La sensibilidad musical española. Enrique Granados

 

Nacido en Lérida el año 1867, Enrique Joaquín Granados Campiña junto con Isaac Albéniz es el iniciador de la moderna escuela de música nacional española, que más tarde Manuel de Falla llevó a su culminación. Romántico tardío, virtuoso del piano, compositor y pianista, cultiva una música refinada, intimista y brillante.

    La temprana afición musical de Granados fue atendida por el músico militar José Junceda, posteriormente ingresó en la Escolanía de la Merced de Barcelona, al trasladarse a esta ciudad con su familia. Con Juan Bautista Pujol estudió piano y con el reputado maestro Felipe Pedrell composición.

    La educación musical de Granados se vio apoyada e impulsado por mecenas de la ciudad condal: a los 13 y 16 años ganó sendos premios de piano, además de actuar en salas de Barcelona. Dio su primer concierto en 1886.

    Unas vez en París, donde fue a estudiar, recibió clases del pianista Charles Bériot y conoció al pianista español Ricardo Viñes. De regreso a Barcelona en 1889, empezó a componer y a dar clases de piano; un año después dio un gran concierto presentando obras propias.

 

En 1898 hizo su primera aparición en la escena teatral con la zarzuela María del Carmen, estrenada en Madrid; gracias al éxito de esta obra recibió la Cruz de Carlos III. En su breve etapa madrileña, Granados proliferó hacia ella homenajes y referencias.

    En 1900 concluye las Doce danzas españolas que recibieron el elogio de sus principales contemporáneos en toda Europa. Con idéntico carácter, son también sus Seis piezas sobre cantos populares españoles.

    Afincado en Barcelona, se prodigó en actuaciones al piano, compartiendo en algunas escenario con músicos e instrumentistas ilustres.

    El 1901 fundó la Academia Granados, dirigido tras su muerte en el mar intentado salvar a su esposa después de haber sido torpedeado el barco en el que viajaban en marzo de 1916, por su discípulo Frank Marshall.

 

Granados supo mantener un espléndido nivel creativo en su doble condición de intérprete y compositor, dando a conocer obras de su autoría enraizadas en la sensibilidad musical española. En 1911 presentó la suite para piano Goyescas, mientras sus Tonadillas triunfaban en París. En ambas obras, Granados expresa su admiración a Goya y su asunción del nacionalismo artístico.

    Las Tonadillas es la obra más característica de la música vocal de Granados, que eligió la voz humana como el instrumento preferido de expresión después del piano.

    Entre sus piezas marcadamente románticas destacamos los Valses poéticos (en un principio titulados Valses de amor, dedicadas a su amigo el pianista y compositor de la Serenata española Joaquín Malats) y las Escenas románticas, de la que Pelele es la más recordada.

 

Granados 2

Enrique Granados

Imagen de http://www.melomanodigital.com

 

Goyescas, la ópera concebida a partir de las páginas musicales del mismo título, fue estrenada en el Metropolitan de Nueva York en 1916 al no poder serlo en la Ópera de París por la guerra. En esta ópera Granados pone de relieve su capacidad para elevar la categoría de la música dramática española, y es su obra orquestal más conocida. Su estancia en Estados Unidos se prolongó debido al éxito de esta ópera, de suerte que no paró de recibir homenajes e invitaciones, una de ellas a la Casa Blanca.

 

 

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La guitarra de concierto. Andrés Segovia

 

El jienense de Linares, Andrés Segovia Torres, se propuso en su juventud elevar al más alto nivel artístico la guitarra española. Siempre con este deseo por faro y bandera, dedicó todo su talento y energía a dotar de un repertorio de calidad a la guitarra; la dio a conocer en salas de concierto de todo el mundo y con su constante influencia logró que conservatorios y academias incluyesen el estudio de la guitarra española en sus programas.

    Tenía un exquisito sentido del ritmo y del estilo y sus interpretaciones eran de una extraordinaria intensidad creativa.

