Memoria recobrada (1931-1939) XLVII

Recordemos aquello que fue y por qué sucedió. Esta entrega revela la masacre cometida en la barriada madrileña de Usera los meses de octubre y noviembre de 1937.

 

La en otoño de 1937 barriada de Usera, al oeste de Madrid, quedaba situada en el frente de batalla: línea de vanguardia para el Ejército nacional que intentaba tomar la capital de España y así, de alguna manera, quizá más simbólica que realista, poner fin a la guerra, y línea defensiva para el del Frente Popular que pretendía impedirlo con el despliegue de la 36.º Brida Mixta con mandos de filiación comunista.

    Dentro de Madrid las persecuciones y represalias estaban a la orden del día, igual que las ambiciones de cada uno de los integrantes del abigarrado Frente Popular dirigido de facto por asesores soviéticos. Los perseguidos y represaliados que pudieron, sin abandonar la capital, buscaron y encontraron refugio en las legaciones extranjeras, de cuya labor humanitaria publicamos diversos artículos, aunque no todas abrieron sus puertas a los amenazados de tortura y muerte ni la cerraron ante quienes, en tropel sanguinario, una vez apropiados de los bienes ajenos querían sacarlos de los refugios y hacerlos desaparecer expeditivamente en las checas y con los “paseos”; una actividad criminal presente desde el comenzó de la guerra, aunque desde abril de 1931 se cernía y probaba su eficacia.

    Esta negativa humanitaria de los diplomáticos a facilitar los crímenes de los obsesionados con la liquidación de los opuestos a su trama, agudizó el ingenio perverso y mortal de unos elementos que desde el frente de Usera concibieron un plan engañoso para las futuras víctimas, que caerían en la red como las moscas en la telaraña; el plan consistía en convencer a los refugiados en las legaciones de su salida, de modo que voluntariamente, sin infringir la legalidad internacional, los elegidos para la muerte en Usera acudieran esperanzados de salvar la vida fuera de Madrid acogidos por los nacionales que aguardaban su llegada al finalizar el recorrido de un túnel, gracias a la acción de elementos militares pertenecientes a la quinta columna que fingían obedecer al gobierno del Frente Popular. Intentar convencer a los escondidos en domicilios particulares que abandonaran su refugio para dirigirse a las líneas nacionales atravesando un túnel en la barriada de Usera era difícil, por ignorar el paradero real de los ocultos, a los que se integraba, con razón o sin ella, en la quinta columna madrileña, y porque éstos desconfiarían aún más que los acogidos en las legaciones de la bondadosa intención de los milicianos y militares frentepopulistas.

    Los agentes del Servicio de Información Militar idearon y pusieron en marcha el engaño del túnel salvador de Usera, que fructificó los dos meses de vigencia del plan, ascendiendo a 67 que pudieron individualizarse los asesinados, más restos de otros 30 cuerpos. Estos agentes del S.I.M. extendieron el bulo de que en Usera existía un túnel, únicamente conocido por los que estaban en el secreto, que pasaba de la zona roja a la nacional y que controlaban oficiales comunistas que en realidad operaban con la quinta columna establecida por los nacionales en la capital de España. Mediante un sencillo trueque de dinero, joyas u objetos de valor, entregado a los agentes intermediarios, los amenazados de muerte en Madrid obtenían el salvoconducto para circular por el túnel de la libertad, que era de la muerte. Hizo fortuna la propaganda de los voceros y en breve contactaron cuantos partidarios nacionales pudieron o quisieron con la falsa red de apoyo ubicada en Usera, que del 18 de octubre al 13 de noviembre de 1937 se organizaron ocho expediciones que pretendían llegar a la zona nacional.

    El 18 de octubre tuvo lugar la primera expedición, dirigida por el capitán Casimiro Durán. El vehículo transportaba su pasaje desde la embajada correspondiente hasta el chalé de la calle Alfonso Olivares número 4 en Usera, a disposición del S.I.M. y entrada al calabozo compartimentado donde se conducía a los engañados para cruzar las líneas. En esta siniestra vivienda se informaba del verdadero destino que aguardaba a los crédulos que aceptaron el trueque de bienes por libertad: se les informaba de su condición prisionera, se les interrogaba y torturaba y, por último, se les enviaba a la suma de pequeñas celdas que era el calabozo-túnel de donde se les sacaba para fusilarlos contra las paredes de la vivienda y acto seguido arrojados a una fosa común abierta en las inmediaciones.

    La expedición del 8 de noviembre, “del marqués de Fontalba”, recogió el mayor número de aristócratas, y al cabo dio nombre a las matanzas. No obstante, esta expedición permitió conocer lo que allí sucedió por el testimonio escrito de Manuel Toll Messia en una pared con la hebilla de su cinturón y que se conserva: “Nos han preparado una encerrona y traído a esta casa con otros quince más. Espero nos matarán. Sea la voluntad de Dios. Noviembre 1937. Manuel Toll Messía, Calle Carbonero y Sol 4 de Madrid”, añadiendo otros nombres de reclusos en trance de muerte.

    A los trasladados al chalé-cárcel-paredón de Usera se les despojó de cuanto valioso llevaban encima, luego repartido entre los agentes comunistas, y antes de fusilarlos, o de morir aplastados debido al hacinamiento aún en vida en la fosa, se les torturó aplicando brutalidad y sadismo. Los cuerpos extraídos de la fosa y estudiados por los forenses presentaban en su mayoría lesiones traumáticas causadas por arma de fuego, al ser fusilados, otros mostraban señales inequívocas de estrangulación y sofocación. Todos los cadáveres revelaron fracturas, lesiones en maxilares y costillas, heridas de ataduras con cable en los brazos y antebrazos, con desmembramiento posterior, fracturas en las piernas y clavículas y, también en algunos casos, sogas alrededor del cuello, en las muñecas y tobillos.

    Fue en agosto de 1939 cuando se descubrió la fosa-zanja de Usera colindante al chalé con los 67 cuerpos individualizados y otros 30 desarticulados, de los cuales pudo identificarse por sus familiares a 36.

    Precisamente es la historiadora María del Pilar Amparo Pérez García, familiar de las víctimas Laureano y Luis Miró Barbany, quien revela que la hermana de éstos, Teresa Miró Barbany, puso en conocimiento del general Queipo de Llano su extrañeza por no tener noticia de sus hermanos que se supone debían estar ya en zona nacional a través del “liberador” túnel de Usera. El general dio aviso por radio de la que parecía una trampa y de este modo acabaron las expediciones de la muerte el 13 de noviembre de 1937.

