Origen de la entidad política nacional de España

Reinados de Leovigildo y Recaredo

 

La Crónica de Hidacio expone que en el año 411 los bárbaros, invasores de la Hispania romana, se repartieron por sorteo las provincias donde habitaría cada uno de los pueblos llegados a la península (Iberia-Hispania). La provincia romana que comprendía la actual Galicia, más otros territorios de astures y leoneses y del norte de la actual Portugal, correspondió a los vándalos asdingos y suevos; las provincias de Lusitania y Cartaginense, a los alanos; la Bética, a los vándalos silingos. En definitiva, resume la Crónica, los hispanos se sometieron al poder de los nuevos dominadores.

    La provincia Tarraconense quedó bajo el mando de los rebeldes romanos alzados contra el emperador Honorio, personaje que había franqueado a las bandas germánicas el paso a Hispania; fue el caudillo de la resistencia a los invasores godos el general conde Constancio, fiel al Imperio.

    Así el panorama, la cuestión de fondo, primordial en la historia de España, es que por aquel entonces de invasión bárbara y resistencia hispanorromana a inicios del siglo V d.C., el pueblo visigodo, que desempeñaría un papel decisivo en la configuración de España como entidad política nacional, se encontraba desde la segunda mitad del siglo III d.C. asentado en la antigua provincia romana de la Dacia (territorio entre la cordillera de los Cárpatos y el río Danubio, en los actuales Estados de Rumanía y Moldavia).

 

A lo largo del siglo V fue desmoronándose la autoridad de Roma, lo que supuso, paulatinamente, el auge de los regionalismos bajo la égida de las diversas aristocracias autóctonas. A la par, los pueblos germánicos invasores, principalmente y por orden cronológico vándalos y suevos, extendieron su acción militar por Hispania mientras los visigodos, asentados en las Galias, realizaban incursiones de asentamiento en la Península Ibérica, estableciendo unas incipientes guarniciones y centros de poder. Por último, la ocupación de la provincia Tarraconense por el rey Eurico significó la definitiva implantación del dominio visigodo en España.

 

Conquistada la mayor parte de las Galias por el rey franco Clodoveo a principios del siglo VI, desapareció el reino tolosano. Pero la intervención del rey Teodorico, gran monarca ostrogodo de la península itálica, aseguró la pervivencia de un reino visigodo desplazado a la Península Ibérica que, durante dos siglos, protagonizará la historia de España.

    Hasta mediado el siglo VI, el reino visigodo español experimentó la influencia ostrogoda y, acto seguido, el Levante español estuvo dominado por el Imperio bizantino.

    El último cuarto del siglo VI contempló el establecimiento de la capital del reino visigodo en Toledo, extendiendo su poder sobre toda la Península por obra del rey Leovigildo, que se anexionó del reino suevo de Galicia. Su hijo, Recaredo, promovió la conversión al catolicismo, dando inicio a la monarquía visigodo-católica que se prolongó hasta el siglo VIII; concretamente hasta el año 711 con la invasión musulmana.

    A lo largo del siglo VII floreció la cultura en España, con Isidoro de Sevilla como máximo exponente; también de suma relevancia fueron los aspectos constitucional, con la institucionalización de la monarquía electiva, eclesiástico, por la serie de concilios toledanos, y jurídico, por la promulgación de un código de legislación civil.

 

Reinado de Leovigildo

Leovigildo unificó los reinos de la Península Ibérica, concentrando en su persona, con excepcionales dotes de guerrero y estadista, el gobierno de los visigodos hispanos.

    Lo cuenta Isidoro de Sevilla en su Historia de los godos:

“Leovigildo se apoderó de los cántabros, tomo Aregia, sometió a toda Sabaria. Sucumbieron ante sus armas muchas ciudades rebeldes de Hispania. Dispersó también en diversos combates a los bizantinos y recuperó, mediante la guerra, algunas plazas fuertes ocupadas por ellos. Venció además, después de someterle a un asedio, a su hijo Hermenegildo, que trataba de usurparle el mando. Finalmente llevó la guerra a los suevos y redujo su reino con admirable rapidez al dominio de su nación. Se apoderó de gran parte de España, pues antes la nación de los godos se hallaba recluida entre unos límites angostos.”

