Las veintiuna heridas de Antonio Chover Sánchez. Batalla de Talavera de la Reina

Hubo un soldado español en la Guerra de la Independencia que tras recibir, nada menos, que veintiuna heridas de gravedad en la batalla de Talavera, suficientes para morir varias veces, en su estado y a pie llegó hasta Sevilla y pudo recuperarse.

 

La batalla de Talavera de la Reina

Napoleón había fracasado en su intento de ocupar militarmente Portugal, mediante acciones combinadas desde el Norte y el Sur efectuadas por los mariscales Soult, conde de Dalmacia, y Victor, conde de Belluno; el plan concebido por Napoleón contaba con el asesoramiento de su hermano José (el impuesto rey José I) a su vez aconsejado por su jefe de Estado Mayor el mariscal Jourdan. El fracaso se produjo en la localidad toledana de Talavera de la Reina.

    La batalla de Talavera enfrentó al ejército francés del mariscal Victor y al español del Capitán general Gregorio García de la Cuesta, jefe del Ejército de Extremadura, apoyado por el cuerpo expedicionario del general Wellesley, duque de Wellington.

    En vista a coordinar las operaciones que debían expulsar a los franceses de la zona comprendida entre Mérida y Medellín, el 10 de julio de 1809 se reunieron en la localidad cacereña de Casas del Puerto de Miravete (cuartel general del ejército español) los generales Cuesta y Wellesley, acordando un ambicioso plan que de tener éxito liberaría Madrid de la invasión napoleónica; este plan incluía la participación del Ejército de Andalucía mandado por el general Venegas. Era preciso actuar con rapidez para evitar que las tropas del mariscal Soult, estacionadas en Galicia, hicieran acto de presencia. Las tropas francesas en todo el sector estaban mandadas por el mariscal Victor, que advirtió las intenciones de su enemigo ordenando el repliegue escalonado hacia Talavera de la Reina.

    El día 20 llegaba a La Calzada la tropa del general Cuesta y a Oropesa la del general Wellesley, situándose ambas en línea de asalto sobre Talavera.

    El plan de acción aplicado en la batalla corresponde al general Cuesta (el anciano Capitán general Cuesta), quien lo presentó a su aliado Wellesley (Wellington), cuyo injustificable retraso de tres semanas en la localidad portuguesa de Abrantes permitió a las fuerzas de los mariscales Soult, Ney y Sebastiani tomar posiciones ventajosas en los alrededores de Talavera de la Reina.

    Napoleón dio el mando de su ejército al mariscal Soult, siendo la principal orden a cumplir la expulsión de los ingleses de España.

    Por parte aliada, el general Cuesta actuó en la batalla con gran decisión y valor a pesar de su ancianidad, mientras Wellesley se mostró en exceso reticente y quejoso.

    La batalla tuvo lugar los días 27 y 28 de julio de 1809, entre la sierra de Segurilla, al Norte, hasta Talavera y el río Tajo, al Sur, y toda la zona al oeste de la villa; las tropas españolas y británicas (mayormente inglesas) formaron una línea de cuatro kilómetros desde el río Tajo a Cerro Medellín, donde quedó establecido el contingente de Wellesley; las tropas francesas ocupaban la zona este; y el arroyo de la Portiña separaba a los contendientes.

    El bando francés celebró un consejo de guerra, presidido por José I, integrado por los mariscales Jourdan, Ney, Victor, Sebastiani, Lapisse y Laval (estos tres, condes y barones del Imperio), acordando un ataque en toda regla. Fueron varios los ataques franceses en su iniciativa bélica, aunque todos ellos infructuosos por las inmediatas y firmes réplicas.

    Las ofensivas fueron recíprocas y violentas, sufriendo los dos ejércitos pérdidas muy considerables; aunque los movimientos estratégicos y las operaciones durante esos dos días no lograron fijar un vencedor aplastante, dado el equilibrio y la nula perspectiva de modificarlo en favor de uno u otro, salvo la temida por los franceses llegada de la División del general Venegas que, de producirse, decantaría la balanza del lado aliado. Así pues, y con miles de muertos entre los ríos Alberche y Tajo, antes de que los refuerzos de Venegas, que se demoraban, hicieran acto de presencia, los franceses optaron por la retirada.

 

Las veintiuna heridas del bravo Antonio Chover Sánchez

El alférez Antonio Chover Sánchez era un valenciano de Játiva, nacido en 1795. A los diecinueve años sentó plaza en el Arma de Caballería como soldado. El 4 de mayo de 1808 fue ascendido a cabo segundo; luego a sargento y el 26 de julio de 1809, víspera de la batalla de Talavera, al empleo de alférez. Ese día, del pueblo toledano de Cebolla salieron en descubierta por la calzada de Torrijos a Talavera diez jinetes del Regimiento de Húsares Reales de Granada, creado en 1808, al mando del joven alférez Chover.

