De la marisma a la pradera: El caballo en el Nuevo Mundo

El Imperio en América: La llegada del caballo

 

La fecha del 23 de mayo de 1493, reciente el final de la Reconquista y aún más la llegada al Nuevo Mundo en Occidente, marca documentalmente el inicio de la historia del caballo en América; una historia en la que tuvo protagonismo decisivo. Los Reyes Católicos dispusieron el envío de veinte caballos y cinco yeguas al Nuevo Mundo embarcados en las naos de la segunda expedición, o viaje, del almirante Cristóbal Colón.

    Estos primeros caballos llegaron a la isla La Española (Santo Domingo); y en ella, una vez aclimatados, se establecieron las cabañas y remontas que fueron suministrando ejemplares al resto de las posesiones y territorios en descubierta y por explorar y colonizar.

    Posteriormente, desde Cuba los trasladó Hernán Cortés a Nueva España; y luego Juan de Oñate, en su expedición para trazar el Camino Real de Tierra Adentro, los introdujo en la actual Norteamérica por Nuevo México. Ya en las Antillas y en Centroamérica, Francisco Pizarro los condujo de Jamaica al Perú, y Pedro de Valdivia los dispuso para su expedición a Chile de donde pasarían a Argentina, Pedro de Mendoza los llevó al Río de la Plata y Álvar Núñez Cabeza de Vaca al Paraguay.

    Los españoles en el Nuevo Mundo utilizaron el caballo como el principal medio de transporte y una poderosa arma de intimidación a los nativos.

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Raza de caballo Mesteño

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La civilización ecuestre en Norteamérica. La herencia española

Los caballos que introdujo Hernán Cortés en el virreinato de Nueva España a continuación, a medida que el territorio se descubría, evangelizaba y colonizaba,  transformaron el paisaje y las costumbres del virreinato y del Suroeste de la gigantesca nación que es hoy Estados Unidos de Norteamérica.

    La procedencia de estos caballos pioneros era andaluza, concretamente de las marismas del río Guadalquivir: el llamado caballo de retuerta de la marisma, equinos de poca alzada, resistentes y adaptados al trabajo en las planicies.

    La adopción del caballo en las actividades diarias de los pueblos nativos del Suroeste norteamericano tuvo lugar progresivamente, a imitación de los rancheros españoles asentados en Nuevo México, y cuando les fue posible adquirirlos, domarlos y montarlos.

    La similitud de los ecosistemas había posibilitado que los colonos españoles reprodujeran en esas parameras y praderías el sistema ganadero de las marismas, en el que destacaba el caballo como ayuda decisiva en toda labor. De tal modo que el caballo fue imponiéndose como instrumento para el manejo de las reses; asimismo fue empleado para la caza con lanza del bisonte o cíbolo, tradición heredada del alanceo del jabalí.

    A lomos del caballo se forjó la personalidad y leyenda del vaquero, también legado cultural del campo andaluz. Eran sus elementos característicos: la silla de montar española, diseñada para largas y cómodas montadas; el vestuario, que incluye los zahones, el sombrero de ala ancha, la chaqueta corta o las espuelas grandes; y los arreos del caballo, fabricados en cuero. Señala el historiador Borja Cardelús (La huella de España y de la cultura hispana en los Estados Unidos y Luces de la Cultura Hispana, dos obras de referencia) que “el vaquero norteamericano fue equivalente al gaucho de la Pampa, al charro mexicano, al llanero venezolano y al huaso chileno, todos descendientes de sus ancestros andaluces”.

    Los indios del Nuevo Mundo eran nómadas y cazadores a pie, y una vez superado su temor a los caballos, obtuvieron de ellos inmensos beneficios. Los primeros ejemplares que dominaron fueron los montaraces (cimarrones), escapados a los montes, a los que denominaron mesteños, en español, y Mustang en inglés.

    Y no sólo los indios se apropiaron de tan útil e imponente animal. Los ingleses y franceses que llegaban desde el Este del continente, agricultores y por entonces nómadas peones, descubrieron enseguida las ventajas del caballo. Con el tiempo el cine y la literatura mitificaron al cow boy del far west, en realidad copias desplazadas de lugar de los rancheros españoles.

Retuerta

Caballos de retuerta

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Artículos complementarios

    El testamento de Isabel la Católica

    El legado jurídico español

    Lo que el mundo debe a España

    Quemar las naves

    Los trece de la fama

    El Camino Real de Tierra Adentro

Semblanza del rey y emperador Carlos I

 

Nieto de los Reyes Católicos, hijo de la reina Juana I de Castilla y de Felipe I de Castilla, apodado el Hermoso, Carlos I de España y V de Alemania (del Sacro Imperio Germánico, en titulación real), fue antes de llegar a España un joven reflexivo, de condición tímida, poco expresivo y tampoco expansivo, de naturaleza impasible, aspecto bonachón y de hablar prudente. Su más destacada cualidad entonces, y después, figura estelar en todo el orbe, era su extraordinaria voluntad, y con ella un acentuado sentido del deber y de la responsabilidad; y la siempre presente misión de defender la religión católica.

