La primera Guardia Real del mundo

Es en la época de los Reyes Católicos cuando el Ejército tomó una forma definida y un carácter decidido. Entonces surgieron las tropas específicas de Casa Real con origen, formación, indumentaria, atribuciones y deberes propios.

    El primer cuerpo del que se tiene noticia fehaciente es el de Guardas viejas de Castilla, creado en 1493, antecedente de los Alabarderos de Gonzalo de Ayora y los Archeros de Borgoña en España.

El militar, literato, embajador y cronista real Gonzalo de Ayora, cordobés de cuna, recibió el encargo regio de organizar secciones de Infantería con armamento compuesto en algunas de ellas por picas y alabardas. Una de estas secciones fue creada expresamente para guardia del rey Don Fernando el Católico en 1505, compuesta por cincuenta alabarderos sacados de los mozos de espuela de caballeros cortesanos que desde 1492 usaban espadas. Esta Compañía de Guardias Reales, pionera en el mundo por su constitución, tuvo en Gonzalo de Ayora su primer capitán y quien impuso la alabarda en el armamento previo.

    Integraban la Guardia Real el citado capitán, un teniente, un alférez, un abanderado, dos sargentos, dos cabos de escuadra, un alguacil aposentador, un tambor, un pífano y cien alabarderos. El uniforme consistía en una gorra de terciopelo morado galoneada de oro, jubón y calzas de paño del mismo color y sayo heráldico divisado con los colores rojo y blanco de las armas de Castilla y de León. Las armas portadas eran la espada, el puñal y la alabarda. Gonzalo de Ayora instruyó debidamente en táctica de combate a la Guardia Real.

Tres años antes de la creación de los Alabarderos del Rey como guardia personal, llegó a España con Felipe I (Felipe el Hermoso, marido de la reina Juana, hija de los Reyes Católicos) un cuerpo de Caballería denominado Archeros de Borgoña, que fue incorporado al servicio de las personas reales.

    Este cuerpo no presentaba las características del mencionado de Guardas viejas de Castilla, pero dada su manifiesta preparación y utilidad y que la organización de las Guardas viejas se destinaba no sólo a la custodia del rey sino también a la seguridad de la nación y como ensayo de caballería permanente en el Ejército, los Archeros de Borgoña desempeñaron la custodia de las Reales Personas como guardias a caballo. Constaba esta Compañía montada de ciento cincuenta caballos vistosamente enjaezados y protegidos. Los jinetes usaban el almófar y la celada borgoñota con airón de plumas encarnadas, cota de malla, brazales, cañones, guardas y manoplas, quijotes, rodilleras, canilleras y zapato herrado con espuela; sobre la cota de malla vestían un sayo corto de paño de seda blanco divisado en el pecho y espalda con los bastones de Borgoña (la Cruz de Borgoña), anudados con un eslabón del Toisón de Oro. Por armas llevaban espada, arco y saetas.

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La organización de las Guardas viejas de Castilla por parte de los Reyes Católicos le imprimía carácter de tropa de la Casa Real, también como escolta de honor del soberano, pero también con ello se pretendió que las Guardas viejas constituyeran el embrión de una fuerza para el Ejército de caballería estable. Siempre y cuando el rey se pusiera al frente del Ejército, o por otras causas de peligro, las Guardas viejas actuarían como salvaguardia del monarca La fuerza efectiva era de dos mil quinientos caballos.

    El uniforme y armamento de la primera Guarda vieja creada en 1493 (posteriormente reformado el cuerpo por disposiciones dictadas en 1503 y 1508) constaba en cuanto a uniforme de: alpartaz, almófar de cabeza a pies, calzas y lúas de cota de malla acerada, brafoneras y rodilleras para las articulaciones de los brazos y las piernas, jaco o jacerina de ante; en cuanto al armamento: lanza gineta, capagorja y espada con tablachina (broquel o escudo). El caballo llevaba silla y vida ginetas, riendas herradas y petrinal y grupera chapeados de hierro con borlones de seda o lana de color rojo.