 

Los restos mortales de los asesinados en el túnel-calabozo de Usera fueron trasladados en principio al Cementerio de La Almudena, y cinco años después, el 7 de noviembre de 1944, a la cripta del colegio Nuestra Señora de la Providencia de las Religiosas Teatinas de la Inmaculada Concepción, edificado en el lugar de los crímenes.

Memoria recobrada (1931-1939) XLVI

Recordemos aquello que fue y por qué sucedió. Esta entrega reseña el episodio de los llamados trenes de la muerte.

 

En los albores de la guerra, finales de julio de 1936, los dirigentes del Frente Popular en Jaén, capital y provincia, decidieron confinar en la catedral a todas aquellas personas de significación derechista, denominadas de orden, y católica, eclesiásticos y feligreses, que pudieron detener. El número ascendió a mil doscientas, procedentes de la capital y de otras localidades de la provincia; y con esta medida se pretendió erradicar, o por lo menos minimizar, el temido riesgo de contagio entre la población civil. Un riesgo que persistía de mantenerlas tan próximas a su lugar de residencia y con los hábitos de vida reconocibles para todos.

    No satisfechos con el aislamiento vigilado, la medida inmediata que acabaría con el peligro “derechista” fue la de enviarlas a Madrid, concretamente a la prisión de Alcalá de Henares, transportadas en ferrocarril. Los principales ideólogos del plan de encierro y dispersión de las personas citadas fueron el Director General de Prisiones del gobierno del Frente Popular sito en Madrid, Pedro Villar, jienense de nacimiento, y el diputado, enviado especial a Jaén por dicho gobierno, Vicente Sol. Serían trasladadas en dos convoyes.

    El 10 de agosto partió el primer grupo de presos; el 11 llegaba el tren a la estación de Atocha donde actuaba impunemente la checa gestionada por las Milicias Ferroviarias de CNT, dirigidas por Eulogio Villalba Corrales. Obligaron a bajar del tren a una docena de hombres a los que, por entretenimiento y causar terror, se les simuló fusilar. Un acto que tuvo su expresión cierta y criminal a continuación, sobre otros once descendidos del tren que a las afueras de la estación fueron asesinados mientras el tren seguía hasta Alcalá de Henares.

    De lo que aconteció al segundo grupo de trasladados por vía férrea desde Jaén, se supo por los supervivientes de la matanza en masa que tuvo lugar en Madrid.

    Alrededor de trescientas personas formaban esta segunda expedición, doscientas cincuenta sacadas de la catedral, con el obispo de la diócesis a la cabeza, y el resto de diversas zonas de la provincia jienense, bajo la custodia, afortunadamente para ellas, de una escolta de la Guardia Civil. El acompañamiento de estos guardias civiles, entre veinticinco y treinta, servía a los dirigentes frentepopulistas como excusa para, a su vez, alejarlos físicamente de la plaza y de la provincia; una acción repetida con el traslado de doscientos al Santuario de la Virgen de la Cabeza en la Sierra de Andújar.

    El tren partió de Jaén a las veintitrés horas del 11 de agosto de 1936. Fue un viaje penoso en el que a las condiciones inhumanas del traslado se sumaron las agresiones e insultos de las turbas apostadas en las estaciones del trayecto hasta la capital de España. Amanecido el día 12, a la altura de Villaverde, a las puertas de Madrid, una partida de milicianos armados detuvo el tren y mandó a los guardias civiles, que en lo posible habían impedido los ataques y las vejaciones a los trasladados, siéndolo ellos también, que entregaran los pasajeros a esa autoridad miliciana. El jefe de la escolta adujo para negarse a la entrega que debía ponerse en comunicación con el ministro de la Gobernación (general Sebastián Pozas Perea) en demanda de instrucciones al respecto; la respuesta del ministro fue que la Guardia Civil obedeciera a los milicianos.

    La matanza, copia de las producidas en la Unión Soviética, tuvo lugar en el acto. Sin atender a otra consideración que al deseo de asesinar cuanto antes y a cuantos más, la partida de milicianos condujo el tren hasta la estación de Santa Catalina, en Vallecas, situada en la periferia de Madrid, donde obligaron violentamente a descender a los presos, dividiéndolos en grupos en grupos de veinticinco. Cada grupo fue llevado hacia un terraplén en el que estaban emplazadas tres ametralladoras con sus servidores, que abrían fuego de inmediato. Además de los propios reclusos, que eran testigos del fusilamiento de sus familiares, amigos y compañeros de viaje, figuraban como espectadores aproximadamente dos mil individuos jaleando los asesinatos y el terror infundido a los que esperaban el turno de la muerte.

    Los fusilamientos continuaron hasta que, a falta de cuarenta personas, un joven llamado Leocadio, por motivo que se desconoce, se dirigió al jefe de los milicianos para decirle que él respondía con su vida de los que aún estaban vivos. Los así salvados, aunque desposeídos de todo bien que portaran encima, testigos y cronistas de la matanza, poco gozaron de esta dádiva arbitraria, puesto que tras un breve pero intenso recorrido por la Casa del Pueblo (del PSOE) de Vallecas y algunas checas, acabaron en la cárcel Modelo de Madrid y fueron, entre dos y tres meses después, penalidades aparte durante la nueva reclusión, víctimas de las sacas criminales y pereciendo en los lugares de fusilamiento sitos en los términos municipales de Torrejón de Ardoz y Paracuellos de Jarama, ambas localidades en la provincia de Madrid.

    Los asesinados en la matanza del tren de Jaén fueron enterrados en dos grandes fosas abiertas junto a las tapias del cementerio de Vallecas. Finalizada la guerra se recuperaron doscientos seis cadáveres.

    Esta práctica del terror, de la que los trenes de la muerte son tan solo un ejemplo, era sistemáticamente concebida y ejecutada con el pleno conocimiento y auspicio del gobierno republicano del Frente Popular.

Memoria recobrada (1931-1939) XLV

Continuación de las entregas números XII, XLIII y XLIV

 

Resumen comentado del testimonio documental de Félix Schlayer, titulado originalmente Diplomat im roten Madrid (Diplomático en el Madrid Rojo), publicado en español por Ediciones Áltera con el título Matanzas en el Madrid republicano, cónsul y encargado de Negocios de Noruega en la capital de España al inicio de la guerra civil y hasta mediados de 1937.