    Dado al ejercicio, demostró habilidad y fortaleza en los juegos y torneos; buen cazador, esgrimidor y jinete, resultan estas facetas el contrapunto a su apariencia. Por una parte tristón y melancólico y en el envés, alternando con el anverso, alegre y vital: una personalidad compleja y rica en matices. Una personalidad forjada entre la época medieval y la renacentista, probablemente mejor identificado con aquélla que con la que le tocó vivir, pues, a modo de caballero andante, revelaba un elevado concepto de la grandeza y una inmarcesible idea del honor y de la perpetuación gloriosa, en tanto heroica, de su memoria. Era valiente al extremo de la temeridad, sin importarle el riesgo de muerte.

    Estudió aplicadamente matemáticas, geografía, astronomía e historia, su asignatura favorita. Tuvo pasión por la música, igual que las tendrá su hijo Felipe, tocando la espinela y el órgano, para el que llegó a componer, y su voz era tan buena como su oído. No era ducho en lenguas, a pesar de tener que lidiar con varias a un tiempo, resignado a conocerlas y a mejor comunicarse con ellas. Siguió cursos de Cosmografías con Alonso de Santa Cruz, entendió de cartografías y lectura de mapas, y ya como rey y emperador mostró gran interés por los asuntos de la milicia. Con los años fue suprimiendo lo elemental por lo trascendental en favor del espíritu religioso.

    En Carlos latía un corazón valeroso que con la evolución de su carácter templó en la juventud y alentó en la madurez. Fue notable su amor a la justicia, tenido por sus contemporáneos como el mejor juez y el mejor alcalde (rasgos que asimismo calificaron popularmente a su hijo Felipe). Era riguroso en la exigencia y el ejemplo, y amigo de las negociaciones y estar en deliberación con sus Consejos. Obstinado, aunque flexible si el argumento pesaba mucho, pero nunca arrogante ni soberbio, fuera cual fuese su motivo de orgullo.

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Carlos I

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Carlos iba cambiando a medida que se convertía en español. La aportación de los otrora reinos de Castilla y Aragón le ofrecían amplios horizontes mediterráneos, en la península itálica, en el Norte y Oeste de África y en el Nuevo Mundo americano. En el momento que Carlos fue I de España empezó a saber tomar decisiones independientes.

    Concienciado de su encomienda terrenal como rey y emperador, ya en su juventud era un soberano impenetrable; y fue en pos del honor y de la gloria en cuanto adquirió conciencia de su poder. Se le amaba y se le temía a distancia, separado del mundo por sus obligaciones y carácter.

    Carlos, en suma, era un rey guerrero que pasaba muchas horas reunido con los Consejos, dándoles un gran valor y de los que ha sido el gran promotor en la historia moderna. En estas reuniones, no obstante fomentarlas, exigía que todo pasara por sus manos, lo cual era imposible ya que viajaba constantemente y en consecuencia se retrasaba en demasía el despacho de asuntos importantes. De la necesidad hizo virtud, así que aprendió a escuchar, a calcular y a juzgar. Sus famosas Instrucciones al Príncipe son un claro ejemplo de ello y no cabe duda de que esta vocación de despacho, de papeleo, de observación, juicio y cálculo, la transmitió a su hijo Felipe. Carlos I de España fue un rey y emperador plenamente dedicado a sus obligaciones soberanas.

    Sin embargo, su afición a los placeres de la mesa, su indisimulada glotonería, también lo definió. Más sanas aficiones para la salud y estabilidad emocional eran las de los relojes (le apasionaban los relojes, siendo un buen técnico además de gran aficionado), los mapas y los instrumentos científicos, con la compañía de su famoso asesor técnico Giovanni Turriano de Cremona, conocido por Juanelo; personaje cuyo nombre ha quedado unido a las enormes columnas de granito erigidas para consolidar un audaz proyecto de navegación por el río Tajo, columnas que hoy están colocadas a la entrada del Valle de los Caídos. Carlos, como después su hijo Felipe, tuvo gran amor a las flores y a los pájaros: a él se atribuye la introducción de los claveles en España. Adoraba la caza, costumbre real por antonomasia, llegando a ser el mejor de su tiempo entre los de su rango.

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Anton van Dyck: Carlos V a caballo (h. 1620)

 

Las victorias sobre los movimientos de Comunidades y Germanías finalizaron las acciones rebeldes contra el joven Carlos en España. A partir de ese año 1522, residiendo Carlos en España, se produjo la sólida identificación de los estamentos nacionales con el rey. Factores que contribuyeron decisivamente a ello fueron la boda con Isabel de Portugal; las sucesivas estancias en Granada, Sevilla y Toledo; la unión de los destinos de España, el reino de España más los reinos de Nápoles, Sicilia y Cerdeña y el ducado de Borgoña, con el Sacro Imperio Romano Germánico, configurando la mayor potencia de Europa; el enfrentamiento con Francia en diversos escenarios infligiendo varias derrotas al vecino, tradicional enemigo, que supieron popular y personalmente más dulces que otras victorias anteriores. La simbiosis rey-instituciones-pueblo consiguió una larga estabilidad, próspera y orgullosa, que vinculó los reinados de padre e hijo (los Austrias mayores); ambos supieron compatibilizar su política nacional con la internacional, aunque en lo que respecta a Carlos era de cariz imperial y dinástica, mientras que en Felipe exclusivamente española.