A los nueve años se traslada con su familia a Granada, y desde ese momento, en solitario, comienza a estudiar la técnica de la interpretación de la guitarra española.

    Nacido en 1893, en 1908 ofrece su primer concierto como solista de guitarra en el Centro Artístico de Granada, con gran éxito. Con este refrendo en 1913 se presentó en el Ateneo de Madrid y tres años después en el Palau de la Música de Barcelona, ambas actuaciones coronadas de éxito.

    Es el despegue para su carrera internacional, cuyo debut tuvo lugar en 1924 y en París, para seguir cuatro años después en Nueva York y al siguiente en Japón.

En paralelo a su actividad concertista, Andrés Segovia fue elaborando un repertorio de música culta para la guitarra, antes aislada en el ámbito popular y del flamenco, transcribiendo obras de laúd y vihuela españolas del siglo XVI, recuperando la obra de los maestros clásicos de la guitarra como Fernando Sors, Dionisio Aguado, Mauro Giuliani y Francisco Tárrega, y asimismo transcribiendo obras de compositores universales como J. S. Bach, Haendel, Haydn, Mozart, Chopin y Schumann.

    Sus primeros arreglos para guitarra española datan de 1917, y a raíz del arte y la reputación que lo adornaban, Andrés Segovia atrajo la atención de numerosos compositores.

    Federico Moreno Torroba, a sugerencia de Segovia, escribió para él la primera pieza sinfónica concebida para guitarra, titulada Suite castellana, de 1922; y luego Sonatina y Castillos de España. Aparecieron a continuación el Concierto del Sur, de Manuel Ponce en 1939; el Concierto en re, de Mario Castelnuovo-Tedesco; el Concierto para guitarra y orquesta, de Heitor Villa-Lobos, en 1951; y la Fantasía para un gentilhombre, de Joaquín Rodrigo, en 1954.

    Junto a estos compositores figuran como escritores de piezas para guitarra interpretada por Segovia, Manuel de Falla, Joaquín Turina, Joan Manén, Óscar Esplá, Federico Mompou, Albert Roussel, Darius Milhaud, Carlos Pedrell y Antonio Lauro, entre otros.

Destacadas las facetas de intérprete, arreglista y divulgador del repertorio de la guitarra, no lo es menos la de docente, impartiendo sus enseñanzas por todo el mundo. Durante años, a partir de 1945, ejerció la enseñanza en la Academia Chigiana de Siena, cursos en Santiago de Compostela desde 1958 y posteriormente en la californiana Universidad de Berkeley.

    Varias veces condecorado, fue nombrado doctor honoris causa por las Universidades de Granada, Madrid y Oxford; y el rey de España, Juan Carlos I, le concedió el título de Marqués de Salobreña.

 

Segovia

Andrés Segovia

Imagen de Camera Press/Zardoya

 

 

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La primera mujer miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Teresa Berganza

 

Su magnífico timbre de voz, unido a su musicalidad y las dotes interpretativas que le adornan, hacen de la madrileña Teresa Berganza Vargas, nacida en 1935, una de las más brillantes y genuinas intérpretes de ópera y lied en el mundo.

    La calidad musical de Teresa Berganza se fundamenta en una sólida formación académica, iniciada en el Conservatorio de Madrid donde recibió lecciones de canto, piano, órgano, armonía y composición. Con dotes extraordinarias para la ejecución pianística y el canto, se decidió por este último, pasando a ser alumna de Lola Rodríguez Aragón, que fuera alumna de Elisabeth Schumann.

    En 1954 ganó el premio de canto concedido por el Conservatorio, y al año siguiente dio su primer concierto en Madrid.