Artículos complementarios

Presidente de los más importantes Consejos. Bernardino de Rebolledo

El militar y diplomático Bernardino de Rebolledo

 

General que ganó todos sus ascensos en el campo de batalla, embajador de España en Dinamarca, poeta, escritor de milicia, política y genealogía y traductor, Bernardino de Rebolledo y Villamizar nació en León el año 1597.

    Temprano, a los catorce años, inició su carrera militar. Italia fue su destino con el empleo de alférez en las galeras de Nápoles y Sicilia, al que siguieron, entre otros, sus combates a las órdenes del gran Ambrosio Spínola, la guerra contra el duque de Saboya y el primer conflicto de la Valtelina (valle que comunicaba las posesiones españolas en la península itálica con el imperio germánico), en 1621, y el episodio de la conjuración de Venecia en 1618, una historia de traiciones y espías que enfrentó a España y la Serenísima, achacada en alguna medida al marqués de Bedmar.

    Pasó a Flandes como lugarteniente del maestre de campo Lope de Figueroa combatiendo en la toma de Breda, a las órdenes de Ambrosio de Spínola; luego, a la campaña del Palatinado, en el curso de la guerra de los Treinta Años. Dada su hoja de servicio, el emperador de Austria, Fernando II, lo nombró conde del Imperio, gobernador del Bajo Palatinado (Palatinado alemán) y capitán general de la Artillería. Durante la Guerra de los Treinta años intervino en diversas comisiones, siendo la destacada la de llevar las negociaciones diplomáticas entre el emperador Fernando II, el rey de Hungría y los electores de Colonia y Maguncia; por lo que le fue concedido el título de Conde del Sacro Imperio Romano con denominación de Conde de Rebolledo (1636). También satisfecho con sus servicios Fernando III, emperador heredero de Austria, ratificó dicho título en carta fechada en Praga, 5 de septiembre de 1638, aunque Bernardino de Rebolledo, siempre leal, diligente y precavido, no quiso aceptar el título hasta que le dio su visto bueno el rey de España Felipe IV, tres meses antes de la concesión oficial. En esta época compartió armas con el marqués de Santa Cruz, Álvaro de Bazán y Benavides, el de Aytona, Francisco de Moncada, y el cardenal infante don Fernando de Austria.

    Felipe IV nombró a Bernardino de Rebolledo embajador de España ante el rey de Dinamarca Federico III, quien lo tuvo en gran aprecio. Una estima grandemente merecida, pues al diplomático y militar español debió entonces su independencia Dinamarca al aconsejar y dirigir eficazmente la guerra contra los suecos de Carlos X; Bernardino de Rebolledo se condujo con tanto éxito para vencer en la contienda que el rey danés lo nombró presidente del Consejo de Guerra, cargo insólito para un embajador extranjero.

    Regresó en son de triunfo a España, igualmente apreciado por el monarca español al extremo de ser nombrado presidente del Consejo de Castilla.

Bernardino de Rebolledo

Imagen de grabadoslaurenceshand.com

 

Bernardino de Rebolledo fue un importante tratadista militar y político. Su obra Selva militar y política, publicada en 1652, es un tratado encomiable de política internacional, armamento y táctica, muy admirado en su época. También cultivó la poesía, aunque descolló literaria e históricamente en los estudios genealógicos. Asimismo, escribió teatro y práctico las traducciones en especial de temas bíblicos. El mismo año 1652 publicó Discurso de la hermosura y del amor, compaginando sus lecturas de fray Luis de León con las ideas platónicas.

    Varios de sus libros se publicaron en ciudades europeas de raigambre.

