La exploración de las islas Visayas. Juan Díaz Maqueda

El Imperio en Asia y Oceanía: La expedición Malaspina-Bustamante en el archipiélago filipino

Las tareas científicas propuestas y realizadas durante la expedición Malaspina-Bustamante a destacados expertos en cada campo fueron extraordinarias. Las enumeramos: astronomía, hidrografía, botánica, zoología, mineralogía, estudio comparado del suelo (edafología), minería y sus técnicas, estudios históricos prehispánicos, farmacopea, salubridad ambiental, recursos vivos y minerales, caminos, vías y otras comunicaciones, costumbres y ritos, acuñación de moneda, urbanismo, formas de gobierno y administración económica y social, tráfico marítimo, aduanas, construcción naval, pesca, industria, defensa y fortificaciones, agricultura y ganadería, colegios y universidades, actividad misionera, hospitales, censos eclesiásticos y de población, estudios físico-geográficos, e ilustraciones de ciudades, flora, fauna y tipos humanos de cuantos lugares se visitaron.

    La gran travesía de los expedicionarios, todos ellos altamente cualificados en sus respectivas especialidades, iniciada al llegar desde España a Montevideo, y desde este lugar de partida a recorrer el Río de la Plata, Patagonia, islas Malvinas, islas Aurora, Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá y toda Centroamérica, México, California y la costa noroeste de Norteamérica hasta Alaska; a continuación hacia Asía y Oceanía por las islas Marianas, Filipinas, Vavao, Macao, Nueva Zelanda y Australia, aportó una cantidad ingente de documentación válida para todos los campos de la investigación científica e histórica en el mundo. Lo que se demostró al publicarse los trabajos hidrográficos, botánicos, zoológicos, litológicos, médicos y físico-geográficos; la documentación de carácter político se destinó en exclusiva al gobierno español.

    Los lugares del Pacífico Sur, principalmente Filipinas y Oceanía, donde se realizaron los trabajos científicos de la expedición Malaspina-Bustamante fueron:

Puerto Humatac (Guahan, islas Marianas), del 13 al 24 de febrero de 1792

Puerto Palapa (isla de Samar), del 4 al 10 de marzo de 1792

Puerto Sorsogón (isla Luzón), del 12 al 22 de marzo de 1792

Manila (isla Luzón), del 26 de marzo al 15 de noviembre de 1792

Puerto Zamboanga (isla Mindanao), del 22 de noviembre al 7 de diciembre de 1792

Bahía Dusky (Nueva Zelanda), el 26 y 27 de febrero de 1793

Puerto Jackson y Bahía Botánica (Australia), del 12 de marzo al 11 de abril de 1793

Archipiélago Vavao, del 20 de mayo al 1 de junio de 1793

    Se conserva en el Museo Naval de Madrid una pormenorizada y extensa documentación hidrográfica, astronómica y cartográfica, junto a una gran cantidad de diarios de mar y tierra y de los naturalistas, noticias políticas y económicas, información etnográfica y social, de lenguas, costumbres y religiones, todo ello ampliamente ilustrado con una calidad máxima.

La exploración de las islas Visayas por Juan Díaz Maqueda

Una parte esencial de los trabajos y reconocimientos de la expedición Malaspina-Bustamante correspondió al archipiélago filipino. Se buscaban unas derrotas más seguras para el Galeón de Manila (también denominado Galeón de Acapulco) para favorecer, minimizando los riesgos, la navegación comercial.

    Esta comisión encargada a Juan Díaz Maqueda para el levantamiento de mapas de las islas Visayas, una de las zonas que entrañaban mayor dificultad en la navegación de las Filipinas, dio inicio en octubre de 1792 y concluyó el 16 de julio de 1793.

