El primer ferrocarril de España. Marcelino Calero y Portocarrero

La línea ferroviaria entre La Habana y Güines

 

La primera línea ferroviaria de España se inauguró el 19 de noviembre de 1837 en la provincia de Cuba; asimismo fue el primer ferrocarril que circuló en Iberoamérica.

    Esta línea pionera que debía unir las localidades isleñas de La Habana y San Julián de los Güines comprendió dos fases, la del trazado de La Habana a Bejucal y desde aquí a la estación término de Güines. Este novedoso paso en los medios de transporte situó a Cuba, provincia de España, en el octavo lugar en la escala de territorios con ferrocarril en uso, por delante de Estados europeos de la importancia de Italia, Holanda y Suiza.

    A la metrópoli llegó el ferrocarril en 1848, con la línea entre Barcelona y Mataró, de aproximadamente treinta kilómetros de longitud; a continuación se trazaron la de Madrid a Aranjuez, en 1851, y la de Gijón a Langreo un año después.

 

La pujante economía cubana, destacable en la producción de azúcar, ron y tabaco, y bien relacionada con las potencias económicas en las dos orillas del océano Atlántico, impulsó el proyecto ferroviario. En torno a 1830, el polifacético pacense Marcelino Calero y Portocarrero, editor e impresor de libros y periódicos político liberal, empresario e inventor, afincado en Londres, ideando proyectos ferroviarios para España, sugirió al gobernador de la Capitanía General de Cuba, Francisco Dionisio Vives, con buen criterio y sólida planificación, el acierto de construir un ferrocarril en la isla por una sociedad anónima, con línea inaugural de La Habana a Güines.

    La Real Junta de Fomento, presidida por Claudio Martínez de Pinillos y Ceballos, II conde de Villanueva, aceptada la propuesta se encargó por sus representantes de contratar al ingeniero norteamericano Benjamin H. Wright en 1833, mandándole redactara la memoria del proyecto de construcción de un ferrocarril entre La Habana y Güines, lo que hizo en colaboración con el español Nicolás Campos, destacado funcionario de la Real Junta de Fomento.

    Presentado el proyecto a la reina de España Isabel II, menor de edad, dio su conformidad en la persona de su madre, la regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, quien lo sancionó el 12 de octubre de 1834, fecha simbólica donde las haya; era presidente del Consejo de Ministros Francisco Martínez de la Rosa. El 9 de diciembre de 1835 comenzaron las obras, harto dificultosas por las influencias del clima y la orografía, dando lugar a enfermedades tropicales en los operarios y a la perforación del primer túnel en la isla, llamado del Socavón, y el trabajoso puente de sillería sobre el río Almenares.

    A principios de otoño de 1837 estaba concluido el primer tramo de la línea, de veinticinco kilómetros, que unía La Habana con Bejucal. Pero la fecha elegida para la inauguración oficial fue la del 19 de noviembre, onomástica de la reina. El siguiente tramo, hasta completar el trazado, cubría otros cuarenta y cinco kilómetros, con final en San Julián de los Güines.

 

 

Artículos complementarios

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    El Jesús del Gran Poder

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De la marisma a la pradera: El caballo en el Nuevo Mundo

El Imperio en América: La llegada del caballo

 

La fecha del 23 de mayo de 1493, reciente el final de la Reconquista y aún más la llegada al Nuevo Mundo en Occidente, marca documentalmente el inicio de la historia del caballo en América; una historia en la que tuvo protagonismo decisivo. Los Reyes Católicos dispusieron el envío de veinte caballos y cinco yeguas al Nuevo Mundo embarcados en las naos de la segunda expedición, o viaje, del almirante Cristóbal Colón.

    Estos primeros caballos llegaron a la isla La Española (Santo Domingo); y en ella, una vez aclimatados, se establecieron las cabañas y remontas que fueron suministrando ejemplares al resto de las posesiones y territorios en descubierta y por explorar y colonizar.