    En tarea de vigilancia y control de caminos, Antonio Chover avistó a un ayudante de campo francés montado y al trote. Yendo a por él en su caballo y pistola en ristre, que falla en su encendido, el oficial francés repelió al español desenvainando el sable y propinándole un sablazo que le partió la oreja izquierda. Desmontado y sangrante, Chover desafió al francés en tierra, cosa que éste ignoró arremetiendo con otro sablazo que le partió el omóplato izquierdo. No obstante las dos heridas, el español insertó su sable en el costado derecho del francés atravesándole el cuerpo. Continuaron luchando, el uno montado y el otro a pie, hasta que Chover, con toda su fuerza en ristre, venció su resistencia y lo dejó inerme y colgado de uno de los estribos. Entonces, y aún ignorante de lo que se le venía encima por el fragor de su batalla, quedó rodeado por un destacamento francés dirigido por el mariscal Victor. A él se dirigió publicando la hazaña de haber muerto al oficial francés en un lance de guerra, y exigiendo el trato debido a un prisionero. El silencio del mariscal, quizá dubitativo, fue roto por una traicionera estocada por la espalda que asomó por el estómago del indefenso alférez español. Encarado con quienes, desde el reverso, le habían así herido, recibió como satisfacción otra estocada en el vientre que también le atravesó el cuerpo. Yacente en la tierra que regaba su sangre, sufrió la acometida de un cuarteto salvaje que le asestó nada menos que quince sablazos con sus respectivas heridas invalidantes. Y en apariencia muerto quedó allí tendido y despreciado.

    Vivo a pesar del sañudo castigo, Chover fue hallado en su estado lamentable por otro herido español el día 27, un sargento del Regimiento de Dragones de Lusitania: la cabeza abierta y sangrando copiosamente, amputados los dedos de la mano izquierda; y muerto su caballo por las heridas que también a él causó la batalla de Talavera. El casi agonizante Chover había hecho señas al caminante para que le prestara auxilio en aquel trance penoso. Al desaliñado alférez lo cubría solamente la camisa, su cabeza presentaba dos anchas cuchilladas que le dividían el cráneo; otra, ya citada, le había seccionado la oreja izquierda; su omóplato izquierdo estaba materialmente partido; atravesado el antebrazo derecho; la espalda, apoyada en el suelo, mostraba seis estocadas de las que se consideran mortales por la ciencia médica, además de otra que le perforaba el estómago y otra que, en sentido inverso, le penetraba por el vientre y le salía por la espalda; por si el cuadro en el abdomen, torso y cabeza, careciera del suficiente dramatismo, el muslo y la pierna derecha, a juego, estaban perforados; y para rematar la obra el tobillo derecho evidenciaba un impacto de bala.

    Ambos significados como un ecce homo por duplicado, apoyándose mutuamente, emprendieron camino a Cebolla para, de conseguir llegar, intentar recomponerse. Pero el pueblo ha sido tomado por los franceses y perseguidos por las risotadas de los soldados ocupantes van a refugiarse en una casucha abandonada a las afueras, en la que hay una vasija de agua y un colchón. Chover quiso investigar si en otra casucha próxima podía haber mayor alimento, comodidad y protección, pero falto de fuerzas cayó ante la puerta permaneciendo en esa postura la noche entera.

    Por fortuna, al amanecer del día 28, los franceses se marchan presurosos de Cebolla. Ocasión para regresar al primer cobijo donde encuentra a su compañero fallecido y devorado por gusanos. Esta visión le da fuerzas y corre, por así decir, hasta que de nuevo a la entrada de la casa donde quedó yacente se observa el cuerpo advirtiendo febrilmente el revuelo de gusanos devoradores. Lo que vio fue un pedazo de intestino emergiendo al exterior por uno de los tantos boquetes de sus heridas. En eso, con más miedo a cuestas que curiosidad, un muchacho lugareño se acercó y Chover, aprovechando la presencia, le pidió por ayuda una navaja con la que seccionar al “intruso” que asomaba de su rasgado cuerpo. El muchacho le trajo un cortaplumas y él seccionó aquello terrible que en realidad era una porción de intestino.

    Y siguió vivo, perdiendo, sin embargo, la consciencia.

    Los vecinos acudieron a socorrerlo, pese a no tener siquiera lo imprescindible, y con ellos a su cuidado permaneció en Cebolla cuarenta y tres días, durante los cuales cicatrizaron las heridas con remedios básicos como la sal y el vinagre. Transcurrido este lapso, esquelético y vacilante por su escasa recuperación, con cuatro heridas aún abiertas, Antonio Chover decidió encaminarse a Talavera y desde allí, en interminables y dolorosas jornadas, a Sevilla.

    En la capital hispalense fue atendido con solicitud y experiencia por los médicos, admirados ellos de tamaña resistencia y de tamañas heridas, pudiendo sanarle diecinueve de las veintiuna; con dos no se pudo y permanecieron abiertas y enconadas hasta que falleció en Valencia en 1858.

    Antonio Chover fue ascendido al empleo de teniente y declarado inválido en 1810 y 1811 respectivamente. Vivió unos años en Játiva, al lado del mar, y ya en 1817 solicitó su ingreso en el Estado Mayor de Valencia, siendo aceptado, y donde alcanzó el empleo de teniente coronel.

 

 

Artículos complementarios

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El marino, científico y explorador Dionisio Alcalá Galiano

Campañas hidrográficas en los océanos Atlántico y Pacífico y el mar Mediterráneo

 

Marino de la Real Armada, científico y explorador, Dionisio Alcalá Galiano nació en Cabra, provincia de Córdoba, en 1760. Es uno de los más cualificados marinos científicos de la Ilustración española. Inició su formación científica a edad temprana y en la mar a las órdenes de Vicente Tofiño, participando en los importantes levantamientos cartográficos de las costas de España necesarios para el proyecto del Atlas marítimo.