    El oficial de la Armada Juan Díaz Maqueda había sido hasta entonces el piloto de la corbeta Atrevida (la otra corbeta de la expedición Malaspina-Bustamante era la Descubierta), capitaneada por José de Bustamante, en colaboración con Felipe Bauza, director de cartas y planos, en las triangulaciones y sondas de los levantamientos de los puertos. El barco utilizado en el reconocimiento de las islas Visayas para su examen hidrográfico fue la goleta Santa Ana. Como segundo de Díaz Maqueda fue nombrado Gerónimo Delgado.

    La cartografía resultante de la comisión merece el calificativo de magnífica. Habiendo ayudado decisivamente a completar la levantada por las corbetas Descubiertas y Atrevida durante su estancia en Filipinas; de tales trabajos se obtuvo la excelente Carta General del Archipiélago de Filipinas, levantada en 1792 y 1793 por los Comandantes y Oficiales de las Corbetas de S.M. Descubierta y Atrevida.

Juan Díaz Maqueda escribió otra esforzada página en la gran y brillante labor de la exploración española del océano Pacífico, el inmenso Mar del Sur. En el libro de la historia figuran los navegantes españoles como descubridores y cartógrafos de las islas Marianas, Carolinas y Marshall en Micronesia; desde las islas Salomón a las Nuevas Hébridas en Melanesia; el archipiélago Tuamotu y las islas Marquesas, entre otras, en la Polinesia; las islas Filipinas y todas las costas orientales del Pacífico desde Alaska, en el extremo septentrional, a Patagonia, en el extremo meridional. Dando nombre, en definitiva, de Lago español al océano Pacífico.

Artículos complementarios

    Expedición Malaspina-Bustamante

    Francisco Antonio Mourelle de la Rúa

    Miguel López de Legazpi

    Juan Sebastián Elcano

Batalla de Pavía

El 27 de abril de 1522, Los Tercios españoles derrotaron al ejército francés y aliados en la batalla de Bicoca. Dos años y medio después, el ejército de treinta y seis mil efectivos dirigido por el rey Francisco I de Francia cruzó la cordillera de los Alpes para enfrentarse al ejército imperial de Carlos I de España y V de Alemania en la península itálica. El lugar de encuentro primero y último fue la plaza de Pavía.

    En vista de tan poderoso avance, los imperiales se retiraron hacia el este para organizar un reagrupamiento con garantías de dar la batalla en ciernes. No obstante, el rey y emperador Carlos I de España y V de Alemania ordenó mantener una guarnición de mil españoles y cinco mil alemanes en la plaza de Pavía, al mando de Antonio de Leyva.

    Los muros de la plaza de Pavía eran débiles pese a su grosor por estar envejecidos y mal conservados. El veterano Antonio de Leyva, con treinta y dos batallas y cuarenta y siete asedios en su haber militar, gobernador y jefe militar, mandó reparar esa frágil defensa antes de que los treinta y seis mil hombres de Francisco I, el rey francés, se lanzaran contra Pavía a partir del 28 de octubre de 1524. Componían la infantería de la tropa enemiga suizos, alemanes de la Banda Negra, italianos y franceses, además de mil doscientos integrantes de la famosa caballería pesada, estandarte de antiguas glorias en el campo de batalla, unos cuantos menos caballeros montados en la ligera, y cincuenta y tres cañones.

    El fracaso del asalto directo decidió a la numerosa fuerza establecer un bloqueo al que Leyva opuso toda su determinación. Mientras esto sucedía, el ejército imperial se reorganizaba y emprendía la campaña de liberación de Pavía con el virrey de Nápoles, Carlos de Lannoy, al frente.

Batalla de Pavía

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El 12 de enero de 1525 dos españoles atravesaron las líneas enemigas y lograron entrar en la sitiada plaza de Pavía: portaban noticias y pagas. Anunciaron que un contingente de veinticinco mil soldados avanzaba presto para llegar a la plaza y liberarla. Pero el número de soldados que atravesó el río Adda en dirección a Pavía no superaba los veinte mil, aunque eran de gran calidad: cuatro mil españoles, diez mil alemanes, tres mil italianos, dos mil jinetes casi todos de caballería ligera y dieciséis piezas artilleras de acompañamiento. El poder de los imperiales radicaba en sus arcabuceros, ejemplo de la moderna infantería.