    En 577 se culminó el afianzamiento del dominio visigodo en Hispania.

 

Del año 578 al 581 es el momento cenital del reinado de Leovigildo: concluido el asentamiento visigodo, imperaba la paz en todos los territorios del reino visigodo. La consecución de la unidad en los campos territorial, religioso y jurídico había inspirado las empresas políticas de Leovigildo. Aunque en materia religiosa el intento de Leovigildo por lograr la unidad con el arrianismo fracasó, sí pudo alcanzarse con su heredero, Recaredo, pero con la fe católica.

    Así mismo, la unificación social, en paralelo a las empresas descritas, pudo llevarse a cabo con una legislación tendente a constituir un solo pueblo hispano-visigodo. La legislación del Codex Revisus (Código revisado) promulgado por Leovigildo era de ámbito general, antecedente del Liber Iudiciorum o Lex Visigothorum de Recesvinto promulgado el año 654, para que fuera el único cuerpo legal utilizado por jueces y tribunales.

 

Reinado de Recaredo

Recaredo fue el sucesor de Leovigildo, su padre.

    La necesidad de una pacificación social y, especialmente, religiosa en la España visigoda, determinó la política emprendida por Recaredo. De él cuenta Isidoro: “Estaba dotado de un gran respeto a la religión y era muy distinto de su padre en costumbres, pues el padre era irreligioso y muy inclinado a la guerra, mientras él era piadoso por la fe y preclaro por la paz; aquél dilataba el imperio de su nación con el empleo de las armas, éste iba a engrandecerlo más gloriosamente con el tesoro de la fe. Fue [Recaredo] apacible, delicado, de notable bondad, y reflejó en su rostro tan gran benevolencia y tuvo en su alma tan gran benignidad que influía en los ánimos de todos e, incluso, se atraía el afecto y el cariño de los malos; fue tan liberal que restituyó a sus legítimos dueños los bienes de los particulares y las propiedades de las iglesias, que el error de su padre había expoliado y entregado al fisco”. Isidoro no está exento de partidismo en su definición de Recaredo, aunque cabe analizar esta decantación al hecho de querer presentar a Recaredo como alguien sin condicionamientos pretéritos que buscaba el entendimiento y la conciliación.

    Recaredo derrotó por la fe a los arrianos y por las armas a los francos, cerca de Carcasona, en la región de la Septimania, que pretendían invadir la Península para destronarlo.

    La conversión de Recaredo al catolicismo ocurrió el año 587. Lograda la reunión de los hispanorromanos y los hispano-godos, las dos etnias cohabitando en España, en una fue común, quedaba establecer una legislación igualmente común para ambas: lo que se llamó un gobierno conjunto. Tal acuerdo se alcanzó mediante la fórmula legislativa y ejecutiva de mantener el gobierno activo en manos de los godos mientras que la inspección y el control recaía en los hispanorromanos. La efectiva vigencia del sistema, y la consiguiente moderación en los tributos, dependía de los concilios provinciales, que adolecieron de la debida regularidad.

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Con el nacimiento del reino godo de Toledo se forja la independencia de la Península Ibérica y su autogobierno. El mestizaje entre los pueblos bárbaros del Norte de Europa y los hispanorromanos cristalizó en la realidad que pervive tras quince siglos de historia.

    Los españoles adquirieron conciencia de unidad gracias a Roma, pero Roma no configuró Hispania porque no creó una conciencia nacional. Fueron los godos quienes lo consiguieron, y ellos, ya como hispanos, mantuvieron la unidad de Hispania desde el fin de la Antigüedad hasta la Edad Media. Ellos unificaron el territorio, instauraron una corona única, la monarquía visigoda, una religión común, el catolicismo, un derecho propio y también común, la unidad jurídica, y, en definitiva, un legado cultural sobre las bases grecorromanas y germánicas.