    Guardiamarina con tan solo dieciséis años, en 1776 embarcó en la fragata Júpiter y un año después participaba en las campañas de Brasil y el Río de la Plata; la primera contra los portugueses con la escuadra del marqués de Casa Tilly y un cuerpo de desembarco a las órdenes del general Pedro Cevallos, conquistando la isla de Santa Catalina en aguas brasileñas; la segunda, en Montevideo, bloqueando y rindiendo la colonia del Sacramento, como oficial de órdenes de Gabriel de Guerra, comandante del Río de la Plata.

    Durante el proyecto del Atlas marítimo formó parte de la tripulación de la fragata Lucía y colaboró en los trabajos desarrollados en Algeciras y el Mediterráneo entre 1784 y 1785.

    Ya cualificado científicamente, el joven teniente de fragata inició su andadura como cartógrafo y astrónomo en la fragata Nuestra Señora de la Cabeza que, al mando de Antonio de Córdova, llevó a cabo una importante campaña hidrográfica en el estrecho de Magallanes entre 1785 y 1786.

   Alcalá Galiano 1

Dionisio Alcalá Galiano

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Ascendido a teniente de navío, de nuevo a las órdenes de Tofiño, junto con el personal del Observatorio de Marina, continuaron los levantamientos de las costas de Asturias y Vizcaya a lo largo del año 1788, elaborando unas detalladas cartas náuticas. De esta época es también la corrección de la carta de las Azores llevada a cabo por Vicente Tofiño con la fragata Santa Perpetua y los bergantines Vivo y Natalia, éste mandado por Alcalá Galiano. Esta importante formación científico-práctica condicionó la presencia de Alcalá Galiano como oficial astrónomo en la más importante expedición científica española por mar de la Ilustración: la Expedición Mundial, con importantes finalidades políticas y científicas, comandada por Alejandro Malaspina y José Bustamante y Guerra.

    La expedición partió de Cádiz el 30 de julio de 1789 y recorrió toda América, de Montevideo a Alaska, los archipiélagos del Pacífico, Vavao, Carolinas, Marianas, Filipinas, Australia y Nueva Zelanda. En este colosal viaje ilustrado, el protagonismo de Alcalá Galiano es incuestionable, ya que su sólida formación científica junto a Tofiño y su familiaridad en el uso de modernos instrumentos de observación astronómica, dieron gran relevancia a sus trabajos, como acredita la abundantísima documentación conservada en el Archivo del Museo Naval de Madrid. Fue sin duda una figura clave en el desarrollo del ambicioso proyecto científico del viaje: volver a cartografiar la totalidad de las costas americanas y levantar mapas fiables del inmenso Pacífico, nuevamente clave en la estrategia política de los grandes imperios marítimos mundiales.

    Principal oficial astrónomo de la expedición, embarcado en la corbeta Atrevida, recorrió entre 1789 y abril de 1791, cuando recaló por segunda vez en Acapulco, la totalidad de las costas americanas, realizando observaciones de gran relevancia en Montevideo, Puerto Deseado, Puerto Egmont (Malvinas), Puerto Chiloé, Talcahuano, Valparaíso, Coquimbo, Arica, Callao, Guayaquil, Puerto Pericó, San Blas y Acapulco. En México fue comisionado por Malaspina para reordenar todos los materiales astronómicos del viaje y realizó importantes mediciones, de modo que permaneció en su comisión hasta el retorno de la Atrevida al puerto de Acapulco procedente de la costa noroeste., en fecha octubre de 1791.

Alcalá Galiano 2

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Nuevas órdenes de la Corona recibidas durante esta campaña dieron lugar a un nuevo y prolijo reconocimiento de la costa septentrional de América, en busca del ansiado y estratégico Paso del Noroeste, citado por Ferrer Maldonado siglos atrás; Malaspina comisionó para esta misión a dos de sus más valiosos oficiales: Alcalá Galiano, al mando de la goleta Sutil y Cayetano Valdés, al mando de la goleta Mexicana, mientras el resto de la expedición continuó sus navegaciones hacia las Filipinas y el Pacífico sur.

    El 8 de marzo de 1792 salieron ambas goletas hacia Nutka, donde permanecieron entre el 13 de mayo y el 5 de junio. En la bahía de Núñez Gaona, Alcalá Galiano determinó la longitud y levantó un plano del puerto; realizó idéntica labor en el estrecho de Juan de Fuca a lo largo del mes de junio, Nutka y las costas de la actual Vancouver, ensenada del Engaño y Puerto Cepeda. En la cala del Descanso permaneció con sus hombres hasta el 19 de junio sin haber localizado el deseado Paso del Noroeste. Estos días ocurrió el encuentro con el célebre marino y explorador británico Vancouver, con quien navegó hasta el canal de Lewis; continuando luego, junto a Valdés, los reconocimientos del laberinto de canales de la tierra firme de la actual Columbia Británica sin obtener resultado alguno. Testigo de aquellas derrotas es la isla que descubrió, Galiano island actualmente, situada entre la Isla de Vancouver y la costa pacífica de la Columbia Británica, en Canadá. Por fin el 23 de agosto las goletas regresaron al Pacífico levantando diversos puertos hasta su recalada en Nutka el 1 de septiembre, concluyendo que no existía paso alguno hacia el Atlántico en el estrecho de Fuca. En noviembre de 1792 volvieron a Acapulco.