Iniciadas arbitrariamente las sacas de las prisiones, la conducción de los presos era un misterio para quienes sobre ello se interesaron, como Félix Schlayer; el destino que les reservaba su salida de las cárceles aún era desconocido para todos los que no formaban parte de la trama que había decidido asesinarlos. Fueron miles, casi plenamente documentados, los trasladados en sacas generalmente nocturnas de las prisiones, oficiales u oficiosas, hasta los dos lugares especialmente elegidos para asesinarlos y enterrarlos: Paracuellos de Jarama y Torrejón de Ardoz, ambas localidades al Noroeste de la provincia de Madrid.

    Insistentemente preocupado por el traslado de los presos en la Cárcel Modelo, Schlayer, quien no podía imaginar los crímenes que se estaban llevando a cabo con la mayor celeridad, acudía a diario a solicitar información veraz desde las primeras sacas al responsable del centro penitenciario.

“El director [de la Cárcel Modelo], con el fin de justificarse ante mí, me enseñó un papel en el que el Subdirector de la Dirección General de Seguridad le ordenaba por escrito, con su firma, que entregara al portador de dicho documento los novecientos setenta presos que éste le indicara, a efectos de su traslado a la prisión de San Miguel de los Reyes, en Valencia  Tuve conocimiento de que dicha orden se la había dado verbalmente al Subdirector el Director General de Seguridad [Santiago Carrillo Solares] en la noche del 6 al 7 de noviembre, antes de su huida, y que tal fue el precio que ese canalla de Director General pagó a los comunistas, que le vigilaban, para que le dejaran huir.”

    Los revolucionarios comunistas a cargo de las sacas, los traslados y los asesinatos, iban acompañados de policías pertenecientes a la Brigada de Investigación Criminal que dirigía el miembro del PSOE Agapito García Atadell desde la checa en la calle Martínez de la Rosa número 1 de Madrid. Estos policías reclutaban entre los guardias de la cárcel a voluntarios, o forzados, para disparar a los presos una vez en el lugar previsto para matarlos. Las prisas venían porque, según los organizadores del plan criminal, había poco tiempo para ejecutarlo y mucha gente a la que liquidar.

“En los días que siguieron iba tomando cuerpo la verosimilitud de un crimen de dimensiones inauditas. Recogí información en otras prisiones y pude comprobar que en San Antón y en Porlier se habían producido asimismo sacas sospechosas.”

    Con paciencia, pese a la urgencia, insistiendo en la reclamación de informaciones, el cónsul de Noruega llegó a la conclusión de que se había asesinado a mil doscientos detenidos que ocupaban las cárceles Modelo y de Porlier, sólo librándose aleatoriamente de la muerte algunos de los trasladados desde la cárcel de San Antón.

    Prestando oído a lo que se rumoreaba en cuanto al lugar de traslado y suerte corrida por los presos, Schlayer se dirigió con el Delegado de la Cruz Roja Internacional, George Henny, a Torrejón de Ardoz, a veinte kilómetros de Madrid en la carretera de Alcalá de Henares, donde conocía a un agricultor que podía informarle; pero al que habían asesinado a un hermano. El resto de habitantes guardaba un silencio de miedo y muerte.

“El hombre no quería hablar. Estaba sobrecogido por el terror reinante, y me dijo que a él mismo se lo habían llevado ya para matarlo y que sólo debía la vida a la intervención casual de otros; que se lo habían quitado todo y que apenas se atrevía a pisar la calle.”

    A fuerza de sonsacarle e infundirle confianza en la seguridad de que cuanto dijera no llegaría a más oídos, el hombre dijo que algunos autobuses se dirigieron al río Henares mientras otros circulaban hacia Paracuellos de Jarama.

    De comprobación en la cárcel de Alcalá, Schlayer encontró al encargado de negocios de Argentina, Edgardo Pérez Quesada, con quien compartían tareas humanitarias. Ampliada a tres, la pequeña comitiva se encaminó al puente sobre el río Henares, distante dos kilómetros desde Torrejón de Ardoz. Reconociendo la zona ribereña en coche y a pie, preguntaron a cuantas personas vieron en el lugar, pero las respuestas, aunque confirmando la presencia de autobuses cargados de gente, únicamente indicaban la dirección seguida. No fue hasta dar, en una casa solitaria, con una mujer igualmente sola que habló de lo sucedido: “El domingo por la mañana pasaron un buen número de autobuses que, llenos de hombres procedentes de Madrid, torcían para entrar en el camino rural”, que llevaba al castillo de Aldovea en la orilla del río. La mujer escuchó un tiroteó que se prolongó toda la mañana de ese domingo; y el lunes se repitió la llegada de otro autobús.

    En el castillo de Aldovea quedaba de retén un miliciano armado con un fusil que se prestó a enseñarles el lugar exacto, que ellos no pudieron averiguar sin esa ayuda, donde habían sido fusilados y enterrados los trasladados en los autobuses desde Madrid. Ante una zanja profunda y seca, otrora acequia, a ciento cincuenta metros del castillo, observaron su fondo de tierra removida. El miliciano dijo “aquí empieza”, el lugar de la matanza y presurosa sepultura, imperando el olor a putrefacción de cadáveres y la visión de restos. La zanja medía trescientos metros y era la tumba de quinientas a seiscientas personas. El miliciano les explicó el procedimiento de descarga, traslado y asesinato de las víctimas: grupos de diez en diez, atados dos a dos, robadas sus pertenencias, dirigidos a la improvisada fosa y disparados, así sucesivamente, apilándose unos encima de otros, muertos, moribundos y mal heridos.

    Este procedimiento criminal fue el asimismo aplicado a los destinados para morir en Paracuellos.

    La investigación de Schlayer en Paracuellos de Jarama reveló que el sábado, y no el domingo como él pensaba por coincidir lugares y fechas, fueron asesinadas un gran número de personas trasladadas en autobuses desde Madrid, en el paraje de Cuatro Pinos. Un testigo relató que más de seiscientas personas llegaron allí. “Todo el día estuvieron viniendo autobuses y todo el día estuvimos oyendo las ametralladoras”.