    Los imperiales tomaron la iniciativa. Avanzaron hacia el gran Parque de Mirabello que llegaba a las murallas de Pavía con el propósito de cortar las comunicaciones de los sitiadores con Milán, forzando a una retirada de tener éxito la acción ofensiva.

    Desde el 20 de febrero los arcabuceros españoles a las órdenes de Fernando de Ávalos, marqués de Pescara, dispararon contra las posiciones del enemigo, y entre el anochecer del 23 de febrero y la madrugada del 24, los imperiales bombardearon toda la línea enemiga buscando el refugio de los efectivos y distraer la vigilancia. Conseguido. Un grupo de gastadores del Condestable Carlos de Borbón practicó tres brechas en los muros a la par que varios destacamentos simulaban ataques en otros puntos. Al amanecer, la vanguardia imperial dirigida por Alfonso de Ávalos, I marqués del Vasto, sobrino de Fernando de Ávalos, compuesta por infantes arcabuceros españoles e italianos más algunos jinetes montados de la caballería ligera, irrumpió en el Parque de Mirabello, a las afueras de la plaza. Por su parte la artillería siguió castigando la línea de los sitiadores. Rápidamente se desplazaron al palacete de Mirabello, en el parque homónimo, para reunirse con Antonio de Leyva de quien se esperaba una salida una vez avisado por los disparos y cañonazos. A todo eso el grueso del ejército expedicionario empezó a entrar por las brechas dividido en cinco grupos: infantería española de Pescara, la mitad de la caballería ligera, lansquenetes alemanes con Lannoy, la otra mitad de los jinetes y otro grupo de lansquenetes. Quedaron en la retaguardia infantes italianos e infantes españoles protegiendo las piezas artilleras. Desde el Parque de Mirabello comenzó el despliegue.

    Advertido Francisco I que el ataque contra su ejército es demoledor, decidió abandonar sus posiciones de asedio con el objetivo de presentar batalla a la vieja usanza. Dispuso sus efectivos como habitualmente en el pasado, con la prestigiosa caballería pesada en el centro del dibujo, y los infantes a los flancos; dejó a sus infantes italianos y franceses a las puertas de Pavía para evitar la salida y por ende un nuevo frente de combate. La artillería disparaba sobre los imperiales para causar bajas y desorden. La posterior carga a caballo, que Francisco I consideraba decisiva para obtener la victoria, resultó un fracaso al tener que batirse contra los arcabuceros españoles. El terreno pantanoso dificultaba la maniobra de los caballos mientras que favorecía a los infantes. Una vez desorganizada la caballería francesa, destacamentos de infantes penetraron para asestar el golpe de gracia, a los que respondieron otros del enemigo; en suma, soldados al servicio de Carlos I se batieron contra los soldados al servicio de Francisco I.

    El grueso del ejército español atacó a los suizos poniéndolos en fuga, y al calor de la lucha Antonio de Leyva ordenó la salida que acabó por derrotar a los franceses e italianos enemigos. A la estela de esta acción, la tropa de Carlos de Lannoy persiguió a los desbandados hasta la orilla del río Tessino causando una matanza: las fuerzas de Francisco I han sido prácticamente aniquiladas con bajas superiores a quince mil; y la relación de prisioneros, por la importancia de los individuos, es de las que hacen época. Los arcabuceros españoles, actuando con una autonomía inusitada hasta la fecha, destrozaron en campo abierto, a diferencia de lo sucedido en la batalla de Bicoca, a la que por aquel entonces se consideraba en Europa la mejor caballería, la pesada francesa, y la mejor infantería, la suiza.