    Posteriormente, desde Cuba los trasladó Hernán Cortés a Nueva España; y luego Juan de Oñate, en su expedición para trazar el Camino Real de Tierra Adentro, los introdujo en la actual Norteamérica por Nuevo México. Ya en las Antillas y en Centroamérica, Francisco Pizarro los condujo de Jamaica al Perú, y Pedro de Valdivia los dispuso para su expedición a Chile de donde pasarían a Argentina, Pedro de Mendoza los llevó al Río de la Plata y Álvar Núñez Cabeza de Vaca al Paraguay.

    Los españoles en el Nuevo Mundo utilizaron el caballo como el principal medio de transporte y una poderosa arma de intimidación a los nativos.

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Raza de caballo Mesteño

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La civilización ecuestre en Norteamérica. La herencia española

Los caballos que introdujo Hernán Cortés en el virreinato de Nueva España a continuación, a medida que el territorio se descubría, evangelizaba y colonizaba,  transformaron el paisaje y las costumbres del virreinato y del Suroeste de la gigantesca nación que es hoy Estados Unidos de Norteamérica.

    La procedencia de estos caballos pioneros era andaluza, concretamente de las marismas del río Guadalquivir: el llamado caballo de retuerta de la marisma, equinos de poca alzada, resistentes y adaptados al trabajo en las planicies.

    La adopción del caballo en las actividades diarias de los pueblos nativos del Suroeste norteamericano tuvo lugar progresivamente, a imitación de los rancheros españoles asentados en Nuevo México, y cuando les fue posible adquirirlos, domarlos y montarlos.

    La similitud de los ecosistemas había posibilitado que los colonos españoles reprodujeran en esas parameras y praderías el sistema ganadero de las marismas, en el que destacaba el caballo como ayuda decisiva en toda labor. De tal modo que el caballo fue imponiéndose como instrumento para el manejo de las reses; asimismo fue empleado para la caza con lanza del bisonte o cíbolo, tradición heredada del alanceo del jabalí.

    A lomos del caballo se forjó la personalidad y leyenda del vaquero, también legado cultural del campo andaluz. Eran sus elementos característicos: la silla de montar española, diseñada para largas y cómodas montadas; el vestuario, que incluye los zahones, el sombrero de ala ancha, la chaqueta corta o las espuelas grandes; y los arreos del caballo, fabricados en cuero. Señala el historiador Borja Cardelús (La huella de España y de la cultura hispana en los Estados Unidos y Luces de la Cultura Hispana, dos obras de referencia) que “el vaquero norteamericano fue equivalente al gaucho de la Pampa, al charro mexicano, al llanero venezolano y al huaso chileno, todos descendientes de sus ancestros andaluces”.

    Los indios del Nuevo Mundo eran nómadas y cazadores a pie, y una vez superado su temor a los caballos, obtuvieron de ellos inmensos beneficios. Los primeros ejemplares que dominaron fueron los montaraces (cimarrones), escapados a los montes, a los que denominaron mesteños, en español, y Mustang en inglés.

    Y no sólo los indios se apropiaron de tan útil e imponente animal. Los ingleses y franceses que llegaban desde el Este del continente, agricultores y por entonces nómadas peones, descubrieron enseguida las ventajas del caballo. Con el tiempo el cine y la literatura mitificaron al cow boy del far west, en realidad copias desplazadas de lugar de los rancheros españoles.

Retuerta

Caballos de retuerta

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    Lo que el mundo debe a España

    Quemar las naves

    Los trece de la fama

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Las embajadas europeas de Bernardino de Mendoza

El Imperio en Europa: Cordura y buen entendimiento

 

El año de su nacimiento oscila en 1540 y 1541, la localidad se sabe que fue Guadalajara y que su habilidad diplomática era tan sobresaliente como en la milicia y en las letras, admirado en Europa por estas virtudes. Nos referimos a Bernardino de Mendoza, un hombre cultamente polifacético y estratega sin parangón en las cancillerías.