    Estos reconocimientos, además de importantísimos para la geoestrategia de la época, alcanzaron gran difusión al lograr su publicación presentándolos a la corte como expedición separada y no dimanada de la proscrita de Malaspina, cuyos espléndidos resultados permanecieron inéditos hasta mucho después. Según informa y demuestra en la Memoria de sus observaciones de longitud y latitud publicada en 1796, es el inventor del procedimiento de hallar la latitud por observación de altura polar de un astro a cualquier distancia del meridiano. Tras su retorno a Cádiz, Alcalá Galiano llevó a cabo su última campaña científica entre diciembre de 1802 y octubre de 1803, en la fragata Soledad, con la que realizó una extensa campaña hidrográfica por el Mediterráneo hasta Constantinopla.

    La postrera de Alcalá Galiano cumplió satisfactoriamente con la encomienda fijada. A bordo de la fragata Soledad, recibió la orden de dirigirse a los mares de Grecia y Turquía para levantar las cartas del Mediterráneo Oriental, hasta la fecha harto deficientes. Marcó y situó astronómicamente todas las islas e islotes de aquella zona y prosiguió navegación hasta Buyukderé, provincia de Estambul, y la embocadura del mar Negro. Su persona recogió el aprecio y la distinción de cuantas autoridades tuvieron noticia de la campaña, de Atenas a Constantinopla, y en el resto de puertos mediterráneos visitados. Ya en España elaboró las cartas náuticas encomendadas, recibiendo la felicitación máxima por su acertado desempeño.

    Poco después, al mando del navío Bahama murió heroicamente en el combate de Trafalgar, el 21 de octubre de 1805, igual que otro ilustre científico, marino, patriota y compañero, Cosme Damián Churruca, además de otros valiosos y valientes oficiales que fueron víctimas de la incompetencia del aliado francés.

 

 

Artículos complementarios

    Vicente Tofiño

    Federico de Gravina

    Cosme Damián Churruca

    Juan Francisco de la Bodega y Quadra

Expedición Hidrográfica del Atlas de la América Septentrional. Cosme Damián Churruca

“Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto”

 

Patriota con ejemplo diario, eminente cartógrafo y matemático, intrépido explorador, brillante y heroico militar integrado en la oficialidad de la Armada Española denominada “de los científicos” y comandante de la Expedición Hidrográfica del Atlas de la América Septentrional, Cosme Damián Churruca y Elorza, natural de la Guipuzcoana villa de Motrico, nació en 1761. Su ardua labor en los ámbitos de la navegación exploradora y el estudio científico contribuyó al avance de las nuevas ciencias y técnicas de la Marina nacional, revitalizada con el impulso de los ilustres José Patiño y Rosales y Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada.

    Salido de su villa natal con vocación marinera, primero fue a cursar humanidades (estudios de bachillerato) en el seminario de Burgos, ingresando en 1776, con quince años de edad, en la Academia de Guardiamarinas en Cádiz; dos años después finalizó su carrera en El Ferrol con el despacho de alférez de fragata.

    Una vez licenciado, actuó embarcado a bordo del navío San Vicente y la fragata Santa Bárbara contra los británicos en varias campañas, la postrera en esa época en el asedio de Gibraltar entre 1779 y 1783, a las órdenes del general Martín Álvarez de Sotomayor, con los reputados marinos Juan de Lángara, Luis de Córdova y Antonio Barceló, y junto a Federico de Gravina, con quien alcanzaría honores en Trafalgar. Acto seguido, habiendo cumplido con lo que se le encomendaba, solicitó y obtuvo plaza en el curso de estudios sublimes en El Ferrol, de reciente creación, destinado a los oficiales con mejores dotes cuyo objetivo era el de conseguir una Marina óptima para la defensa de los territorios nacionales, el aseguramiento de las rutas comerciales para el comercio ultramarino y el envío de expediciones científicas de buen provecho. En esta etapa amplió sus conocimientos de matemáticas, física y astronomía, presentando a la imprenta un trabajo que resultaría de los más considerados de su producción: Instrucciones sobre puntería para los bajeles del rey.

    Infatigable en la observación astronómica, dedicando gran interés práctico a la medición de los astros, fuente primordial para la correcta navegación, dio entusiásticamente en participar en distintas empresas militares y no menos fervoroso en la colaboración con instituciones de la Marina queriendo revertir su evidente decadencia.