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Carlos I e Isabel de Portugal

 

Carlos rey y emperador reunió bajo su autoridad gran cantidad de territorios dispersos por Europa, además de los que se descubría y conquistaba en América; cada uno de estos territorios constituía una unidad independiente y el rey lo era de cada una de las partes. Tales dominios y poderes lo elevaron a la extraordinaria condición de dueño de Europa, confiriendo a su política un sentido universal que pretende alcanzar la paz entre los cristianos y mantener la guerra contra el infiel. A su vez, asimilaba la monarquía con la administración de un patrimonio familiar que debía conservar, defender y transmitir ampliado.

    Francia era el enemigo europeo, y junto al incordio permanente que suponía el mal vecino para el interés español, la inestabilidad en el imperio germánico competía en problemática igual que el potente y belicoso imperio turco-otomano y las acciones piratas de los musulmanes en el norte de África y el Mediterráneo.

    En 1521 se había puesto en marcha la política internacional de Carlos, derrotado a los comuneros y agermanados imponiendo el orden interior, y cedido territorios y delegación de funciones a su hermano Fernando. A mediados de 1522 regresó Carlos a Castilla para durante una década proceder a la hispanización del imperio. Castilla se convirtió de grado en el corazón del Imperio, apoyada por la riqueza importada del Nuevo Mundo, desde donde se dirigía la política europea. Estrechando las relaciones ibéricas impulsadas por los Reyes Católicos, Carlos e Isabel de Portugal contrajeron matrimonio en 1526; y en Valladolid, al año siguiente, nacerá su primogénito y heredero el príncipe Felipe.

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Parmigianino: Retrato alegórico de Carlos V (1530)

 

Carlos recibe la herencia renacentista y humanista de los Reyes Católicos y del cardenal Cisneros, al igual que sucederá con su hijo Felipe; ésta va a representar una reacción político religiosa frente a la crisis ideológica del siglo XVI, con una vida intelectual influenciada por la teología. Lo artístico, lo intelectual, lo científico y el humanismo en general, se interrelacionan y complementan en cada reinado y en ambos sucesivamente.

    Con Carlos se crean o desarrollan importantes Colegios Mayores, como los de Zaragoza, Ávila, Sahagún y Baeza, y se fundan las Universidades de Santiago, Granada y Oñate; espíritu el de las universidades y colegios mayores proveniente de los Reyes Católicos y del cardenal Cisneros. Carlos fundó en Sevilla unos Estudios de matemáticas y Felipe en Madrid.

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Rubens: Carlos V como dominador del mundo (h. 1605)

 

La época de Carlos I dio inicio a un desarrollo de la cultura y el arte que eclosionó en la de su heredero. Pero lo esencial para el rey y emperador era formar a su hijo, sabiendo cómo tenía que ser la educación de un príncipe del Renacimiento, asentada en sólidos conocimientos humanísticos y artísticos. Gran influencia tuvieron en la cultura y en la ciencia de este periodo los descubrimientos geográficos y la colonización americana.

    La vida-gobierno itinerante de Carlos condicionó su carácter. La iconografía lo proyecta como un guerrero victorioso, como un héroe clásico. Por otra parte, esta itinerancia de vida y gobierno impidió que sus aficiones se concretaran en auténticas colecciones; salvo la de los relojes, su mencionada pasión, y algunos valiosos objetos científicos como astrolabios, sextantes, brújulas y mapamundis. También medallas, algunas con la efigie del emperador y otras con grabados sobre hechos significativos de él, vasos de cristal tallado, códices miniados, lujosas encuadernaciones, espejos de oro y adornos de atuendo, constituyeron su patrimonio cultural; y tapices con escenas sagradas, mitológicas y de hazañas contemporáneas, más objetos litúrgicos y toda clase de armas y armaduras orgullo del guerrero.

    Conocida es la amistad entre Carlos y el pintor Tiziano, aunque no llegó el rey-emperador a ser un selecto coleccionista de obras de arte con idea de museo, pero adquirió algunas obras estimables que le acompañaron hasta el retiro de Yuste: retratos familiares y cuadros religiosos.

    Buscando una capital de España más céntrica de lo que suponía Valladolid, centro de la actividad real desde Isabel y Fernando, Carlos fijó su atención en Toledo; decidió se construyera el Alcázar, un palacio real, en 1535, encargo que recayó en los grandes arquitectos del reinado: Alonso de Covarrubias y Luis de la Vega; aunque la obra la concluyera Juan de Herrera. Lo mismo pasó con los otros proyectos arquitectónicos auspiciados por Carlos: el palacio de El Pardo, el Alcázar de Madrid y el Palacio de Carlos V en Granada, que él no vio concluidos, pese a disfrutar este último, de su predilección. La de Carlos I es la etapa en la que se dan las soluciones más ingeniosas de la arquitectura española; se asimilan las formas renacentistas italianas y se asimilan al gusto tradicional. El nuevo concepto arquitectónico es monumental, interpretado y adoptado a las exigencias funcionales y estéticas del mundo hispánico: elegancia compositiva y soluciones espaciales atrevidas.