    Presto a comprobar la información, Schlayer y sus compañeros se dirigieron al paraje señalado pero no pudieron acceder porque lo custodiaban tres milicianos armados. “Por ello mandé conducir despacio a lo largo del río, y vi claramente dos montones paralelos de tierra recién removida que iban desde la carretera hasta la orilla, cada uno de los cuales tendría unos doscientos metros de largo”.

    Las zanjas tanto en Paracuellos como en Torrejón fueron hechas anticipadamente, siguiendo el plan de exterminio; y tuvieron que ser los habitantes de ambas poblaciones quienes taparan con tierra los cadáveres amontonados sin distinguir entre muertos y heridos.

    Félix Schlayer acababa de descubrir las matanzas, con sus fosas inmensas, en Torrejón de Ardoz y Paracuellos de Jarama. Pero también, al cabo, las sucedidas en las cercanías del pueblo de Barajas, probablemente por falta de espacio o de tiempo para llegar a donde se pretendía. Corrían los primeros días de noviembre de 1936.

    Los días 15 y 16 de noviembre comenzó la evacuación de presos de la Cárcel Modelo, ahora ya situada en el frente de guerra, a las otras cárceles de Madrid. En la Modelo se habían atrincherado los brigadistas internacionales y bajo un control férreo de cuanto sucedía en el recinto y alrededores, les fue imposible a Félix Schlayer y al Delegado de la Cruz Roja Internacional, doctor Henny, recuperar las pertenencias de los presos trasladados, así como el fichero.

 

La decidida y personal intervención de Schlayer para evitar el asesinato de los presos varones hacinados en las cárceles madrileñas, tuvo su réplica en la cárcel de mujeres, instalada en el Convento de la Plaza del Conde de Toreno, para la salvaguarda de las presas que habían sido señalados para morir acribilladas. “Dios nos lo envía, suba usted a mi despacho”, le dijo una funcionaria de la improvisada cárcel. Eran diecisiete las mujeres con la sentencia firmada, pero el resto, hasta mil doscientas, formaron una muralla defensiva en su defensa y los milicianos, que las reclamaban para darles el “paseo”, tuvieron que desistir del propósito no sin antes encargar a un grupo de milicianas que actuaran dentro de la cárcel con el mismo fin. Tras un ímprobo tira y afloja, fue posible arrancar de algunos responsables la promesa de que “no se cometería el crimen y que se rechazarían las amenazas que vinieran de fuera”. Como este centro penitenciario también se hallaba en la línea de frente, las presas fueron trasladadas al asilo de San Rafael para niños escrofulosos, incluidas las directamente amenazadas de muerte.

    Félix Schlayer recoge en su obra la memoria escrita de un reportero español, del que no cita el nombre, que en febrero de 1937 publicó el siguiente texto:

“Empezaron a progresar los traslados de las cárceles [octubre y noviembre de 1936], y con ello también los asesinatos. Dado que la cárcel de mujeres, situada en la calle del Conde de Toreno, se encontraba en la zona de guerra, hubo necesidad de trasladarlas y por ello las milicias se presentaron en el lugar para ejecutar la orden. El propósito que con ello perseguían parecía el mismo que cuando vaciaron la Cárcel Modelo. La fina percepción femenina lo presintió y las mujeres se negaron a abandonar el edificio. Las amenazaron con disparar, pero no les hizo impresión. Había, pues, que buscar un medio para sacar a las presas. Se procedió a deliberar. Sólo había una persona que en el transcurso de la revolución había destacado como un apóstol, y en el que las presas tenían una confianza ciega: el Dr. Schlayer, representante de Noruega en España. A él es a quien había que llamar. Después de haber obtenido garantías solemnes de que se respetaría la vida de todas las presas, les dio a éstas su palabra de honor de que podían, sin temor, abandonar la prisión, para sr conducidas al asilo de San Rafael, en Chamartín, que se había acondicionado al efecto. Los dirigentes de la chusma, que seguían las directrices de Moscú, tuvieron que pasar por la vergüenza de que fuera un representante extranjero quien asegurara el traslado de las presas. Pero las acciones emprendidas por este hombre [Félix Schlayer] no se detuvieron ahí. Con camiones y automóviles que había pedido a sus colegas [embajadores y cónsules de las legaciones diplomáticas en Madrid], transportó aquel día más de mil colchones a fin de que aquellas sufridas mujeres tuvieran donde dormir. Incluso, de los víveres almacenados en su Legación tuvo que llevar unos cuantos sacos de patatas para que tuvieran algo de comer, ya que nadie se había preocupado de esos detalles. A su actuación se debe que no se repitiera el horrible espectáculo de los días anteriores.”

    Los siguientes meses la tarea de salvación de las mujeres encarceladas continuó por medio de intervenciones directas del cuerpo diplomático.

    Concluye Schlayer este episodio humanitario: “En la primavera de 1937 se prohibió a los diplomáticos que visitaran las cárceles. A pesar de ello pude, gracias a mis buenas relaciones con el personal obtener más de una vez acceso a ellas, hasta que finalmente, en junio de 1937, me quedaron prohibidas también a mí las visitas. Se trataba de una prohibición expresa contra mí”. Personalmente comprobada.

* * *

 

Félix Schlayer averiguó, denunció e intentó parar la práctica de las detenciones arbitrarias que recluían a sus víctimas en las checas, los “paseos” con resultado de asesinato, las sacas de las prisiones y las matanzas en Paracuellos de Jarama y Torrejón de Ardoz de los allí trasladados. Con el propósito de no olvidar lo sucedido ni que el tiempo y la política ocultara a los responsables, escribió su testimonio.

* * *

 

El Delegado de la Cruz Roja Internacional, doctor George Henny, provisto de la documentación que informaba de las acciones criminales del Frente Popular, emprendió vuelo hacia la Sociedad de Naciones en Ginebra para denunciarlas y con ellas al Gobierno que las secundaba y permitía. Ante este riesgo, el Gobierno del Frente Popular, controlado y asesorado por los consejeros soviéticos de Joseph Stalin, organizó un ataque aéreo para derribar al avión con tan comprometido testimonio, cosa que lograron, matando a cuantos pasajeros y tripulantes viajaban en el avión francés. En el siguiente enlace se narra este episodio: Memoria recobrada (1931-1939) III  

Memoria recobrada (1931-1939) XLIV

Continuación de las entregas números XII y XLIII

 

Resumen comentado del testimonio documental de Félix Schlayer, titulado originalmente Diplomat im roten Madrid (Diplomático en el Madrid Rojo), publicado en español por Ediciones Áltera con el título Matanzas en el Madrid republicano, cónsul y encargado de Negocios de Noruega en la capital de España al inicio de la guerra civil y hasta mediados de 1937.