    La misión inaugural de Churruca lo llevó al Estrecho de Magallanes (Estrecho de la Madre de Dios, en tiempos de Pedro Sarmiento de Gamboa), zona de interés geoestratégico y comercial pese a su intrincado acceso y frecuentes inclemencias, para completar su cartografía y las especiales características de sus fieras aguas; el diario de navegación fue publicado en 1793 como apéndice a la edición de Fernando de Magallanes, y también dio a conocer su Relación sobre la Tierra de Fuego, elaborando a la par multitud de mapas y estudios de la inhóspita región. Con Churruca embarcó su compañero del curso de estudios superiores Ciriaco Ceballos, ambos encargados prioritariamente de las tareas astronómicas y geográficas. Superadas a duras penas las múltiples dificultades, los resultados del viaje sobre las circunstancias de la navegación en aquellas remotas latitudes: corrientes marinas, fuerza de los vientos, altura y frecuencia de las olas, impacto de las mareas, sirvieron para establecer un paso más seguro y definitivo entre los océanos Atlántico y pacífico y para demostrar la solvencia de la ciencia hidrográfica española en manos, cabeza y espíritu de los muy bien formados marinos.

Churruca 1

Cosme Damián Churruca

Imagen de foros.todoavante.es

 

Expedición Hidrográfica del Atlas de la América Septentrional

De vuelta a España fue incorporado al equipo del Observatorio de Marina de Cádiz, y al poco fue nombrado comandante de la ambiciosa expedición al Caribe y América del Norte con el propósito de perfeccionar las cartografías existentes. Se le denominó Expedición Hidrográfica del Atlas de la América Septentrional, siendo en realidad dos expediciones en una, mandadas por Churruca y Joaquín Francisco Fidalgo, con los navíos Descubridor y Vigilante, que zarpó en 1791. La expedición debía recorrer las Antillas Menores, o Pequeñas Antillas (en poder de otros Estados), para comprobar su extensión individual y conjunta, los canales de separación entre ellas y las posiciones astronómicas. No pudo desarrollarse según el plan previsto, pues debían reconocerse también las costas de Cuba y el canal de las Bahamas y después explorar la costa norte del Seno Mexicano desde la desembocadura del río Mississippi a los litorales de Luisiana y Florida. No fue posible. Arribados a la isla de Tobago pusieron proa a Puerto España, capital de la isla de Trinidad, estableciendo aquí el meridiano de referencia para todas las mediciones.

    Churruca y Fidalgo elaboraron una nueva carta náutica en sustitución de la Carta de Trinidad levantada por Cayetano Llorente: ambos marinos se repartieron la cartografía del litoral de Trinidad, incluidos los bajíos y los escollos dificultando la navegación, las poblaciones a la vista y la averiguación de la longitud y latitud.

    La expedición continuó sus observaciones en la vecina isla de Tobago y las islas inglesas de Granada, Granadinas y San Vicente, no pudiendo visitar las de dominación francesa por hallarse en poder de los revolucionarios.

    Se dirigieron a Puerto Rico para reponer fuerzas y encontrar reemplazo a los hombres enfermos y exhaustos tras la penosa navegación de los meses precedentes. Una tarea impedida en gran parte por la situación bélica imperante y la llegada del invierno: circunstancias que pese a lo desfavorable sirvieron, aprovechando el tiempo, para elaborar el plano del puerto de San Juan y desde esta base recorrer las aledañas islas Vírgenes.

    Ante la persistencia de la situación de peligro en el Caribe y a bordo de unos barcos escasamente preparados para llevar a cabo los trabajos científicos y a la par defenderse de posibles ataques, Churruca decidió regresar a Puerto España en Trinidad navegando el exterior de las Pequeñas Antillas, observándolos a medida que por ellas pasaban: San Eustaquio, San Bartolomé, San Cristóbal, Nieves, Montserrat, Dominica y Martinica. Una vez en Trinidad, centro activo de estudios náuticos por aquel entonces de investigación, ordenaron los resultados y en agosto de 1794 recibieron la orden de volver a España para relevar la tripulación; habían transcurrido tres años y cuatro meses desde la partida.

    Tiempo después, Churuca lamentaba y denunció que debido a los cambios políticos se olvidasen sus trabajos sobre unas costas más conocidas por las demás naciones que por la española, declarada no obstante la pretensión de conservarlas. Finalmente, entre 1802 y 1811, varias cartas esféricas y geométricas vieron la luz, entre ellas una de las Antillas y otras de la isla de Puerto Rico, titulada genéricamente Carta esférica de las Antillas y la particular geometría de Puerto Rico, fechada en 1802. Toda la documentación conseguida durante la travesía acrecentó la fama de los resultados científicos de la Expedición Hidrográfica del Atlas de la América Septentrional.

Churruca 3

Imagen de sellosdelmundo.com

 

Cumplía treinta y dos años Churruca en 1793 con los méritos contraídos en la tarea científica, y en premio, pese a su juventud para ello, se le otorgó el mando del buque Conquistador; a sus dotes innatas como jefe se unían las de marino práctico.

    En 1795 fue comisionado para visitar en París lugares donde se desarrollaba su especialidad, amén de ampliar sus conocimientos científicos en beneficio de España; en la capital francesa recibió un trato atento y distinguido, al extremo que en esa fecha el primer cónsul, Napoleón, le hizo entrega de un sable de honor.

    Un merecido periodo de reposo en su localidad natal, dio paso a la incorporación a las armas en 1803, esta vez al mando del navío Príncipe de Asturias; y pasados dos años fue de su responsabilidad el navío San Juan Nepumoceno, del que se ocupó también del armamento y la puesta a punto, y donde falleció, con los entorchados de Brigadier de la Real Armada Española, el 21 de octubre de 1805 en glorioso acto de servicio.