    A partir de 1957, año en el que debuta en el festival francés de Aix-en-Provence, en el papel de Dorabella, en la ópera Cosi fan tutte, de Mozart, empieza una carrera internacional pronto jalonada por el éxito. Desde sus comienzos Teresa Berganza, segura de su voluntad, aptitud y cualidades, eligió para interpretar papeles de gran exigencia técnica en los que continuamente, como mezzosoprano, demostró su valía.

    Durante la temporada de 1957-58 se presentó en el teatro de La Scala de Milán con el papel de Isolier en Le comte Ory, de Rossini. Ese mismo 1958 debutó en Gran Bretaña, en Glyndebourne, interpretando a Cherubino en Las Bodas de Figaro, de Mozart y en Estados Unidos, en Dallas, para cantar los papeles de Isabela, en L’italiana en Algeri, de Rossini, y de Neris, en Medea, de Cherubini, junto a la diva María Callas. Su estreno como recitalista tuvo lugar en el Carnegie Hall de Nueva York en 1964. Y ha actuado en la versión cinematográfica de Don Giovanni, de Mozart, dirigida por Joseph Losey en 1979.

    Lanzado internacionalmente su prestigio, ha cantado en los principales teatros del mundo, siendo sus más destacadas interpretaciones en el repertorio de óperas de Rossini, Mozart y Bizet.

    Teresa Berganza es, también, una excepcional intérprete de canciones, abarcando con especial delicadeza músicas de los siglos XVII y XVIII, y, por supuesto, de la Zarzuela, música, textos y personajes en escena genuinamente españoles, que paseo orgullosa y espléndidamente por los grandes escenarios internacionales; además de una completa muestra de piezas populares españolas de autores anónimos y consagrados como Manuel de Falla, Isaac Albéniz, Enrique Granados o Xavier Montsalvatge, entre otros.

 

Berganza

Teresa Berganza

Imagen de http://sinalefa2.wordpress.com

 

Premio Príncipe de Asturias en 1991, en 1994 fue elegida miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, siendo la primera mujer en conseguir esta distinción. Profesora titular de la Cátedra de Canto en la Escuela Superior de Música Reina Sofía, ofrece su magisterio en clases por todo el mundo y tiene dedicado un conservatorio con su nombre en la capital de España.

 

 

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Culmen del nacionalismo musical. Manuel de Falla

 

Culmen en España del nacionalismo musical, Manuel de Falla, continúa la recuperación para la música culta de las formas y el espíritu del folclore español tradicional, iniciada por Isaac Albéniz y Enrique Granados a instancias de Felipe Pedrell, que fue el precursor.

 

Manuel de Falla

Manuel de Falla

Imagen de http://www.tuescueladeespanol.es

 

Manuel de Falla y Matheu nace en Cádiz el año 1876 con ascendientes directos vinculados a la música culta, cantantes e intérpretes de ópera y obras de Beethoven y Chopin que acompañan su introvertida infancia. Tampoco le faltaron en su ciudad natal profesores, músicos de prestigio, como el violoncelista Salvador Viniegra, y otros aficionados que le proporcionaron una instrucción suficiente para que sintiera el aliento que le condujo firmemente desde entonces por ese derrotero. Pronto surgieron sus primeras composiciones que interpretaba al piano, en ocasiones acompañado por su madre, y nuevas a continuación que evidenciaban el talento del joven Falla.

A los 17 años, en 1893, Manuel de Falla decide que la música va a ser su vida.

    En plena adolescencia, viaja repetidamente a Madrid para estudiar con José Tragó, el mejor pianista español de la época. Completó en dos años los siete cursos exigidos por el Real Conservatorio de Música y Declamación, obteniendo el primer premio de piano.

    Finalizado este periodo de aprendizaje retoma la composición con una melodía para violoncelo y piano, una serenata y cinco obras de zarzuela, dos de ellas en colaboración con Amadeo Vives, de las cuales es La casa de tócame Roque, de 1900, la que más agrada al autor.