    A tal extremo de audacia y temple llegó el embajador De Mendoza en la corte de Isabel de Inglaterra, que doblegó la impertinencia de la soberana, intentando difamar al aludido y al rey Felipe II de paso, el monarca más poderoso del orbe, con argumentos y réplicas que no dejaron duda de qué oratoria y carácter golpeaba más y mejor; la humillada reina optó por retirar el plácet al embajador español, que felicitado por el rey Felipe II obtuvo un nuevo encargo diplomático al más alto nivel en el continente.

Bernardino de Mendoza

Bernardino de Mendoza

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Bernardino de Mendoza había estudiado artes y filosofía en Alcalá de Henares, licenciándose en 1557, incorporándose a la carrera de las armas en detrimento de una función administrativa en 1560. Su primera actividad militar sucede en las empresas mediterráneas de 1563-64 en el norte de África, y después, a partir de 1567, con el duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, fue a Italia cuando a éste le encomendaron el mando de un ejército que debía llevar a Flandes por el histórico camino español. En Flandes intervino en las batallas de Mons, Nimega, Haarlem y Mook.

    En Italia estrenó su misión diplomática Bernardino de Mendoza. Por encargo del duque de Alba fue a negociar asuntos políticos de relevancia con Pío V; de inmediato participó en el arresto de los condes de Egmont y de Horn, un episodio de mucha trascendencia simbólica y política. Durante un buen tiempo, a las órdenes directas del duque de Alba se distinguió en una serie de combates. Como persona de absoluta confianza, el duque le encomendó tareas de gestión ante el rey de España en 1573 para solicitar dinero y refuerzos; conseguido lo cual regresó a Flandes donde ya era nuevo gobernador Luis de Requesens, sucesor de Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, quien en vista del éxito ante el monarca español lo envió enseguida a Inglaterra, ahora ya con traza de diplomático además de gestor, a solicitar a la reina Isabel, en nombre de España, víveres y acceso a los puertos para la flora que Felipe II disponía enviar a Flandes. También lo consiguió, granjeándose además de buen nombre un ascendiente de utilidad en lo sucesivo.

    En 1576 fue aceptada su petición de ingreso en la Orden de Santiago.

    En 1578 Felipe II, persuadido de la intrincada implicación de los asuntos de Flandes con los de Inglaterra, decidió enviar a Bernardino de Mendoza a la embajada de Londres en calidad de titular “por la satisfacción que yo tengo de vuestra cordura y buen entendimiento”. Antes de tomar posesión en el lugar, visitó a la familia real francesa en París, y el 16 de marzo de 1578 compareció ante Isabel de Inglaterra. Reseñado anteriormente, el diplomático español incomodó cuanto pudo a la reina Isabel, conspirando en favor de María Estuardo y tratando con los católicos ingleses y con cualesquiera fuerzas que contrarrestasen la actitud antiespañola de la reina inglesa. La controversia entre ambos, las trifulcas verbales y los desaires acabaron en 1584, harta la reina de no poder doblegar al osado caballero español.

    Satisfecho con la conducta de su representante en la corte británica, Felipe II lo recompensó nombrándolo embajador en París, responsabilidad que ocupó durante seis años. Un periodo convulso para Francia del que se aprovechó España.

    Por aquel entonces Bernardino de Mendoza había perdido casi completamente la vista, cuyos primeros síntomas se manifestaron en la anterior misión diplomática: “Llego a ver de día la luz del Sol y de noche una lámpara a cuatro pasos de distancia”. Mayor era su valor y valía con esta discapacidad que soportaba con buen humor y entereza, y que nunca le arredró en su tarea ni disminuyó su eficacia en todos sus concursos. No sólo remitía a Felipe II los informes preceptivos de tema político, sino que, imbuido de su contagiosa vitalidad y gran cultura, le daba a conocer en sus escritos asuntos de arte y literatura, de modas, aficiones y entretenimientos con los que a diario se relacionaba en el desempeño de su calidad.