Batalla de Pavía

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El 12 de agosto de 1525 fue hecho prisionero el rey Francisco I y conducido a Madrid donde quedó custodiado en la Casa de los Lujanes. Seis meses más tarde, el 14 de enero de 1526, por el Tratado de Madrid, Francia renunció a sus derechos sobre los territorios bajo su dominio en la península itálica, Borgoña, Artois, Tournai y Flandes en favor del emperador Carlos.

Artículos complementarios

    Batallas de Ceriñola y Garellano

    El sitio de Tournai

    Batalla de San Quintín

La primera Academia militar del mundo

En un caserón de la plaza de los Pajes de Bruselas los españoles establecieron la primera Academia militar que hubo en el mundo. Corría el año 1674, reinaba Carlos II en España, y por aquel entonces los soldados españoles confraternizaban en Flandes con los aliados holandeses y con los ingleses casi amigos, enfrentados en guerra contra los franceses de Luis XIV.

    El origen de la Academia lo narra como sigue quien fuera primer director de la Academia, Sebastián Fernández de Medrano:

“En 1674, luego que concluyó la campaña, como me hallase de alférez reformado (disponible forzoso) resolví pasar a España a tiempo que el señor duque de Villahermosa, capitán general de los Estados de Flandes, entraba en el gobierno del país. Y como aquellos famosos maestres de campo, que tan experimentados había entonces, y en particular don Diego Gómez de Espinosa, don Luis de Acosta Quiroga y don Joseph Manrique, estaban informados de mi habilidad, y al mismo tiempo establecían cuatro o cinco mil hombres en los Tercios y regimientos llamados ‘cadetes’, que eran hijosdalgo o hijos de oficiales, con directores que les enseñasen lo que pertenece al arte marcial y marinería, con entretenimiento de dos reales de plata cada uno, y supiesen los referidos maestres de campo que yo pretendía pasar a España, previnieron a dicho señor duque diciéndole que tenían noticia del celo con que yo me aplicaba, y que sería acertado, en lugar de darme licencia, que se estableciese una Academia militar para el Ejército, en la cual se adquiriese una facultad de que tanto se carecía en el nuevo modo de guerrear. Lo cual pareció tan bien a Su excelencia, que luego me envió a llamar para hacer un servicio al rey formando un seminario marcial del que fuese director.” Tomado de la obra titulada Mosaico militar, de Luis Bermúdez de Castro y Tomás. La primera Academia militar de la historia llevó por nombres alternados Escuela de Flandes y Escuela General de Batalla.

Sebastián Fernández de Medrano estudiaba en la Universidad de Salamanca cuando sintió la llamada de la milicia. Por méritos fue ascendiendo y reconocida su fama le correspondió dirigir la primera Academia militar del mundo. En ella demostró cierta la confianza depositada con el nombramiento. Ejerciendo la dirección del innovador centro docente, Sebastián Fernández de Medrano publicó su obra Rudimentos o Principios geométricos y militares, exponiendo su método de trabajo. Dotado de un elevado espíritu, de gran cultura y no menos grande discreción. Ascendido a maestre de campo en 1689, culminó su carrera militar con el empleo de sargento general de batalla, equivalente actual al de jefe de Estado Mayor, en 1694.

La Academia ingresaba anualmente a treinta oficiales alumnos y treinta soldados cadetes de los Tercios y de los regimientos. Duraba la estancia dos cursos o años, sin interrupción para los oficiales, y tres cursos o años para los cadetes. Los alumnos más aplicados podían ampliar sus estudios otro año, saliendo con cédula de ingenieros o arquitectos militares y todos instruidos en Geometría, Arte de escuadronar (Táctica), Fortificación, Artillería, Tratado de la Esfera, Navegación, Dibujo, Arte de marchar y acampar, Levantamiento de planos con instrumentos y sin ellos, idioma francés, Esgrima y Natación. Los alumnos percibían en el periodo de aprendizaje cinco escudos mensuales, además del haber que les correspondiese por su empleo en el Ejército. Las plazas de profesores se cubrían con antiguos discípulos, calificados por el director Fernández Medrano.