El sacrificio de la gran flota española en Trafalgar es el resultado de la alianza lamentable con la Francia napoleónica, juntas las dos Armadas bajo el incompetente y cobarde mando del almirante Pierre Villeneuve, de infausta memoria.

    Los españoles contaban con magníficos barcos, entre ellos el de mayor tamaño existente, el navío Santísima Trinidad, y unos marinos excepcionales como Federico de Gravina (que perdió un brazo, de cuya resulta murió a los pocos meses), Dionisio Alcalá Galiano (acribillado y decapitado en su puesto de mando por descargas y proyectiles), Francisco Alcedo y Bustamante (destrozado por una bala de cañón) y el propio Cosme Damián Churruca. Éste contemplaba abatido las disposiciones del almirante francés, sobre las que expresó lo siguiente: “Nuestra vanguardia será aislada del cuerpo principal y nuestra retaguardia se verá abrumada. La mitad de la línea estará obligada a permanecer inactiva. El almirante francés no lo entiende. Sólo ha de actuar con osadía, sólo ha de ordenar que los barcos de la vanguardia viren de nuevo a sotavento y se sitúen detrás de la escuadra de retaguardia. Eso colocaría al enemigo entre dos fuegos. ¡Estamos perdidos!” De manera premonitoria, triste y realista, declaró a su genbte que “Antes de rendir mi navío lo he de volar o echar a pique”; y a su entrañable hermano político José Juan Ruiz de Apodaca y Eliza (que rescataría cuanto pudo de la derrota en Trafalgar y llegó a ser Comandante general de la escuadra del Océano, embajador en Londres, capitán general de Cuba y las dos Floridas, virrey de Nueva España (1816-1821) y capitán general de la Armada): “Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto”.

    El navío de Churruca fue rodeado y cañoneado por seis ingleses en el transcurso de la desigual batalla. Acudía presto a donde mayor riesgo se corría para infundir el valor que a los españoles no faltaba y luchar como el primero supliendo las bajas continuas, hasta que recibió el impacto de una bala de cañón que le amputó la pierna. “No es nada, siga el fuego”, animó escapándosele la vida; aún pudo disponer en su agonía que no se rindiera el navío mientras él estuviera vivo. Por su parte, Villeneuve, en consonancia con su actitud previa, se dejó hacer prisionero; aunque acabó suicidándose.

Churruca 2.

Cosme Damián Churruca

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Las embajadas europeas de Bernardino de Mendoza

El Imperio en Europa: Cordura y buen entendimiento

 

El año de su nacimiento oscila en 1540 y 1541, la localidad se sabe que fue Guadalajara y que su habilidad diplomática era tan sobresaliente como en la milicia y en las letras, admirado en Europa por estas virtudes. Nos referimos a Bernardino de Mendoza, un hombre cultamente polifacético y estratega sin parangón en las cancillerías.

    A tal extremo de audacia y temple llegó el embajador De Mendoza en la corte de Isabel de Inglaterra, que doblegó la impertinencia de la soberana, intentando difamar al aludido y al rey Felipe II de paso, el monarca más poderoso del orbe, con argumentos y réplicas que no dejaron duda de qué oratoria y carácter golpeaba más y mejor; la humillada reina optó por retirar el plácet al embajador español, que felicitado por el rey Felipe II obtuvo un nuevo encargo diplomático al más alto nivel en el continente.

Bernardino de Mendoza

Bernardino de Mendoza

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Bernardino de Mendoza había estudiado artes y filosofía en Alcalá de Henares, licenciándose en 1557, incorporándose a la carrera de las armas en detrimento de una función administrativa en 1560. Su primera actividad militar sucede en las empresas mediterráneas de 1563-64 en el norte de África, y después, a partir de 1567, con el duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, fue a Italia cuando a éste le encomendaron el mando de un ejército que debía llevar a Flandes por el histórico camino español. En Flandes intervino en las batallas de Mons, Nimega, Haarlem y Mook.

    En Italia estrenó su misión diplomática Bernardino de Mendoza. Por encargo del duque de Alba fue a negociar asuntos políticos de relevancia con Pío V; de inmediato participó en el arresto de los condes de Egmont y de Horn, un episodio de mucha trascendencia simbólica y política. Durante un buen tiempo, a las órdenes directas del duque de Alba se distinguió en una serie de combates. Como persona de absoluta confianza, el duque le encomendó tareas de gestión ante el rey de España en 1573 para solicitar dinero y refuerzos; conseguido lo cual regresó a Flandes donde ya era nuevo gobernador Luis de Requesens, sucesor de Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, quien en vista del éxito ante el monarca español lo envió enseguida a Inglaterra, ahora ya con traza de diplomático además de gestor, a solicitar a la reina Isabel, en nombre de España, víveres y acceso a los puertos para la flora que Felipe II disponía enviar a Flandes. También lo consiguió, granjeándose además de buen nombre un ascendiente de utilidad en lo sucesivo.

    En 1576 fue aceptada su petición de ingreso en la Orden de Santiago.