 

 

Artículos complementarios

    San Isidoro de Sevilla

    Liber Iudiciorum

    Testamento de Isabel la Católica

La guitarra española

 

Dos instrumentos similares que culminaron su viaje histórico en España configuraron el origen de la guitarra española. A uno se le denomina la guitarra morisca, venido de las culturas caldea y asiria, evolucionado y caracterizado en España; al otro, traído a España desde Asia Menor por los caminos de la Grecia clásica y la Europa medieval, pariente del laúd, se le denomina guitarra latina.

    La guitarra morisca presentaba la espalda abombada, el contorno oval y las clavijas laterales o frontales; la guitarra latina ofrecía plano el fondo, estrangulado el perfil y con clavijas en la parte posterior.

    En el siglo XV proliferaron las guitarras en manos de los juglares, ofreciendo sus recitales en las cortes europeas, principalmente en las hispánicas. En la época renacentista, la guitarra española consiguió afianzarse tanto en su forma como en su repertorio; había desaparecido la guitarra morisca, sustituida por el laúd, mientras que la guitarra latina derivó en su exterior hacia la familia de la vihuela.

    La primera obra impresa para guitarra fue Tres libros de música en cifra, de Alonso de Mudarra, en edición de 1546.

    En 1586 apareció impreso el primer método para el instrumento, titulado Guitarra española y bandola en dos maneras de guitarra, de Joan Carles Amat, donde trata de la afinación y de su utilización como instrumento acompañante, indicando acordes y rasgueos.

    Finalizada el periodo de consolidación y auge en detrimento de la vihuela, la guitarra perdió apoyo durante el Barroco, dejando de interesar la música culta de guitarra a los compositores barrocos más decantados hacia el arco y la tecla. De esta manera, la guitarra española caló en el acervo popular como elemento de recreo y de manifestación sentimental, aunque un selecto grupo de músicos la mantuvo vigente en la cultura que venía de la tradición; citamos a Francisco Guerau, con su Poema harmónico, de 1694, y a Gaspar Sanz con su Instrucción de música sobre la guitarra española, de 1674. Hasta que con la publicación en 1734 de la obra Pasacalles y obras por todos los tonos naturales y accidentales, de Santiago de Murzia, la guitarra española vuelve a la cima del refinamiento interpretativo.

    Ya proyectada definitivamente en la segunda mitad del siglo XVIII, la guitarra española sintió el afecto de Luigi Boccherini, que introdujo la guitarra en su música de cámara, de Mauro Giuliani, compositor de numerosos conciertos, sonatas y estudios para la guitarra española, y Fernando Sors, autor e intérprete magistral. A ellos siguieron, nacidos en el siglo XIX, los maestros Francisco Tárrega, Miquel Llobet, Graciano Tarragó, María Luisa Anido, Regino Sainz de la Maza y Andrés Segovia. Y en el XX, los guitarristas Julian Bream, John Williams, Emili Pujol, José Tomás y Narciso Yepes, entre los más famosos, que han interpretado composiciones de Manuel de Falla, Manuel María Ponce, Heitor Villa-Lobos, Mario Castelnuovo-Tedesco, Joaquín Rodrigo, Benjamin Britten, Alberto Ginastera, Malcolm Arnold, Stephen Dodgson, Richard Bennet y Juan Leovigildo Brouer.

Guitarra 1

 

La guitarra española, también denominada guitarra clásica, está encordada con seis cuerdas. Se compone de una caja acústica con una boca u oído central y un fileteado lateral; un mástil, esbelto y rematado por un clavijero, está dividido por trastes metálicos que acortan la cuerda por semitonos al apoyar el dedo sobre el diapasón; el diapasón es una pieza de madera dura colocada en la parte frontal del mástil; un puente plano situado sobre la tapa armónica sujeta las cuerdas que se tensan desde el clavijero; unos arcos laterales y espalda o fondo plano.

Guitarra 2

 

La excepcional versatilidad de la guitarra española hace que pueda emplearse en la música clásica, la popular, el jazz o el flamenco; además de facilitar el aprendizaje musical en todas las edades. Su absoluta raigambre culta unido a su uso generalizado, vincula la guitarra española a la mayoría de movimientos musicales con independencia de la moda que los impulsa.