 

 

Artículos complementarios

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    Semblanza de Fernando el Católico

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    Declaración universal de los derechos humanos

    Las primeras universidades en América

Escuela Universalista Española. Juan Andrés, Lorenzo Hervás y Antonio Eximeno

 

Creación del comparatismo moderno

(estudio comparado de ciencias y letras)

 

La Escuela Universalista Española traza, crea y asienta una decisiva corriente intelectual y científica de tradición humanística en el siglo XVIII, calificado de las luces, adaptada a los tiempos y con base empírica.

    Sus principales artífices son los jesuitas Juan Andrés y Morell, nacido en la localidad alicantina de Planes el año 1740, autor de la primera historia universal de las letras y las ciencias titulada Origen, progresos y estado actual de toda la literatura, escrita entre 1782 y 1799; Lorenzo Hervás y Panduro, nacido en la conquense localidad de Horcajo de Santiago el año 1735, polígrafo, lingüista y filólogo, que estableció las bases de la lingüística universal y comparada en su obra Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas, escrita de 1785 a 1805; y Antonio Eximeno y Pujades, nacido en Valencia el año 1729, ideólogo de una musicología universalista fundada en el concepto de expresión, que formula en su obra de 1794 Del Origen y reglas de la Música. Estos tres máximos representantes del humanismo cristiano elaboran la teoría comparatista. Junto a ellos aparecen activamente los científicos naturalistas y botánicos Francisco Javier Clavijero, José Celestino Mutis y Antonio José Cavanilles y un grupo ilustre de personalidades representativas de ámbitos diversos y complementarios en los campos de las humanidades y las ciencias.

    Humanistas, autores científicos, lingüistas, bibliógrafos y traductores, musicólogos, incipientes maestros de la sociología y la etnografía, meteorólogos y físicos, arqueólogos, juristas, inventores y estudiosos de la historia, todos ellos impulsando y ejerciendo este movimiento en la segunda mitad del siglo XVIII, constituyeron una docta comunidad de ciencia y pensamiento que consigue la creación de la ciencia humanística universal.

    De la Escuela Universalista, esencialmente hispana y de concepción universal, pero también, a causa de la expulsión de los jesuitas, desarrollada en la península itálica por los españoles allí residentes, nació el estudio comparado de disciplinas humanistas y científicas, la Comparatística moderna, término acuñado al efecto que implica un todo en sus partes, lo que proyecta una visión de conjunto, global, del mundo por medio de un procedimiento de carácter epistemológico e histórico que edifica sólidamente un argumento a futuro entonces, presente hoy. Del estudio conjunto de Juan Andrés y Lorenzo Hervás, surgió la reformulación del lenguaje de los sordomudos o lengua de signos, cuyo origen hay que situarlo en el siglo XVI y en la persona del leonés benedictino fray Pedro Ponce de León, precursor de este lenguaje.

 

El ideario de la Escuela Universalista Española propugna la integración del empirismo con el humanismo clásico y formula una comprensión de la Ilustración Universalista española, cristiana, humanística, científica e historiográfica, metodológicamente comparatista, y establece la clasificación de las ciencias, la universalidad de temas y la estética de la expresión analizando la opción clasificatoria universalista de las disciplinas científicas, la tradición humanista y el concepto de expresión, comparado con la ilustrada francesa.

 

La Escuela Universalista Española del siglo XVIII constituye no sólo una fundamentación teórica de su objeto sino una completa propedéutica (enseñanza preparatoria para el estudio de una disciplina) para el estudio del mismo. Es una gran tradición ilustrada española o, mejor dicho, hispánica, o incluso hispano-italiana; una Ilustración humanística e historicista, científica empirista y no política, alternativa sobre todo a la agasajada propuesta ilustrada enciclopedista, a la que metódicamente fue rebatiendo autoridad y sabiduría.

 

 

Artículos complementarios

    El lenguaje de signos

    Expedición científica a la América Meridional

    Real Expedición Botánica de Nueva Granada

    Crítica racionalista

    Liberalismo. Escuela Española

    Escuela de Salamanca

    Lo que el mundo debe a España

El lenguaje de signos. Pedro Ponce de León

 

El monje benedictino Pedro Ponce de León es el precursor del lenguaje de signos para los sordomudos y el primer maestro de su método.