    En 1578 Felipe II, persuadido de la intrincada implicación de los asuntos de Flandes con los de Inglaterra, decidió enviar a Bernardino de Mendoza a la embajada de Londres en calidad de titular “por la satisfacción que yo tengo de vuestra cordura y buen entendimiento”. Antes de tomar posesión en el lugar, visitó a la familia real francesa en París, y el 16 de marzo de 1578 compareció ante Isabel de Inglaterra. Reseñado anteriormente, el diplomático español incomodó cuanto pudo a la reina Isabel, conspirando en favor de María Estuardo y tratando con los católicos ingleses y con cualesquiera fuerzas que contrarrestasen la actitud antiespañola de la reina inglesa. La controversia entre ambos, las trifulcas verbales y los desaires acabaron en 1584, harta la reina de no poder doblegar al osado caballero español.

    Satisfecho con la conducta de su representante en la corte británica, Felipe II lo recompensó nombrándolo embajador en París, responsabilidad que ocupó durante seis años. Un periodo convulso para Francia del que se aprovechó España.

    Por aquel entonces Bernardino de Mendoza había perdido casi completamente la vista, cuyos primeros síntomas se manifestaron en la anterior misión diplomática: “Llego a ver de día la luz del Sol y de noche una lámpara a cuatro pasos de distancia”. Mayor era su valor y valía con esta discapacidad que soportaba con buen humor y entereza, y que nunca le arredró en su tarea ni disminuyó su eficacia en todos sus concursos. No sólo remitía a Felipe II los informes preceptivos de tema político, sino que, imbuido de su contagiosa vitalidad y gran cultura, le daba a conocer en sus escritos asuntos de arte y literatura, de modas, aficiones y entretenimientos con los que a diario se relacionaba en el desempeño de su calidad.

    Con el rey Enrique III mantuvo Bernardino de Mendoza idénticos roces y, aún más allá, enfrentamientos, al punto que el monarca francés exigía su salida de la corte inmediata, cosa que Felipe II ignoró hasta que, tras el regicidio en agosto de 1589, el monarca español decidió, en vista del cariz de los acontecimientos al otro lado de los Pirineos que trastornaban los planes dinásticos y políticos, apartarle de aquella embajada al anciano y ciego fiel servidor.

    En 1591, Bernardino de Mendoza regresaba a España para instalarse en una celda aneja al convento de San Bernardo de Madrid, aunque sin renunciar al conocimiento de los asuntos políticos y sus crónicas, redactando sus célebres Comentarios de las guerras de Flandes, publicados en París primero y Después Madrid al año de su vuelta. En 1595 se editó en Madrid su Theórica y práctica de guerra, obra publicada en Amberes y Venecia al año siguiente; y también en la capital de España se imprimieron en 1604 sus Seis libros de las políticas y doctrina civil de Justo Lipsio. A estos meritorios estudios se unen traducciones, poesías y cartas diplomáticas de mucho valor y estilo. Sus obras de técnica militar fueron consideradas en toda Europa como referentes indispensables.

    Falleció en Madrid el año 1604.

 

 

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Los viejos Tercios españoles llevaban mucho tiempo bregando en el laberinto de Flandes. Mandados por el extraordinario general Alejandro Farnesio, aún eran temidos, respetados e invencibles; pero el brillo de aquel imponente sol declinaba, pues así es la vida, y por aquel 1581, inmerso en luchas no pocas veces desiguales, los españoles afrontaban mermados de efectivos aunque sobrados de espíritu y pericia la invasión de la actual Bélgica por una alianza militar de franceses, holandeses e ingleses además de los levantiscos flamencos protestantes. Muchos contra pocos.

    A marchas forzadas por tierra y agua, combatiendo en esos dos elementos cual seres anfibios y asaltando barcos como si de fortalezas se tratara, los hombres de Farnesio hicieron acto de presencia antes los muros de Tournai (o Tournay o también Turnay) el día primero de octubre de 1581. Tournai era una imponente cabeza de puente, nudo de caminos y magnífica base de operaciones que en 1521, época del emperador Carlos I, tras un asedio fue ganada por los Tercios para su inclusión en los Países Bajos españoles: Holanda, Bélgica y Luxemburgo. La sorpresa en la plaza fue mayúscula al ver enfrente a los españoles, creyéndolos muy lejos; ni siquiera el gobernador, Pierre de Melun, orangista y luterano se hallaba en su puesto, a diferencia de su esposa, la gobernadora Cristina de Lalaing, llamada princesa d´Espinoy, sobrina de los condes de Hormes y de Montigny, vencidos y ajusticiados por el duque de Alba, quien tomó dignamente el mando de la defensa.

    Detrás de los muros, la guarnición a la que se había sumado un nutrido y fogoso paisanaje protestante, organizada por el veterano y valeroso oficial Estrelles y a las órdenes de la gobernadora, decidió resistir cuanto pudiera.

    Alejandro Farnesio reconoció minuciosamente las fortificaciones, que destacaban por su buen trazado más que por su sólida edificación, y eligió la zona de mayor vulnerabilidad a un ataque. El 15 de octubre, previamente emplazadas veintitrés piezas de artillería, ordenó abrir la trinchera y empezar a minar para la consiguiente voladura. Advertidos los españoles de que la contrincante al mando de Tournai era una dama, recibieron orden los artilleros y los infantes por si aparecía en los parapetos que cesaran el fuego o desviaran la puntería.