    Con el rey Enrique III mantuvo Bernardino de Mendoza idénticos roces y, aún más allá, enfrentamientos, al punto que el monarca francés exigía su salida de la corte inmediata, cosa que Felipe II ignoró hasta que, tras el regicidio en agosto de 1589, el monarca español decidió, en vista del cariz de los acontecimientos al otro lado de los Pirineos que trastornaban los planes dinásticos y políticos, apartarle de aquella embajada al anciano y ciego fiel servidor.

    En 1591, Bernardino de Mendoza regresaba a España para instalarse en una celda aneja al convento de San Bernardo de Madrid, aunque sin renunciar al conocimiento de los asuntos políticos y sus crónicas, redactando sus célebres Comentarios de las guerras de Flandes, publicados en París primero y Después Madrid al año de su vuelta. En 1595 se editó en Madrid su Theórica y práctica de guerra, obra publicada en Amberes y Venecia al año siguiente; y también en la capital de España se imprimieron en 1604 sus Seis libros de las políticas y doctrina civil de Justo Lipsio. A estos meritorios estudios se unen traducciones, poesías y cartas diplomáticas de mucho valor y estilo. Sus obras de técnica militar fueron consideradas en toda Europa como referentes indispensables.

    Falleció en Madrid el año 1604.

 

 

Artículos complementarios

    Felipe II

    El duque de Alba

    El camino español

    Batallas de Groningen y Jemmingen

Semblanza del rey y emperador Carlos I

 

Nieto de los Reyes Católicos, hijo de la reina Juana I de Castilla y de Felipe I de Castilla, apodado el Hermoso, Carlos I de España y V de Alemania (del Sacro Imperio Germánico, en titulación real), fue antes de llegar a España un joven reflexivo, de condición tímida, poco expresivo y tampoco expansivo, de naturaleza impasible, aspecto bonachón y de hablar prudente. Su más destacada cualidad entonces, y después, figura estelar en todo el orbe, era su extraordinaria voluntad, y con ella un acentuado sentido del deber y de la responsabilidad; y la siempre presente misión de defender la religión católica.

    Dado al ejercicio, demostró habilidad y fortaleza en los juegos y torneos; buen cazador, esgrimidor y jinete, resultan estas facetas el contrapunto a su apariencia. Por una parte tristón y melancólico y en el envés, alternando con el anverso, alegre y vital: una personalidad compleja y rica en matices. Una personalidad forjada entre la época medieval y la renacentista, probablemente mejor identificado con aquélla que con la que le tocó vivir, pues, a modo de caballero andante, revelaba un elevado concepto de la grandeza y una inmarcesible idea del honor y de la perpetuación gloriosa, en tanto heroica, de su memoria. Era valiente al extremo de la temeridad, sin importarle el riesgo de muerte.

    Estudió aplicadamente matemáticas, geografía, astronomía e historia, su asignatura favorita. Tuvo pasión por la música, igual que las tendrá su hijo Felipe, tocando la espinela y el órgano, para el que llegó a componer, y su voz era tan buena como su oído. No era ducho en lenguas, a pesar de tener que lidiar con varias a un tiempo, resignado a conocerlas y a mejor comunicarse con ellas. Siguió cursos de Cosmografías con Alonso de Santa Cruz, entendió de cartografías y lectura de mapas, y ya como rey y emperador mostró gran interés por los asuntos de la milicia. Con los años fue suprimiendo lo elemental por lo trascendental en favor del espíritu religioso.

    En Carlos latía un corazón valeroso que con la evolución de su carácter templó en la juventud y alentó en la madurez. Fue notable su amor a la justicia, tenido por sus contemporáneos como el mejor juez y el mejor alcalde (rasgos que asimismo calificaron popularmente a su hijo Felipe). Era riguroso en la exigencia y el ejemplo, y amigo de las negociaciones y estar en deliberación con sus Consejos. Obstinado, aunque flexible si el argumento pesaba mucho, pero nunca arrogante ni soberbio, fuera cual fuese su motivo de orgullo.