 

 

Artículos complementarios

    Bernardino de Mendoza

    Álvaro de Bazán

    El Cardenal-Infante

La batalla del Salado y el Ordenamiento de Alcalá

La batalla final del Estrecho

Actividad militar y legislativa de Alfonso XI el Justiciero

 

El año 1340 entonó el canto del cisne para los musulmanes en la Península Ibérica. El renovado poder islámico lo intentó, pero el decidido poder cristiano evitó con la batalla del Salado, también llamada la batalla final del Estrecho, una segunda gran invasión a la par que reducía considerablemente el territorio enemigo.

 

Antecedentes

En 1269 la tribu bereber de Banu Marin, los benimerines como los llamaban los cristianos en España, dominaba a los debilitados almohades en el actual Marruecos, primero tomando Fez, en 1248, y luego Marrakech, en 1269, expandiendo su fuerza hasta las fronteras de los actuales Túnez y Argel. Conseguido este territorio el siguiente objetivo era posesionarse de la Península Ibérica a imitación de sus antepasados.

    En el año 1275 un nutrido contingente de benimerines desembarcó en las costas de Granada, obligando a este reino, acosado por el avance cristiano, a unir sus fuerzas en una alianza de contraataque. La primera misión fijaba su interés en la zona gaditana, donde apetecía conquistar Tarifa y Algeciras, que sería la plataforma adecuada para proseguir la invasión a mayor escala.  El asedio de Tarifa, plaza que había reconquistado el año 1292 Sancho IV de Castilla, en 1294, fracasó debido a la resistencia heroica del alcaide Alonso Pérez de Guzmán, apodado el Bueno, con su legendaria daga arrojada a los captores de su hijo.

    La derrota en Tarifa dirigió la política benimerín a Granada, donde prepararon la ocupación de la península en una época que Castilla presentaba la minoría de edad de su rey Alfonso XI. De tal modo que el año 1329 tomaron la codiciada plaza de Algeciras y ganaron así la ansiada cabeza de playa para los siguientes desembarcos de tropas. El peligro era tan evidente que movilizó todos los recursos cristianos, empezando por la jefatura del bisoño rey Alfonso Onceno. De hecho, los benimerines se presentaron ante las murallas de Tarifa para repetir, a ver si esta vez con éxito, el asalto a la plaza.

    No les acompañó el éxito en este año, ni en el siguiente, 1330, cuando enfrentados en la batalla de Teba al ejército de Alfonso XI, apodado el Justiciero, fueron derrotados; mandaba el ejército nazarí de Muhammed IV, emir de Granada, el general benimerín Ozmín.

    De tregua en tregua, al poco de firmarse la primera en 1331 fue rota, la de 1334 duró cuatro años. En 1339 los benimerines comenzaron a desembarcar efectivos entre las localidades de Algeciras y Gibraltar, ambas en su poder, y junto a sus aliados nazaríes de Granada de nuevo pusieron cerco a Tarifa.

    Para evitar en lo posible el trasvase bélico del Magreb a la Península, Alfonso XI mandó al Estrecho a su almirante Alonso Jofre Tenorio con una flota que luchó contra la de Abd-al-Malik, hijo del caudillo de los benimerines Abu al-Hasan ‘Ali (otras fuentes lo llaman Abi-I-Hasan). Aunque muerto en el primer combate el benimerín, también sucumbió Alonso Jofre al poderío islamita. En 1340 los benimerines pudieron culminar el traslado de tropas por la vía controlada del Estrecho y dirigirse a Tarifa para sitiarla.

 

La batalla

Tropas de la Corona de Castilla al mando del rey Alfonso XI, integradas por castellanos, leoneses, gallegos, extremeños y manchegos, y portuguesas del rey Alfonso IV, suegro del rey castellano, unieron sus fuerzas en Sevilla, y desde allí marcharon en orden de batalla hacia Tarifa.