    En 1901, y durante dos años, Manuel de Falla acude como alumno al magisterio de Felipe Pedrell, quien le revela la tradición de los polifonistas españoles del siglo XVII y le transmite la necesidad de crear una escuela de música nacional española.

    Al cabo de esta experiencia docente, compone su primera gran obra, La vida breve, fechada en 1904, ópera en dos actos con libreto de Carlos Fernández Shaw con la que participa y gana el concurso de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; y también participa y gana el premio de piano Ortiz y Cussó, ambos en 1905. Pero hasta noviembre de 1914 no se estrenó la ópera en el Teatro de la Zarzuela de Madrid.

 

Una compañía de mimo en gira por Europa le contrata y así llega a París en 1907; y avalado por Dukas, a quien impresiona La vida breve, se queda y aprende de tan reputado maestro. Pronto conoce a Fauré, a Debussy, que alaba la obra de Falla, y a su compatriota Albéniz, que fallece en 1909.

    También conoce al pianista Ricardo Viñes, gran intérprete de Debussy y Ravel, en cuya obra descubre su carácter típicamente español “logrado por el libre empleo de las sustancias rítmicas, modal-melódicas y ornamentales de nuestra lírica popular”.

    En París los apuros no remiten y su salud se deteriora, lo que no obsta para que a base de impartir clases y traducciones consiga salir adelante y publicar las Cuatro canciones españolas; composición que ya tenía avanzada antes de abandonar Madrid y que gracias a una beca concedida por el rey Alfonso XIII pudo concluir y estrenar en París en 1909 y en Madrid en 1912.

    Por fin estrena La vida breve, primero en Niza, en abril de 1913, y luego en París, en enero de 1914. Un resumen de la crítica sobre la ópera expresa: “La impresión de la tierra de España, el sentimiento del paisaje, del cielo, del día, de la hora, envuelven en todo momento la acción y los personajes como una atmósfera sutil. Ningún exceso de color, ninguna búsqueda del efecto brutal, fina sobriedad, matices delicados y precisos, discreción, selección y buen gusto”.

    El estallido de la Gran Guerra marca su retorno a España.

Instalado en Madrid, culmina su obra Siete canciones populares españolas que estrena en enero de 1915 en la capital de España; de la que Strauss dijo que por ellas merecía Falla pasar a la historia de la gran música.

    Tres meses después se representa en el Teatro Lara de Madrid El amor brujo; luego en Barcelona, cosechando mejores críticas. Permanece un tiempo en Sitges, acogido por el pintor Santiago Rusiñol, y en esa localidad completa Noches en los jardines de España, suite de tres nocturnos para orquesta y  piano solista, dedicada al pianista Ricardo Viñes, cuyo estreno tuvo lugar en el Teatro Real de Madrid en 1916.

    Por esta época, Diaghilev, que en diversas ocasiones había pedido a Falla una obra para sus Ballets Rusos, alcanza un acuerdo de composición para adaptar El sombrero de tres picos, ballet estrenado en 1919 en el Alhambra Theatre de Londres (que Falla posteriormente completa con dos suites, la número y la número 2, ambas de 1921), en una versión mímica titulada El corregidor y la molinera, estrenada primero en Madrid en 1917, bajo la dirección de Joaquín Turina, y posteriormente, con Diaghilev, en Londres, el año 1919.

 

Tras la muerte de sus padres Falla se instala en Granada. Trabaja en dos encargos: uno del pianista Arthur Rubinstein, Fantasía bética, de 1919; el otro una ópera para representar en el teatro de títeres de la princesa de Polignac, El retablo de Maese Pedro, entre 1919-1922, inspirada en los capítulos 25 y 26 de la segunda parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, donde se cuenta la historia de Melisendra.

    Con estas obras Falla consigue un ascenso nacional a su música y se adentra en un camino de mayor rigor, tensión y despojamiento expresivo, en busca de una música de valores más universales.

