lo que cuenta la crónica para recordar la gesta y homenajear a sus protagonistas.

    En la actualidad, el islote-atolón-banco, como se prefiera describirlo, se llama em honor del héroe Isla Serrana o Serrana Bank está aproximadamente a doscientas millas náuticas (360 kilómetros) al este de la costa de Nicaragua. Cuenta el historiador José Javier Esparza en el epílogo de su referencia a Pedro Serrano, el Robinson español, que unos cazadores de tesoros en 1990 encontraron en la isla Serrana el túmulo de rocas, corales y conchas que los náufragos edificaron con la intención de reducir el efecto de la intemperie. Una prueba y un monumento a la hazaña.

 

Los siete u ocho años vividos por Pedro Serrano en la primera mitad del siglo XVI, anticipan con creces en época y duración, la aventura náufraga escrita por Daniel Defoe, por título Robinson Crusoe, novelando la peripecia del pirata escocés Alexander Selkirk que por 1704, y a petición propia, con ayuda de medios básicos de subsistencia, fue a recalar en una de las islas deshabitadas del archipiélago de Juan Fernández, frente al litoral chileno. Otro mito extranjero que bate nuestra prolífica y asombrosa historia.

 

 

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Combates en la cabeza de puente del río Voljov

Diciembre del año 1941 en el Sector Norte

Caballeros laureados José Pérez Castro y Generoso Ramos Gómez

 

La festividad de Santa Bárbara del año 1941, patrona de los artilleros españoles, el ejército soviético desencadenó uno de los ataques más fuertes sobre el Sector Norte en la orilla oriental del río Voljov (o Wolchow), lugar donde en octubre había quedado establecida con ímprobo esfuerzo y sacrificio a raudales la cabeza de puente.

    A las dos de la madrugada del 4 de diciembre, la zona comprendida entre las localidades de Ottenskij, Possad, Ninitkino (o Nitlikino), Tigoda, Murajvi, Poselok y Dubrovka, se vio sacudida por el bombardeo de cientos de piezas artilleras, de gran calibre, y las pasadas rasantes de la aviación soviética, ametrallando y soltando racimos de bombas incendiarias. Al tiempo, bajo la tormenta de metralla, poderosas unidades de asalto se infiltraron por los pasillos abiertos entre las explosiones, avanzando en oleadas sucesivas, tendiéndose de bruces en la nieve a doscientos metros de la primera línea de trincheras españolas para disparar sus armas automáticas (los “naranjeros”) y arrojar bombas de mano antes de incorporarse y seguir corriendo hacia las alambradas y los pozos de los escuchas divisionarios. La desigualdad numérica y de material empleado entre atacantes y defensores era más que abrumadora.

    La resistencia fue tan desesperada como heroica.

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Generoso Ramos Gómez. Cabo de la División Española de Voluntarios. Cruz Laureada de San Fernando en la Campaña de Rusia por su actuación en los combates del Sector Norte del 4 al 7 de diciembre de 1941.

    Mientras al mando de siete hombres guarnecía una avanzadilla el día 4 de diciembre de 1941, un enemigo muy superior atacó súbitamente resultando muertos o heridos todos los del exiguo grupo. Siendo materialmente imposible el envío de refuerzos durante el día, el cabo Ramos continuó solo hasta el anochecer, rechazando con granadas de mano a un enemigo al que causó numerosas bajas vistas.

    Reforzada la avanzadilla durante la noche, el enemigo siguió atacando al día siguiente, 5 de diciembre, siendo de nuevo rechazado. Se enviaron más refuerzos y su jefe, a pesar de hallarse enfermo y aconsejarle sus hombres que permaneciese en el refugio, volvió a hacer gala de su espíritu militar en los combates sufridos los dos días siguientes, 6 y 7 de diciembre, lanzándose en cabeza fuera de la posición y animando a sus hombres con un arrojo sin límites, muriendo gloriosamente en esta acción.

 

José Pérez Castro. Cabo de la División Española de Voluntarios. Cruz Laureada de San Fernando en la Campaña de Rusia por su actuación en los combates de la posición Possad (Sector Norte) el 5 y 6 de diciembre de 1941.