    Por el camino de Utrera llegaron los cristianos en tres jornadas veloces a la localidad de Torre de los Vaqueros, en las inmediaciones de la sitiada Tarifa. Aproximadamente eran veintidós mil los efectivos del ejército cristiano: quince mil jinetes entre caballería ligera y pesada, principal fuerza de choque, y siete mil infantes con diferentes armas; el bando musulmán estaba formado por aproximadamente sesenta mil efectivos, con mayoritaria presencia de caballería ligera, y una infantería de lanceros y ballesteros.

    Situados los dos contendientes a pocas horas de distancia, los cristianos enviaron mensajes conminando a desistir de la lucha o plantar batalla. Abu Al-Hassan Alí, sultán benimerín y jefe del ejército musulmán también integrado por las tropas del sultán granadino Yusuf I, convencido de imponerse por superioridad y táctica, mantuvo el asedio a Tarifa y aceptó el desafío bélico de Alfonso XI.

    Dado el número superior de musulmanes, el rey cristiano ordenó a los suyos formar en línea compacta en vez de en columna para evitar el copo. Alfonso XI descartó atacar el grueso del enemigo. Formaban en vanguardia de sus respectivas tropas combinadas de caballería e infantería de milicias reclutadas en Sevilla el infante Don Juan Manuel y Juan Núñez de Lara, maestre de la Orden de Santiago y Señor de Vizcaya, caballeros de Diego López de Haro, Juan Alfonso de Guzmán y Juan García Manrique, además de milicias de los concejos andaluces; en el centro, lugar de conducción del rey Alfonso onceno, figuraban los concejos castellanos, los mesnaderos y el linaje de los Trastámara; en las alas se distribuían, por la derecha Alvar Pérez de Guzmán al mando de los Donceles de su casa, con jinetes de las Órdenes Militares desplazadas y por los caballeros de los territorios fronterizos, por la izquierda la caballería pesada portuguesa reforzada con otros concejos castellanos y concejos vascos, leoneses y asturianos a las órdenes de don Pero Núñez de Guzmán; la retaguardia estaba compuesta por el concejo de Córdoba al mando de don Gonzalo de Aguilar, junto con algunos nobles y sus mesnadas y las tropas de peones del norte de España.

    El infante Don Juan Manuel trazó un plan de combate que satisfizo al rey, consistente en dirigir a Tarifa cuatro mil infantes y mil caballeros que lograron burlar el asedio e introducirse en la plaza como refuerzo, moral y posteriormente ataque al enemigo desde el interior simultáneo al avance del ejército que caía sobre los musulmanes sitiadores.

    La mañana del 28 de octubre de 1340 el ejército cristiano avistaba la plaza de Tarifa a orillas del río Salado, en realidad riachuelo de siete kilómetros de longitud muy próximo al Tarifa y al río Guadalete, de infausta memoria su batalla siglos antes, cuyos pasos estaban tomados por los musulmanes. El 29 de septiembre, festividad de los santos arcángeles, los reyes aliados decidieron la estrategia a seguir. Y al amanecer del día 30 ambos ejércitos tomaron contacto físico para buscar el desenlace favorable a sus respectivas armas en tan importante batalla.

    En situación dramática por la exposición a las flechas y acometidas del enemigo, los hermanos Gonzalo y Garcilaso II Ruiz de la Vega, atravesó el curso de agua y fueron a enfrentarse con las tropas del Abû Aman, hijo del sultán Abu Al-Hassan Alí; una lucha aparentemente desigual que pronto se vio compensada por la irrupción de los caballeros de Núñez de Lara, decantando así la balanza del combate. Entonces salieron de la plaza los sitiados más los caballeros en auxilio que habían llegado la víspera y aplastaron a los sitiadores. Coordinados por la voluntad, las tropas del Alfonso XI, con el rey a la cabeza, cruzaron el río para cargar contra la guardia del sultán, cuyo hijo escapó hacia Algeciras, donde se refugió, mientras que la hueste al mando del rey de Portugal, que Alfonso XI había incrementado con tres mil caballeros hispanos,  daba buena cuenta de los nazaríes de Yusuf I.