 

 

Artículos complementarios

    Andrés Segovia

    Manuel de Falla

    Joaquín Rodrigo

    Enrique Granados

De la marisma a la pradera: El caballo en el Nuevo Mundo

El Imperio en América: La llegada del caballo

 

La fecha del 23 de mayo de 1493, reciente el final de la Reconquista y aún más la llegada al Nuevo Mundo en Occidente, marca documentalmente el inicio de la historia del caballo en América; una historia en la que tuvo protagonismo decisivo. Los Reyes Católicos dispusieron el envío de veinte caballos y cinco yeguas al Nuevo Mundo embarcados en las naos de la segunda expedición, o viaje, del almirante Cristóbal Colón.

    Estos primeros caballos llegaron a la isla La Española (Santo Domingo); y en ella, una vez aclimatados, se establecieron las cabañas y remontas que fueron suministrando ejemplares al resto de las posesiones y territorios en descubierta y por explorar y colonizar.

    Posteriormente, desde Cuba los trasladó Hernán Cortés a Nueva España; y luego Juan de Oñate, en su expedición para trazar el Camino Real de Tierra Adentro, los introdujo en la actual Norteamérica por Nuevo México. Ya en las Antillas y en Centroamérica, Francisco Pizarro los condujo de Jamaica al Perú, y Pedro de Valdivia los dispuso para su expedición a Chile de donde pasarían a Argentina, Pedro de Mendoza los llevó al Río de la Plata y Álvar Núñez Cabeza de Vaca al Paraguay.

    Los españoles en el Nuevo Mundo utilizaron el caballo como el principal medio de transporte y una poderosa arma de intimidación a los nativos.

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Raza de caballo Mesteño

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La civilización ecuestre en Norteamérica. La herencia española

Los caballos que introdujo Hernán Cortés en el virreinato de Nueva España a continuación, a medida que el territorio se descubría, evangelizaba y colonizaba,  transformaron el paisaje y las costumbres del virreinato y del Suroeste de la gigantesca nación que es hoy Estados Unidos de Norteamérica.

    La procedencia de estos caballos pioneros era andaluza, concretamente de las marismas del río Guadalquivir: el llamado caballo de retuerta de la marisma, equinos de poca alzada, resistentes y adaptados al trabajo en las planicies.

    La adopción del caballo en las actividades diarias de los pueblos nativos del Suroeste norteamericano tuvo lugar progresivamente, a imitación de los rancheros españoles asentados en Nuevo México, y cuando les fue posible adquirirlos, domarlos y montarlos.

    La similitud de los ecosistemas había posibilitado que los colonos españoles reprodujeran en esas parameras y praderías el sistema ganadero de las marismas, en el que destacaba el caballo como ayuda decisiva en toda labor. De tal modo que el caballo fue imponiéndose como instrumento para el manejo de las reses; asimismo fue empleado para la caza con lanza del bisonte o cíbolo, tradición heredada del alanceo del jabalí.

    A lomos del caballo se forjó la personalidad y leyenda del vaquero, también legado cultural del campo andaluz. Eran sus elementos característicos: la silla de montar española, diseñada para largas y cómodas montadas; el vestuario, que incluye los zahones, el sombrero de ala ancha, la chaqueta corta o las espuelas grandes; y los arreos del caballo, fabricados en cuero. Señala el historiador Borja Cardelús (La huella de España y de la cultura hispana en los Estados Unidos y Luces de la Cultura Hispana, dos obras de referencia) que “el vaquero norteamericano fue equivalente al gaucho de la Pampa, al charro mexicano, al llanero venezolano y al huaso chileno, todos descendientes de sus ancestros andaluces”.

    Los indios del Nuevo Mundo eran nómadas y cazadores a pie, y una vez superado su temor a los caballos, obtuvieron de ellos inmensos beneficios. Los primeros ejemplares que dominaron fueron los montaraces (cimarrones), escapados a los montes, a los que denominaron mesteños, en español, y Mustang en inglés.