    Al mando de un grupo de siete hombres, que constituían la reserva de la Compañía, el 5 de diciembre de 1941 le ordenó su capitán, Guillermo Quintana Lacaci, a sabiendas de su extraordinario valor y elevado espíritu, el refuerzo de una avanzadilla que sufría los ataques del enemigo situado a 60 metros de distancia.

    El cabo Pérez Castro contraatacó al frente de sus hombres consiguiendo la captura de nueve prisioneros, más de cuarenta muertos vistos y poniendo en fuga al resto de los efectivos allí emplazados, además de hacerse con dos ametralladoras, cuatro lanzallamas, armas automáticas y ligeras y abundantes granadas de mano, a la par que ocupaba la base de partida de los huidos.

    Durante la jornada siguiente, día 6, rechazó varios ataques soviéticos que pretendían ocupar la posición de la que habían sido desalojados por los españoles, dando ejemplo con su arrojo de absoluto desprecio a la vida.

    Nuevamente atacada la posición por la noche, después de defenderla hasta la madrugada con el tesón y heroísmo ya demostrados, sucumbió gloriosamente con toda su pequeña guarnición, a excepción de un soldado poco antes evacuado por sus heridas.

    A la edad de veinte años había ingresado como soldado voluntario en el Ejército Nacional. Por su intervención en las campañas de Asturias y Aragón recibió una Cruz de Guerra y una Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo. En 1939 alcanzó el empleo de cabo y dos años después se enroló en la División Española de Voluntarios (División Azul), con el mismo empleo.

    Alemania le recompensó a título póstumo con la Cruz de Guerra y la siguiente inscripción en su pergamino: “En la lucha contra el bolchevismo que lleva el Ejército alemán junto con los voluntarios de muchas naciones europeas, encontró la muerte heroicamente el cabo José Pérez Castro”.

    Su nombre fue grabado en letras de bronce ornadas en oro en el edificio del Cuartel General del Ejército, en Madrid, con la leyenda: “A José Pérez Castro. Héroe de primera fila del Ejército de Tierra. ¡Presente!”

 

 

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Las veintiuna heridas de Antonio Chover Sánchez. Batalla de Talavera de la Reina

Hubo un soldado español en la Guerra de la Independencia que tras recibir, nada menos, que veintiuna heridas de gravedad en la batalla de Talavera, suficientes para morir varias veces, en su estado y a pie llegó hasta Sevilla y pudo recuperarse.

 

La batalla de Talavera de la Reina

Napoleón había fracasado en su intento de ocupar militarmente Portugal, mediante acciones combinadas desde el Norte y el Sur efectuadas por los mariscales Soult, conde de Dalmacia, y Victor, conde de Belluno; el plan concebido por Napoleón contaba con el asesoramiento de su hermano José (el impuesto rey José I) a su vez aconsejado por su jefe de Estado Mayor el mariscal Jourdan. El fracaso se produjo en la localidad toledana de Talavera de la Reina.

    La batalla de Talavera enfrentó al ejército francés del mariscal Victor y al español del Capitán general Gregorio García de la Cuesta, jefe del Ejército de Extremadura, apoyado por el cuerpo expedicionario del general Wellesley, duque de Wellington.

    En vista a coordinar las operaciones que debían expulsar a los franceses de la zona comprendida entre Mérida y Medellín, el 10 de julio de 1809 se reunieron en la localidad cacereña de Casas del Puerto de Miravete (cuartel general del ejército español) los generales Cuesta y Wellesley, acordando un ambicioso plan que de tener éxito liberaría Madrid de la invasión napoleónica; este plan incluía la participación del Ejército de Andalucía mandado por el general Venegas. Era preciso actuar con rapidez para evitar que las tropas del mariscal Soult, estacionadas en Galicia, hicieran acto de presencia. Las tropas francesas en todo el sector estaban mandadas por el mariscal Victor, que advirtió las intenciones de su enemigo ordenando el repliegue escalonado hacia Talavera de la Reina.

    El día 20 llegaba a La Calzada la tropa del general Cuesta y a Oropesa la del general Wellesley, situándose ambas en línea de asalto sobre Talavera.