    Natural de la leonesa villa de Sahagún, puede que su nacimiento se sitúe en 1513. Lo que se sabe fehacientemente es que aparece en la crónica del médico del rey Felipe II, Francisco Valles de Covarrubias, titulada De iis scripta sun physice in libris sacris, sive de sacra Philosophia liber singularis, con fecha de publicación el año 1587, como creador de un lenguaje de signos, y en la escrita por el cronista de la Orden benedictina fray Juan de Castañiza, coetáneo de Pedro Ponce de León, que lleva por título Historia de San Benito, donde menciona la obra de fray Pedro y los discípulos que tuvo.

    Pedro Ponce de León tomó el hábito benedictino en el monasterio de Sahagún en 1526, y allí permaneció varios años hasta su traslado al monasterio burgalés de San Salvador de Oña. Es su condición monacal, que obliga a la comunicación por signos entre los monjes durante los momentos de vida silenciosa, la que orientará a fray Pedro en la idea de un lenguaje específico para los sordomudos, con el que ellos pudieran comprender el mundo y el mundo relacionarse con ellos.

    En 1545, fray pedro recibió el encargo de educar a los hijos mudos del marqués de Berlanga, Juan de Velasco, Francisco y Pedro de Tovar, de doce y nueve años de edad respectivamente; aunque antes de esta docencia llevó a cabo una experiencia fructífera con su hermano de orden Gaspar de Burgos, que le valió fama.

    El método de fray Pedro fue perfeccionado por el pedagogo Manuel Ramírez de Carrión y divulgado por el también pedagogo Juan de Pablo Bonet, autor del tratado Reducción de la letras y arte para enseñar a hablar a los mudos, primero al respecto.

 

Pedro Ponce

Monumento a Pedro Ponce de León en el monasterio de San Salvador de Oña

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En 1584 fallecía Pedro Ponce de León, fray Pedro. Su memoria continúa viva en los monumentos de los lugares de España que lo recuerdan, entre los que destacan su localidad natal, Madrid y Valencia, en el que reza, a petición de la Sociedad de Sordomudos, la siguiente inscripción: “La Asociación valenciana de sordomudos al ilustre benedictino español fray Pedro Ponce de León (1520-1584) inventor del método oral puro para la enseñanza del sordomudo”. Numerosos centros e instituciones educativas de carácter especial en todo el mundo homenajean a fray Pedro luciendo su nombre.

 

 

Artículos complementarios

    Francisco Valles

    Escuela Universalista Española

    Ángela Ruiz Robles

Semblanza del Rey Felipe II

 

Príncipe del Renacimiento

 

Felipe II es símbolo de la hegemonía española en el mundo, iniciada por sus bisabuelos, los Reyes Católicos, y continuada por su padre, nieto de Fernando e Isabel, el emperador Carlos I. Con Felipe II España alcanza la cumbre de su gloria y resplandece en el mundo con un imperio donde no se pone el Sol; elogiado por los principales cronistas de su época, que no estaban a sueldo de los enemigos de España, al punto de reconocerlo como uno de los hombres más extraordinarios que jamás se sentaron en un trono en Europa, genuino príncipe del Renacimiento y un gran español.

    Es en esencia una persona de gustos refinados que aprecia, distingue y exige la obra bien hecha y la belleza donde sea posible sentirla. Prefiere rodearse de exquisitez y finura en ambientes cultos, eruditos e innovadores, amante de la naturaleza y las artes; tan solo intransigente con vehemencia en defensa de la religión católica y contra la ordinariez y la grosería, ya que se manifestaba siempre correcto en sus expresiones, elegante en sus formas, galante y suave, dictado en conciencia por un acendrado sentido del deber, la mesura y el respeto.

    Enamorado de la naturaleza en todas sus felices expresiones, manifiesta con sus obras la conservación de los bosques y los diseños ajardinados de magníficas dimensiones y especies. Como muestra extraordinaria de jardinería la del palacio de Aranjuez, nada menos que 34 kilómetros con miles de árboles y plantas nacionales e importados y amplias huertas con espacio para el cultivo de plantas medicinales, en una arquitectura amoldada a la naturaleza; y otros ejemplos de belleza y armonía son los palacetes de La Fuenfría, Galapagar, La Fresneda y Torrelodones, los palacios de Aceca y Vaciamadrid, y el monasterio de El Escorial, la obra magna de su reinado, con jardines famosos por sus fuentes, huertas, estanques y el jardín botánico. Reservando la última imagen de este capítulo al Palacio Real de Madrid, entonces Alcázar de Madrid, que a instancia de Felipe II, en las postrimerías de los años sesenta del siglo XVI, se convierte en la mayor y mejor residencia real de Europa, con unos espléndidos jardines anejos en el llamado Campo del Moro. Este amor por la naturaleza se extiende a la flora y a la fauna: Felipe II manda construir jardines en los lugares citados, además de en El Pardo y El Escorial, y zoológicos, parques de animales, en Aranjuez, los fosos del palacio de El Pardo y la Casa de Campo, de por sí una zona ajardinada cerca de la residencia real, en Madrid (la casa de las fieras).