    En 1922 compuso por encargo del diplomático Ricardo Baeza, Canto de los remeros del Volga, en homenaje a los refugiados rusos huidos del sistema comunista; en 1926 el Concierto para clavecín y orquesta de cámara, obra de extraordinaria profundidad y ascetismo; y en 1927 compuso Soneto a Córdoba para la conmemoración del tercer centenario de Luis de Góngora y El gran teatro del mundo para la representación en Granada del auto sacramental de Calderón de la Barca.

 

Con la salud delicada, pero aún animoso, emprende viaje a Argentina invitado por el Instituto Cultural Español de Buenos Aires, para el concierto conmemorativo del vigésimo quinto aniversario de la fundación de la entidad. Al que siguieron más y con tal éxito que decide prolongar su estancia ultramarina; hasta que le sorprende la muerte en 1946.

El discípulo más destacado de Manuel de Falla es Ernesto Halffter, que terminó la obra La Atlántida, última e inacabada de Manuel de Falla, estrenada en el Liceo de Barcelona en 1961.

 

Entre sus títulos y reconocimientos figuran el de académico de honor de la Real Academia Hispano-Americana de Ciencias y de las Artes de Cádiz, académico numerario de la Real Academia de Bellas Artes de Granada, miembro de The Hispanic Society of America, vocal de la Junta Nacional de Música de España, Caballero de la Orden de Alfonso X el Sabio y el de hijo predilecto de la Iglesia.

 

 

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El mejor científico de su tiempo. Jerónimo de Ayanz

 

La invención de la máquina de vapor

2 de agosto de 1602

 

El Siglo de Oro español ofreció al mundo más que excelsa literatura e ilustres pensadores y juristas. También la ciencia y la tecnología brillaron con áureo prestigio, aunque muy poco reconocido y aún menos ponderado, y entre los científicos cabe destacar, siendo protagonista del presente artículo, el ingeniero, músico, artista, matemático, arquitecto, militar, cosmógrafo e inventor, por no seguir citando habilidades, Jerónimo de Ayanz y Beaumont, un auténtico hombre del Renacimiento que, proporcionalmente, presentó más inventos que Leonardo Da Vinci (y Galileo Galilei, otros de los eminentes coetáneos del español) en un mismo periodo de tiempo; con la significativa diferencia de que Ayanz consiguió entre 1598 y 1602, su época fecunda, que funcionaran todas las máquinas y todos los avances tecnológicos de su invención, pues no se trataba sólo de imaginaciones en boceto o proyectos nunca completamente desarrollados. Justificadamente así lo expone, entre otros estudiosos de tan insigne personaje, Nicolás García Tapia, profesor doctor de la Universidad Politécnica de Valladolid, añadiendo que a lo largo del Siglo de Oro “es en la técnica y en la ingeniería donde España dio sus mejores frutos, cosa lógica, ya que un imperio no puede sustentarse sin buenos ingenieros e inventores”. Prueba de ello es que la primera patente española es de 1478, pocos años después de la primera italiana (otorgada en la República de Venecia el año 1474) y casi un siglo anterior a las primeras del resto de Europa; “desde entonces, numerosos inventores españoles obtuvieron de los reyes privilegios por invención que llegaron a alcanzar una gran importancia en el desarrollo tecnológico de los territorios que formaban la monarquía hispánica”.

 

Jerónimo de Ayanz y Beaumont nació en Guenduláin, antiguo señorío de Navarra, en 1553. Habiendo recibido desde niño una excelente formación, muy completa y variada, unido a su innata disposición al conocimiento y con extraordinarias dotes para la inventiva, consiguió poner en práctica cuantas ideas le surgieron.

    Su vida en la corte española de Felipe II, en calidad de paje del monarca, le supuso recibir enseñanzas de los maestros más destacados de la época, además de relacionarse con familias de alta influencia nacional. Joven, robusto, vitalista y grandemente dotado para el aprendizaje, prosperó en los estudios de latín, matemáticas y música, en los de náutica, astronomía, ingeniería y arquitectura, y pudo convivir observando sus trabajos con el arquitecto Juan de Herrera y el ingeniero Pedro Juan de Lastanosa.