    Concluyó la batalla esa jornada del 30 de octubre de 1340 con una victoria contundente para los cristianos y una derrota absoluta, cuantiosa en bajas y decisiva en el resultado, para los musulmanes.

Salado

Mapa de la batalla del Salado

Imagen de lasnuevemusas.com

 

Consecuencias de la victoria

Cuatro años después se ganaba la plaza de Algeciras, el 25 de marzo de 1344, y el definitivo control del paso del estrecho de Gibraltar, con lo que se puso fin a la invasión benimerín de la Península Ibérica y dio inicio la fase definitiva de la Reconquista con epílogo en la alborada de 1492.

    Alfonso XI, que fallecería a la edad de treinta y ocho años, supo demostrar su valía como gobernante, militar y legislador.

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Ordenamiento de Alcalá

 

Promulgado en 1348, el cuerpo legal integrado en el Ordenamiento de Alcalá, deroga la legislación nacida de las Cortes de Zamora celebradas el año 1274 que refrendaba la aplicación de los fueros antiguos en detrimento de las leyes regias posteriores.

    El Ordenamiento de Alcalá, sancionado por el rey Alfonso XI en las Cortes celebradas en Alcalá de Henares el año 1348, guía a la jurisprudencia a un estado de igualdad y firmeza sin precedentes, determinando el orden general de prelación de fuentes para sustanciar los litigios mediante leyes ciertas, a fin de suprimir la arbitrariedad en la resolución de pleitos. El orden de prelación de las fuentes jurídicas es el siguiente:

Las leyes contenidas en el propio Ordenamiento de Alcalá.

El Fuero municipal de cada localidad.

Las Partidas.

    Orden vigente hasta la promulgación del Código Civil en el siglo XIX.

    Cabe destacar en el Ordenamiento de Alcalá el reconocimiento de las Partidas de Alfonso X el Sabio como principal texto legal, legislativamente completo y de impecable técnica jurídica.

Alfonso XI

Alfonso XI el Justiciero. Retrato de Francisco Cerdá de Villarestan (1849).

Imagen de museodelprado.es

 

 

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Origen de la entidad política nacional de España

Reinados de Leovigildo y Recaredo

 

La Crónica de Hidacio expone que en el año 411 los bárbaros, invasores de la Hispania romana, se repartieron por sorteo las provincias donde habitaría cada uno de los pueblos llegados a la península (Iberia-Hispania). La provincia romana que comprendía la actual Galicia, más otros territorios de astures y leoneses y del norte de la actual Portugal, correspondió a los vándalos asdingos y suevos; las provincias de Lusitania y Cartaginense, a los alanos; la Bética, a los vándalos silingos. En definitiva, resume la Crónica, los hispanos se sometieron al poder de los nuevos dominadores.

    La provincia Tarraconense quedó bajo el mando de los rebeldes romanos alzados contra el emperador Honorio, personaje que había franqueado a las bandas germánicas el paso a Hispania; fue el caudillo de la resistencia a los invasores godos el general conde Constancio, fiel al Imperio.

    Así el panorama, la cuestión de fondo, primordial en la historia de España, es que por aquel entonces de invasión bárbara y resistencia hispanorromana a inicios del siglo V d.C., el pueblo visigodo, que desempeñaría un papel decisivo en la configuración de España como entidad política nacional, se encontraba desde la segunda mitad del siglo III d.C. asentado en la antigua provincia romana de la Dacia (territorio entre la cordillera de los Cárpatos y el río Danubio, en los actuales Estados de Rumanía y Moldavia).

 

A lo largo del siglo V fue desmoronándose la autoridad de Roma, lo que supuso, paulatinamente, el auge de los regionalismos bajo la égida de las diversas aristocracias autóctonas. A la par, los pueblos germánicos invasores, principalmente y por orden cronológico vándalos y suevos, extendieron su acción militar por Hispania mientras los visigodos, asentados en las Galias, realizaban incursiones de asentamiento en la Península Ibérica, estableciendo unas incipientes guarniciones y centros de poder. Por último, la ocupación de la provincia Tarraconense por el rey Eurico significó la definitiva implantación del dominio visigodo en España.