    Los premios a los destacados consistían en tres medallas de oro, que llevaban grabado en el anverso el busto en relieve del rey Carlos II y la leyenda Carolus Dei gratia Hispanorum e Indiarum Rex, y en el reverso las figuras de los dioses de la mitología griega Marte y Palas sosteniendo un plano de fortificación coronado por la inscripción Palladis et Martis Studio praemia miles Medranea tibi docta palaestra dicat. Las medallas se colgaban del cuello: la del primer premio pendiente de una cadena de oro doble, la del segundo premio pendiente de una cadena de oro sencilla, y la del tercer premio se sujetaba a una cinta de seda roja.

    Las clases se impartían en español y en latín, mientras que los libros de estudio eran traducidos del español al francés, italiano y alemán.

    El régimen diario en la Academia era de lo más estricto en cuanto a la conducta de los alumnos. Las ideas de honor y caballerosidad formaban el cimiento de la educación, y en cuanto a la técnica, asimismo era extremada la severidad dado que oficiales y cadetes servirían en el futuro destinos de importancia en el ejército de los Países Bajos y en los virreinatos de Indias.

La Academia militar fundada por los españoles en Bélgica sirvió de modelo para las siguientes en Madrid, Sevilla, Barcelona, Orán y Túnez, disponiendo de los mismos textos pedagógicos del Fernández Medrano que recorrieron toda Europa en calidad de pioneros de la enseñanza militar.

Artículos complementarios

    La Pascua militar

    La primera Infantería de Marina del mundo

    La primera Guardia Real del mundo

    Credo legionario

El control del Estrecho de Magallanes. Antonio de Córdova

El Imperio en América del Sur: Las expediciones del capitán Antonio de Córdoba en 1785 y 1786

En 1557 la expedición al mando de Juan Ladrillero consiguió la exploración y conquista del Estrecho de Magallanes; no obstante, hasta 1583 no se fundaron los primeros asentamientos.

    Reinaba en España Carlos III al decidir la Corona recuperar la iniciativa y el puesto de privilegio en el concierto internacional. En 1785 se organizó una expedición de reconocimiento de las costas y las tierras del Estrecho de Magallanes, con el propósito de levantar un plano fidedigno. La misión fue encomendada al capitán de navío Antonio de Córdoba, embarcado en la fragata Santa María de la Cabeza, de 36 cañones; el segundo de a bordo fue el capitán de fragata Fernando de Miera; la responsabilidad de organizar el cuerpo de oficiales, la tripulación y los expertos en el manejo de los instrumentos necesarios para efectuar las mediciones y elaborar los planos, recayó en los tenientes de fragata Dionisio Alcalá Galiano y Alejandro Belmonte. El número total de expedicionarios ascendió a 277 hombres.

Zarpó la fragata de Cádiz el 9 de octubre de 1785, cargando víveres para ocho meses de travesía, leña para cinco y varios fardos con ropa de abrigo y medicinas. Al cabo de una semana pasó a la altura de las islas Canarias. Como medida preventiva, que resultó acertada, “desde que se cortó el trópico se repartió diariamente a la tripulación y guarnición un buen plato de gazpacho, y con el riego frecuente de vinagre y sahumerio en los entre puentes, se logró tener la gente sana y robusta”.

    Alcanzaron el estrecho de Magallanes el 19 de diciembre. De inmediato contactaron con la población aborigen patagona que propició una impresión favorable en los expedicionarios; algunos hablaban un español rudimentario, por la influencia de los misioneros hasta allí desplazados, y todos ofrecieron un comportamiento cívico y prudente.

    El 27 de diciembre se dispusieron los preparativos para continuar la navegación, y el 1 de enero de 1786 la fragata Santa María de la Cabeza, enfiló la intrincada configuración del estrecho. Por el canal de acceso conocido el avance fue lento y penoso, con nuevas pérdidas de amarras y anclas el día 4, y la amenaza en ciernes de las tormentas. El día 10 llegaron a Puerto del Hambre, donde repararon los desperfectos y se provisionaba con leña, agua y pescado. Con un bote fue explorada la costa y aún más, arribando hasta la Tierra de Fuego, para luego levantar los planos correspondientes.