Carlos I 2

Carlos I

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Carlos iba cambiando a medida que se convertía en español. La aportación de los otrora reinos de Castilla y Aragón le ofrecían amplios horizontes mediterráneos, en la península itálica, en el Norte y Oeste de África y en el Nuevo Mundo americano. En el momento que Carlos fue I de España empezó a saber tomar decisiones independientes.

    Concienciado de su encomienda terrenal como rey y emperador, ya en su juventud era un soberano impenetrable; y fue en pos del honor y de la gloria en cuanto adquirió conciencia de su poder. Se le amaba y se le temía a distancia, separado del mundo por sus obligaciones y carácter.

    Carlos, en suma, era un rey guerrero que pasaba muchas horas reunido con los Consejos, dándoles un gran valor y de los que ha sido el gran promotor en la historia moderna. En estas reuniones, no obstante fomentarlas, exigía que todo pasara por sus manos, lo cual era imposible ya que viajaba constantemente y en consecuencia se retrasaba en demasía el despacho de asuntos importantes. De la necesidad hizo virtud, así que aprendió a escuchar, a calcular y a juzgar. Sus famosas Instrucciones al Príncipe son un claro ejemplo de ello y no cabe duda de que esta vocación de despacho, de papeleo, de observación, juicio y cálculo, la transmitió a su hijo Felipe. Carlos I de España fue un rey y emperador plenamente dedicado a sus obligaciones soberanas.

    Sin embargo, su afición a los placeres de la mesa, su indisimulada glotonería, también lo definió. Más sanas aficiones para la salud y estabilidad emocional eran las de los relojes (le apasionaban los relojes, siendo un buen técnico además de gran aficionado), los mapas y los instrumentos científicos, con la compañía de su famoso asesor técnico Giovanni Turriano de Cremona, conocido por Juanelo; personaje cuyo nombre ha quedado unido a las enormes columnas de granito erigidas para consolidar un audaz proyecto de navegación por el río Tajo, columnas que hoy están colocadas a la entrada del Valle de los Caídos. Carlos, como después su hijo Felipe, tuvo gran amor a las flores y a los pájaros: a él se atribuye la introducción de los claveles en España. Adoraba la caza, costumbre real por antonomasia, llegando a ser el mejor de su tiempo entre los de su rango.

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Anton van Dyck: Carlos V a caballo (h. 1620)

 

Las victorias sobre los movimientos de Comunidades y Germanías finalizaron las acciones rebeldes contra el joven Carlos en España. A partir de ese año 1522, residiendo Carlos en España, se produjo la sólida identificación de los estamentos nacionales con el rey. Factores que contribuyeron decisivamente a ello fueron la boda con Isabel de Portugal; las sucesivas estancias en Granada, Sevilla y Toledo; la unión de los destinos de España, el reino de España más los reinos de Nápoles, Sicilia y Cerdeña y el ducado de Borgoña, con el Sacro Imperio Romano Germánico, configurando la mayor potencia de Europa; el enfrentamiento con Francia en diversos escenarios infligiendo varias derrotas al vecino, tradicional enemigo, que supieron popular y personalmente más dulces que otras victorias anteriores. La simbiosis rey-instituciones-pueblo consiguió una larga estabilidad, próspera y orgullosa, que vinculó los reinados de padre e hijo (los Austrias mayores); ambos supieron compatibilizar su política nacional con la internacional, aunque en lo que respecta a Carlos era de cariz imperial y dinástica, mientras que en Felipe exclusivamente española.