    Y no sólo los indios se apropiaron de tan útil e imponente animal. Los ingleses y franceses que llegaban desde el Este del continente, agricultores y por entonces nómadas peones, descubrieron enseguida las ventajas del caballo. Con el tiempo el cine y la literatura mitificaron al cow boy del far west, en realidad copias desplazadas de lugar de los rancheros españoles.

Retuerta

Caballos de retuerta

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Artículos complementarios

    El testamento de Isabel la Católica

    El legado jurídico español

    Lo que el mundo debe a España

    Quemar las naves

    Los trece de la fama

    El Camino Real de Tierra Adentro

Semblanza del rey y emperador Carlos I

 

Nieto de los Reyes Católicos, hijo de la reina Juana I de Castilla y de Felipe I de Castilla, apodado el Hermoso, Carlos I de España y V de Alemania (del Sacro Imperio Germánico, en titulación real), fue antes de llegar a España un joven reflexivo, de condición tímida, poco expresivo y tampoco expansivo, de naturaleza impasible, aspecto bonachón y de hablar prudente. Su más destacada cualidad entonces, y después, figura estelar en todo el orbe, era su extraordinaria voluntad, y con ella un acentuado sentido del deber y de la responsabilidad; y la siempre presente misión de defender la religión católica.

    Dado al ejercicio, demostró habilidad y fortaleza en los juegos y torneos; buen cazador, esgrimidor y jinete, resultan estas facetas el contrapunto a su apariencia. Por una parte tristón y melancólico y en el envés, alternando con el anverso, alegre y vital: una personalidad compleja y rica en matices. Una personalidad forjada entre la época medieval y la renacentista, probablemente mejor identificado con aquélla que con la que le tocó vivir, pues, a modo de caballero andante, revelaba un elevado concepto de la grandeza y una inmarcesible idea del honor y de la perpetuación gloriosa, en tanto heroica, de su memoria. Era valiente al extremo de la temeridad, sin importarle el riesgo de muerte.

    Estudió aplicadamente matemáticas, geografía, astronomía e historia, su asignatura favorita. Tuvo pasión por la música, igual que las tendrá su hijo Felipe, tocando la espinela y el órgano, para el que llegó a componer, y su voz era tan buena como su oído. No era ducho en lenguas, a pesar de tener que lidiar con varias a un tiempo, resignado a conocerlas y a mejor comunicarse con ellas. Siguió cursos de Cosmografías con Alonso de Santa Cruz, entendió de cartografías y lectura de mapas, y ya como rey y emperador mostró gran interés por los asuntos de la milicia. Con los años fue suprimiendo lo elemental por lo trascendental en favor del espíritu religioso.

    En Carlos latía un corazón valeroso que con la evolución de su carácter templó en la juventud y alentó en la madurez. Fue notable su amor a la justicia, tenido por sus contemporáneos como el mejor juez y el mejor alcalde (rasgos que asimismo calificaron popularmente a su hijo Felipe). Era riguroso en la exigencia y el ejemplo, y amigo de las negociaciones y estar en deliberación con sus Consejos. Obstinado, aunque flexible si el argumento pesaba mucho, pero nunca arrogante ni soberbio, fuera cual fuese su motivo de orgullo.

Carlos I 2

Carlos I

Imagen de cvc.cervantes.es

 

Carlos iba cambiando a medida que se convertía en español. La aportación de los otrora reinos de Castilla y Aragón le ofrecían amplios horizontes mediterráneos, en la península itálica, en el Norte y Oeste de África y en el Nuevo Mundo americano. En el momento que Carlos fue I de España empezó a saber tomar decisiones independientes.

    Concienciado de su encomienda terrenal como rey y emperador, ya en su juventud era un soberano impenetrable; y fue en pos del honor y de la gloria en cuanto adquirió conciencia de su poder. Se le amaba y se le temía a distancia, separado del mundo por sus obligaciones y carácter.