 

Conquistada la mayor parte de las Galias por el rey franco Clodoveo a principios del siglo VI, desapareció el reino tolosano. Pero la intervención del rey Teodorico, gran monarca ostrogodo de la península itálica, aseguró la pervivencia de un reino visigodo desplazado a la Península Ibérica que, durante dos siglos, protagonizará la historia de España.

    Hasta mediado el siglo VI, el reino visigodo español experimentó la influencia ostrogoda y, acto seguido, el Levante español estuvo dominado por el Imperio bizantino.

    El último cuarto del siglo VI contempló el establecimiento de la capital del reino visigodo en Toledo, extendiendo su poder sobre toda la Península por obra del rey Leovigildo, que se anexionó del reino suevo de Galicia. Su hijo, Recaredo, promovió la conversión al catolicismo, dando inicio a la monarquía visigodo-católica que se prolongó hasta el siglo VIII; concretamente hasta el año 711 con la invasión musulmana.

    A lo largo del siglo VII floreció la cultura en España, con Isidoro de Sevilla como máximo exponente; también de suma relevancia fueron los aspectos constitucional, con la institucionalización de la monarquía electiva, eclesiástico, por la serie de concilios toledanos, y jurídico, por la promulgación de un código de legislación civil.

 

Reinado de Leovigildo

Leovigildo unificó los reinos de la Península Ibérica, concentrando en su persona, con excepcionales dotes de guerrero y estadista, el gobierno de los visigodos hispanos.

    Lo cuenta Isidoro de Sevilla en su Historia de los godos:

“Leovigildo se apoderó de los cántabros, tomo Aregia, sometió a toda Sabaria. Sucumbieron ante sus armas muchas ciudades rebeldes de Hispania. Dispersó también en diversos combates a los bizantinos y recuperó, mediante la guerra, algunas plazas fuertes ocupadas por ellos. Venció además, después de someterle a un asedio, a su hijo Hermenegildo, que trataba de usurparle el mando. Finalmente llevó la guerra a los suevos y redujo su reino con admirable rapidez al dominio de su nación. Se apoderó de gran parte de España, pues antes la nación de los godos se hallaba recluida entre unos límites angostos.”

    En 577 se culminó el afianzamiento del dominio visigodo en Hispania.

 

Del año 578 al 581 es el momento cenital del reinado de Leovigildo: concluido el asentamiento visigodo, imperaba la paz en todos los territorios del reino visigodo. La consecución de la unidad en los campos territorial, religioso y jurídico había inspirado las empresas políticas de Leovigildo. Aunque en materia religiosa el intento de Leovigildo por lograr la unidad con el arrianismo fracasó, sí pudo alcanzarse con su heredero, Recaredo, pero con la fe católica.

    Así mismo, la unificación social, en paralelo a las empresas descritas, pudo llevarse a cabo con una legislación tendente a constituir un solo pueblo hispano-visigodo. La legislación del Codex Revisus (Código revisado) promulgado por Leovigildo era de ámbito general, antecedente del Liber Iudiciorum o Lex Visigothorum de Recesvinto promulgado el año 654, para que fuera el único cuerpo legal utilizado por jueces y tribunales.

 

Reinado de Recaredo

Recaredo fue el sucesor de Leovigildo, su padre.