Carlos I 4

Carlos I e Isabel de Portugal

 

Carlos rey y emperador reunió bajo su autoridad gran cantidad de territorios dispersos por Europa, además de los que se descubría y conquistaba en América; cada uno de estos territorios constituía una unidad independiente y el rey lo era de cada una de las partes. Tales dominios y poderes lo elevaron a la extraordinaria condición de dueño de Europa, confiriendo a su política un sentido universal que pretende alcanzar la paz entre los cristianos y mantener la guerra contra el infiel. A su vez, asimilaba la monarquía con la administración de un patrimonio familiar que debía conservar, defender y transmitir ampliado.

    Francia era el enemigo europeo, y junto al incordio permanente que suponía el mal vecino para el interés español, la inestabilidad en el imperio germánico competía en problemática igual que el potente y belicoso imperio turco-otomano y las acciones piratas de los musulmanes en el norte de África y el Mediterráneo.

    En 1521 se había puesto en marcha la política internacional de Carlos, derrotado a los comuneros y agermanados imponiendo el orden interior, y cedido territorios y delegación de funciones a su hermano Fernando. A mediados de 1522 regresó Carlos a Castilla para durante una década proceder a la hispanización del imperio. Castilla se convirtió de grado en el corazón del Imperio, apoyada por la riqueza importada del Nuevo Mundo, desde donde se dirigía la política europea. Estrechando las relaciones ibéricas impulsadas por los Reyes Católicos, Carlos e Isabel de Portugal contrajeron matrimonio en 1526; y en Valladolid, al año siguiente, nacerá su primogénito y heredero el príncipe Felipe.

Carlos I 1

Parmigianino: Retrato alegórico de Carlos V (1530)

 

Carlos recibe la herencia renacentista y humanista de los Reyes Católicos y del cardenal Cisneros, al igual que sucederá con su hijo Felipe; ésta va a representar una reacción político religiosa frente a la crisis ideológica del siglo XVI, con una vida intelectual influenciada por la teología. Lo artístico, lo intelectual, lo científico y el humanismo en general, se interrelacionan y complementan en cada reinado y en ambos sucesivamente.

    Con Carlos se crean o desarrollan importantes Colegios Mayores, como los de Zaragoza, Ávila, Sahagún y Baeza, y se fundan las Universidades de Santiago, Granada y Oñate; espíritu el de las universidades y colegios mayores proveniente de los Reyes Católicos y del cardenal Cisneros. Carlos fundó en Sevilla unos Estudios de matemáticas y Felipe en Madrid.

Carlos I 5

Rubens: Carlos V como dominador del mundo (h. 1605)

 

La época de Carlos I dio inicio a un desarrollo de la cultura y el arte que eclosionó en la de su heredero. Pero lo esencial para el rey y emperador era formar a su hijo, sabiendo cómo tenía que ser la educación de un príncipe del Renacimiento, asentada en sólidos conocimientos humanísticos y artísticos. Gran influencia tuvieron en la cultura y en la ciencia de este periodo los descubrimientos geográficos y la colonización americana.

    La vida-gobierno itinerante de Carlos condicionó su carácter. La iconografía lo proyecta como un guerrero victorioso, como un héroe clásico. Por otra parte, esta itinerancia de vida y gobierno impidió que sus aficiones se concretaran en auténticas colecciones; salvo la de los relojes, su mencionada pasión, y algunos valiosos objetos científicos como astrolabios, sextantes, brújulas y mapamundis. También medallas, algunas con la efigie del emperador y otras con grabados sobre hechos significativos de él, vasos de cristal tallado, códices miniados, lujosas encuadernaciones, espejos de oro y adornos de atuendo, constituyeron su patrimonio cultural; y tapices con escenas sagradas, mitológicas y de hazañas contemporáneas, más objetos litúrgicos y toda clase de armas y armaduras orgullo del guerrero.

    Conocida es la amistad entre Carlos y el pintor Tiziano, aunque no llegó el rey-emperador a ser un selecto coleccionista de obras de arte con idea de museo, pero adquirió algunas obras estimables que le acompañaron hasta el retiro de Yuste: retratos familiares y cuadros religiosos.