    Su faceta militar es tan destacada como la de científico e inventor; participando con sobresaliente proceder en Flandes, Túnez, Portugal, las islas Terceras (Azores) y La Coruña, además de abortar una conjura francesa para asesinar en Lisboa al rey Felipe II. Y no menos relevantes son sus cargos políticos, como el de regidor de Murcia, en 1587, y el de gobernador de Martos, en 1595; lugares donde su estancia posibilitó un gran impulso a las obras públicas, a la agricultura y la ganadería.

 

Fallecido Felipe II, su heredero y sucesor Felipe III también le responsabilizó en tareas máximas, tal y como la de Administrador General de las Minas del Reino de España. Dado su conocimiento y su capacidad innovadora, Jerónimo de Ayanz aportó soluciones teóricas y prácticas que se convirtieron en avances científicos de inspirada tecnología que hasta pasados dos siglos no volverían a asomarse a la vida cotidiana.

     En 1599, Ayanz envió realizó un memorial destinado a Felipe III explicando los problemas del sector metalúrgico y proponiendo sus respectivas soluciones en cuestiones como la poca iniciativa privada, una mano de obra costosa, los impuestos excesivos, la legislación caótica y corrupta, la deficiente preparación de técnicos, las malas infraestructuras, los conocimientos anticuados o la incorrecta explotación de las minas.

Cumplida a satisfacción su tarea como Administrador General de Minas, ya motivado por otras experiencias, desde 1608 se dedicó a la explotación privada de un yacimiento de oro próximo a El Escorial, y en 1611 a la recuperación de las minas de plata de Guadalcanal, en Sevilla, allá donde habíase aplicado por primera vez en el mundo una máquina de vapor. Hasta que falleció en 1613. Sus restos se trasladaron a Murcia y posteriormente fueron inhumados en su catedral.

Ayanz

Jerónimo de Ayanz

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Inventos y patentes

Entre 1598 y 1606, Jerónimo de Ayanz solicitó y consiguió 48 privilegios de invención, las actuales patentes, en los ámbitos de la ciencia y la tecnología, como así consta en un documento firmado por el rey Felipe III, fechado el 1 de septiembre de 1606. En él se recoge la invención de un prototipo de máquina de vapor para el desagüe de las minas (ingenio que supuso la primera aplicación práctica del principio de la presión atmosférica, ley que sería determinada científicamente medio siglo después por Otto von Guericke y Denis Papin, quienes se llevaron la fama) y un sistema de ventilación a ellas aplicable para la renovación del aire (génesis mecánica del aire acondicionado al que incorporó una fragancia), la mejora en la funcionalidad de los instrumentos científicos de uso habitual (balanzas de precisión, hornos muy variados, máquinas capaces de realizar múltiples operaciones industriales hasta entonces desconocidas), el desarrollo de molinos de viento, destiladores de agua, aparatos de medida y nuevos tipos de hornos de fundición para operaciones metalúrgicas industriales, militares y domésticas (cuya principal característica es el aprovechamiento del calor desprendido por la combustión); creó una máquina de vapor, ideó una campana de buceo y diseñó un submarino.

 

La máquina de vapor

El empleo de la fuerza del vapor es una muestra extraordinaria del talento de Ayanz, y el anticipo de la revolución industrial de finales del XVIII. La máquina por él ideada en 1606, consistía en una caldera donde se calentaba el agua acumulada de la mina, requerida de extracción, transformándola en vapor de agua; la presión del vapor elevaba el agua al exterior en flujo continuo a través de una tubería. Casi cien años después, Thomas Savery patentó una máquina de vapor a partir del principio formulado y aplicado por Ayanz; y transcurrido un siglo James Watts quiso atribuirse la invención de la máquina de vapor. Otra fama perdida por los españoles.