    Carlos, en suma, era un rey guerrero que pasaba muchas horas reunido con los Consejos, dándoles un gran valor y de los que ha sido el gran promotor en la historia moderna. En estas reuniones, no obstante fomentarlas, exigía que todo pasara por sus manos, lo cual era imposible ya que viajaba constantemente y en consecuencia se retrasaba en demasía el despacho de asuntos importantes. De la necesidad hizo virtud, así que aprendió a escuchar, a calcular y a juzgar. Sus famosas Instrucciones al Príncipe son un claro ejemplo de ello y no cabe duda de que esta vocación de despacho, de papeleo, de observación, juicio y cálculo, la transmitió a su hijo Felipe. Carlos I de España fue un rey y emperador plenamente dedicado a sus obligaciones soberanas.

    Sin embargo, su afición a los placeres de la mesa, su indisimulada glotonería, también lo definió. Más sanas aficiones para la salud y estabilidad emocional eran las de los relojes (le apasionaban los relojes, siendo un buen técnico además de gran aficionado), los mapas y los instrumentos científicos, con la compañía de su famoso asesor técnico Giovanni Turriano de Cremona, conocido por Juanelo; personaje cuyo nombre ha quedado unido a las enormes columnas de granito erigidas para consolidar un audaz proyecto de navegación por el río Tajo, columnas que hoy están colocadas a la entrada del Valle de los Caídos. Carlos, como después su hijo Felipe, tuvo gran amor a las flores y a los pájaros: a él se atribuye la introducción de los claveles en España. Adoraba la caza, costumbre real por antonomasia, llegando a ser el mejor de su tiempo entre los de su rango.

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Anton van Dyck: Carlos V a caballo (h. 1620)

 

Las victorias sobre los movimientos de Comunidades y Germanías finalizaron las acciones rebeldes contra el joven Carlos en España. A partir de ese año 1522, residiendo Carlos en España, se produjo la sólida identificación de los estamentos nacionales con el rey. Factores que contribuyeron decisivamente a ello fueron la boda con Isabel de Portugal; las sucesivas estancias en Granada, Sevilla y Toledo; la unión de los destinos de España, el reino de España más los reinos de Nápoles, Sicilia y Cerdeña y el ducado de Borgoña, con el Sacro Imperio Romano Germánico, configurando la mayor potencia de Europa; el enfrentamiento con Francia en diversos escenarios infligiendo varias derrotas al vecino, tradicional enemigo, que supieron popular y personalmente más dulces que otras victorias anteriores. La simbiosis rey-instituciones-pueblo consiguió una larga estabilidad, próspera y orgullosa, que vinculó los reinados de padre e hijo (los Austrias mayores); ambos supieron compatibilizar su política nacional con la internacional, aunque en lo que respecta a Carlos era de cariz imperial y dinástica, mientras que en Felipe exclusivamente española.

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Carlos I e Isabel de Portugal

 

Carlos rey y emperador reunió bajo su autoridad gran cantidad de territorios dispersos por Europa, además de los que se descubría y conquistaba en América; cada uno de estos territorios constituía una unidad independiente y el rey lo era de cada una de las partes. Tales dominios y poderes lo elevaron a la extraordinaria condición de dueño de Europa, confiriendo a su política un sentido universal que pretende alcanzar la paz entre los cristianos y mantener la guerra contra el infiel. A su vez, asimilaba la monarquía con la administración de un patrimonio familiar que debía conservar, defender y transmitir ampliado.

    Francia era el enemigo europeo, y junto al incordio permanente que suponía el mal vecino para el interés español, la inestabilidad en el imperio germánico competía en problemática igual que el potente y belicoso imperio turco-otomano y las acciones piratas de los musulmanes en el norte de África y el Mediterráneo.

    En 1521 se había puesto en marcha la política internacional de Carlos, derrotado a los comuneros y agermanados imponiendo el orden interior, y cedido territorios y delegación de funciones a su hermano Fernando. A mediados de 1522 regresó Carlos a Castilla para durante una década proceder a la hispanización del imperio. Castilla se convirtió de grado en el corazón del Imperio, apoyada por la riqueza importada del Nuevo Mundo, desde donde se dirigía la política europea. Estrechando las relaciones ibéricas impulsadas por los Reyes Católicos, Carlos e Isabel de Portugal contrajeron matrimonio en 1526; y en Valladolid, al año siguiente, nacerá su primogénito y heredero el príncipe Felipe.