    Buscando una capital de España más céntrica de lo que suponía Valladolid, centro de la actividad real desde Isabel y Fernando, Carlos fijó su atención en Toledo; decidió se construyera el Alcázar, un palacio real, en 1535, encargo que recayó en los grandes arquitectos del reinado: Alonso de Covarrubias y Luis de la Vega; aunque la obra la concluyera Juan de Herrera. Lo mismo pasó con los otros proyectos arquitectónicos auspiciados por Carlos: el palacio de El Pardo, el Alcázar de Madrid y el Palacio de Carlos V en Granada, que él no vio concluidos, pese a disfrutar este último, de su predilección. La de Carlos I es la etapa en la que se dan las soluciones más ingeniosas de la arquitectura española; se asimilan las formas renacentistas italianas y se asimilan al gusto tradicional. El nuevo concepto arquitectónico es monumental, interpretado y adoptado a las exigencias funcionales y estéticas del mundo hispánico: elegancia compositiva y soluciones espaciales atrevidas.

 

 

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Bandera y Escudo de España

 

Breve historia de la Bandera de España

En el origen de la bandera de España figura destacado el estandarte de los Reyes Católicos, símbolo que unificó en una las diferentes enseñas y banderas en uso. Al cabo, época de Juana I de Castilla, hija de Isabel y Fernando, y su marido el archiduque Felipe, la bandera representativa de España fue de color blanco bordado en el rojo de la Cruz de Borgoña; que cambió en tiempos de Felipe V por el escudo de armas de la dinastía borbónica.

Estandarte RR.CC

Estandarte de los Reyes Católicos

 

Cruz de Borgoña

Cruz de Borgoña

 

Para diferenciarse de otras banderas imperantes en Europa por tierra y sobre todo mar, Carlos III mandó identificar la Marina española, tanto la mercante como la de guerra, con los colores rojo y gualdo, en tres franjas desde entonces conocidas y bien visibles allende y aquende. El ministro de Marina era Antonio Valdés y Fernández Bazán, y por Real Decreto de 28 de mayo de 1785 se oficializó el uso en los buques de la Armada.

    Texto del Real Decreto de 1785:

Para evitar los inconvenientes y perjuicios que ha hecho ver la experiencia puede ocasionar la Bandera Nacional de que usa mi Armada Naval y demás embarcaciones españolas, equivocándose a largas distancias o con vientos calmosos con la de otras Naciones, he resuelto que en adelante usen mis Buques de guerra de Bandera dividida a lo largo en tres listas, de las cuales la alta y la baja sean encarnadas y del ancho cada una de la cuarta parte del total, y la de en medio amarilla, colocándose en ésta el Escudo de mis Reales Armas, reducido a los dos quarteles de Castilla y León, con la Corona Real encima; y el Gallardete en las mismas tres listas y el Escudo a lo largo, sobre Quadrado amarillo en la parte superior. Y que las demás Embarcaciones usen, sin Escudo, los mismos colores, debiendo ser la lista de en medio amarilla y del ancho de la tercera parte de la bandera, y cada una de las partes dividida en dos partes iguales encarnada y amarilla alternativamente; todo con arreglo al adjunto diseño. No podrá usarse de otros Pavellones en los Mares del Norte por lo respectivo a Europa hasta el paralelo de Tenerife en el Océano, y en el Mediterráneo desde el primero de año mil setecientos ochenta y seis; en la América septentrional desde principio de julio siguiente; y en los demás Mares desde primero del año mil setecientos ochenta y siete. Tendréislo entendido para su cumplimiento.

Señalado de mano de S. M. En Aranjuez a veintiocho de mayo de mil setecientos ochenta y cinco.

    La reina Isabel II convirtió esta distintiva bandera naval en la nacional de España a todos los efectos, en todos los órdenes y para todos los servicios el 13 de octubre de 1843.

Bandera Nacional

Sucesivas Banderas y Escudos de España

 

Breve historia del Escudo de España

Es en el siglo XII cuando surgen los emblemas heráldicos que identifican los reinos hispánicos.