    El plan de acción aplicado en la batalla corresponde al general Cuesta (el anciano Capitán general Cuesta), quien lo presentó a su aliado Wellesley (Wellington), cuyo injustificable retraso de tres semanas en la localidad portuguesa de Abrantes permitió a las fuerzas de los mariscales Soult, Ney y Sebastiani tomar posiciones ventajosas en los alrededores de Talavera de la Reina.

    Napoleón dio el mando de su ejército al mariscal Soult, siendo la principal orden a cumplir la expulsión de los ingleses de España.

    Por parte aliada, el general Cuesta actuó en la batalla con gran decisión y valor a pesar de su ancianidad, mientras Wellesley se mostró en exceso reticente y quejoso.

    La batalla tuvo lugar los días 27 y 28 de julio de 1809, entre la sierra de Segurilla, al Norte, hasta Talavera y el río Tajo, al Sur, y toda la zona al oeste de la villa; las tropas españolas y británicas (mayormente inglesas) formaron una línea de cuatro kilómetros desde el río Tajo a Cerro Medellín, donde quedó establecido el contingente de Wellesley; las tropas francesas ocupaban la zona este; y el arroyo de la Portiña separaba a los contendientes.

    El bando francés celebró un consejo de guerra, presidido por José I, integrado por los mariscales Jourdan, Ney, Victor, Sebastiani, Lapisse y Laval (estos tres, condes y barones del Imperio), acordando un ataque en toda regla. Fueron varios los ataques franceses en su iniciativa bélica, aunque todos ellos infructuosos por las inmediatas y firmes réplicas.

    Las ofensivas fueron recíprocas y violentas, sufriendo los dos ejércitos pérdidas muy considerables; aunque los movimientos estratégicos y las operaciones durante esos dos días no lograron fijar un vencedor aplastante, dado el equilibrio y la nula perspectiva de modificarlo en favor de uno u otro, salvo la temida por los franceses llegada de la División del general Venegas que, de producirse, decantaría la balanza del lado aliado. Así pues, y con miles de muertos entre los ríos Alberche y Tajo, antes de que los refuerzos de Venegas, que se demoraban, hicieran acto de presencia, los franceses optaron por la retirada.

 

Las veintiuna heridas del bravo Antonio Chover Sánchez

El alférez Antonio Chover Sánchez era un valenciano de Játiva, nacido en 1795. A los diecinueve años sentó plaza en el Arma de Caballería como soldado. El 4 de mayo de 1808 fue ascendido a cabo segundo; luego a sargento y el 26 de julio de 1809, víspera de la batalla de Talavera, al empleo de alférez. Ese día, del pueblo toledano de Cebolla salieron en descubierta por la calzada de Torrijos a Talavera diez jinetes del Regimiento de Húsares Reales de Granada, creado en 1808, al mando del joven alférez Chover.

    En tarea de vigilancia y control de caminos, Antonio Chover avistó a un ayudante de campo francés montado y al trote. Yendo a por él en su caballo y pistola en ristre, que falla en su encendido, el oficial francés repelió al español desenvainando el sable y propinándole un sablazo que le partió la oreja izquierda. Desmontado y sangrante, Chover desafió al francés en tierra, cosa que éste ignoró arremetiendo con otro sablazo que le partió el omóplato izquierdo. No obstante las dos heridas, el español insertó su sable en el costado derecho del francés atravesándole el cuerpo. Continuaron luchando, el uno montado y el otro a pie, hasta que Chover, con toda su fuerza en ristre, venció su resistencia y lo dejó inerme y colgado de uno de los estribos. Entonces, y aún ignorante de lo que se le venía encima por el fragor de su batalla, quedó rodeado por un destacamento francés dirigido por el mariscal Victor. A él se dirigió publicando la hazaña de haber muerto al oficial francés en un lance de guerra, y exigiendo el trato debido a un prisionero. El silencio del mariscal, quizá dubitativo, fue roto por una traicionera estocada por la espalda que asomó por el estómago del indefenso alférez español. Encarado con quienes, desde el reverso, le habían así herido, recibió como satisfacción otra estocada en el vientre que también le atravesó el cuerpo. Yacente en la tierra que regaba su sangre, sufrió la acometida de un cuarteto salvaje que le asestó nada menos que quince sablazos con sus respectivas heridas invalidantes. Y en apariencia muerto quedó allí tendido y despreciado.