    Aficionado en suma a las artes, principalmente a la arquitectura y la pintura; diestro en versificar y tañer la vihuela; estudioso de las ciencias y las letras clásicas y sagradas, interesado activamente en la bibliofilia y la mecánica. Era su cultura enciclopédica, valga el bien traído en su caso hombre del Renacimiento, e inagotable su ardor coleccionista. De hecho, Felipe II ostenta el preciado título de ser el único coleccionista de Jerónimo Bosch, El Bosco, de quien ordenó adquirir toda su producción disponible, que depositó en el monasterio de El Escorial, reservando significativos cuadros para sus aposentos; actualmente las pinturas se reparten entre el Museo del Prado y el monasterio. Respecto a la música y a la lectura, gustaba de acompañarse en los viajes de músicos y cantores y de libros; también de aves exótica y canoras.

 

De cuna humanista y culta le viene a Felipe II la pasión por el conocimiento y esa insaciable curiosidad que conduce sus aficiones y obras.

    La formación recibida le abrió a la naturaleza y, por tan atractiva puerta, al aprendizaje metafísico y espiritual del portentoso universo; acudiendo en cuerpo y alma más allá de la especulación filosófica habitual en las cortes renacentistas de su tiempo. Una formación esmerada y clásica que ya en su juventud lo convierte en un empedernido lector que suele en los libros dejar anotaciones y subrayados.

    Profundamente religioso y de manifiestas creencias místicas, en las que España descollaba en el orbe cristiano, fue amigo y protector de los místicos españoles de su siglo a los que conoció y comprendió: Ignacio de Loyola, Juan de la Cruz y Teresa de Jesús, posteriormente santos; llegó a intervenir ante el papa en 1577 para favorecer la reforma de la orden del Carmelo, y a la muerte de la santa hizo depositar los manuscritos originales de ella en El Escorial.

 

Como mandatario de un imperio y consciente de su destino, organizó la estructura administrativa propia de un Estado moderno, integrador y expansivo, con sus secretarías específicas y funcionales y catorce consejos. Hombre sabio y poco dado a los viajes lejanos, pero en absoluto recluido ni mental ni físicamente en su gabinete de trabajo, vivió abierto a la realidad humana, cultural y científica de su inmenso imperio hasta un grado asombroso por su capacidad de comprensión y por su impulso organizador y civilizador.

    Prioritariamente aseguró la paz en cada lugar de España y el goce libre y cuidado de los bienes personales. Su característica y evidenciada preocupación porque la justicia amparase eficazmente a sus súbditos fue acuñada por la frase: “Si no se me hace justicia me iré al Rey”, y los tribunales, turbados al escucharla, prestos atendían en legítima justicia. También tuvo mano dura para castigar las banderías de los nobles rurales. Por algo había sido educado para ejercer el poder total, en todos los ámbitos.

    Daba certero y firme precisas, y aun preciosas aunque imposibles, ordenanzas para las Obras Públicas, amén de intentar poner orden y cuidar la estética en las ciudades, así como crear una buena administración, ejemplar y decorosa, admirada por el resto de cortes europeas y cuerpos diplomáticos; para lo que la situación geográfica de Madrid servía adecuadamente. Ese era el motivo de su elección como sede capitalina, por completo alejado de aquellas venidas cortesanas que se avecindaban doquiera estuviera la corte para satisfacer ínfulas egoístas de cargo, prebenda, puesto y remuneración.

    Se impuso la regla de ser accesible a la gente, gustándole su trato (aunque para mejor enterarse de cuanto se opinaba, muchas veces caminaba enmascarado), callejeando cuanto podía con el oído atento y recibiendo memoriales con las primicias o sucedidos que tuvieran que contarle; eso sí, detestaba las multitudes y el culto a la personalidad, rasgos plenamente integrados en su modo de actuar y pensar. Estudioso de la historia y deudo de ella, a su juicio el gobernante ideal era Fernando el Católico, que supo compatibilizar la majestad con el ser asequible; a lo que debemos añadir una frase que incluye a Isabel, pues tanto monta. Monta tanto, sentenció Felipe II que “A él [Fernando] y a ellos [Isabel y Fernando] se lo debemos todo. El todo era una nación, una fe y un idioma, y adoraba esas tres realidades.

    Felipe II albergaba y difundía en sus actos el sentido de su misión histórica. Se consideraba “un humilde servidor de sus súbditos pues el pueblo no fue hecho por causa del príncipe, mas el príncipe instituido a instancias del pueblo”, escribe el Rey Prudente, apelativo del monarca, al amigo y virrey de Nápoles en 1558 Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, Gran Duque de Alba. Y no fue menor su obligación de justicia: abundaron los casos en su reinado en los que intervino para imponer su justicia, casi siempre en favor de los débiles. Tenía arraigado el deber moral de respetar las libertades personales y los fueros especiales de municipios y territorios de la Corona, pero sin que fuera lícito ni habitual el pasar del uso al abuso, ni que el desempeño de las imprescindibles y protegidas libertades supusiera desorden.