Félix Schlayer conoció en primera persona el mundo carcelario en el Madrid del Frente Popular a finales de septiembre de 1936, “cuando acudí a visitar al abogado de la Legación de Noruega, Ricardo de la Cierva, en la llamada Cárcel Modelo”.

    En esta cárcel de hombres se hacinaban por encima de los cinco mil presos políticos, arbitrariamente detenidos por los miembros de las distintas facciones y organizaciones englobadas en el Frente Popular, pese a que su capacidad se había fijado en mil doscientos reclusos. “No era ya la Policía sino el Pueblo Libre el que con arreglo a su parecer detenía a unos u otros”. El gobierno estimulaba a la plebe en la realización de actos delictivos con el propósito de eliminar a los que catalogaba como sus enemigos. Una vez en la cárcel, por el motivo peregrino y subjetivo que fuera, los detenidos permanecían semanas y meses sin que les fuera tomada declaración alguna, ya que el interrogatorio, en la mayoría de los casos, era irrelevante, habiéndose tomado la de apartarlos de la vía pública y careciendo de jueces legales, que habían sido eliminados los primeros, que dictaran sentencias a voluntad de los acusadores sobre delitos inexistentes en el código penal.

    Las mujeres detenidas fueron llevadas al convento de la plaza del Conde de Toreno, previo desalojo forzoso de las monjas allí residentes, junto a las procedentes de la Cárcel de Mujeres, edificio destinado a albergar más hombres igual que el convento de San Antón. Pero como estos improvisados lugares de confinamiento eran insuficientes de la noche a la mañana, tal fue la riada de detenciones, se habilitó como gran contenedor un edificio religioso de la calle General Porlier, denominado por la referencia homónima “Cárcel de Porlier”, que pronto rebosó con cinco mil reclusos.

“En el fondo el Gobierno aprobaba los horrores de las bandas asesinas, pero creía salvar su responsabilidad haciendo como que no podía dominarlas.”

    Llegaron al número de seis las cárceles en Madrid, todas a rebosar en un tiempo mínimo, correspondiendo la vigilancia en las mismas y la custodia de los presos a los milicianos de los partidos políticos socialista, comunista y anarquista y a los sindicalistas de la UGT socialista y la CNT anarquista, que habían apartado, asesinando o sometiendo, a los funcionarios correspondientes. “La vigilancia y supervisión la ejercían los delegados de dichas organizaciones, llamados responsables”.

    Pronto las seis cárceles, oficiales y extraoficiales, fueron insuficientes para “saciar la locura persecutoria”, por lo que a la vez que las grandes organizaciones políticas y sindicales, otros grupos de activistas revolucionarios menores, dado que podía disponerse de cualquier edificio de la capital, obraron de igual modo incautando, confiscando y deteniendo a quienes apetecía para conducirlos a esas sus cárceles privadas, dejando el trato y la suerte de los prisioneros al criterio particular de cada grupo; aunque en poco o nada diferente a lo aplicado por los gubernamentales. “Cuando yo abandoné España [a mediados de 1937] aún se mantenía tal estado de cosas en lo que se refiere a las cárceles privadas y secretas, dependientes de grupos incontrolados y de organizaciones políticas irresponsables”.

A diario aumentaban las detenciones, requisas, expolios y los asesinatos validados por los tribunales constituidos en las checas por las citados grupos y organizaciones. “Fue entonces cuando una primera catástrofe carcelaria, ocurrida el 22 de agosto de 1936, provocó una protesta extranjera”. Una multitud de delincuentes comunes ataviados como los milicianos irrumpió en la Cárcel Modelo so pretexto de registrar las celdas y a los presos en busca de armas. Lo que de verdad encontraron y se llevaron esos individuos en tropel fueron todos los objetos de valor de las personas allí confinadas y el dinero custodiado por los funcionarios en la dirección del centro penitenciario, además de quemar los libros de registro con los nombres y bienes de los indefensos reclusos. Finalizada la requisa y la destrucción de pruebas, ya en horario vespertino, contraviniendo la norma penitenciaria, exigieron la salida a los cinco patios de los presos que aún no habían sido alimentados esa jornada. Una vez todos fuera de sus celdas, delincuentes comunes y políticos mezclados, los milicianos prendieron fuego a la leñera de la cárcel provocando un incendio que sirvió para dejar escapar a la carrera, y con gente esperándolos en la calle, a los delincuentes comunes, mientras se incitaba a la huida a los presos políticos a los que en el exterior aguardaban grupos armados para matarlos a tiros. Pero como éstos no se movían de los patios y el fuego que avanzaba rápido los empujaba hacia la protección de los muros, desde las alturas de los edificios colindantes y el tejado de la misma prisión comenzaron a dispararles. Era una ratonera para los atacados, pues las puertas hacia el interior sólo permitían el paso en fila india. “Los pobres hombres procuraban protegerse de los disparos apretándose contra los muros situados en los ángulos muertos. A pesar de todo, buen número de ellos murieron; unos sesenta de los más importantes políticos y militares fueron arrastrados afuera por los milicianos y muertos a tiros en los jardines próximos a la prisión. Habían sido entregados por el gobierno a las milicias marxistas y anarquistas para que les dieran muerte y quedaran así satisfechas las pretensiones de reducir el excesivo número de los detenidos que abarrotaba las prisiones”.

    Durante la noche continuó el asedio y las amenazas a los recluidos en la cárcel que no podían consumarse por falta de luz. Treinta y seis horas sin alimentos y con el miedo presidiendo todas las acciones.

    Ante tamaña barbarie, todavía inédita en España, el Encargado de Negocios de Gran Bretaña, que había tenido noticia directa de los sucesos por un testigo y por la embajada de Alemania, en plena noche se presentó en el Ministerio de Marina, lugar elegido por el Consejo de Ministros para sus deliberaciones; la protesta fue enérgica y en nombre de la humanidad para conseguir “el cese sin demora de semejante monstruosidad”.

    De manera irregular y sectaria, el gobierno del Frente Popular intervino para moderar los disturbios y las ejecuciones. Pero, con la situación bajo un control ficticio y temporal, los presos en la Cárcel Modelo que continuaban vivos, se mantuvieron fuera de sus celdas y en ayunas hasta las cuatro de la madrugada del día 24.