    Vivo a pesar del sañudo castigo, Chover fue hallado en su estado lamentable por otro herido español el día 27, un sargento del Regimiento de Dragones de Lusitania: la cabeza abierta y sangrando copiosamente, amputados los dedos de la mano izquierda; y muerto su caballo por las heridas que también a él causó la batalla de Talavera. El casi agonizante Chover había hecho señas al caminante para que le prestara auxilio en aquel trance penoso. Al desaliñado alférez lo cubría solamente la camisa, su cabeza presentaba dos anchas cuchilladas que le dividían el cráneo; otra, ya citada, le había seccionado la oreja izquierda; su omóplato izquierdo estaba materialmente partido; atravesado el antebrazo derecho; la espalda, apoyada en el suelo, mostraba seis estocadas de las que se consideran mortales por la ciencia médica, además de otra que le perforaba el estómago y otra que, en sentido inverso, le penetraba por el vientre y le salía por la espalda; por si el cuadro en el abdomen, torso y cabeza, careciera del suficiente dramatismo, el muslo y la pierna derecha, a juego, estaban perforados; y para rematar la obra el tobillo derecho evidenciaba un impacto de bala.

    Ambos significados como un ecce homo por duplicado, apoyándose mutuamente, emprendieron camino a Cebolla para, de conseguir llegar, intentar recomponerse. Pero el pueblo ha sido tomado por los franceses y perseguidos por las risotadas de los soldados ocupantes van a refugiarse en una casucha abandonada a las afueras, en la que hay una vasija de agua y un colchón. Chover quiso investigar si en otra casucha próxima podía haber mayor alimento, comodidad y protección, pero falto de fuerzas cayó ante la puerta permaneciendo en esa postura la noche entera.

    Por fortuna, al amanecer del día 28, los franceses se marchan presurosos de Cebolla. Ocasión para regresar al primer cobijo donde encuentra a su compañero fallecido y devorado por gusanos. Esta visión le da fuerzas y corre, por así decir, hasta que de nuevo a la entrada de la casa donde quedó yacente se observa el cuerpo advirtiendo febrilmente el revuelo de gusanos devoradores. Lo que vio fue un pedazo de intestino emergiendo al exterior por uno de los tantos boquetes de sus heridas. En eso, con más miedo a cuestas que curiosidad, un muchacho lugareño se acercó y Chover, aprovechando la presencia, le pidió por ayuda una navaja con la que seccionar al “intruso” que asomaba de su rasgado cuerpo. El muchacho le trajo un cortaplumas y él seccionó aquello terrible que en realidad era una porción de intestino.

    Y siguió vivo, perdiendo, sin embargo, la consciencia.

    Los vecinos acudieron a socorrerlo, pese a no tener siquiera lo imprescindible, y con ellos a su cuidado permaneció en Cebolla cuarenta y tres días, durante los cuales cicatrizaron las heridas con remedios básicos como la sal y el vinagre. Transcurrido este lapso, esquelético y vacilante por su escasa recuperación, con cuatro heridas aún abiertas, Antonio Chover decidió encaminarse a Talavera y desde allí, en interminables y dolorosas jornadas, a Sevilla.

    En la capital hispalense fue atendido con solicitud y experiencia por los médicos, admirados ellos de tamaña resistencia y de tamañas heridas, pudiendo sanarle diecinueve de las veintiuna; con dos no se pudo y permanecieron abiertas y enconadas hasta que falleció en Valencia en 1858.

    Antonio Chover fue ascendido al empleo de teniente y declarado inválido en 1810 y 1811 respectivamente. Vivió unos años en Játiva, al lado del mar, y ya en 1817 solicitó su ingreso en el Estado Mayor de Valencia, siendo aceptado, y donde alcanzó el empleo de teniente coronel.