    Trabajador hasta la extenuación, con una salud precaria, cualquier asunto era convenientemente tratado en su gabinete, asumiendo la responsabilidad máxima en su manera de gobernar sin dejar cabos sueltos; bien rodeado de talento y diplomacia. Escribe de este regio proceder Antonio Cánovas del Castillo: “Felipe II era en sustancia un monarca moderno por sus hábitos y su talante, como fue su padre un monarca de tiempos todavía heroicos, el último de los príncipes paladines de la Edad Media, así como el primero de los príncipes que supo ser verdadero hombre de Estado en la moderna Europa”.

 

Admirador del arte y los artistas, respetuoso y favorecedor con ellos, Felipe II es el primer mecenas de Europa. A su muerte dejó trescientas pinturas importantes en el Alcázar de Madrid (el Palacio Real) y mil ciento cincuenta en el monasterio de El Escorial, muchas perdidas en incendios mientras que las conservadas constituyen parte importante del Museo del Prado y de las colecciones reales.

    Era sensible y atento, y le interesaba comprender la naturaleza cultural tanto de los creadores como de sus súbditos. Le incumbieron todos los aspectos del saber y la invención humana. Encargó la compra de miles de libros aquende y allende, ocupándose él mismo de la selección; asimismo de miles de reliquias que fueron depositadas en El Escorial. Dedicó prioridad a la ciencia, puesto por brillantes cabezas al tanto de todos los conocimientos e innovaciones dignas de mención y análisis; aficionado a la astrología, los horóscopos y la astronomía; vigilantemente ocupado en aprender lo concerniente al Nuevo Mundo, con encargos de estudios etnográficos, de geografía y recursos y colecciones de ciencias naturales.

 

Consciente de la importancia de las lenguas indígenas, conjuntamente el rey y los misioneros impulsaron la tarea conservadora y recopilatoria que posibilitó la redacción de las gramáticas y diccionarios de aproximadamente sesenta idiomas americanos. Para que ningún indígena precisara aprender español en su relación con la administraciones civil, de justicia o enseñanza, el rey ordenó que las Universidades tuvieran Departamentos de las lenguas indias mayoritarias. A su vez, los españoles con responsabilidades políticas y religiosas tuvieron que aprender los idiomas nativos o valerse de intérpretes.

    Las treinta y una Universidades fundadas por España entre 1538 (la primera en América fue la de Santo Domingo) y 1810 (en Caracas) fueron resultado de la política cultural iniciada por el Emperador Carlos I e impulsada definitivamente por su hijo Felipe II. A estos centros hay que añadir los Colegios universitarios que podían impartir grados académicos, y los seminarios y conventos con similares prerrogativas. La primera escuela popular la abrieron los franciscanos en 1502 (el primer alfabetizador del que se tiene noticia es fray Ramón Pané en 1493) y a partir de 1506 se dispusieron maestros. En 1513 se fundaron las primeras escuelas para hijos de notables y caciques. Ingente labor de enseñanza e integración en beneficio general.

    La segunda Universidad de Santo Domingo y las de México, Puebla, Quito y Lima correspondieron al reinado de Felipe II, acompañadas por numerosos Colegios Universitarios anejos; a lo que ha de sumarse los Estudios Generales que impulsó y financió regentados por franciscanos, agustinos, dominicos y jesuitas. La demografía y el mestizaje crecieron significativamente en el Nuevo Mundo, y absorbidas las clases dirigentes aztecas e incas, los eminentes imperios prehispánicos, se consiguió poner fin a las feroces guerras tribales y los sacrificios humanos rituales para fomentar la cultura irradiada desde los centros universitarios de estudios superiores que contaban con los mismos estatutos y facultades que las Universidades de Salamanca y Alcalá de Henares.

    Catorce imprentas vieron luz durante el reinado de Felipe II, incluida la primera en las islas Filipinas, de las cincuenta y dos que estableció el Imperio español mientras lo fue.

    Mandó recoger y ordenar, en aras a su preservación, todos los escritos antiguos dispersos por España, depositándolos en el gran archivo del castillo de Simancas; la compilación la realizó el historiador Luis Cabrera de Córdoba. También mandó confeccionar relaciones minuciosas de los descubrimientos, viajes y conquistas como memoria imperecedera de cuantos logros se alcanzaban. Y él mismo, de su puño y letra, contribuyó al conocimiento de su época con sus más de cinco mil cartas y escritos varios y sus miles de billetes, que son cartas breves, y notas. La biblioteca privada del rey, la mayor de Occidente, reunía a su muerte unos 30.000 libros de todas las ciencias conocidas en idiomas antiguos y modernos, unos 200 de temática mágica, hermética, astrológica y cabalística, junto a un número aproximado de 120 aparatos personales de todo tipo para la observación y medición de la naturaleza.

    Siempre hablando y escribiendo en español, su lengua y el idioma que convirtió en universal, indispensable, incluso de moda hasta en las soberbias Francia e Inglaterra.

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Retrato de Felipe II por Antonio Moro (1557)

Imagen de elmundo.es

 

El reinado de Felipe II situó a España en la cima europea de la cultura. A las anteriores ciencias discursivas, aún vigentes, englobadas en el trívium y el quadrivium, se unieron en acelerado desarrollo las ciencias matemáticas, naturales y físico-químicas.