    Las primeras descargas, los primeros derrumbes y los primeros asaltos no arredraron el ánimo de la gobernadora ni su hueste, así que Farnesio optó por economizar sangre. A todo eso, los sitiados practicaban salidas continuas, que provocaban correlativas luchas cuerpo a cuerpo y bajas; y a las pocas semanas el príncipe de Orange envió una tropa de socorro inmediatamente eliminada por la Caballería española.

    Al sitio propiamente dicho, por si no bastara la presión que suponía para los encerrados en la plaza, se unió la climatología adversa, con temporales y frío, que incrementaban las penurias y la debilidad ante los briosos ataques de los sitiadores. Era entonces, al fragor de la lucha, cuando aparecía enhiesta la figura valiente de Cristina de Lalaing animando a los suyos, fortaleciendo su natural decaimiento; con éxito. Tal pulso espoleaba a unos y otros, hasta que los españoles se juramentaron para de una vez morir o entrar por la brecha en un asalto definitivo.

    Alejandro Farnesio había sido herido varias veces en sus descubiertas en derredor de las murallas, blanco para las armas defensivas, lo que no impidió que de nuevo inspeccionara el campo y dispusiera los medios para batir al tenaz enemigo parapetado.

    El día señalado como último, rompió al amanecer el estruendo de la artillería como preparación al asalto de los infantes, vigilantes los caballeros en retaguardia y los flancos. En una de las pausas de fuego impuestas por el lento cargar de los cañones y el igualmente pesado disipar del humo de la pólvora, de fuera escucharon dentro de las murallas el toque de llamada mientras no se escuchaba el estampido de réplica de los cañones. Respondieron los cornetas de los sitiadores con aviso de cesar el fuego y los asaltos: a ver qué deparaba la tregua.

    Al cabo asomó por un portillo de la muralla el jefe militar de la plaza, señor de Estrelles, con los brazos en cabestrillo, pidiendo en español parlamentar con el general Farnesio. Conducido a su presencia de inmediato se ajustó la rendición, consistente en un pago de 200.000 florines, como contribución de guerra, y honores para la guarnición que saldría a banderas desplegadas, tambor batiente y bala en boca al día siguiente.

    A las diez de la mañana del 30 de noviembre de 1581, tras dos meses de asedio, Alejandro Farnesio se presentó a la puerta de la ciudad, encuadrados perpendicularmente a la muralla los piquetes de Los Tercios, escuadrones y baterías, para rendir honores a la guarnición; los demás soldados y oficiales formaron calle a fin de ver y saludar a los valerosos enemigos, con la gobernadora Cristina de Lalaing a la cabeza a lomos de su corcel.

    Este es el relato literal que ofrece el historiador Luis Bermúdez de Castro y Tomás en su obra Mosaico militar:

“Presentaron las armas los piquetes; abatiéronse las banderas de las dos fuerzas adversarias en señal de saludo; descubrióse, reverente y galante, Farnesio, y la dama agitó su pañuelo contestando a la cortesía del caudillo español. Mas los soldados sueltos que formaban calle prorrumpieron en clamorosos vivas a la heroína, poniendo sus chambergos en la boca y punta de los arcabuces y picas, y arrojando al suelo las capas, a manera de alfombra, para que las pisase la cabalgadura, que, asombrada de tanto grito y movimiento, piafaba y se revolvía, con riesgo de desmontar a la amazona. Entonces, dos capitanes españoles sujetaron y tranquilizaron al fogoso animal, y tomando cada cual una rienda, descubiertos como dos palafreneros, condujeron a través de la entusiasmada tropa a la bella dama, cada vez más impresionada y conmovida por las muestras de respeto y admiración que recibía. Muchos soldados se apartaban corriendo para coger del campo flores, y deshilachaban las cuerdas de los arcabuces atando ramos que entregaban a los soldados flamencos para la señora”.

    Los oficiales de Caballería montaron a caballo para escoltar a Cristina hasta el pueblo más próximo, donde la aguardaba su marido con una carroza, y, a fin de honrarla más, tomaron los estandartes de sus escuadrones pidiéndole que los tocase con sus manos, y no se acercaban a ella sin destocarse respetuosamente. Y aquella mujer, que había mirado impasible la agonía de los soldados, el fuego de las baterías y el arrojo feroz de los asaltos, no pudo resistir la emoción de contemplar a los odiados españoles rindiéndole el tributo y homenaje que merecía su firmeza, su abnegación y su valor.

    Largo rato la acompañaron, y quién sabe hasta dónde hubieran ido si Farnesio, temeroso de que llegaran a importunarla demasiado, no hiciese tocar asamblea en el campamento, con lo que se detuvieron todos para volver al real, no sin rodearla con ánimo de despedirse. Lloraba la amazona presa de nerviosa emoción, y con turbada voz tuvo aliento bastante para gritar lo que jamás pensara que hubiese salido de sus labios: “¡Caballeros soldados españoles! ¡Viva España!”.

    Desde aquel punto y hora los príncipes d’Espinoy, los enemigos de España y de la religión católica, se refugiaron en su palacio de Bruselas, y además de que no volvieron a reanudar actividades orangistas ni aceptaron trato con los rebeldes, también en su hogar acogieron a cuanto español residía o pasaba por la ciudad y había sido testigo del heroísmo de Cristina.

 

 

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