 

 

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Escuadrilla Elcano. Eduardo González Gallarza, Joaquín Loriga Taboada y Rafael Martínez Esteve

La travesía aérea al confín asiático: vuelo Madrid-Manila

Del 5 de abril al 13 de mayo de 1926

 

El vuelo Madrid-Manila

El 5 de abril de 1926 despegaron del aeródromo madrileño de Cuatro Vientos con destino a Manila, capital de las islas Filipinas, tres sesquiplanos Breguet XIX GR (Gran Raid). Los aparatos de la Escuadrilla Elcano fueron bautizados con los nombres de insignes navegantes y descubridores: Fernando de Magallanes, Juan Sebastián Elcano y Miguel López de Legazpi, formada la expedición por el capitán piloto Rafael Martínez Esteve que llevaba al soldado mecánico Pedro Mariano Calvo, capitán piloto Eduardo González Gallarza con el cabo mecánico Joaquín Arozamena y el capitán piloto Joaquín Loriga Taboada con e! sargento mecánico Eugenio Pérez Sánchez.

Escuadrilla Elcano 1

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El vuelo contra el Sol al confín asiático del imperio español, describió cuatro etapas bien diferenciadas: el cruce del Mediterráneo hasta el Cairo; sobrevuelo del desierto Arábigo y Oriente Medio hasta Karachi; paso por el golfo Pérsico, Tailandia e Indostán hasta Saigón; y el último tramo que comprendía Indochina, China, cruce del mar de China y Filipinas. En pugna con la climatología, los accidentes geográficos, la fatiga, la incomodidad y las averías.

    Durante la ardua travesía aérea la Escuadrilla Elcano hizo sucesivas escalas en Argel, Trípoli, Bengasi, El Cairo, Bagdad, Buchir, Bender-Abbas, Karachi, Agra, Calcuta, Rangún, Bangkok, Saigón, Hanoi, Macao,  Aparri y Luzón-Manila; unas previstas y otras por la fuerza.

    El aparato de Esteve no pudo seguir vuelo a 300 kilómetros de Amán, la capital de Jordania, quedando inutilizado en el desierto; el de Loriga tuvo que aterrizar forzosamente en Tien Pack, China, en ruta a Macao, por una fuga de combustible, siendo transportados a Macao por un buque de la Marina de Guerra portuguesa; y Gallarza estrelló su aparato en el irregular campo de aterrizaje de Macao pero pudo arreglarse. La orden recibida desde Madrid informaba de que continuasen la travesía Gallarza y Loriga en el sesquiplano Miguel López de Legazpi. Por lo que el 13 de mayo de 1926, tras 106 horas de vuelo y recorridos 17.500 kilómetros, estos dos capitanes aterrizaron en Manila con la escolta de honores de doce aparatos de Estados Unidos y un recibimiento apoteósico y emotivo de la multitud congregada, público y autoridades, ese día y los posteriores de homenaje.

Escuadrilla Elcano 2

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De regreso a España, los capitanes Gallarza, Loriga y Esteve fueron distinguidos con la Medalla de Oro de Ultramar, con la de la Ligue Internationale des aviateurs, además de otras tantas concedidas por los gobiernos de los países que visitaron durante el largo trayecto.

Escuadrilla Elcano 3

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Joaquín Loriga Taboada

Nacido en Lalín, provincia de Pontevedra, el año 1895. Teniente de Artillería a los 22 años, fue destinado a la Comandancia de Melilla. Ingresó en la Aeronáutica Militar en 1920 y al año siguiente, obtenido el título de piloto, actuó en el Rif con una escuadrilla de biplanos Ansaldo; y pasó en 1922 a mandar la 3ª Escuadrilla del Grupo 3º estacionada en el aeródromo de Sania Ramel en Tetuán; impidiendo en abril con una meritoria acción la caída del Peñón de Vélez de la Gomera en manos de la hueste de Abd-el-Krim. El 17 de abril, la 3ª escuadrilla aniquiló la harka enemiga que asediaba la posición de Miskerl-la, consiguiendo que la posición se mantuviera hasta recibir refuerzos: esto le valió la Medalla Militar al capitán Loriga.