    La necesidad de una pacificación social y, especialmente, religiosa en la España visigoda, determinó la política emprendida por Recaredo. De él cuenta Isidoro: “Estaba dotado de un gran respeto a la religión y era muy distinto de su padre en costumbres, pues el padre era irreligioso y muy inclinado a la guerra, mientras él era piadoso por la fe y preclaro por la paz; aquél dilataba el imperio de su nación con el empleo de las armas, éste iba a engrandecerlo más gloriosamente con el tesoro de la fe. Fue [Recaredo] apacible, delicado, de notable bondad, y reflejó en su rostro tan gran benevolencia y tuvo en su alma tan gran benignidad que influía en los ánimos de todos e, incluso, se atraía el afecto y el cariño de los malos; fue tan liberal que restituyó a sus legítimos dueños los bienes de los particulares y las propiedades de las iglesias, que el error de su padre había expoliado y entregado al fisco”. Isidoro no está exento de partidismo en su definición de Recaredo, aunque cabe analizar esta decantación al hecho de querer presentar a Recaredo como alguien sin condicionamientos pretéritos que buscaba el entendimiento y la conciliación.

    Recaredo derrotó por la fe a los arrianos y por las armas a los francos, cerca de Carcasona, en la región de la Septimania, que pretendían invadir la Península para destronarlo.

    La conversión de Recaredo al catolicismo ocurrió el año 587. Lograda la reunión de los hispanorromanos y los hispano-godos, las dos etnias cohabitando en España, en una fue común, quedaba establecer una legislación igualmente común para ambas: lo que se llamó un gobierno conjunto. Tal acuerdo se alcanzó mediante la fórmula legislativa y ejecutiva de mantener el gobierno activo en manos de los godos mientras que la inspección y el control recaía en los hispanorromanos. La efectiva vigencia del sistema, y la consiguiente moderación en los tributos, dependía de los concilios provinciales, que adolecieron de la debida regularidad.

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Con el nacimiento del reino godo de Toledo se forja la independencia de la Península Ibérica y su autogobierno. El mestizaje entre los pueblos bárbaros del Norte de Europa y los hispanorromanos cristalizó en la realidad que pervive tras quince siglos de historia.

    Los españoles adquirieron conciencia de unidad gracias a Roma, pero Roma no configuró Hispania porque no creó una conciencia nacional. Fueron los godos quienes lo consiguieron, y ellos, ya como hispanos, mantuvieron la unidad de Hispania desde el fin de la Antigüedad hasta la Edad Media. Ellos unificaron el territorio, instauraron una corona única, la monarquía visigoda, una religión común, el catolicismo, un derecho propio y también común, la unidad jurídica, y, en definitiva, un legado cultural sobre las bases grecorromanas y germánicas.

 

 

Artículos complementarios

    San Isidoro de Sevilla

    Liber Iudiciorum

    Testamento de Isabel la Católica

Fijando la longitud por las distancias lunares (II). Juan de Lángara y Huarte

 

Marino, científico y matemático de la Real Armada, el coruñés Juan de Lángara y Huarte, nacido en 1736, asumió en el siglo XVIII con José de Mazarredo la encomendada responsabilidad de trazar rutas seguras para la navegación española. Era discípulo del ilustre Jorge Juan y Santacilia.

    Entre los años 1755 y 1765 pasó a desempeñar misiones de embarque por las costas de España, África y las Indias occidentales, destacando en cada una como un oficial sobresaliente que dominaba las navegaciones difíciles. Y entre los años 1776 y 1771, sus travesías fueron de ida y vuelta a las islas Filipinas al mando del navío mercante Buen Consejo y de las fragatas de guerra Venus y Rosalía; en estos viajes puso en práctica los últimos adelantos en navegación, ejerciendo a la par de maestro de subordinados.

    Los peligros que amenazaban a los barcos españoles se daban especialmente en el trayecto de España a Filipinas, para abastecer las islas, y el tornaviaje.

    El estrecho de Buena Esperanza, una derrota apenas seguida por los españoles, se estudiaba como alternativa. Pero el problema para establecer fiablemente una ruta marítima era la localización exacta de las embarcaciones en mar abierto en busca de una travesía favorable. Con este problema por resolver, hubo que fomentar la investigación de las distancias lunares como solución.