    El monarca fundó en Madrid la Academia de Ciencias y Matemáticas, a iniciativa compartida con Juan de Herrera, y dado entusiásticamente a las obras públicas, fomentó las grandes obras portuarias comerciales y defensivas en ultramar desde La Florida hasta la Patagonia y Manila. En otros ámbitos científicos de igual interés y utilidad, financió a historiadores, editores y científicos que describieron la variación magnética de la Tierra y los eclipses lunares; los ingenieros, exploradores y avezados marinos cartografiaron detalladamente el Imperio levantando relaciones topográficas, croquis y dibujos de sus ciudades y posesiones; los etnógrafos, geógrafos y físicos abordaron la descripción geodésica de España y las encuestas de población actualizadas, economía e historia, con suficientes e innovadores medios materiales e intelectuales; los arquitectos y urbanistas, al dictado de las ordenanzas del rey, trazaron ciudades en el Nuevo Mundo, en especial las capitales americanas, que en el presente han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

    El botánico Francisco Hernández, amigo y asesor del rey, viajó al Nuevo Mundo para durante cuatro años elaborar una completa e ilustrada obra en quince tomos con la descripción y clasificación de la botánica medicinal y de la fauna americana del Virreinato de Nueva España, obra ingente de clasificación y descripción a la que añadió un índice analítico y comparativo con las plantas entonces conocidas en Europa, además de referir pormenorizadamente las costumbres, leyes y ritos de los indios y las descripciones de tierras y lugares por sus climas; y un herbolario con plantas disecadas y dibujadas. Al hilo de esta labor educativa, en 1562 mandó a la Audiencia de Santa Fe en el Nuevo Reino de Granada que compilase didácticamente la historia y relaciones de los descubrimientos y conquistas de aquellas regiones remotas.

    En el monasterio de El Escorial se recogían los proyectos de toda clase y las obras concluidas en formato impreso para su conservación y ejemplo de acciones futuras.

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Retrato de Felipe II por Tiziano (1551)

Imagen de museodelprado.es

 

Monasterio de El Escorial

El Monasterio de El Escorial es el símbolo de Felipe II y su reinado: la figura humana y los ideales del rey quedaron patentes en la arquitectura de la magna obra. La del conjunto arquitectónico es la plasmación del Renacimiento depurado con el estilo español de Juan de Herrera, llamado herreriano, idóneo para las dimensiones colosales.

    La perfección del diseño estriba en lo bien definidas de sus partes: palacio, museo, residencia de monjes, panteón real, jardines privados, la biblioteca. Diez años fueron menester para que una docta comisión formada por arquitectos, filósofos, matemáticos y médicos decidiera el lugar adecuado para su construcción, procurando la obra exacta e imperecedera: al pie del monte Abantos en la Sierra de Guadarrama. Pensada la residencia habitual para los frailes jerónimos.

    Buen organizador y director de grandes empresas, digno matemático y geómetra, Felipe II proyectaba la obra en su tablero con los planos de su maestro Honorato Juan; y una vez iniciados los trabajos propiamente dichos, se le veía subido a los andamios y observando la colocación de las esculturas. Se rodeó de los mejores talentos que profesionalmente destacaban en sus oficios, con independencia de su origen, residencia o patrimonio, a los que distinguió y apoyó de continuo. Por deseo expreso del monarca, fueron enterrados en la iglesia de san Bernabé de El Escorial los nobles y artífices de todas las naciones que trabajaron y murieron durante la construcción; además, desde el principio funcionaba en el monasterio un hospital con sesenta camas. Contaba el rey 36 años al comenzar la obra y 57 a la conclusión; pudo disfrutarla catorce.

    La biblioteca, que puede considerarse la joya más relumbrante entre los relumbros de las joyas que integraban el conjunto arquitectónico, en su origen estuvo compuesta por otras diversas, entre las principales la propia del rey; la del erudito Diego de Mendoza, conde de Tendilla, embajador en Venecia y Roma; la del humanista y arqueólogo Ambrosio de Morales; la del humanista, bibliófilo y cronista Juan Páez de Castro; la del humanista, erudito y políglota Benito Arias Montano; las de los arquitectos Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera; la del jurista y Consejero de Estado Julio Claro; y las bibliotecas de Antonio Agustino, arzobispo de Tarragona, y del obispo Pedro Ponce de León, ambas con originales latinos, griegos y árabes. A ellas se sumaba la biblioteca reservada de Felipe II, con los libros que ordenó retirar de la circulación para evitar escándalos y murmuraciones, también para preservarlos del daño y el olvido, y aquellos otros considerados personales, los más apreciados por él.

    Felipe II buscó y mandó buscar libros significativamente importantes por toda España y Europa, y aquellos libros y manuscritos relevantes escritos en árabe, persa o turco, convirtiendo la biblioteca de El Escorial en una de las más completas, si no la más completa, de la época renacentista.

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Retrato de Felipe II por Juan Pantoja de la Cruz (1590)

Imagen de almendron.com

 

 

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