    Una medida adoptada por el gobierno para intentar una apariencia de legalidad sin obstaculizar la actividad criminal de los revolucionarios de distinto signo y mismos objetivos, fue la de constituir un tribunal de justicia, parcial y sin funcionarios de carrera ni oposición, es decir, sin jueces ni fiscales titulados, compuesto por elementos de las organizaciones integrantes del Frente Popular y situado en el edificio de Bellas Artes, en la calle de Alcalá, conocido como la checa de Bellas Artes. Los procedimientos allí sustanciados eran sumarísimos y las sentencias en su mayoría de muerte: el “paseo” nocturno. Esta checa se ocupaba de los nuevos detenidos, no de las personas ya encarceladas; las supuestas fuerzas policiales colaboraban con esta y otras checas suministrando detenidos que no pasaban por organismos oficiales ni cárceles.

Muchas fueron las checas operando en Madrid y pertenecientes a todas las organizaciones frentepopulistas; algunas duraron más que otras o fueron sustituidas en su ubicación y función, tal es el caso de la checa de Bellas Artes sustituida por la checa de Fomento, en la calle de Fomento número 9, también gubernamental como su precedente. “La expresión Fomento 9 alcanzó en Madrid resonancias tan terribles que a cualquier madrileño se le ponía la carne de gallina con sólo oírla”. Los detenidos que a ella eran trasladados permanecían un máximo de cuarenta y ocho horas en sus celdas del sótano, habilitadas para la tortura, luego pasaban al “tribunal” oficioso que trabajaba de noche, emitía la sentencia y mandaba su ejecución inmediata, casi siempre de muerte: entonces el condenado era metido en uno de los automóviles al efecto y en la cuneta de cualquier carretera alrededor de la capital sacaban a la víctima, le disparaban y quedaba abandonada muerta o agonizando si la puntería y las prisas por seguir la tarea con nuevos sentenciados no lograban rematar el cometido. A los detenidos que tras el remedo de juicio se les absolvía de toda condena se les ponía en libertad: “En plena oscuridad de la noche, a la salida del edificio [la checa], unos milicianos muy serviles les invitaban a montar en su vehículo, para llevarlos a casa, y ya no se les volvía a ver”. Quiérese decir que, en connivencia criminal los policías gubernamentales y los elementos chequistas, los primeros expedían a los segundos cédulas con el certificado de libertad para los detenidos, que los chequistas utilizaban para sacar cada noche presos de los diferentes establecimientos penitenciarios y darles el paseo mortal. “En la cárcel correspondiente se registraba en la ficha del desgraciado así ‘liberado’ la palabra; ‘Libertad’, de modo que, al efectuar nuestras comprobaciones [los miembros del cuerpo diplomático] teníamos que averiguar la distinción entre la libertad ‘terrena’ o la ‘eterna’ [a base de preguntas que fueran sinceramente respondidas o indagaciones]”.

    Félix Schlayer visitó la checa de Fomento a principios de noviembre de 1936 acompañado por el Delegado del Comité Internacional de la Cruz Roja a instancias de la embajada del Japón, una de cuyos trabajadoras había sido allí conducida. “El terror estaba en el aire, y el miedo a la muerte que habían experimentado innumerables víctimas continuaba palpándose y cortando el aliento”.

    Esta es la descripción resumida de los individuos afectos a las checas: “Había el tipo de los republicanos de izquierdas, algo aburguesado, engreído en su superioridad, poco marcial en su antimilitarismo; había los hombres de aspecto hermético, pero fiero, de la juventud socialista-comunista; y, finalmente, los típicos representantes de los chulos madrileños, los anarquistas de la FAI”.

Fueron casi diarias las visitas de Félix Schlayer a las cárceles a partir de la última semana de septiembre de 1936, efervescente la actividad persecutoria en Madrid. El motivo de las continuas visitas era el de procurar alivio al creciente sufrimiento de los presos, a la par que conseguir una relación estable y en lo posible buena con los funcionarios que se situaban frente a la guardia miliciana y los comisarios políticos. “Servían además para que los propios presos se sintieran comunicados con el resto de la humanidad, ganando también confianza para no caer en el olvido”. Otros representantes diplomáticos obraron del mismo modo, destacando los de Chile, Gran Bretaña, Argentina, Hungría y Austria.

    Indica Schlayer que la autoridad policial, como Director General de Seguridad, entonces recayó en Santiago Carrillo, y en él, en última instancia dado el cargo, la responsabilidad de las detenciones, traslados, vigilancia y el trato cotidiano a los presos. Pero Carrillo decía ignorar las sacas de presos para su asesinato en diferentes lugares de la provincia de Madrid: Paracuellos de Jarama, Torrejón de Ardoz, Aravaca, principalmente. Unas sacas que aun habiendo sido denunciadas continuaron sin que Santiago Carrillo ni el general José Miaja, autoridad máxima de Madrid cuando el Gobierno del Frente Popular de la República huyó a Valencia, las impidieran.

    Las Fuerzas de Seguridad estaban dirigidas e integradas por bolcheviques que obedecían directrices políticas o, simplemente, a su instinto revolucionario y criminal; de la Policía y la Guardia Civil no quedaba rastro en ambos cuerpos.

“La impotencia del gobierno frente a las bandas asesinas de las organizaciones políticas era cosa que en gran parte se fingía expresamente. En el fondo el gobierno aprobaba los horrores de las ‘bandas’, pero creía salvar su responsabilidad haciendo como que no podía dominarlas.”

En su obra documental, Félix Schlayer incluye testimonios directos de perseguidos, expoliados y presos, que consiguieron refugiarse en la legación noruega tras su calvario o bien que fueron arrancados de un final presumible por la intervención del cónsul. Los relatos y las peripecias han sido fidedignamente transcritos para “hacer pasar a la historia, con toda su desnudez, los hechos reales de aquella época”.

A principios de noviembre de 1936, la presión de las tropas nacionales sobre la capital de España era notoria, lo cual provocó una situación agravada para los presos, que seguían embutiéndose en los centros de reclusión, y sus familiares que eran impedidos de acercarse con suministros básicos y mínimos, y también para conocer personalmente el estado de cada uno, con el propósito de mitigar el desespero y la violencia dentro y fuera, contra los que permanecían encerrados y contra los que llegaban de visita y una sola aunque gran esperanza.