    En 1230 Fernando III de Castilla recibió la Corona de León, con lo que el emblema resultando de la unión de ambos reinos fue el escudo cuartelado con los de Castilla y León alternados. Para el historiador Ramón Menéndez Pidal el escudo resultante constituyó el “principio, núcleo y resumen de las armas de los reyes de España”. En Aragón, el siglo XII, el conde Ramón Berenguer IV, usó un escudo de oro con un número de franjas rojas que hasta el siglo XIV no sumaron cuatro. En Navarra, también en el siglo XII, aparecieron sellos en los escudos dibujando barras en forma radial, siendo ellas y los clavos que las fijaban el origen legendario de los eslabones de la cadena rota por Sancho el Fuerte en el transcurso de la batalla de Las Navas de Tolosa.

    El escudo propiamente nacional es el que los Reyes Católicos convinieron el año 1479 con su enlace matrimonial: en el primer y cuarto cuarteles se coloca el cuartelado de Castilla y León, mientras que en el segundo y tercer cuarteles va el partido de Aragón y Sicilia; posteriormente, con la conquista de Granada, incorporan en la parte inferior de este escudo las armas de Granada, representada por la fruta homónima.

    El emperador Carlos I de España, nieto de los Reyes Católicos, compuso un escudo con el águila bicéfala del Sacro Imperio Romano Germánico flanqueada por las columnas de Hércules con la leyenda Plus Ultra (más allá), como símbolo de la expansión ultramarina. Su hijo Felipe II, al no heredar el título imperial, prescindió del águila, al igual que hace con las columnas y la leyenda, pero añade las armas de Portugal cuando por su primer matrimonio se convierte en titular de ese reino. Todos los reyes de la Casa de Austria adoptaron el mismo escudo.

    En 1700, inaugurando la dinastía Borbón, Felipe V eliminó del escudo las armas portuguesas, ya independizado este reino, movió las de Flandes y Tirol a la parte inferior y colocó sobre el conjunto las armas de Borbón-Anjou: sobre campo azul, tres lises de oro y borde rojo.

    Carlos III, hijo del segundo matrimonio de Felipe V e Isabel de Farnesio y hermano de Fernando VI, añadió las armas heredadas de su madre: Farnesio, en oro, seis lises azules; y Médicis, en oro, cinco círculos rojos y en la parte superior, un círculo azul con tres lises de oro, cada uno dispuesto a un lado del escudo, mientras que el cuartelado de Castilla y León con Granada lo trasladó al centro del escudo, inserto en un escudete, en cuyo centro resaltaban las armas de Borbón-Anjou.

    El Gobierno Provisional constituido tras la revolución de 1868 que derrocó a Isabel II, simplificó el escudo manteniendo únicamente los cuarteles de Castilla, León, Aragón, Navarra y Granada, recuperando las columnas de Hércules y sustituyendo la corona por otra mural; además de suprimir el escudete de las flores de lis borbónicas.

    Al acceder al trono Amadeo I de Saboya fueron restablecidos la corona real y el escudete central, ahora con la cruz blanca sobre fondo rojo de la casa de Saboya.

Escudo Nacional

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La España Nacional determinó un nuevo escudo el 2 de febrero de 1938, sucesor de aquel histórico de los Reyes Católicos, incorporada el águila de San Juan y el yugo y las flechas, sustituyendo el cuartel de Sicilia por el de Navarra y con el lema: Una, Grande, Libre.

Escudo Nacional 2

En la Constitución de 1978 se muestra esencialmente el escudo precedente, hasta que el 5 de octubre de 1981 definió el actual escudo: similar al del Gobierno Provisional de 1868, pero sustituida la corona mural por la real y añadidas sendas coronas a las columnas y superpuesto el escudete de Borbón-Anjou.

Constitución de 1978

Constitución de 1978

 

 

Artículos complementarios

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    La Lotería Nacional