 

El traje de buzo

Es creación de Jerónimo de Ayanz el primer traje de buzo operativo. La demostración de su pertinencia y validez tuvo lugar en las aguas del río Pisuerga que bañan la ciudad de Valladolid el 2 de agosto de 1602, ante el rey Felipe III y un nutrido cortejo de testigos palaciegos. La inmersión de Ayanz alcanzó la profundidad de tres metros y se prolongó más de una hora, interviniendo el monarca para finalizar la prueba en ese momento.

    El aire al buzo se le suministraba en su campana desde el exterior, tierra firme, plataforma marina o embarcación, por medio de tuberías flexibles. Pero si la decisión del buzo en la inmersión era autónoma, se les proveía de vejigas de aire y fuelles que ellos mismos accionaban con sus brazos.

 

El submarino

Motivado por la investigación subacuática, diseñó un precedente de submarino, nave sumergible para viajar bajo el agua, que denominó barca submarina, construido con madera calafateada que impermeabilizó con el recubrimiento de un lienzo pintado en aceite.

    El sumergible era un modelo realmente funcional, impermeable, de cerrado hermético, contaba con un sistema de renovación de aire, contrapesos para subir y bajar, ventanas de gruesos cristales e incluso remos para el desplazamiento. Y para completar su utilidad, disponía de unas pinzas a modo de guantes extensibles para recoger objetos desde el interior de la nave, a semejanza del procedimiento en laboratorio para la manipulación de sustancias radiactivas dentro de un recipiente hermético.

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El continuo tránsito de navíos por los mares y los océanos llevando personas y mercancías, especialmente la ruta americana, exigía respuestas inmediatas a los problemas de carestía surgidos en todo momento.

    Jerónimo de Ayanz inventó un destilador que proporcionaba agua potable para consumo de los marineros a partir del agua salada, sistema al que añadió una suspensión, en la actualidad denominada Cardan para evitar que el mecanismo se desplazase a causa del movimiento del barco.

    También en el campo náutico elaboró un informe sobre la aguja de marear, la brújula, y la declinación magnética.

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La molienda del grano, actividad básica en el proceso alimentario, fue otra gran aportación; comprobó que las piedras de moler con forma cónica y los molinos de rodillos metálicos, eran más eficaces, al punto que se utilizaron siglos después en la industria harinera.

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Sus conocimientos de física y de mecánica le permitieron innovar el mecanismo de transformación del movimiento anticipando en siglo y medio el concepto de par motor (momento de fuerza que ejerce un motor sobre el eje de transmisión de potencia).

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Abundando en el campo de la mecánica aplicada a la arquitectura y la ingeniería, mejoró las bombas de riego de uso en los sistemas hidráulicos, diseñó un sifón capaz de drenar las minas más profundas, una bomba hidráulica para achicar el agua de los barcos y diferentes tipos de molinos y de presas (una todavía hoy en uso), y planteó la estructura de forma de arco para las presas de los embalses.

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Hombre práctico, de experiencia, ciencia y conciencia, tales fueron los calificativos con que la Corona española y aquellas personalidades destinadas a elegir los cargos de mayor valía para desempeñar los cometidos más exigentes, honraron a Jerónimo de Ayanz, el más grande científico de su tiempo.

    Sus inventos fueron mostrados con prototipos, algo inusual, por completo novedoso y didáctico, para que pudieran ser examinados y puestos a prueba; y todos ellos se sustentaban en principios científicos y no sólo en mecanismos de indudable ingenio fruto del empirismo.

    Los planos del medio centenar de inventos que cuenta su trayectoria quedan depositados en el Archivo General de Simancas, y a ellos corresponde el testimonio de haber conquistado metas, es decir, avances tecnológicos, que se vieron aplicados en el siglo XIX; su anticipación merece el absoluto reconocimiento del orbe científico.

 

 

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