    La jornada del 6 de noviembre encontró a Schlayer en el locutorio de la Cárcel Modelo infundiendo ánimo a amigos y allegados. La madrugada del día 7 el gobierno del frente Popular huía a Valencia, y por la mañana, aún más enturbiado el ambiente, quedó obstaculizado el acceso a la Modelo cuando Schlayer y el Delegado de la Cruz Roja a ella se dirigieron para entrar en inspección. Había barricadas, numerosos autobuses y milicianos de mala catadura esperando algo al olor de la sangre. Forzó Schlayer su pase al interior de la cárcel con el delegado sin encontrar al director, quien al parecer, le dijeron, estaba en el ministerio; el subdirector, que sí permanecía en su puesto, a la pregunta de qué representaban todos esos autobuses allí estacionados respondió que iban a trasladar en ellos al penal de San Miguel de los Reyes a ciento veinte oficiales para evitar que se unieran a los nacionales en cuanto cayera Madrid. Schlayer se dirigió a la Dirección General de Seguridad para confirmar la información; cosa que hizo, añadiendo ante la objeción del cónsul por el elevado número de transportes aguardando, que además de esos ciento veinte militares otros del resto de cárceles viajarían también a Valencia. Pero la confusión imperaba en la Dirección General, huido con el gobierno su director, Manuel Muñoz, “un hombre que había que marcar a fuego”. Preguntó Schlayer por el responsable del Orden Público y se le dijo que Margarita Nelken “diputada socialista, judía, de origen alemán”. Sin embargo, la citada no apareció por ninguna parte. “Nos pusimos en marcha con el fin de encontrar a Margarita Nelken, pues nos importaba en grado sumo obtener garantías de que las cárceles estaban custodiadas y controladas por la autoridad del Estado”. En vano. Por lo que el siguiente paso fue el de entrevistarse con el general Miaja, “mando supremo recién nombrado”, en el Ministerio de la Guerra. Puesto al corriente Miaja por el cónsul y el delegado de la Cruz Roja expresó que “a los presos no se les tocaría ni un pelo”, ni por supuesto al abogado de la legación noruega, Ricardo de la Cierva a quien, sin ellos dos saberlo, “hacía ya dos horas que lo habían asesinado”. Ese día se nombraba la Junta de Defensa de Madrid, presidida por José Miaja Menant, y nombrado Delegado de Orden Público a Santiago Carrillo Solares, “un hombre joven, un ‘camarada’ robusto con un rostro de expresión más bien brutal”, que les fue presentado.

    El convoy de autobuses con el supuesto cometido de trasladar a militares encarcelados a Valencia lo mandaba el comunista Ángel Rivera, portador de la orden, según informó Carrillo, máxima autoridad policial.

    Con Carrillo “tuvimos una conversación muy larga, en la que recibimos toda clase de promesas de buena voluntad y de intenciones humanitarias respecto a la protección de los presos y al cese de la actividad asesina. Pero la impresión final que sacamos de la entrevista fue de una total inseguridad y falta de sinceridad”., Carrillo pretendía ignorar los sucesos flagrantes, pero aseguraba que Madrid no sería tomado mientras un hombre pudiera sostener un fúsil y parapetarse tras dos piedras, y si pasaba el enemigo sólo encontraría escombros.

“Tal es, ahora como antes, el espíritu que domina en los dirigentes rojos españoles. La destrucción constituye parte esencial de su programa, siendo la envidia y el resentimiento su móvil esencial. Antes de ceder lo que no pueden mantener prefieren destruirlo. Encuentran consuelo y satisfacción en inutilizar cualquier cosa, incluso si carece para ellos de la menor utilidad. Ni que decir tiene que ello no excluye, sino todo lo contrario, el que, frente al resto del mundo (cuyo horror ante hechos tan vergonzosos desconocen), atribuyan tal destrucción al enemigo.”

Ese día 7 de noviembre por la noche, a consecuencia de una información que resultó falsa sobre la suerte corrida por el abogado de la legación noruega, Ricardo de la Cierva, Schlayer regresó a la Cárcel Modelo. En su interior merodeaban con mala catadura e intenciones aviesas los milicianos, convertidos en vigilantes y sentenciadores de los presos. Como Ricardo de la Ciervas no estaba allí, Schlayer preguntó qué había pasado y dónde lo condujeron, preguntas que fueron respondidas de mala ganas: “Dos expediciones efectuadas a lo largo de la noche se habían llevado a gran número de presos, todos los cuales habían salido por parejas, estando ambos presos atados entre sí por los codos y sin que pudieran llevarse ningún equipaje.”

    Cuando lleno de dudas, pero aún con esperanza, Schlayer abandona la Modelo, aproximadamente a medianoche, observó la masiva presencia de hombres con cascos de acero y habla y facciones extranjeras: “Se trataba de los primeros Brigadistas Internacionales que yo veía. Acababan de llegar aquel mismo día a Madrid y se quedaron a partir de entonces en la cárcel, cuya defensa asumieron. De no ser por esa repentina ayuda de soldados mucho más bregados que los milicianos, quizá la Cárcel Modelo habría caído en manos de las tropas nacionales en los siguientes dos o tres días, con lo cual se habrían salvado los presos que aún quedaban, de tres a cuatro mil”.

Memoria recobrada (1931-1939) XLIII

Continuación de la entrega número XII

 

Resumen comentado del testimonio documental de Félix Schlayer, titulado originalmente Diplomat im roten Madrid (Diplomático en el Madrid Rojo), publicado en español por Ediciones Áltera con el título Matanzas en el Madrid republicano, cónsul y encargado de Negocios de Noruega en la capital de España al inicio de la guerra civil y hasta mediados de 1937.

 

La representación diplomática ante las acciones represivas del

Frente Popular

Félix Schlayer velaba por los intereses noruegos en calidad de diplomático sustituyendo al ausente embajador de Noruega en Madrid.

“Noruega no tenía en Madrid ningún edificio en propiedad. Únicamente contaba con un piso de alquiler en el que estaba instalada la Cancillería y otro con la vivienda privada del embajador en una casa de vecinos muy hermosa y elegante, situada en el número 27 de la calle Abascal.”