Carlos I 1

Parmigianino: Retrato alegórico de Carlos V (1530)

 

Carlos recibe la herencia renacentista y humanista de los Reyes Católicos y del cardenal Cisneros, al igual que sucederá con su hijo Felipe; ésta va a representar una reacción político religiosa frente a la crisis ideológica del siglo XVI, con una vida intelectual influenciada por la teología. Lo artístico, lo intelectual, lo científico y el humanismo en general, se interrelacionan y complementan en cada reinado y en ambos sucesivamente.

    Con Carlos se crean o desarrollan importantes Colegios Mayores, como los de Zaragoza, Ávila, Sahagún y Baeza, y se fundan las Universidades de Santiago, Granada y Oñate; espíritu el de las universidades y colegios mayores proveniente de los Reyes Católicos y del cardenal Cisneros. Carlos fundó en Sevilla unos Estudios de matemáticas y Felipe en Madrid.

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Rubens: Carlos V como dominador del mundo (h. 1605)

 

La época de Carlos I dio inicio a un desarrollo de la cultura y el arte que eclosionó en la de su heredero. Pero lo esencial para el rey y emperador era formar a su hijo, sabiendo cómo tenía que ser la educación de un príncipe del Renacimiento, asentada en sólidos conocimientos humanísticos y artísticos. Gran influencia tuvieron en la cultura y en la ciencia de este periodo los descubrimientos geográficos y la colonización americana.

    La vida-gobierno itinerante de Carlos condicionó su carácter. La iconografía lo proyecta como un guerrero victorioso, como un héroe clásico. Por otra parte, esta itinerancia de vida y gobierno impidió que sus aficiones se concretaran en auténticas colecciones; salvo la de los relojes, su mencionada pasión, y algunos valiosos objetos científicos como astrolabios, sextantes, brújulas y mapamundis. También medallas, algunas con la efigie del emperador y otras con grabados sobre hechos significativos de él, vasos de cristal tallado, códices miniados, lujosas encuadernaciones, espejos de oro y adornos de atuendo, constituyeron su patrimonio cultural; y tapices con escenas sagradas, mitológicas y de hazañas contemporáneas, más objetos litúrgicos y toda clase de armas y armaduras orgullo del guerrero.

    Conocida es la amistad entre Carlos y el pintor Tiziano, aunque no llegó el rey-emperador a ser un selecto coleccionista de obras de arte con idea de museo, pero adquirió algunas obras estimables que le acompañaron hasta el retiro de Yuste: retratos familiares y cuadros religiosos.

    Buscando una capital de España más céntrica de lo que suponía Valladolid, centro de la actividad real desde Isabel y Fernando, Carlos fijó su atención en Toledo; decidió se construyera el Alcázar, un palacio real, en 1535, encargo que recayó en los grandes arquitectos del reinado: Alonso de Covarrubias y Luis de la Vega; aunque la obra la concluyera Juan de Herrera. Lo mismo pasó con los otros proyectos arquitectónicos auspiciados por Carlos: el palacio de El Pardo, el Alcázar de Madrid y el Palacio de Carlos V en Granada, que él no vio concluidos, pese a disfrutar este último, de su predilección. La de Carlos I es la etapa en la que se dan las soluciones más ingeniosas de la arquitectura española; se asimilan las formas renacentistas italianas y se asimilan al gusto tradicional. El nuevo concepto arquitectónico es monumental, interpretado y adoptado a las exigencias funcionales y estéticas del mundo hispánico: elegancia compositiva y soluciones espaciales atrevidas.