    La siguiente posta en esta travesía pendiente de los fenómenos atmosféricos, de tan intensa magnitud, fue en la Bahía de Gaston a finales de enero. Durante el mes de febrero, los botes de la fragata reconocieron los pasos que iban del Estrecho al océano Pacífico a través del archipiélago del Fuego. Los informes de las descubiertas aconsejaban desistir de la navegación en esa zona cuajada de escollos y rocas, canales estrechos, vientos huracanados, corrientes traidoras y malos fondos para echar el ancla.

    La fragata había fondeado en el puerto de Saint Joseph, recibiendo visitas corteses de los naturales isleños de la Tierra de Fuego.

    El 11 de marzo concluyó la tarea de reconocimiento del Estrecho. Del cabo Lunes al cabo Pilares y buena parte de la costa meridional se había explorado la zona y la Junta de Oficiales decidió regresar a España para dar descanso a la tripulación y reponerse todos de las escaseces, peligros y fatigas. Habían transcurrido tres largos meses de labor continua y minuciosa. El 18 de marzo la fragata dobló el cabo de las Vírgenes y entró en el océano Atlántico. El 9 de junio divisaron el cabo de San Vicente y el 11 por fin recalaban en la bahía de Cádiz.

    La duración del viaje fue de ocho meses y dos días, y entre las principales incidencias constaban dos muertes, una en el trayecto de ida y la otra en el periplo en el Estrecho y tres heridos de consideración, el comandante y dos marineros.

    Fue inestimable la aportación de datos geográficos que permitieron mejorar la navegación por lugar tan peligroso e intrincado.

    El epílogo del informe remitido por la Junta de Oficiales es el siguiente: “Se necesita coger un Puerto de la Patria después de ocho meses de ausencia, para saber estimar el placer de ver de nuevo a sus conciudadanos. El Comandante y Oficiales con la lisonjera satisfacción de no haber perdido sus trabajos y que de ellos pueda resultar algún bien, y el marinero con el gusto de saber alcanzar a resistirlos y vencerlos; y de esto puede servir esta expedición al Magallanes de completa prueba, manifestando hasta donde alcanza la constancia y robustez del marinero español”.

Conclusiones de la expedición

La irregularidad del tiempo en la zona, apareciendo el Sol en contadas ocasiones, lloviendo a diario y con unas temperaturas mucho más frías que las del hemisferio norte a latitud parecida.

Las diferencias geográficas entre la parte costera baja y llana y la montañosa y rocosa son profundas y evidentes.

El suelo de la parte baja es bastante desfavorable a cualquier tipo de vegetación, siendo muy escasas las plantas y casi inexistentes los árboles.

No fue visto ningún tipo de ganado de ganado vacuno durante los tres meses de estancia en la región. Los mamíferos presentes son los guanacos o llamas, que por ser parcos en comida y bebida se adaptan al clima y el suelo. Escasean las aves en las partes bajas. No hay peces ni mariscos.

Las faldas y los valles aparecen ocupados por un bosque espeso o cubiertos por una planta semejante al esparto, mientras que la montaña propiamente dicha está llena de árboles hasta algo más de la mitad de su altura. Entre las plantas destaca el apio silvestre y el mirtillo.

En la zona montañosa abundan las aves y abunda la pesca y los mariscos.