    A diferencia de lo que ocurría en otras embajadas, en la vivienda del embajador de Noruega sólo se acogió en esa primera época de implantación del Frente Popular a una familia residente en el mismo edificio que hubo de soportar varios registros de individuos violentos y armados, pertenecientes a organizaciones revolucionarias de viejo y nuevo cuño, y una detención. Pero al cabo de poco, los mismos vecinos del edificio solicitaron de Schlayer que ocuparas dos viviendas vacías por temor que fueran incautadas “por alguna de las innumerables organizaciones recién fundadas” para instalarse en ellas y operar. “Cualquier asociación, grande o pequeña, se atribuía, además de una denominación pomposa, el derecho a un domicilio lo más llamativo posible”. Requisa tras requisa, cada cual se quedaba con lo que apetecía: vehículos, vajillas, muebles, cuadros, cortinas e incluso la casa.

    En breve las coacciones alcanzaron al abogado de la legación, hijo de un político conservador de relevancia y antaño ministro, que encadenados había sufrido doce registros en su domicilio y la amenaza de ser detenido, conducido a una checa y de resultas de una pantomima judicial sumaria “paseado”; de modo que el a posteriori denominado Gross Asyl Noruega (Gran Refugio de Noruega) continuó sus acogidas humanitarias con estas quince personas que incluían a seis niños.

“El aluvión de personas necesitadas de protección cambió en efecto la vida de las embajadas. Dada la espantosa situación   en que se encontraba una buena parte de la población, desde las familias más destacadas hasta otras de condición más modesta, unas por sus ideas políticas, otras por su simple condición apolítica, pero todas ellas integradas por personas decentes, significadas únicamente por haber llevado o llevar una conducta de trabajo y respeto hacia los demás, hizo que una representación diplomática tras otra se resolvieran, por imperativo de humanidad, a poner a disposición de tales seres humanos perseguidos la protección de la extraterritorialidad de sus correspondientes edificios u oficinas.”

    Las condiciones de acogida se resumían en la acreditación de la persecución constatable llevada a cabo por las bandas revolucionarias incontroladas y en la comprobación de que la persona solicitante de protección no era empleado del gobierno ni se le conocían actuaciones hostiles al mismo.

    Los casos de asaltos, requisas, detenciones arbitrarias y asesinados eran frecuentes, y sus resultados visibles en las viviendas, las checas, las cunetas, los callejones, descampados y tapias de los cementerios. En cuanto aparecía el grupo revolucionario en un domicilio para reclamar a quien fuera, el desenlace para persona era previsible, y su familia y allegados no pocas veces corrían semejante destino.

“Con el fin de obligar a presentarse a los hombres se prendías a las mujeres. Por esta razón tenía yo que acoger en muchos casos al perseguido o amenazado de muerte con su familia entera. Más de una vez, cuando el marido y la mujer habían encontrado refugio, los milicianos se llevaban a los hijos menores.”

Las dos viviendas dispuestas por Schlayer enseguida quedaron abarrotadas. Y continuaban las desgarradoras súplicas de protección que incitaban, al margen de la reflexiva vía diplomática, a tomar partido por la ayuda y la salvación. El furor revolucionario llenaba las checas y las cárceles.

“La orgía de las detenciones seguía su curso, y los tribunales secretos, sin ninguna clase de control o intervención estatal, iban creciendo con su secuela de asesinatos. La Cárcel Modelo, proyectada para 1.200 hombres como máximo, llegó pronto a contener 5.000. En las celdas individuales de 2 x 3 metros se amontonaban hasta seis personas. Una verdadera ansia de matar había embriagado y dominado al populacho. Los ‘funcionarios’ de la cárcel no aparecían por ninguna parte. El director había desaparecido.”

    Schlayer decidió quedarse para la Legación con las catorce viviendas del edificio de la calle Abascal 27, previa instancia bien motivada al Ministerio de Estado (actualmente Ministerio de Asuntos Exteriores); así obtuvo para todo el edificio el derecho de extraterritorialidad como residencia de la Legación de Noruega. Vigilaban la puerta de la expandida Legación dos policías con orden del embajador de disparar ante cualquier muestra agresiva o conato de asalto; medida que refrenó el ímpetu criminal de las partidas revolucionarias.

“Una actitud decidida constituye la mejor protección frente a la masa. El principio indiscutible de una inmunidad condicionada a un poder efectivo provoca una especie de barrera invencible.”

Entre septiembre y octubre de 1936 quedó abarrotada de personas la Legación. Para continuar acogiendo demandantes de refugio, Schlayer alquiló viviendas en el inmueble vecino, el número 25 de la calle Abascal, y trasladó el consulado a esta finca ya que el edificio que lo albergaba en el centro de Madrid había sido tiroteado. Aproximadamente novecientas personas dio cabida la Legación, una cantidad notable aunque muy inferior a la habida en la embajada de Chile, de la que era titular y activo defensor de los perseguidos, Aurelio Núñez Morgado, decano del cuerpo diplomático acreditado en la capital de España. “Cada una de las doce viviendas disponibles de inmueble estaba ocupada por sesenta y cinco a ochenta personas”.

    Schlayer describe en su obra documental la vida cotidiana de los acogidos y la aplicada organización de conjunto, así como las medidas de protección y movimientos de entrada y salida de la Legación.

    El servicio de vigilancia quedó cubierto los primeros meses por seis Guardias de Asalto, siempre los mismos, que habitaban con sus familias los sótanos del edificio consular. El de transporte para el suministro de alimentos y mercancías estaba compuesto por dos camiones, uno perteneciente a un refugiado, y un vehículo de reparto; tanto el otro camión como el vehículo de reparto conseguidos por el cónsul. Los tres medios de transporte rodado viajaron por toda la provincia madrileña y más allá, hasta el Mediterráneo: Valencia, Murcia y Almería, acopiando las necesidades básicas de las personas acogidas en casi todas las Legaciones de Madrid, puesto que la ayuda se solidarizó, y en las cárceles, extendiendo la tarea humanitaria hasta el límite.

“El consulado de Noruega era conocido en Madrid por la alimentación y cuidados convenientes que dispensaba a sus refugiados; también salían de allí diariamente víveres para los familiares de los refugiados que estaban fuera y hacia las cárceles. Al marcharme yo, en julio de 1937, la Legación estaba abastecida, en su almacén propio, con los víveres necesarios para mantener, durante unos meses, a un número de personas que oscilaba entre las ochocientas y las novecientas.”