 

 

Artículos complementarios

    Semblanza de Felipe II

    Semblanza de Isabel la Católica

    Semblanza de Fernando el Católico

    Arte plateresco

    Declaración universal de los derechos humanos

    Las primeras universidades en América

Escuela Universalista Española. Juan Andrés, Lorenzo Hervás y Antonio Eximeno

 

Creación del comparatismo moderno

(estudio comparado de ciencias y letras)

 

La Escuela Universalista Española traza, crea y asienta una decisiva corriente intelectual y científica de tradición humanística en el siglo XVIII, calificado de las luces, adaptada a los tiempos y con base empírica.

    Sus principales artífices son los jesuitas Juan Andrés y Morell, nacido en la localidad alicantina de Planes el año 1740, autor de la primera historia universal de las letras y las ciencias titulada Origen, progresos y estado actual de toda la literatura, escrita entre 1782 y 1799; Lorenzo Hervás y Panduro, nacido en la conquense localidad de Horcajo de Santiago el año 1735, polígrafo, lingüista y filólogo, que estableció las bases de la lingüística universal y comparada en su obra Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas, escrita de 1785 a 1805; y Antonio Eximeno y Pujades, nacido en Valencia el año 1729, ideólogo de una musicología universalista fundada en el concepto de expresión, que formula en su obra de 1794 Del Origen y reglas de la Música. Estos tres máximos representantes del humanismo cristiano elaboran la teoría comparatista. Junto a ellos aparecen activamente los científicos naturalistas y botánicos Francisco Javier Clavijero, José Celestino Mutis y Antonio José Cavanilles y un grupo ilustre de personalidades representativas de ámbitos diversos y complementarios en los campos de las humanidades y las ciencias.

    Humanistas, autores científicos, lingüistas, bibliógrafos y traductores, musicólogos, incipientes maestros de la sociología y la etnografía, meteorólogos y físicos, arqueólogos, juristas, inventores y estudiosos de la historia, todos ellos impulsando y ejerciendo este movimiento en la segunda mitad del siglo XVIII, constituyeron una docta comunidad de ciencia y pensamiento que consigue la creación de la ciencia humanística universal.

    De la Escuela Universalista, esencialmente hispana y de concepción universal, pero también, a causa de la expulsión de los jesuitas, desarrollada en la península itálica por los españoles allí residentes, nació el estudio comparado de disciplinas humanistas y científicas, la Comparatística moderna, término acuñado al efecto que implica un todo en sus partes, lo que proyecta una visión de conjunto, global, del mundo por medio de un procedimiento de carácter epistemológico e histórico que edifica sólidamente un argumento a futuro entonces, presente hoy. Del estudio conjunto de Juan Andrés y Lorenzo Hervás, surgió la reformulación del lenguaje de los sordomudos o lengua de signos, cuyo origen hay que situarlo en el siglo XVI y en la persona del leonés benedictino fray Pedro Ponce de León, precursor de este lenguaje.

 

El ideario de la Escuela Universalista Española propugna la integración del empirismo con el humanismo clásico y formula una comprensión de la Ilustración Universalista española, cristiana, humanística, científica e historiográfica, metodológicamente comparatista, y establece la clasificación de las ciencias, la universalidad de temas y la estética de la expresión analizando la opción clasificatoria universalista de las disciplinas científicas, la tradición humanista y el concepto de expresión, comparado con la ilustrada francesa.

 

La Escuela Universalista Española del siglo XVIII constituye no sólo una fundamentación teórica de su objeto sino una completa propedéutica (enseñanza preparatoria para el estudio de una disciplina) para el estudio del mismo. Es una gran tradición ilustrada española o, mejor dicho, hispánica, o incluso hispano-italiana; una Ilustración humanística e historicista, científica empirista y no política, alternativa sobre todo a la agasajada propuesta ilustrada enciclopedista, a la que metódicamente fue rebatiendo autoridad y sabiduría.

 

 

Artículos complementarios

    El lenguaje de signos

    Antonio José de Cavanilles

    Expedición científica a la América Meridional

    Real Expedición Botánica de Nueva Granada

    Crítica racionalista

    Liberalismo. Escuela Española

    Escuela de Salamanca

    Lo que el mundo debe a España