    Corría el año 1773 cuando al mando de la fragata Venus en viaje a Manila, acompañado por el también oficial de la Armada José de Mazarredo, convinieron en determinar la longitud por la distancia de la Luna a la estrella Aldebarán, en la constelación de Tauro.

    Al año siguiente, Lángara recibió la orden de experimentar con esta medición, compitiendo con franceses y británicos, lo cual llevó a cabo embarcado la fragata Rosalía. Esta expedición científica tenía por objeto poner en práctica en la mar todas las observaciones, métodos y adelantos de las ciencias física y astronómica útiles para la navegación. Acababan de alcanzar esas ciencias un grado de perfeccionamiento del que desconfiaban los marinos exclusivamente prácticos, por lo que durante seis meses navegó Lángara por el océano Atlántico corrigiendo los errores de las cartas náuticas. Con él figuraban en la experimentación y perfeccionamiento de técnicas e instrumentos los ya entonces afamados marinos y científicos José de Mazarredo, Juan José Ruiz de Apodaca, José Varela y Ulloa y Diego de Alvear.

Lángara y Huarte

Juan de Lángara y Huarte

Imagen de ancienhistories.blogspot.com

 

Principalmente tres fueron las empresas en las Juan de Lángara participó entre 1765 y 1771 destinadas a ese fin. La primera la llevó a cabo en el viaje que realizó de Cádiz a Manila embarcado en el navío Buen Consejo, que partió el 12 de marzo de 1765: tras tocar en las Canarias se dirigieron a Cabo Verde y desde allí a Río de Janeiro, de aquí pusieron rumbo al cabo de Buena Esperanza y llegar a Filipinas por el océano Índico. Lángara comprobó las incertidumbres de la posición del navío en aquellos mares bastante desconocidos para los navegantes españoles. En un segundo viaje, a bordo de la fragata Venus, mandada por Manuel González de Guiral, prosiguió sus investigaciones. En el tercero de los viajes, ya en calidad de comandante de la expedición, partió de Cádiz a finales de 1771 nuevamente en la fragata Venus, pero esta vez pretendiendo la medición de la longitud por medio de las distancias lunares para asegurar la derrota a seguir. Con él iba José de Mazarredo, y ambos conjuntamente elaboraron la estrategia para conseguir un resultado satisfactorio a sus indagaciones astronómicas. Navegando hacia el Este se dirigieron luego al cabo de Buena Esperanza; en junio llegaron a la isla de Java y desde allí pusieron rumbo a Manila. La fragata regresó al puerto de Cádiz el 21 de julio de 1773.

    Con esta nueva ruta, que atravesaba el cabo de Buena Esperanza, se intensificaron los estudios y se introdujeron nuevos avances científicos dirigidos a lograr una segura navegación oceánica.

Su faceta militar también resultó esforzada y completa. En 1776 tomó parte en la conquista de la isla de Santa Catalina, en la costa del Brasil; en 1779 mandaba una división de guerra contra los ataques de los buques ingleses en aguas de las islas Azores.

    Ascendido a Jefe de Escuadra en 1779.

    En 1787 la Armada decidió organizar una escuadra de evoluciones al mando de Lángara, para instruir a los oficiales en el manejo de los buques.

    Mandó la denominada Escuadra del Océano en la guerra contra Francia del año 1793; dos años después, habiendo sido previamente nombrado Comandante principal de Batallones de Marina, recibió el título de Capitán general del departamento de Cádiz; al año siguiente, 1796, fue designado Secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina, responsabilidades a las que se sumaron la de Capitán general y Director de la Real Armada y Ministro de Marina. En 1799 obtuvo plaza efectiva en el Consejo de Estado.

 

 

Artículos complementarios

Fijando la longitud por las distancias lunares (I)

Atlas Marítimo de España

Cosme Damián Churruca

Dionisio Alcalá Galiano

La verdadera figura y magnitud de la Tierra

La astronomía al servicio de la navegación