    Exposición de hechos en el decreto de concesión: “Oficial entusiasta y decidido, presta excelentes servicios en ambas zonas del Protectorado [Comandancias de Ceuta y Melilla], distinguiéndose extraordinariamente el 13 de abril de 1922 en el bombardeo de los poblados de la costa del Peñón de Vélez de la Gomera, y el 1º7 del mismo mes, en las proximidades de Miskerl-la para defender la posición sitiada por el enemigo. Piloto diestro y audaz, desarrolla una gran actividad simultaneando su actuación en escuadrillas de bombardeo con reconocimientos en las escuadrillas de caza, la que no teniendo misión de combate aéreo por carecer de aviación de combate el enemigo, es empleada por la velocidad que desarrolla, como de vigilancia extrema y reconocimiento rápido. Realiza numerosas misiones de reconocimiento y bombardeo y asiste a un gran número de operaciones siendo muy distinguida su actuación en las realizadas los días 28 y 31 de mayo [en la llanada de Tafersit] y 5 de junio, reconociendo desde el amanecer, en un avión de caza, continuamente el frente, debiéndose a su actividad y pericia el descubrimiento del campamento del Burrahai, en la orilla izquierda del Xemanar”.

    Considerado uno de los pilotos más hábiles, en 1925 fue designado para efectuar las pruebas del Autogiro que desarrollaba Juan de la Cierva; el 12 de febrero, el modelo C-6 voló entre los aeródromos de Cuatro Vientos y Getafe, de manera que por primera vez en la historia lo conseguía un aparato más pesado que el aire y diferente a un aeroplano.

 

Eduardo González Gallarza Iragorri

Nacido en Logroño el año 1898 en el seno de una familia de larga tradición militar, ingresó en la Academia de Infantería de Toledo en 1913, promovido a alférez con dieciocho años y destinado a Marruecos hasta que en 1920, con el empleo de teniente, ingresó en la Aviación Militar. Desde 1921 participó activamente en el Protectorado: jornadas de Yebala ese mismo año y ya en 1923, ascendido a capitán, en los combates de Tazarut y Yeberl Alam, en la defensa del Peñón de Vélez de la Gomera y en las operaciones de socorro a la posición de Tifarauín. Por este hecho recibió la Medalla Militar. En 1924 participó destacadamente en las labores defensivas de la línea del río Lau, siendo mencionado en la Orden de las Fuerzas Aéreas: “Las circunstancias que han concurrido a la realización del hecho llevado a cabo por el capitán don Eduardo González Gallarza, el día 5 de julio de 1924, ponen de manifiesto las virtudes de este oficial, que no obstante ser alcanzado por proyectiles enemigos que le hirieron, continuó desempeñando la misión conferida, logrando abastecer la posición de Coba Darsa cercada por el enemigo”.

    Posteriormente tomó parte en las operaciones del desembarco de Alhucemas y en las de Beni Arós.

 

Rafael Martínez Esteve

Nacido en Valencia el año 1894. Ingresó en la Academia de Infantería en 1911 y fue promovido a 2.º teniente en 1914; sus primeros tres destinos lo llevaron de la provincia de Vizcaya a la de Cádiz y a la Comandancia de Ceuta.

    Varias veces citado como distinguido y muy distinguido en las misiones que se le encomendaron durante su estancia de un lustro en el Protectorado de Marruecos, en 1920 efectuó el curso de piloto de aeroplano entre Los Alcázares, en Murcia, Zaragoza y Alcalá de Henares, en Madrid, finalizando este periplo el año 1921 con destino en Guadalajara y de nuevo Alcalá de Henares.

    El 1922 retornó a Marruecos con base su escuadrilla en el aeródromo de Sania Ramel en Tetuán. Las principales acciones en las que intervino se situaron en el sector de Larache, por las que le fue concedida la Medalla Militar.

    Integrante de la expedición de los tres Breguet XIV y un hidroavión Dornier Wal que del 8 al 20 de agosto enlazó las bases aéreas españolas en el Protectorado: Tetuán, Larache, Casablanca, Mogador, Agadir y Cabo Juby, con las Islas Canarias: aeródromos de Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife.

    En 1926 se le concedió la Cruz de la Real y Militar Orden de María Cristina, por los distinguidos servicios prestados en Marruecos entre el 1 de agosto de 1924 y el 15 de octubre de 1925.

 

 

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