Los pobladores son escasos, dado el clima frío y húmedo y el suelo malo para la agricultura. Los pobladores del llano costero son los Patagones, en general más altos y robustos que los europeos; de vida errante, nómada, habitando el interior cerca de arroyos y lagunas; teniendo chozas por vivienda; su vestimenta consiste en una manta de pieles de llama o zorro y un pedazo de cuero liado a cada pie, aunque la mayoría van descalzos. Personas de carácter amable, confiadas, en absoluto envidiosas, sobrios, agradecidos, serviciales y felices en su ocio y reposo cotidianos. Los pobladores de la zona montañosa del Estrecho son menos, aunque pudieran ser más en la Tierra de Fuego; su nivel de civilización es mínimo y grande la suciedad que muestran encima y en sus chozas de forma circular; de estatura mediana y piel cetrina, visten una piel de lobo marino y calzan esporádicamente un pedazo de pellejo del mismo animal atado a la pierna como si fuera una bolsa; su principal alimento son los mariscos, cogidos en las playas; practicando el comercio con los naturales de la costa meridional y las islas del Fuego.

Reparto de funciones entre hombres y mujeres. Las mujeres recogen el marisco, la fruta y los alimentos familiares; se encargan de la provisión de leña y agua, de tener a punto la canoa, que ellas reman, y de criar y transportar a los hijos que cargan siempre a su espalda. Los hombres se cuidan de construir las canoas y las viviendas, de cazar, pescar y de fabricar las armas; suelen permanecer sentados o en cuclillas alrededor del fuego o tendidos en las playas, mientras las mujeres se afanan a conseguir el sustento de la familia. Carentes de curiosidad y ambición, su trato es dócil y sus actitudes pacíficas. Imposible entenderse en su idioma, de modo que no pudo saberse su forma de gobierno, de sociedad, sus costumbres, ritos y expectativas.

En consecuencia, abrir un establecimiento permanente en el Estrecho es muy dificultoso y problemático.

La expedición de Antonio de Córdoba y la fragata Santa María de la Cabeza no pudo inspeccionar convenientemente toda la región del Estrecho de Magallanes; por lo que el Gobierno español decidió culminar la tarea exploradora con una nueva expedición también al mando de Antonio de Córdoba.

    En octubre de 1788 zarparon de Cádiz los paquebotes Santa Casilda y Santa Eulalia, en los que embarcaron los marinos científicos Cosme Damián Churruca y Ciriaco Ceballos.

    El 29 de enero de 1789 arribaron al cabo Pilares, en la isla Desolación, límite occidental del Estrecho en la costa del Fuego, boca del océano Pacífico, depositando en el lugar un monumento conmemorativo de la hazaña. Esta travesía posibilitó el reconocimiento de los canales y accidentes costeros que habían quedado fuera del alcance en la primera expedición: se abría la navegación por el Estrecho y territorios adyacentes con cartas detalladas. El 13 de abril regresaron a Cádiz. El informe presentado a Carlos IV (recientemente fallecido su padre el rey Carlos III) era similar al redactado al finalizar el primer viaje, desaconsejando repoblar el Estrecho.

Antonio de Córdoba y Lasso de la Vega (algunas grafías escriben Córdova su apellido) nació en Sevilla el año 1540. Marino y científico, además de varios y meritorios servicios de guerra y vigilancia en la Armada, de la que llegó a ser Teniente general en 1802, son célebres sus expediciones al Estrecho de Magallanes y la Patagonia y su descripción del platino, metal descubierto en 1735 por Antonio de Ulloa, otro ilustre marino de la Real Armada y científico. Lleva su nombre la península Córdoba (o Córdova) en la isla Santa Inés, situada al Suroeste del paso del Estrecho de Magallanes.

Artículos complementarios

    Mar de Hoces

    La doble travesía del estrecho de Magallanes

    Expediciones a la Patagonia en el siglo XVIII

    Exploraciones australes de Pedro Sarmiento de Gamboa

    Dionisio Alcalá Galiano

    Cosme Damián Churruca

    Antonio de Ulloa

Exploraciones a Patagonia en el siglo XVIII. Juan José de Elizalde, Domingo Perler y Ramón de Clairac

El Imperio en Sudamérica: El redescubrimiento

del extremo sur de América

A principios del siglo XVIII, las costas de la Patagonia recibían las frecuentes visitas de numerosos buques extranjeros, en especial ingleses, en busca de materias primas de origen animal como la piel y grasa de lobo marino.

    La ausencia de enclaves civiles y militares fijos españoles en la zona del Estrecho de Magallanes y la Tierra de Fuego, unido al desinterés de los nativos por la explotación de estos recursos codiciados por los europeos, perjudicaba a los intereses de España.

    En aras de asegurar el territorio de la América meridional, la Corona española patrocinó durante el siglo XVIII expediciones de carácter combinado científico y militar, precursoras de las posteriores comisiones hidrográficas. Una pionera fue la de José Pizarro entre 1740 y 1745; una aventura malograda que obligó a embarcar a oficiales avezados y a una importante inversión en medios científicos.

    La primera de esta nueva época fue la expedición al meridión del Río de la Plata protagonizada por los jesuitas Cardiel, Strobel y Quiroga, entre 1745 y 1746, destinada a favorecer la colonización de la zona y su defensa de las agresiones británicas. A continuación se organizaron otras expediciones de carácter estrictamente comercial enfocadas a las pesquerías y salazones, promovidas por el funcionario virreinal y armador Domingo Basavilbaso en viajes realizados entre 1752 y 1754.

    Pero el objetivo fundamental era el de conseguir un puerto de recalada en la costa del estrecho de Magallanes a modo de refugio para los barcos que no pudieran doblar el cabo de Hornos.

En 1767 zarpó de Montevideo el jabeque Andaluz al mando del capitán de fragata Domingo Perler Rabasquino, nacido en Alicante el año 1724, con la misión de reconocer la costa patagónica y levantar los planos hasta el estrecho de Magallanes y las islas Malvinas.

    En la primera etapa de su travesía llegó a la desembocadura del río Colorado, al golfo de San Matías y al cabo de Santa Elena, y prosiguió tocando en la bahía de Camarones, la de San Gregorio y los cabos Blanco y Tres Puntas, hasta arribar a Puerto Deseado. En la segunda etapa la derrota siguió rumbo sur hacia los cabos Vírgenes y Espíritu Santo, y desde aquí viró rumbo este hasta las islas Malvinas; regresando al año siguiente de su partida.

Otras exploraciones por la región fueron las de Manuel Pando, en 1768 y 1769, las de Francisco Gil y Lemos y José de Goicoechea, que precedieron a la de los superintendentes Juan de la Piedra y Francisco Viedma. La expedición de éstos supuso la preparación para fundar núcleos urbanos como el de Carmen de los Patagones, en Río Negro, y por ende para la sólida colonización regional desarrollada en 1778.

El antiguo gobernador de las islas Malvinas, Ramón de Clairac, nacido el año 1748 en la localidad tarraconense de Torredembarra, en 1789 protagonizó una expedición con objeto de averiguar los movimientos de los navíos extranjeros que cazaban lobos marinos y ballenas. Además, debía continuar la tarea geográfica e hidrográfica de las anteriores exploraciones, logrando la inspección y definición cartográfica de Puerto Deseado.

La expedición que llevó a cabo el teniente de navío Juan José de Elizalde, al mando de la corbeta San Pío y acompañado del piloto José de la Peña en el bergantín Nuestra Señora del Carmen, zarpó del apostadero de Montevideo a finales de 1791.

    Tras varios meses de navegación acopiando informaciones sobre la presencia extranjera, dirigieron la actividad hacia el siguiente objetivo que era la Tierra de Fuego, donde prosiguieron los trabajos hidrográficos y la relación con los nativos. Se confirmó la ausencia de asentamientos extranjeros en la zona a la par que fueron estudiando los lugares adecuados para las fundaciones españolas que se pretendía establecer, especialmente en la isla de los Estados; mejorando los mapas existentes de la región.

Artículos complementarios

    El Mar de Hoces

    El descubrimiento del estrecho de la Madre de Dios

    La doble travesía del estrecho de Magallanes

    El control del estrecho de Magallanes